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Hacia una crítica de la crítica de Octavio Paz. Breves apuntes en torno a Postdata



Hacia una crítica de la crítica de Octavio Paz. Breves apuntes en torno a Postdata

Hugo Nateras

Introducción

En la historia cultural del México de la segunda mitad del siglo XX se ha vuelto casi un lugar común recordar y exaltar el “gesto rebelde” que tuvo Octavio Paz al renunciar a su cargo de embajador en la India tras enterarse de lo que había ocurrido en la plaza de Tlatelolco el día 2 de octubre de 1968. La historia, relatada por muchos, comenzó cuando a unos pocos días de la matanza estudiantil el intelectual escribió el poema “México: Olimpiada de 1968” y prosiguió cuando algunos medios periodísticos de la capital mexicana comenzaron a difundir la versión de que estaba preparando su renuncia al Servicio Exterior Mexicano. Lo que motivó que la propia secretaría emitiera un comunicado el día 18 de octubre en el que confirmaba la noticia de que Paz efectivamente había dejado de prestar sus servicios diplomáticos.[1]

La noticia, como era de esperarse, pronto causó revuelo en el campo cultural mexicano, por lo que algunos grupos de escritores e intelectuales salieron públicamente en defensa del poeta y se solidarizaron con él. Y si bien recientemente Jacinto Rodríguez ha documentado que Paz nunca renunció, sino que solicitó ser puesto “en disponibilidad” (término técnico que significaba tomar una licencia por tres años y regresar cuando así lo deseara, preservando su sueldo íntegramente), esto no ha imposibilitado que el acto del autor de El laberinto de la soledad siga siendo leído e interpretado como una “protesta única y valiente”, como un “acto moral audaz” o como el grito encendido del intelectual que se opuso de frente al régimen autoritario mexicano.[2]

Interpretación que no ha hecho más que reproducirse, de una manera u otra, a lo largo de las últimas décadas. En ese sentido ejemplos hay muchos, y sería complicado enlistarlos todos aquí, por lo que bastará con mencionar a un par de ellos como representativos de esta tendencia. En primer lugar tenemos a un Enrique Krauze, quien llegó a afirmar que, en comunión con la revuelta estudiantil, “Paz se iba a su revolución en el acto de romper con una revolución petrificada” y que ese “acto de libertad” había tenido repercusiones no sólo en México, sino en toda América Latina.[3] O el mismo Carlos Fuentes, que señaló que Paz había protagonizado la ruptura más clara y digna de la inteligencia mexicana con el poder represivo.[4]

Ahora bien, tras “separarse” de su cargo en el continente asiático, Paz estuvo viviendo por breves periodos de tiempo en países como Francia, Estados Unidos e Inglaterra, en donde impartió algunas conferencias sobre el tema del movimiento juvenil mexicano. Y precisamente una de estas conferencias que concedió en el mes de octubre de 1969 en la Universidad de Austin, Texas, fue la que le sirvió como base para elaborar uno de sus ensayos políticos más reconocidos: Postdata.

Si hemos vinculado la renuncia de Paz a su puesto como embajador y la publicación de su libro Postdata es porque la manera en que ha sido leído e interpretado este texto ha estado determinada directamente por ese acontecimiento. Es decir, el contenido del libro, las ideas desplegadas ahí, han sido pensados como una extensión escrita de esa “protesta única y valiente” frente al régimen autoritario y solidario con la revuelta estudiantil. Lo cual ayuda a explicar la existencia de aquellas valoraciones que ven en esta obra “una de las más cuidadosas revisiones filosóficas y políticas de los sucesos del 2 de octubre”.[5]

Precisamente, es esta interpretación que ve en Postdata uno de los ejercicios más críticos que se han escrito en el país sobre el sistema político mexicano y el movimiento estudiantil la que nos parece un objeto digno de análisis historiográfico y de discusión política. Pues todo parece indicar que su salida de la embajada, y la interpretación que se hizo de ésta, ha eclipsado los ejercicios de lectura más atentos y críticos del libro, que visibilicen y cuestionen asuntos como su idea de la historia, del tiempo, el papel de los mitos prehispánicos, así como en general la insuficiente explicación que nos ofrece sobre lo que ocurrió en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

Por lo que en este breve ensayo buscaremos presentar, en principio, algunas de las líneas de discusión centrales que recorren los tres capítulos de los que se compone Postdata. Para en un segundo momento introducir un par de cuestionamientos que nos permitan entablar un diálogo con las ideas vertidas por Octavio Paz. Todo esto con la intención de que al final podamos arribar a un análisis que nos posibilite leer e interpretar el trabajo de este importante intelectual mexicano desde un mirador más amplio y quizá crítico.

Olimpiada y Tlatelolco

En el primer capítulo del libro Postdata, publicado bajo el sello de la editorial Siglo XXI a principios del año de 1970, Octavio Paz se concentra básicamente en dos aspectos: el análisis de las características del movimiento juvenil mexicano y la respuesta que el gobierno mexicano dio ante este fenómeno. En lo que respecta al primero de estos temas, el poeta le dedica unas líneas a lo que considera es la situación paradójica de los estudiantes. Pues ésta no era fruto de una condición socioeconómica adversa, sino que más bien era resultado de los largos años que pasaban aislados en sus centros de estudio. Ya que esa estancia los mantenía en una “situación artificial”, al ser una especie de “reclusos privilegiados” que vivían como “irresponsables peligrosos”. Los estudiantes, nos dice Paz, eran unos “seres reales en un mundo irreal”.[6]

La universidad, entonces, es vista por nuestro autor como el objeto y la condición de la crítica juvenil. Objeto porque era una institución que separaba a los jóvenes de la vida colectiva y de ese modo les anticipaba su futura “enajenación”, y condición de la crítica porque sin esa distancia que establecía entre el sector juvenil y la sociedad no habría ninguna posibilidad de crítica, pues los estudiantes ingresarían de inmediato en el “circuito mecánico de la producción y el consumo”. Para Paz esto último representaba la contradicción insalvable del movimiento juvenil, ya que si desaparecía la universidad podía desaparecer la posibilidad del ejercicio de la crítica. Lo cual le lleva a señalar que “la crítica de la rebelión juvenil es real, su acción irreal”.[7]

También nos indica que el movimiento estudiantil mexicano presentó algunas similitudes con lo que aconteció en otras latitudes, pero su idea central es que los jóvenes mexicanos no se propusieron nunca un cambio violento o revolucionario, su programa nunca tuvo tintes radicales. El movimiento juvenil “fue reformista y democrático” a pesar de que algunos dirigentes se encontraban vinculados con organizaciones de extrema izquierda.[8]

¿Por qué fue reformista y democrático el movimiento estudiantil de 1968? Paz responde que esto se debió a las circunstancias y al “peso de la realidad objetiva, ya que ni el temple de la sociedad mexicana era revolucionario ni tampoco lo eran las condiciones históricas del país. Su postura en este sentido es tan clara que no duda en afirmar que en México nadie quería una revolución sino una reforma, el objetivo era acabar con el régimen de excepción iniciado por el Partido Nacional Revolucionario cuarenta años atrás.[9]

Un momento clave de este primer apartado es cuando Paz argumenta que las revueltas juveniles eran un fenómeno que se daba de manera más acentuada en sociedades avanzadas y, en tal sentido, tanto el movimiento juvenil mexicano como las Olimpiadas eran signos del relativo desarrollo por el que atravesaba el país. Es decir, hasta aquí podría decirse que no había nada extraño en los sucesos de 1968, pues México al ser parte de ese mundo desarrollado estaba viviendo esos episodios de rebeldía juvenil al tiempo que era sede de un magno evento deportivo. Lo extraño, anómalo y discordante, fue la respuesta del gobierno mexicano, ya que esa “mancha de sangre” difuminó el optimismo oficial y generó un serio cuestionamiento sobre el sentido del progreso llevado a cabo.[10]

En lo que se refiere al modo en cómo interpreta la respuesta gubernamental, es importante anotar que sólo nos deja un atisbo en estas primeras páginas. Ya que nos presenta al gobierno mexicano como un individuo, como un sujeto, y nos dice que al negarse a hacer un examen de conciencia frente a la revuelta estudiantil evidenció una debilidad mental y moral que lo llevó a ejercer una violencia física. Desde su perspectiva, el gobierno nacional actuó como un “neurótico” que al enfrentarse con situaciones nuevas o difíciles tuvo que retroceder y cometer “acciones insensatas”, “conductas instintivas”, “infantiles” o “animales”. El gobierno mexicano “regresó” a épocas anteriores de su historia, pues la agresión no es otra cosa que un sinónimo de la regresión.

