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Soberanía energética y la refinería Olmeca



Soberanía energética y la refinería Olmeca

Jonatan Romero

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) inauguró la refinería Olmeca este primero de julio en Tabasco y dicha obra está dentro del Plan Nacional de Desarrollo de la Cuarta Transformación (4T). La obra tiene el objetivo de 1) rescatar la industria energética nacional, 2) dejar de depender del mercado exterior de energía y 3) combatir las presiones inflacionarias del cual es presa el mundo en la actualidad.

El discurso inaugural fue muy claro sobre los retos, ya que, según AMLO, por un lado, a “ello debe agregarse que oportunamente se decidió construir esta refinería. (…) Nos estamos preparando para dejar de importar gasolina, diésel y turbosina, ser autosuficientes, crear empleos en el país y dedicar estos combustibles al mercado interno y al desarrollo nacional”, y, por el otro, “Poco a poco hemos venido recobrando la rectoría del Estado en la planeación y el desarrollo nacional. Al igual que Pemex, también hemos venido rescatando a la Comisión Federal de Electricidad”.

México entró en una nueva etapa en su lucha por conquistar la soberanía energética, porque, la refinería Olmeca promete romper con la espiral de dependencia neoliberal en el sector energético, y, por el otro, puede romper con los lazos de sometimiento con Estados Unidos. La derecha tiene muy claro las oportunidades en este ramo y por eso mismo está inundado el debate público con mentiras, discurso de odio y violencia anónima. Aquí comienza una nueva época y hoy mas que nunca, los mexicanos sueñan con un mejor futuro.

Los especialistas estiman que la refinería Olmeca produzca alrededor de 172 mil barriles de gasolina por día, también pueda refinar 125 mil barriles de diésel, entregar 9.4 mil barriles de propileno y generar 9.3 mil de barriles de gas licuado. México tiene el objetivo no sólo de construir una mega obra, sino además de poder, como dirían los economistas, dar valor agregado a la materia prima por excelencia del país: el petróleo.

La 4T no tiene pensado en este momento en convertir a México en un país petrolero o de refinación, sino que, Dos Bocas promete dar resultados durante 20 años y, así, mediante la industria petrolera, conquistar el desarrollo industrial que tanto ha apostado el país. A contrapelo de la narrativa neoliberal y maltusiana de izquierda, los caminos alternativos no se pueden tomar de un momento a otro, sino que, cada proceso emancipador debe contemplar tanto su historicidad como su rango geográfico. Los mexicanos necesitan de los hidrocarburos para caminar hacia la soberanía y emancipación.

Ahora es el momento de tocar un punto central en este debate, puesto que la derecha ha cuestionado el espacio donde se construyó la mega obra. La izquierda debe tener algo en cuenta para responder de manera certera a los jilgueros de la ideología neoliberal y a los malthusianos de izquierda. México produce el 80% de los hidrocarburos en esa zona y, sin la refinería, ese porcentaje va a parar a manos de las grandes corporaciones transnacionales texanas. Es decir, mientras el oportunismo se desgarra, con dinero de extranjeros, las vestiduras con el tema del medio ambiente, por el otro lado, los fondos internacionales ganan jugosas cantidades multimillonarios con el saqueo de los recursos naturales de los países periféricos.

AMLO está luchando contra los poderes fácticos del mercado energético mundial, una élite política nacional parasitaria y un marco jurídico neoliberal. La refinería Olmeca viene a darle un soporte más a la transformación nacional y, en ese sentido, mientras la reforma energética dejó un saldo negativo para la industria nacional, en otro lado, dos bocas intentan corregir esos malos manejos de los cuales no se puede salir de un solo momento. Por ejemplo, mientras en 2012, México producía gran parte de sus recursos energéticos, para 2021, el país era dependiente en gran medida del mercado mundial.

Por ejemplo, en 2011, México producía el 76% de sus requerimientos en términos de gas, y, para el 2021, la importación había llegado al mismo nivel de su producción de hace 10 años. En ese sentido, las fuertes heladas de 2021 en Texas dejaron claro que México dependía demasiado del gas y que su principal vendedor era estados Unidos. La soberanía nacional estaba comprometida hasta el 90% por la fuerte relación con el vecino del norte en términos de gas y, por eso mismo, una política energética nacional era muy necesaria, aunque enfurecieran los ideólogos del neoliberalismo.