Fue una repetición instintiva que asumió la forma de un ritual de expiación; las que corresponden con el pasado mexicano, especialmente con el mundo azteca, son fascinantes, sobrecogedoras y repelentes. La matanza de Tlatelolco nos revela que un pasado que creíamos enterrado está vivo e irrumpe entre nosotros. Cada vez que aparece en público, se presenta enmascarado y armado; no sabemos quién es, excepto que es destrucción y venganza. Es un pasado que no hemos sabido o no hemos podido reconocer, nombrar, desenmascarar”.[11]

El desarrollo y otros espejismos

El segundo apartado comienza con un breve análisis histórico del sistema político del México posrevolucionario, en específico se concentra en el asunto de los partidos. Pues en los nombres del Partido Nacional Revolucionario (PNR), el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) cree advertir los tres momentos clave del México moderno: creación del nuevo Estado, reforma social y desarrollo económico. Aunque es enfático en señalar que la misión del partido a lo largo de esas décadas del siglo XX no fue otra que la dominación política, en tanto control y manipulación de los sectores populares por medio de las burocracias que dirigían el sindicalismo obrero, las agrupaciones campesinas y de la clase media.[12]

Sobre el poder que ejerce el presidente de la República, Paz señala que es inmenso, aunque siempre acotado al momento de su investidura, ya que tras dejar el cargo desaparece. Y en clara sintonía con lo expresado en líneas atrás, afirma que la religiosa reverencia que inspiran los atributos impersonales del presidente en la población mexicana “es un sentimiento de raíz azteca”.[13]

El asunto clave del ejercicio crítico que realiza Paz sobre el funcionamiento del PRI se encuentra en la imagen o metáfora que utiliza para definirlo. Ya que nos dice que el rasgo decisivo del sistema político mexicano es la existencia de una burocracia política especializada en la manipulación de masas. “Hecho a la imagen de la realidad política y social del país, el PRI es una burocracia jerárquica, una verdadera pirámide”. Con este argumento busca sostener la idea de que, además de constituir una realidad política y social, esta pirámide encarna una “realidad imaginaria”, pues tanto el PRI como el presidente son “proyecciones míticas, formas en las que se condensa la imagen que nos hemos hecho del poder”.[14]

Líneas adelante Paz llega al tema del desarrollo y lo hace para enfatizar el hecho de que la opinión pública coincide en que todo intento de corrección de los problemas por los cuales atravesaba el país debía tener como premisa la reforma democrática del régimen. Pues sólo en un clima democrático podrán discutirse asuntos urgentes y graves como el excesivo crecimiento de la población y la cuestión del “desarrollo a toda prisa, cueste lo que cueste”.[15]

Ante las evidencias de los desastres ecológicos y sociales el poeta cuestiona el hecho de que no se haya retrocedido y buscado otros modelos de desarrollo. Tarea que requiere de ciencia, imaginación, honestidad y sensibilidad, pues ante el fracaso de todos los modelos provenientes del Oeste o del Este es un asunto de la máxima urgencia.[16] Un aspecto interesante de esta crítica al desarrollo que realiza Paz es que parece estar sustentada en una visión lineal de la historia, en la cual México vendría a la cola, ya que sostiene que aquello que ha terminado en los países desarrollados apenas se iniciaba en estas tierras. “Lo que es alba en México es ocaso allá y lo que es allá aurora no es nada todavía en México”.[17]

En este segundo apartado Paz nos deja otro claro indicio de la perspectiva con la cual interpreta los acontecimientos del 2 de octubre y la represión llevada a cabo por el gobierno mexicano. Ya que señala que:

El ejemplo del psicoanálisis me ahorra demorarme en una demostración fastidiosa: la persistencia de traumas y estructuras psíquicas infantiles en la vida adulta es el equivalente de la permanencia de ciertas estructuras históricas en las sociedades. Tales estructuras son el origen de esos haces de rasgos distintivos que son las civilizaciones. Civilizaciones: estilos de vivir y morir.[18]

Por último, en el cierre de este segundo capítulo el autor de El laberinto de la soledad se concentra en la cuestión de la crítica en nuestro país, y de manera certera apunta que para esos años existía una especie de “horror sagrado” a todo lo que oliera a crítica y disidencia intelectual, ya que cualquier opinión se transformaba en una querella personal, sobre todo si el objeto del comentario era el presidente.[19] Aunque aclara que en medio de ese escenario cerrado los que iniciaron la crítica no fueron los “moralistas” o los revolucionarios radicales, sino los escritores jóvenes. Crítica que no fue directamente política, sino verbal, “el ejercicio de la crítica como exploración del lenguaje y el ejercicio del lenguaje como crítica de la realidad”.[20]

Crítica de la pirámide

En el tercer apartado de Postdata vuelve a aparecer el tema del desarrollo, pero en esta ocasión lo hace como parte de la argumentación que apunta hacía la existencia de dos Méxicos: el desarrollado y el subdesarrollado. Ya que si bien es un problema de cuya solución depende la existencia misma del país, Paz se muestra crítico de las perspectivas abiertas por economistas y sociólogos que ven las diferencias entre la sociedad tradicional y moderna como una oposición entre desarrollo y subdesarrollo, como un asunto cuantitativo, en el que el asunto clave pasa a ser si la parte desarrollada puede absorber a la otra. El poeta, por su parte, cree que detrás de esas cifras existen “realidades psíquicas, históricas y culturales irreductibles a las groseras medidas que, por fuerza, debe utilizar el censo”.[21]

Lo que, desde la perspectiva de Paz, parece escapársele a economistas y sociólogos por igual es que cuando se habla del otro México, pobre y marginal, no sólo hablamos de una cuestión numérica, sino de verdad de otro país. Y es esa otredad la que le parece irreductible a nociones como pobreza, riqueza, desarrollo o atraso, ya que es un complejo de actitudes y “estructuras inconscientes” que no son meras supervivencias de mundos extintos, sino que son pervivencias sustanciales de nuestra cultura contemporánea.[22]

Si bien nuestro autor no está seguro de que la expresión otro México sea la más precisa, no cree haber encontrado otra que le ayude a explicar este fenómeno. Pues con este término quiere designar esa “realidad gaseosa” que se encuentra conformada por creencias, imágenes y conceptos que la historia ha depositado a lo largo del tiempo en lo que llama la “psiquis social, esa cueva o sótano en continua somnolencia y, asimismo, en perpetua fermentación”.[23]Para Paz, en síntesis, hablar del otro México es evocar una realidad compuesta de “diferentes estratos que alternativamente se pliega y despliega, se oculta y se revela”.[24]

Este asunto de la otredad le permite a Paz arribar a lo que consideramos es la parte medular y más problemática del análisis en Postdata: la existencia de una “historia subterránea o invisible”. Nos dice que cuando él habla del “verdadero pasado” no se refiere a lo que comúnmente los historiadores entienden cuando buscan entender “lo que pasó”, con sus fechas, personajes y demás elementos. Pues más allá de eso hay algo que pasa, o más bien, “algo que pasa sin pasar del todo”, un perpetuo presente en rotación. Ya que cada sociedad contiene dentro de sí ciertos elementos invariables o cuyas transformaciones son tan lentas que resultan la mayor parte de las veces imperceptibles.[25]

De modo que lo que ocurrió en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 es interpretado por Paz como la negación de aquello que hemos querido ser desde la Revolución (¿modernos?) y la afirmación de aquello que sí somos desde la Conquista y aún antes (¿barbaros?). En ese acontecimiento irrumpió el otro México, o al menos uno de sus múltiples aspectos.[26] Esa sería la doble realidad del 2 de octubre, ser un hecho histórico y una “representación simbólica de nuestra historia subterránea o invisible”, ya que lo que realmente se desplegó en la plaza capitalina esa tarde fue un acto ritual, un sacrificio.[27]

Esta interpretación paciana adquiere todo su sentido cuando entendemos que para él todas las historias de los pueblos en el mundo son “simbólicas”, y con esto se refiere a que los acontecimientos o los protagonistas, en tanto historia superficial, siempre aluden a otra historia oculta, que no son más que la manifestación visible de una realidad que se encuentra escondida. De ahí que Paz traduzca la matanza del 2 de octubre de 1968 en los términos de lo que él cree es la verdadera e invisible historia del país. Pues en la manifestación que llevaron a cabo los estudiantes la historia visible desplegó, al modo de los códices prehispánicos, la otra historia, la invisible. “La visión fue sobrecogedora porque los símbolos se volvieron transparentes”.[28]

Posteriormente, pero en esa misma tesitura, Paz argumenta que la geometría de México tiende a una “forma piramidal”, como si existiera una especie de relación secreta pero indiscutible entre el espacio natural y la “geometría simbólica”, y entre ésta y la historia invisible. La pirámide es al mismo tiempo una “imagen del mundo” y esa imagen es una proyección de la sociedad. Por este motivo le dedica unas líneas críticas al mundo azteca, no sin antes considerarlo como “una de las aberraciones más grandes de la historia”, y nos sugiere que para estos el mundo de la política no era algo diferente al mundo de la religión, por lo que la pirámide, en tanto lugar de los sacrificios divinos, era también la imagen del Estado, ya que tenía como misión asegurar la continuidad del culto. Y si bien asegura que para los herederos del poder azteca la conexión entre ritos religiosos y actos de dominación desapareció, “el modelo inconsciente del poder siguió siendo el mismo: la pirámide y el sacrificio”.[29]

Queda claro que, desde la perspectiva de Paz, entre la antigua sociedad prehispánica y el mundo que sobrevino después se tendió un hilo invisible de continuidad: el hilo de la dominación. Ese vínculo no se rompió de ninguna manera a lo largo de los siglos, pues tanto los virreyes españoles como los presidentes mexicanos son los sucesores de los tlatoanis aztecas.

En este argumento del hilo de continuidad hay un aspecto que creemos no debe pasar inadvertido, y es la idea de que el fundamento inconsciente que satura la historia y la política mexicana no encuentra su asidero solamente en la figura de los gobernantes, sino también en los gobernados, en todos nosotros. Pues, según Paz, la mayoría de los mexicanos a lo largo del tiempo ha hecho suyo el punto de vista azteca, y con ello han fortalecido, sin saberlo o quererlo, “el mito que encarna la pirámide y su piedra de sacrificios”.[30]

Finalmente, Paz aborda el asunto de la crítica y al papel que ésta debía jugar frente a una realidad como la mexicana. Ya que por un lado acepta que México-Tenochtitlán ha desaparecido desde hace varios siglos, y por ello lo que realmente le preocupa no es algo que pudiera conceptualizarse como un problema de interpretación histórica, sino que es el hecho mismo de que no podamos contemplar cara a cara al “muerto” debido a que su “fantasma nos habita”. Por lo que la actividad de la crítica del país, y de su historia, la entiende como una especie de “terapéutica” al modo de los psicoanalistas, pues debe comenzar por un examen de lo que ha significado la visión azteca del mundo. Ya que la imagen del mundo como una pirámide es tanto el punto de vista de los tlatoanis, los virreyes, los presidentes y, más importante aún, el de las victimas aplastadas por la pirámide o plataforma santuario a lo largo de los siglos. El poeta mexicano concluye su obra con un autoelogio al señalar que la crítica en el país, si quiere serlo en verdad, debe comenzar por la crítica de la pirámide.[31]

Elementos para una crítica de Postdata

Debido a la breve extensión, y a la naturaleza misma de este ensayo, no nos será posible detenernos más que en un par de aspectos del libro de Paz. Lo cual no impide reconocer la amplitud de temas tratados a lo largo de sus páginas, y que merecerían un examen crítico por sí mismos. Entre ellos está la caracterización que hace del movimiento estudiantil mexicano como un movimiento reformista, la síntesis histórica que esboza sobre el sistema político del México posrevolucionario, su crítica al desarrollo, la necesidad de la crítica en un medio saturado por la retórica oficial del régimen priista, entre muchos otros temas.

Nuestro punto de partida, entonces, será la idea que nos presenta Paz en la cual ve a la pirámide como una representación simbólica de la permanencia de una estructura de poder y dominación que se habría transmitido desde el período prehispánico hasta el México moderno. Y ponemos el acento aquí porque detrás de esta idea lo que se encuentra es uno de los modos poéticos de la escritura paceana, aquel que Rachel Phillips denomina como “mítico”. Modelo mítico de escritura que entiende a las comunidades nacionales no como un devenir histórico, sino como una actualización constante de ciertos arquetipos que habitan el fondo de la conciencia colectiva nacional.[32] De ahí que en Postdataexplique los sucesos acaecidos en Tlatelolco como una proyección contemporánea del arquetipo del poder azteca, como el cumplimiento del ritual inmerso en la dialéctica implacable de la pirámide.[33]

No deja de resultar hasta cierto punto paradójico que este libro que ha sido considerado desde cierta tradición intelectual como uno de los ejercicios más críticos y lúcidos que se hayan escrito sobre el año clave de 1968, no contenga casi ningún elemento que nos ayude a entender lo que pasó en Tlatelolco a partir de la situación política por la que atravesaba el país. Hablar de responsables, de protagonistas, de Díaz Ordaz, de Luis Echeverría, del ejército, de grupos paramilitares, es algo que a Paz parece no interesarle mucho, ya que se concentra en la historia subterránea, en demostrar que el modelo azteca de dominación seguía vivo más de cuatro siglos después. Ejercicio de dominación del cual, además, no sólo los virreyes españoles o los presidentes mexicanos serían los responsables, sino que todos resultaríamos cómplices al reproducir, sin saberlo, ese arquetipo.[34]

Bajo la explicación de la reactualización del mito de la pirámide que nos ofrece Paz, el gobierno mexicano, con Díaz Ordaz al frente, parece quedar exento de cualquier tipo de responsabilidad o culpa por los asesinatos cometidos contra decenas de estudiantes. Pues si uno sigue hasta sus últimas consecuencias la explicación de Postdata, lo que resulta es que cualquier otro gobierno hubiera actuado de la misma manera. Aquí parece no existir espacio para una alternativa, ya que la irrupción constante del tiempo cósmico a través del mito de la pirámide y su piedra de los sacrificios es lo que explicaría real y profundamente los sucesos trágicos de aquel año (y los de toda nuestra historia).[35]