Entonces, la refinería Olmeca coronó la estrategia de la 4T en términos de soberanía energética que viene acompañada con otros elementos que se han desarrollado en los 4 años de gobierno de Obrador. Así, el estado invirtió 37 millones de pesos en la recuperación de 6 refinerías y, de esta manera, la administración federal aumentó la producción de gasolina, pues pasó de 747, 000 barriles diarios a 822, 000 barriles diarios en tan solo un año. La cuarta transformación ha eclipsado totalmente al neoliberalismo en este tema.

La administración pública ha construido en tiempo récord una nueva refinería y, además, compró otra en Estados Unidos. Con lo anterior, México refinará 700 mil barriles diarios de petróleo y, en este punto, Obrador aseguró que “Vamos a estar ya en condiciones de procesar toda nuestra materia prima, esperemos que esto se pueda concretar para 2023, lo que va a significar producir en México todos nuestros combustibles. Es un giro muy importante en cuanto a política petrolera y es una muy buena noticia”.

En el argot económico se afirma naturalmente que los datos son fríos. Por eso mismo, vale la pena recordar algunos elementos numéricos sobre este tema y, según datos oficiales, en un año, la producción en hidrocarburos creció un 10%, esto gracias al mejoramiento de las seis refinerías que hizo el gobierno de Obrador. Esta ampliación pasó de 747,000 barriles diarios a 820, 000. En otras palabras, mientras las administraciones anteriores entregaron la soberanía energética a los extranjeros, en menos de 4 años, el gobierno progresista devolvió la estabilidad en este sector de la economía nacional.

Según los datos oficiales de Pemex, la refinería de Salinas Cruz produjo 178,000 barriles diarios, Tula aportó 176,000 barriles diarios, Salamanca dio 134,000, Minatitlán generó 123,000, Cadereyta engendró 115,000 y Madero reprodujo 95,000. Así, la estrategia federal ha dado resultados muy importantes durante estos años, lo cual coloca al neoliberalismo en un predicamento, ya que, ellos llevaron a la quiebra total este sector económico. Gracias al parlamento abierto, los ciudadanos son conscientes que existen dos proyectos de nación: uno que está al servicio de los negocios extranjeros y otro que apuesta por la soberanía nacional y que la industria esté al servicio de los mexicanos.

La transición energética es una realidad y la izquierda mexicana recupera poco a poco la nacionalización de la industria. Romero Oropeza mencionó en el informe especial de la transformación energética que, en 2018, la 4T produjo cerca de 1.7 millones de barriles diarios, para 2022, México generó 1.75 millones y, para 2024, se ampliará el nivel de producción a 2 millones. El objetivo está muy claro y el reto sería no depender más de Estados Unidos. La dignidad mexicana comienza a mostrarse a nivel nacional y los portavoces de las corporaciones extranjeras muestran su impotencia mediante la difamación cínica.

Frente a la tormenta ucraniana, México avanza de manera estable y, mientras, las potencias no saben solucionar su dependencia al petróleo, el gobierno de AMLO está dando resultados muy positivos a los ojos del mundo. Por ejemplo, Standar& Poor´s calificó de nuevo al país y, lo más rescatable es que su calificación pasó de negativa a estable. Los brujos del neoliberalismo no saben que ferrocarril está pasando sobre ellos. Pero, la cuestión central sería clarificar el tema de la inflación y el impacto que ha tenido y tendrá en este punto.

Datos oficiales de la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico (OCDE) hicieron hincapié que, en 2021, México tenía una inflación energética muy alta y sólo dos países tenían una cifra más alta: Noruega y Canadá. Para esto, el gobierno de Andrés Manuel alcanzó la cifra récord de 14.5% y esta era la más alta desde el famoso gasolinazo. Algo que se omitía era la cuestión de que Alemania y estados Unidos mantenían tasas bastantes elevadas. Ahí, los analistas se encargaron de difundir de que los resultados reflejaban la mala política energética de Obrador y nada se decía de los efectos devastadores de la pandemia a nivel internacional.