Si bien en la nota previa que introduce Paz sostiene que este volumen es una prolongación crítica y autocrítica de El laberinto de la soledad que le permite ofrecer una nueva tentativa para “descifrar la realidad”, lo cierto es que puede leerse como una mera continuación. Pues en las dos obras hace uso de esencias innatas y viejas raíces culturales para tratar de explicar el sistema político, el ser del mexicano y sus actitudes. El recurso de los mitos o las metáforas que emplea para pensar la historia se vuelven en su contra y le impiden explicar los procesos políticos y sociales de su tiempo, ya que asuntos como el talante antidemocrático y autoritario del PRI son entendidos a partir de un pasado remoto, son parte de una “maldición” que tiene el pueblo mexicano y que le lleva a sacrificar a su población de manera cíclica.[36]De modo que, a través del análisis de Paz, uno podría llegar a afirmar que en Tlatelolco no pasó nada, o al menos “nada que no estuviera ya determinado por esa supuesta historia invisible”.[37]

Finalmente, el argumento de que los acontecimientos de 1968 encuentran su explicación última, aún antes de realizarse, en lo que Paz llama la historia subterránea nos lleva a detenernos en la idea del tiempo que subyace a todo el libro. Pues en Postdata parecen coexistir dos concepciones acerca del tiempo, la primera es aquella idea lineal, de un tiempo vacío y homogéneo, que el autor utiliza para pensar la modernidad y el desarrollo a nivel global, ya que constantemente indica que México ha llegado tarde a todo, pues lo que es “aurora” en los países desarrollados en nuestro país es nada, que en Occidente sí han conocido lo que es el progreso mientras que México no porque viene a la zaga. La segunda de estas concepciones es la idea del tiempo y de la historia como algo circular, como un eterno presente en rotación, que le sirve para pensar y explicar la historia profunda de nuestro país, es esta presunta irrupción del tiempo cosmológico en el tiempo del México moderno la que nos situaría en el mismo punto una y otra vez.

 

Referencias

Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Postdata y Vuelta a El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 2019.

Pereyra, Carlos, “Postdata: un proyecto fallido”, Solidaridad, México, núm. 17, marzo 1970, pp. 25-26.

Rico Moreno, Javier, “Octavio Paz y las metáforas de la historia”, Literatura Mexicana, vol. XXVI, núm. 1, 2015, pp. 117-132.

Rodríguez Ledesma, Xavier, El pensamiento político de Octavio Paz. Las trampas de la ideología, México, UPN/UNAM, 2015.

Rodríguez Munguía, Jacinto, La conspiración del 68. Los intelectuales y el poder: así se fraguó la matanza, México, Debate, 2018.

Sánchez Prado, Ignacio, “Naciones intelectuales: la modernidad literaria mexicana de constitución a la frontera (1917-2000)”, Tesis presentada para obtener el grado de doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas, Universidad de Pittsburg, 2006.

Volpi, Jorge, La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, México, Era, 1998.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Jacinto Rodríguez Munguía, La conspiración del 68. Los intelectuales y el poder: así se fraguó la matanza, México, Debate, 2018, p. 235.

[2] Jorge Volpi, La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, México, Era, 1998, p. 319.

[3] Enrique Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, México, Debolsillo, 2014.

[4] Rodríguez, 2018, p. 238.

[5] Volpi, 1998, p. 344.

[6] Paz, 2019, p. 256.

[7] Paz, 2019, p. 257.

[8] Paz, 2019, pp. 261-264.

[9] Paz, 2019, p. 264.

[10] Paz, 2019, p. 267.

[11] Paz, 2019, pp. 267-268.

[12] Paz, 2019, p. 272.

[13] Paz, 2019, p. 276.

[14] Paz, 2019, p. 301. El subrayado es nuestro.

[15] Paz, 2019, p. 286.

[16] Paz, 2019, p. 287.

[17] Paz, 2019, p. 290.

[18] Paz, 2019, p. 282.

[19] Paz, 2019, p. 275.

[20] Paz, 2019, p. 288.

[21] Paz, 2019, p. 306.

[22] Paz, 2019, p. 308.

[23] Paz, 2019, p. 309.

[24] Paz, 2019, p. 309.

[25] Paz, 2019, p. 310. El subrayado es nuestro.

[26] Paz, 2019, p. 311.

[27] Paz, 2019, pp. 311-312.

[28] Paz, 2019, p. 313.

[29] Paz, 2019, p. 316.

[30] Paz, 2019, p. 319.

[31] Paz, 2019, p. 326.

[32] Ignacio Sánchez Prado, “Octavio Paz y el cierre del ciclo revolucionario”. Naciones intelectuales: la modernidad literaria mexicana de constitución a la frontera (1917-2000), Tesis presentada para obtener el grado de doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas, Universidad de Pittsburg, 2006, p. 214.

[33] Xavier Rodríguez Ledesma, El pensamiento político de Octavio Paz. Las trampas de la ideología, México, UPN/UNAM, 2015, p. 329; Javier Rico Moreno, “Octavio Paz y las metáforas de la historia”, Literatura Mexicana, vol. XXVI, núm. 1, 2015, p. 131.

[34] Carlos Pereyra, “Postdata: un proyecto fallido”, Solidaridad, México, núm. 17, marzo 1970, p. 26.

[35] Rodríguez, 2015, p. 330.

[36] Rodríguez, 2015, p. 333.

[37] Pereyra, 1970, p. 26.

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Susarrey y el extravío intelectual de la derecha en México



Susarrey y el extravío intelectual de la derecha en México

*Cesar Martínez (@cesar19_87)

Necesitamos luchar por el poder para el Pueblo porque, si no, no hay nada:

ni Constitución, ni leyes, ni justicia, ni buen gobierno. ¡Nada!

Arnaldo Córdova

Además de demostrar un gran dominio teórico sostenido por una exhaustiva bibliografía con su serie de ensayos El Debate Político e Intelectual en México de 1993, el intelectual neoliberal Jaime Sánchez Susarrey nos permite ubicar dónde y cómo inició el extravío de la derecha mexicana, incluso décadas antes del 1 de julio de 2018. Algo pocas veces visto en un analista proveniente del bando conservador, Susarrey es capaz de imprimir mucha energía a sus propias ideas mediante el mismo sentimiento anti-Estado que actualmente impulsa al feminismo y al ambientalismo viendo al Estado como gran feminicida y gran ecocida. En el caso específico, el autor se lanza a intentar destruir la idea de Estado soberano y democrático proyectada por la Constitución de 1917; idea que solo gracias al Pueblo de México sobrevivió tras más de 30 años de política corrupta de privatización y de anticonstitucionalidad.

Aunque Susarrey ejerce una habilidad para ocultar sus propios prejuicios ideológicos, (francamente muy superior a la de los dos caciques a quienes no cesa de elogiar, Octavio Paz y Enrique Krauze), él termina por sincerarse al confrontar a quien surge como adversario intelectual: el finado doctor en filosofía del derecho, Arnaldo Córdova. Y es que el neoliberalismo inconsciente de Susarrey sale a la superficie cuando él desahoga su sentimiento anti-Estado confrontando a Córdova al respecto del espíritu del Artículo 27. Ese neoliberalismo personificado por Susarrey estalla con toda su cólera en rechazo al principio constitucional, aún vigente, según el cual la propiedad privada en México deriva del patrimonio originario de la Nación. Así pues, Córdova aparece como el blanco de los dardos de Susarrey por su defensa estoica de la razón de interés público como razón de Estado a raíz de la Revolución Mexicana, traducida en hitos históricos como la expropiación petrolera y la nacionalización de la industria eléctrica.

Esta gran habilidad de Susarrey, escondiendo los intereses económicos y políticos de la agrupación intelectual fundada por Octavio Paz tras conseguir concesiones de Carlos Salinas de Gortari (es decir, una de las formas flagrantes que tomó la privatización de la cultura y el arte en México), consiste en una suerte de “estética reaccionaria de lo juvenil”: presentar al Estado como una idea obsoleta propia de gente vieja, pues el libro es abundante en expresiones como “la gerontocracia del Kremlin”, “ los viejos priístas”, “los nostálgicos del pasado”, “lograr evolucionar”, “modernizar”, “atraso” y “parálisis”. Podemos hablar de una estética exitosa por parte de Susarrey porque desafía la estética universal de izquierda, la crítica contra la dominación y la desigualdad, a través del tiempo avanzando no como lucha histórica, sino como sucesión generacional pasiva, transformando a Paz en algo así como el Ortega y Gasset mexicano.

Con astucia, Susarrey toma al dos de octubre de 1968 como la fecha del fin de la historia, una suerte de versión mexicana de la caída del Muro de Berlín, a partir de la cual surgen los jóvenes intelectuales cuyos nexos, vueltas y letras libres habrán de sepultar definitivamente el cadáver del Estado revolucionario:

Pero, ¿tiene sentido hablar de una “generación del 68”? ¿No es una generalización abusiva? ¿Individuos con posiciones diversas – incluso opuestas – pueden pertenecer a una misma generación? ¿No es este un concepto metafísico? Al hablar de “una generación” existe el riesgo de construir un sujeto colectivo por encima de los individuos reales que la integran. Semejante procedimiento se puede comparar con el uso que los marxistas hacen de la lucha de clase. Para evitar cualquier tipo de hipostatización, el concepto de “generación” debe utilizarse en sentido heurístico. Es decir, es un concepto que nos sirve para delimitar una experiencia común a un conjunto de individuos y para comprender las múltiples preguntas y respuestas que esa experiencia provoca. Según Ortega y Gasset, una generación se distingue por su sensibilidad vital. ( Sánchez Susarrey, p.21)

La transfiguración de Paz en el Ortega y Gasset mexicano alcanza su clímax cuando Susarrey cita “La Teoría de los dos Méxicos”. Un México, desarrollado y moderno. El otro, subdesarrollado y atrasado. Gracias al sincero respeto, (vale reconocerlo), que Susarrey expresa hacia quien le lee, podemos conocer las respuestas de Carlos Monsiváis en distintas notas al pie: “Paz insiste en su teoría de los dos Méxicos [que según él] «no es la contradicción de dos clases, sino de dos tiempos históricos e incluso de dos países» … Por lo contrario, estoy seguro de encontrarme ante un solo país, el lujo de una de cuyas partes depende de la miseria y marginalidad de la otra” (p. 45). De acuerdo con Monsiváis, Paz construye estos “dos tiempos históricos” contiguos pero desvinculados con el propósito de fabricar dos ficciones: la ficción despolitizante, el desentenderse de la vida pública como estrategia de seguridad personal o “analfabetismo moral de la derecha”; y la ficción del intelectual como alguien ajeno y neutral a las luchas de poder como estrategia de imparcialidad. De modo que, cuando Monsiváis nos advierte que lo de Paz es una metáfora agotada, él realiza una advertencia muy similar a la del pensador francés Proudhon quien, citando a Hugo Grocio, advertía que los abogados de la propiedad privada suelen invocar el correr del tiempo como derecho de pertenencia siendo que todo sucede en el tiempo pero nada se hace por el tiempo.

Leyendo a Susarrey, encontramos que la profunda ansiedad de los intelectuales neoliberales era el cómo enterrar ideológicamente al Artículo 27 constitucional para establecer la primacía de la propiedad privada y así pavimentar el camino a la privatización de los recursos naturales. De modo que el inicio de los años 90 atestiguó una auténtica operación de Estado disfrazada como fomento al arte y la cultura mediante eventos de élite, tales como los coloquios y encuentros de las revistas Vuelta y Nexos albergados en Televisa y en la UNAM para festejar la muerte de la Unión Soviética, linchar a Cuba y humillar a la izquierda mexicana.

En medio de ese éxtasis de triunfalismo conservador, Susarrey debió sentir una legítima confianza en sí mismo para polemizar con Arnaldo Córdova, poniendo manos a la obra en un ensayo enérgico y contundente (del tipo del cual los conservadores actuales ya no son capaces de escribir): “Molina Enríquez contra el Estado Propietario,” con dedicatoria inicial para Krauze. En este texto, el autor investiga el pensamiento de Andrés Molina Enríquez, máxima influencia intelectual detrás del Artículo 27, y nos ofrece una tesis distinta y contrapuesta a la tesis de Córdova: el Estado que surge de la Revolución, sugiere Susarrey, debe ser un aparato jurídico al servicio de la clase media cuya función se reduce a transferir a esa misma clase media la propiedad privada del territorio nacional. Sin queja alguna, Susarrey remata: “El organicismo de Molina Enríquez es de corte ‘pequeño burgués’…” (p. 95). Con ese impulso, Susarrey ataca a Córdova tachando sus tesis de himnos al estatismo y de realismo mágico puesto que Córdova invoca una noción de Molina Enríquez ignorada por Susarrey: la Nación en cuanto base jurídica sobre la cual fundar la nación mexicana en el proceso histórico. Es decir que la lectura sobre Molina Enríquez realizada por Córdova presenta al Estado y al derecho como las herramientas para construir el México que es nación soberana frente al extranjero; y al México democrático a partir de tres tipos de propiedad: nacional, social y privada. Por ello Córdova usa el verbo nacionalizar más allá del sentido económico, mismo que el neoliberalismo con la ayuda de universidades públicas y medios de comunicación consiguió caricaturizar al paso de los años, precisamente entre la clase media.

Córdova incluso llegó a decírselo personalmente a Krauze durante los escasos minutos en que este le concedió el uso de la palabra durante el encuentro Vuelta: del Socialismo autoritario a la difícil libertad de 1990. “Enrique, quiero decirte algo y con esto termino: el socialismo va más allá de la experiencia concreta de los países del Este porque el socialismo es una de las mejores y más duraderas tradiciones culturales de Occidente. Como vio [Alexis de] Tocqueville al llegar a América, la democracia siempre estará incompleta si solo hablamos de la difícil libertad sin abordar el problema de la difícil igualdad.”

Acuñando el lema “Historia, maestra de la política”, que se inspira en la frase clásica de Cicerón, (“Historia, maestra de la vida”), Córdova dio un poderoso impulso moral a la izquierda mexicana en años de hegemonía neoliberal. Brindó una perspectiva histórica de larguísimo alcance a la idea de Estado con el propósito de no renunciar a la lucha política por la soberanía y la democracia de México reivindicando, de paso, a la figura del intelectual comprometido con los humildes y con los de abajo. Y es que para los “jóvenes intelectuales” de Paz, tanto Monsiváis como Córdova siempre fueron cuestionables intelectuales orgánicos.