Con la guerra en Ucrania los resultados cambiaron drásticamente en unos cuantos meses. Mientras, todos los países sufrieron un alza importante en este tema, México bajó su presión inflacionaria a 5.3%. La cosa curiosa es que mientras el gobierno mexicano quedó como el más bajo, todos los demás la incrementaron de manera dramática. En ese sentido, la estrategia energética dio resultados en plena crisis militar y de hidrocarburos y, así, los intereses económicos volvieron a la riqueza concreta: los recursos naturales.

México ha colocado en el centro del debate la soberanía energética y, mientras, el mundo estaba embriagado con los ideales liberales, en el otro polo, Obrador está apostando por la nacionalización de la producción de hidrocarburos y que estos estén al servicio no solo de los intereses privados sino de la sociedad en su conjunto. Es decir, los resultados positivos no solo se deben a la política fiscal, sino responden a la política en su conjunto de la 4T. La nueva normalidad comienza a dictar su rumbo y, algo es muy seguro, no será basado en las acciones bursátiles sino en los recursos naturales: el oro y energéticos.

Otra cosa que ha quedado en claro es que la narrativa neoliberal ha quedado sepultada, ya que las bondades del mercado nunca llegaron a los bolsillos de los mexicanos. 40 años de libremercado y nunca hicieron nada para proteger el mercado interno. Todas las obras eran financiadas por el pueblo y las ganancias paraban en manos de los grandes fondos internacionales. El país quedó herido de muerte y los malos gobiernos desangraron por todos lados a esta nación. Ahora, un gobierno comprometido con los mas vulnerables llegó sin lugar a duda y las elites perdieron su fuente de enriquecimiento: el Estado.

Finalmente, los avances de esta cuarta transformación no son menores y, en términos energéticos, los beneficios sociales son bastantes. Andrés Manuel ha logrado de manera tajante llevar a buen puerto la primera fase de la soberanía nacional. México no tendrá un líder como él en mucho tiempo y ningún sucesor tendrá el talante que necesitan los mexicanos. El caudillismo no podrá tener una réplica en la sucesión presidencial y, aunque, la baraja es muy amplia, ninguno tiene las cualidades que el tabasqueño.

De lo anterior, una conclusión debe deducirse en dos planos, primero, los mexicanos deben continuar la transformación obradorista y, segundo, la continuidad no está condicionada por un héroe nacional. La cuarta transformación debe transitar a un modelo colectivo en donde la organización de las masas sea la gran heredera de este proceso. En términos energéticos, la disyuntiva es de vida o muerte, porque, la transformación misma está en juego: o la burguesía y el terrateniente la secuestran o se pone al servicio de la clase trabajadora. Aquí radica el gran reto.

La reforma constitucional en términos energéticos no puede reducirse a un capricho ajedrecista o coyuntura, sino debe colocarse en el plano histórico general. Los progresos no pueden perderse después de concluido el mandato de 2018 a 2024 y, por eso mismo, la 4T debe apostar por la modificación de las leyes en términos de los recursos naturales. Llegue quien llegue no podrá mantener tan fácilmente los resultados positivos que dejará Obrador y, por eso, deberá construir una plataforma legal fuerte para lograr estos objetivos.

Muchos analistas de la 4T piensan como conservadores, ya que, las reformas constitucionales las ven como 1) una exageración política emanada por un pensamiento radical ahistórico o 2) un caldo de cultivo para detonar la violencia. Allí, la cuestión está totalmente invertida y debe queda muy claro el tema. En estos cuatros años, algo ha quedado muy claro y es que la derecha no dejará pasar fácilmente la estrategia sobre soberanía energética. La 4T no puede conformarse con las leyes secundarias y tiene la responsabilidad política por allanar el camino hacia la reforma constitucional en materia energética.

En ese sentido, la reforma energética tiene dos posibilidades en el futuro: o toma la propuesta de Obrador como valida o toma un camino más radical. Allí no existe una bolita mágica, pero quién definirá el rango será la organización política y las asambleas populares, que deberán renacer en estos tiempos turbulentos y así lograr concretar el camino hacia la soberanía nacional. El camino no está claro, pero una cosa es segura: la asamblea popular generará la segunda fase de la soberanía nacional.