Finalmente, las tesis soberanas y democráticas de Córdova provocan que Susarrey reconozca vanidosamente en su libro que la desigualdad no constituye para él un problema político ni histórico justificándose en el relativismo de Max Weber y el anti-historicismo de Karl Popper. Semejante exceso de confianza, sin embargo, le cuesta a Susarrey ser completamente incapaz de reconocerse a sí mismo como miembro de una élite privilegiada, sujeta objetivamente al escrutinio de la historia. Es víctima de su propia falsa consciencia. Esto se exhibe dramáticamente cuando él logra diagnosticar de manera brillante la diferencia fundamental entre Marx y Lenin, pero no puede, o no quiere, aplicar dicho diagnóstico a su propia clase social o grupo de poder:

No hay duda de que las concepciones del partido y de la dictadura del proletariado de Marx no tienen nada que ver con las tesis leninistas. Cuando Marx habla de “partido” no se refiere a ningún tipo de organización política como las que hoy conocemos, y mucho menos a la concepción leninista de un partido de cuadros y de vanguardia… Basta revisar La Miseria de la Filosofía para darse cuenta de que Marx consideraba como un proceso natural la transformación del proletariado en una clase revolucionaria; nada más lejano de su pensamiento que la idea de que el socialismo debería ser introducido desde fuera de la clase por una élite revolucionaria; pero, además, y por lo mismo, su concepción de la dictadura del proletariado está basada en una democracia directa que nada tiene que ver con el monopolio del espacio público por una organización revolucionaria. (Sánchez Susarrey, p.118)

De modo que ya podemos concluir que el drama de Susarrey, Krauze y Paz fue haberse gastado sus energías intelectuales en buscar destruir la idea del Estado revolucionario contenida en el Artículo 27 de la Constitución sin tener la honestidad ni la autocrítica de reconocer que monopolizaron el espacio público al estilo leninista. No podemos concebir a élites políticas, económicas e ideológicas como secciones separadas por el vacío dentro de un mismo régimen oligárquico. Para decirlo usando un concepto mencionado por Paz, conformaron la “ideocracia” de un Estado antidemocrático, antisoberano y anticonstitucional: tanto acusaron a otros de ser intelectuales orgánicos y de componer himnos al estatismo, que jamás se miraron al espejo frente a los lavamanos de las facultades universitarias, de los canales de televisión y de las secretarías federales y estatales de donde salían sus bonos, sus primas, sus aguinaldos y sus quincenas. Mientras la derecha se extravió en su obsesión con adueñarse de un Estado sin Pueblo ni Nación, sus intelectuales hoy por hoy arrastran los pies, huérfanos de ideas, aferrándose a cualquier moda posmoderna que les diga que el Estado es esto y es lo otro.

En contraste, hay ideas que jamás envejecen en mentes que siguen estando con nosotros. Una de esas ideas dice que la historia es maestra de la política. Larga vida a Arnaldo Córdova.

*Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía:

Sánchez Susarrey, Jaime (1993) El Debate Político e Intelectual en México, Grijalbo.

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Recepción de la obra de José Revueltas




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Recepción de la obra de José Revueltas

Edith Negrín, UNAM.

Ustedes, estimados integrantes de la Revista Intervención y Coyuntura, preguntan de varias formas sobre la falta de difusión de la obra literaria de Revueltas, por parte de la crítica, y sobre los ataques que recibió dicha obra. No es una interrogación simple y la idea de la obra marginada y atacada por ese fantasma abstracto, llamada “la crítica”, se ha convertido en lugar común. En realidad estamos ante un problema complejo. Hace falta un repaso, aunque sea breve y muy simplificado, para comprender la evolución en la obra literaria de Revueltas, en consonancia con su biografía; y poder señalar así diversos momentos de la recepción de su escritura. Sin embargo, todos los comentarios van después de asumir una premisa básica, que el autor sin duda amaba con pasión la literatura, ponía su escritura en un segundo lugar; el primero fue siempre la militancia política.

Nacido el año de 1914 en Durango, durante la etapa armada de la Revolución mexicana, circunstancias familiares que implican pérdida paterna y problemas económicos, obligan al escritor muy pronto a dejar la escuela y empezar a trabajar. No habían tenido que hacerlo así sus hermanos que habían estudiado en el Colegio Alemán. Ya inserto en el mundo de trabajo informal, desde la adolescencia, inició José Revueltas su formación cultural autodidacta, a través de múltiples lecturas. El contacto con compañeros de más edad, fortaleció su vocación como militante por el cambio social, ya despertada desde niño ante el ejemplo de su hermano Silvestre. Su inclinación a la labor política desde la izquierda, lo llevó, como es bien sabido, a padecer diversas formas de represión por parte del estado, incluida la cárcel. varias veces. Lo condujo asimismo a graves enfrentamientos con sus correligionarios. Su trabajo político, asumido de tiempo completo, estuvo siempre imbricado con su otra gran vocación, la escritura. Sus escritos ensayísticos son otra forma de militancia. Y sus obras literarias, donde emerge la libertad de su interior, revelan a veces la coincidencia de su doble pasión política-literatura, y a veces la contradicción entre ambas.

Revueltas sabía que su actividad militante germinaba su obra literaria. Ya en la madurez, en 1975, dijo a Elena Poniatowska: “Proust vivió la vida como una experiencia literaria, Malraux vive la política como un pretexto literario […] Creo que mi experiencia humana me sirve mucho; creo que es insustituible. ¿Cómo conozco a la gente si no es a través de la política? ¿Cómo la conozco si no es al frente de un sindicato o dirigiendo una huelga?” A estas alturas el escritor ya contaba con 61 años y moriría un año después. Sin embargo, reitero: una ojeada a su trayectoria vital y su producción nos deja claro qué si bien estuvo su vida estuvo vertebrada por la práctica política y la literaria, la vinculación entre ambas prácticas no siempre fue armoniosa, a veces llegó a ser desgarradora.

Los prometedores inicios

En los inicios de Revueltas como escritor él decidió no estar dentro del campo cultural, sino en el activismo cotidiano. Entregado de tiempo completo a interminables reuniones, a veces hacer pintas por las noches, labores de organización de obreros en campesinos, propaganda en distintos niveles, escritura de folletos y volantes, el joven José reservaba sus lecturas y su escritura de ficción para sus escasos ratos libres y por supuesto no en las condiciones más propicias. Dado su alejamiento del campo cultural, no extraña que sus textos iniciales suscitaran poca atención.

No había cumplido aún 15 años cuando conoció la prisión. En 1929 fue aprehendido por participar en un mitin y pasó varios meses en un reformatorio juvenil.  Años después recuperaría esta experiencia en el relato “El quebranto” –incluido en Dios en la tierra (1944). El principio de “El quebranto” había aparecido en la revista Taller, con el carácter de primer capítulo de una novela, en 1939. Curiosamente, antes de ser publicado, en 1938, el fragmento mereció un elogioso comentario de Efraín Huerta, quien había tenido acceso a una versión inédita; el texto del poeta apareció en El nacional. Más adelante Revueltas sostendría que la novela le fue robada y el fragmento, ya como relato, no se publica sino hasta 1944. También en 1938 empieza a dar a la luz artículos periodísticos y algunos otros relatos.

En 1930 Revueltas ingresa al Partido Comunista Mexicano, entonces proscrito, y las experiencias que ahí vive dejan una huella profunda en su visión del mundo y su literatura.  En 1932 fue deportado al que era en ese tiempo el penal de las Islas Marías; permaneció ahí cinco meses y fue liberado por ser menor de edad. De nuevo en 1934, a causa de su participación en huelgas agrícolas vuelve como prisionero a las Islas y sale en 1935. Sus experiencias en este presidio inspiran su primera novela, Los muros de agua, aparecida en 1943, Es necesario apuntar que en esta obra, el joven narrador permite apreciar su fe en el PCM, su creencia en la honestidad de los militantes, y en un futuro comunista fraternal. La novela, un tanto maniqueísta, no recibió críticas negativas por parte de sus compañeros, y apenas atención por parte de la crítica cultural.

Fue con su segunda novela, El luto humano aparecida en 1943, que José Revueltas empezó a ser conocido en el ámbito literario. Antes de ser publicada la obra obtuvo el Premio Nacional de Literatura. La excelencia de esta narración, que ofrece un impresionante mural de la historia de México en el siglo xx, y representa un cambio formal respecto de la novela de la revolución mexicana, fue reconocida de inmediato por Octavio Paz, en la revista argentina Sur. El futuro autor de El laberinto de la soledad consideraba que el narrador iba a renovar la novela mexicana; pero que su juventud se traducía en defectos en la escritura.

Ese mismo año Revueltas es expulsado del Partido Comunista Mexicano. De igual manera, sería echado posteriormente a lo largo de su existencia, de otras organizaciones políticas, incluso algunas de las que había sido fundador. Su naturaleza radicalmente libertaria y antidogmática, con un toque del mejor anarquismo, lo llevaba a separarse de muchos de sus correligionarios. Y su proyecto vital, participar en el cambio social hacia el socialismo, pero a través de una organización democrática, por lo general lo enemistaba con las dirigencias.

El premio a El luto humano deja ver que la literatura revueltiana hasta el momento no había sido objeto de opiniones negativas, por parte de la crítica que podría llamarse canónica.

Las novelas políticas y la opinión adversa de los camaradas.

José Revueltas no sólo conoció las cárceles físicas. De su obra puede deducirse que el cerco representado por la privación del espacio político, a veces del espacio vital, a que fueron sometidos los comunistas, fortaleció el cerco mental del dogmatismo. De ahí que en las novelas y relatos revueltianos predominen los encierros y las tinieblas. Tal vez la vida cotidiana bajo la amenaza constante de la represión, en los años de clandestinidad del PCM, generó militantes como muchos de los personajes del autor: recelosos, poco fraternales, deshumanizados.

En 1934 finalizó oficialmente la ilegitimidad del partido comunista, pero no ocurrió lo mismo con la prisión del dogma. Revueltas tematiza este tema en su primera gran novela política, Los días terrenales(1949). Aunque sigue creyendo en el partido como la forma superior de organización, indispensable para dirigir a la clase obrera, ya pone en sus páginas la debilidad política del Partido Comunista Mexicano, sus luchas y divisiones internas, las frecuentes expulsiones de militantes. Pone en escena a los comunistas doctrinarios, que no dudan ni cuestionan sus creencias, seguros de poseer la verdad histórica, hasta llegar al fanatismo, frente a los que considera “verdaderos”, los cuales siempre dudan, cuestionan los medios desde una posición humanista, y son fraternales, como él mismo. El autor se centra en el comunismo mexicano –al que en alguna carta se refiere como “estalinismo de huarache”–, pero ya entonces en el mundo occidental se ponía en tela de juicio el desarrollo ideológico político del movimiento comunista internacional. Ya se sabía de los procesos a militantes.

Sobre “el caso” en que se convirtió la recepción de Los días… se ha vertido mucha tinta. Militantes de casi todas las organizaciones de izquierda, incluso algunos que habían sido sus amigos, reaccionaron en forma airada y visceral al enjuiciar la novela. A través de una multiplicidad de argumentos y adjetivos –por ejemplo existencialista, antidialéctico, antimarxista– reprocharon a Revueltas la visión del hombre expuesta en la trama, como un ser impotente ante la historia. Le recriminaron el alejamiento del realismo que mostraba su literatura.

En tanto las críticas de sus compañeros eran de índole doctrinaria, reconocidos escritores no comunistas como Salvador Novo y Alí Chumacero, elogiaron la novela desde el punto de vista literario.

Revueltas entró en crisis. Publicó una nota reconociendo la pertinencia de las críticas y prometiendo revisar sus fundamentos teóricos y estéticos hasta hacer que estos concordaran con sus principios marxistas. No bromeaba. Intentó retirar su novela de las librerías, y suspendió las exitosas representaciones de su obra El cuadrante de la soledad, también tachada de los mismos defectos ideológicos que Los días…

Durante un tiempo, qué el describió más adelante como de “una sorda y violenta lucha interior”, el escritor, se concentra en hacerse una autocrítica ideológica y estética, e intenta entender y aceptar el realismo socialista. En una carta autoflagelatoria, pide su readmisión al PCM y lo hace en 1956. De acuerdo con su nueva actitud, no da a la luz novelas políticas. El mismo año publica En algún valle de lágrimas, donde intenta una especie de realismo balzaciano. Y en 1957, Los motivos de Caín, donde ejerce un relativo realismo socialista. Relativo pues ambas novelas están signadas por la desesperanza.

En 1960 José Revueltas es expulsado de nuevo del PCM. Pero ahora, después de la última experiencia, y tras mucha meditación y estudio, su posición ha cambiado de nuevo. Ahora, ha recobrado la confianza en sí mismo y sabe que tenía razón en el cuadro de la militancia que presenta en Los días terrenales.

Las convicciones del autor se ven reafirmadas por el contexto internacional, en la URSS se inicia la crítica del estalinismo. Por otra parte, su esperanza en un destino socialista libertario para la humanidad se reanima con la Revolución cubana, y viaja a Cuba donde imparte clases varios meses de 1961.

En esta primera mitad de la década de los sesenta, el escritor incursiona infructuosamente en nuevas organizaciones, políticas. Y, ya con la decisión –expresada en entrevistas posteriores— de nunca volver a silenciar su voz, publica dos de sus obras fundamentales. En 1962 el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, obra fundadora de la ciencia política en México, y cuya lectura fue prohibida a los militantes del PCM. Y en 1964 su segunda gran novela política, Los errores, donde no sólo reafirma la visión negativa ofrecida en Los días…, sino la hace extensiva al movimiento comunista internacional.

Los errores, de nuevo execrada por los camaradas en muchos artículos, fue objeto de una interesante reseña por parte de un escritor tan devoto de la perfección textual como Juan García Ponce. Bien distante de la ideología revueltiana, el escritor yucateco leyó detenidamente la novela y criticó a fondo su estructura; pensaba que la trama adolecía de un exceso de acontecimientos. Sin embargo, me gustaría recordar que, cuando hacia 1999 pedí permiso a García Ponce de incluir su reseña en la antología que entonces preparaba, aceptó con la condición de que también insertara un trabajo suyo posterior, sobre El Apando, un texto muy elogioso desde el punto de vista literario. El autor de La casa en la playa me dijo que cuando reseñó Los errores quería ser muy crítico con Revueltas, pero a finales de siglo “sólo desearía hacerle un homenaje”.

La aparición de la novela recibe asimismo una calurosa bienvenida por parte del autor ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta.

En el ámbito académico, la obra literaria de Revueltas era virtualmente ignorada. Casi no se analizaba en los cursos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM — insisto, estamos en la primera mitad de los sesentas–; una honrosa excepción era la asignatura de posgrado del cuentista José Luis González que se ocupaba en detalle de Los días terrenales. La única tesis sobre esta obra, presentada antes, es la de James East Earby sobre La influencia de Faulkner sobre cuatro escritores mexicanos, en 1956.

 

El movimiento estudiantil de 1968: Revueltas entra a la historia y a la leyenda.

Hacia la segunda mitad de la década de los sesenta, ya José Revueltas tenía un espacio reconocido en el campo cultural mexicano. Así, en 1967 recibe el premio Xavier Villaurrutia por su obra literaria. El mismo año aparece la edición de la obra en dos volúmenes, a iniciativa de Martín Luis Guzmán. El hecho de que las narraciones fueran compiladas y epilogadas por José Agustín emblema del escritor juvenil, en esta edición, es una señal de cómo las nuevas generaciones se aproximaban al escritor militante.

Desde la óptica política, la posición izquierdista de Revueltas se daba por un hecho; así, fue invitado a Cuba como jurado de Casa de las Américas a principios de 1968. No obstante, en su propio país, desde el punto de vista de la militancia política, el autor continuaba buscando sin éxito nuevas formas de organización.

Con la experiencia de muchas batallas políticas perdidas, personales y colectivas, Revueltas hacia finales de los sesenta, se enteró del movimiento que se gestaba en los ámbitos estudiantiles. Se presentó por su cuenta en la Universidad Nacional Autónoma de México, y encontró en las asambleas juveniles aquello que ansiaba: democracia y fraternidad en la lucha social. Una vez más se integró de lleno al activismo político. En una entrevista posterior, dijo a Ignacio Hernández dijo que había comprendido que la rebelión juvenil iniciaba “el renacimiento de un Nuevo México” y que no había dudado ni un segundo en entregarse a esa causa. Vio una alternativa a la organización, distinta de en un partido centralizado y autoritario y empezó a teorizar sobre una nueva posibilidad que él llamó la autogestión.

Revueltas, sabemos, fue acusado falsamente de ser dirigente del movimiento y encarcelado una vez más por ello en 1970. Condenado a 16 años de prisión, permaneció hasta mayo de 1971, cuando fue liberado “bajo palabra”. Durante esta estancia escribió una de las novelas más perfectas de la literatura mexicana, El apando, y algunos de los relatos de la colección Material de los sueños; así como textos de reflexión filosófica y política.

El alzamiento de 1968 generó cambios radicales en el sistema político mexicano, e inspiró, muchas obras de arte. Tanto los que participaron en el movimiento, como los simpatizantes, crearon obras para entender, registrar, recrear los acontecimientos, a través de la literatura, el mero testimonio personal, el análisis político, la historia, el cine, la fotografía, la pintura, la música. Obras que a estas alturas ya constituyen un extenso catálogo.

La mayor parte de los estudiantes, activos o no, eran –o más bien éramos, pues se trata de mi generación– nacidos entre 1936 y 1950, la que los historiadores caracterizaron como generación del 68.  Y José Revueltas fue, es, el intelectual emblemático de este movimiento social: ese año ingresó a la vez al ámbito de la historia y al de la leyenda, como se pudo apreciar en algunos momentos significativos.

Volviendo a la recepción, al final de la década de los setenta, y a lo largo de la de los ochenta, se puede apreciar un incremento notable en los textos tanto informales como académicos sobre el autor y su obra. Un hecho fundamental fue la publicación de sus obras completas en 26 volúmenes, amorosamente compiladas y editadas por Andrea Revueltas y Philippe Cheron y con la colaboración de varios estudiosos, entre 1978 y 1987. La edición incluye y desborda la obra literaria. A través de un prisma a la vez temático o genérico y cronológico se ordenan y anotan, las novelas y cuentarios ya publicados, se compilan las narraciones y poesía fragmentarias, inéditas y desperdigadas. También se reúnen documentos personales, diarios de escritor, cartas, apuntes diversos, los cuales, como comentó José Emilio Pacheco, nos permiten un acceso excepcional a la intimidad del escritor.  Se incluyen las crónicas, que permiten ver cómo el periodismo se convierte en literatura; las obras de teatro, los ensayos sobre cine y la información sobre los guiones cinematográficos; ocupa un volumen el extenso guion no filmado de nombre Tierra y libertad. Varios tomos se dedican a la obra ensayística, sobre literatura, historia, política; sobre esa interrogante continua en nuestra cultura, en especial en las décadas 30, 40 y 50 sobre la especificidad del y lo mexicano.

Acerca de este último tema, el autor escribió muchos textos a lo largo de su vida, así dijo en 1983 que México era “el arqueopterix”, ese hallazgo fósil de los estratos de la era Mezozoica, mitad reptil y mitad ave. Mucho antes, en 1950 había dicho en una entrevista a Oswaldo Díaz Ruanova:” Yo no soy existencialista […]. Me tienen por un heterodoxo del marxismo, pero en realidad no saben lo que soy: un fruto de México, país monstruoso al que simbólicamente podríamos representar como un ser que tuviese al mismo tiempo forma de caballo, de serpiente y de águila. Todo es entre nosotros contradicción”.

El seguimiento de esta inquietud puede apreciarse con la publicación de los 26 volúmenes. La serie nos hace conocer, como nunca antes, al autor en su multiplicidad y complejidad. La publicación diversidad colabora a la profusión de estudios sobre la obra del autor con que ahora contamos. Posteriormente las obras, como suele ocurrir, se han ido enriqueciendo con nuevos hallazgos.

Hablamos de momentos que definieron la situación de Revueltas en el campo cultural mexicano, su excarcelación y sobre todo su fallecimiento en 1976. A su muerte, prácticamente todas las publicaciones del país, los diarios más importantes, los periódicos estudiantiles, sindicales y partidarios, por definición marginales, los suplementos y revistas especializadas, pasando por una amplia gama de matices ideológicos, expresaron sus condolencias. Abundaron, como suele pasar, semblanzas, dedicatorias, homenajes. Sin duda había se hizo evidente la nueva generación de lectores de Revueltas. En buena medida es cierta la afirmación de Héctor Manjarrez, “no ha que extrañar a nadie que los mejores y más atentos y más atentos lectores de Revueltas sean 30 y 40 años más jóvenes que él”.

En las instituciones de educación superior surgen las tesis y algunos libros sobre la obra literaria del autor. Análisis que documentan la falsedad de algunos de los detractores de las novelas políticas que afirmaban que José Revueltas no era un buen escritor, y lo calificaban de disperso, descuidado, inacabado.

Del Centenario a la etapa actual.

            En 2014, se celebró en todo el país, y en algunos extranjeros el nacimiento de Octavio Paz, Efraín Huerta y José Revueltas. Los tres escritores fueron objeto de diversas actividades conmemorativas, reediciones de sus obras, lecturas públicas de las mismas y diversos actos especiales.

Se exploraron las relaciones entre ellos y se reconoció su valiosa y no suficientemente analizada herencia cultural. Se puso el acento en la gran libertad de expresión que, de diversas maneras, en diferentes circunstancias, desde distintos lugares, conquistaron.

De nuevo se produjo un florecimiento en los trabajos sobre José Revueltas, que, con etapas de aceleración y otras más pausadas, ha ido creciendo desde entonces hasta el presente.

Ya nadie niega el importante sitio de José Revueltas en el canon de la literatura mexicana; ya nadie sostiene que fue un escritor deficiente. Por lo contrario, sus narraciones se han visto asediadas con modernos métodos de análisis literario y estético. Su pensamiento se ha puesto a discusión con pensadores del nuevo siglo.

Ahora existen tesis ensayos y libros que comentan las propuestas filosóficas del autor, las políticas, las periodísticas, las teatrales, las poéticas. Se revisan sus viajes y sus epístolas. No menciono nombres de los estudiosos para no ser injusta si omito a alguno-a, pero por lo general se trata de excelentes aportaciones.

Hay estudios sobre las valiosas aportaciones de Revueltas al arte  cinematográfico, como teórico, como guionista; inclusos sus intentos de filmar. Y, en forma complementaria, se han llevado al cine varios de sus textos.

Hemos visto que la imagen de José Revueltas fue captada en testimonios auditivos y cinematográficos. Y su persona ha sido convertida en personaje de relatos y películas.

La obra literaria de Revueltas ha sido inspiración para escritores y otros creadores.

En la actualidad nadie podría decir que se trata de un autor marginado u olvidado. Es conocido y querido por grandes grupos, e incluso por el poder estatal, como prueba el hecho de que su nombre, como el de Octavio Paz y el de Efraín Huerta, fue colocado en letras de oro en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Sin embargo, lamento decir que, a pesar de todo, más allá de los especialistas, su obra no ha sido suficientemente leída. Acercar esta obra singular a la mayoría de lectores y lectoras es una tarea pendiente para todos nosotros.