En la jaula del prejuicio. Crítica sobre el libro Regreso a la Jaula de Roger Bartra



En la jaula del prejuicio. Crítica sobre el libro Regreso a la Jaula de Roger Bartra

Héctor Alejandro Quintanar

Dentro del debate político e intelectual, muchas veces cuando un personaje etiqueta a un adversario, más que definir al rival, el emisor trata de definirse a sí mismo, en una fórmula que implica que al imputar alguna postura al Otro, de inmediato el hablante quiere situarse en un campo ideológico o político radicalmente distinto. O al menos esa es la intención consciente o inconsciente.

Hoy, eso suele ocurrir con la palabra “populismo”. La ligereza con la que se usa el término y la carencia de rigor histórico con la que se espeta llevan a pensar que, quienes emplean ese concepto como un simple mecanismo desacreditador, en el fondo nos quieren decir desde qué postura política se ven a sí mismos cuando hablan. A veces, pues, parece que cuando alguien dice “Fulano es populista”, en el fondo nos quiere decir “Y yo soy demócrata liberal” o “Y yo pertenezco a la izquierda ilustrada”. Es, en suma, un intento tácito de definirse a sí mismos por contraste.

El nuevo libro de Roger Bartra, Regreso a la jaula. El fracaso de López Obrador parece ser un compendio extendido del autor para reproducir esa fórmula y tratar de reivindicarse a sí mismo como la medida de la izquierda y la democracia, diciéndonos por qué el gobierno de López Obrador ya fracasó –a dos años de haber iniciado- y, más importante, diciéndonos por qué el gobierno de López Obrador no es de izquierda y sí es un artificio fallido proclive a una deriva autoritaria.

El ensayo, sin embargo, no logra su cometido por una razón estructural: el autor nunca se propuso en su libro ofrecer evidencia, o al menos indicios, de sus asertos y constantes insultos, sino solamente busca exponer, desde una perspectiva autorreferencial, que López Obrador es un político populista de derecha reaccionaria. Y el único “argumento” con que habla Bartra es el de autoridad: para el antropólogo, es suficiente que él crea que es así para que su juicio en automático sea válido.

El formato del libro ya ofrece una señal fuerte en ese sentido, pues se trata en su mayoría de un compendio de artículos del autor publicados previamente en el diario Reforma en los últimos cuatro años, con algunos comentarios añadidos. El autor no sopesa nada ni recurre a otras fuentes más que a sí mismo. Y, en una revisión documental más amplia, nos damos cuenta que en realidad el libro es una repetición de asertos que Roger Bartra lleva diciendo más o menos tres lustros y que expuso en dos momentos clave: un ciclo de conferencias que él organizó llamado Gobierno, derecha moderna y Democracia en México, expuesto en la UNAM en 2008; y un artículo de Bartra, publicado en marzo de 2012, en contra de la convocatoria de la “República amorosa” que hizo López Obrador en fines de 2011. En suma, sin verificar o contrastar sus dichos y creencias de entonces ante la evidencia disponible, el autor prefirió elevarlos a sentencias inapelables en su libro. Mediante estas líneas se busca resaltar esa carencia argumentativa y se hará la disección de dos tesis centrales que dan base a la obra.

“López Obrador ganó por culpa del PRI”

La piedra angular del libro de Bartra es ese aserto: la victoria de López Obrador en julio de 2018 se dio por culpa del PRI. El autor no dice eso como fórmula retórica que haga alusión a que la corrupción e incompetencia de Peña Nieto facilitaron una simpatía ciudadana para votar por su principal crítico, que era el tabasqueño.

No. Bartra expone en su libro que López Obrador ganó gracias a un operativo antidemocrático del PRI y a una movilización oficial de gobiernos locales y otros sectores priistas a su favor. En el tercer apartado de la primera parte del libro, el autor nos dice que el PRI maquinó el triunfo de Morena “mediante gobiernos estatales”, movilización de sindicatos y “penumbras”; en el noveno apartado de esa primera parte asegura que “Peña dio apoyo electoral enorme a AMLO”, que “el PRI auspició el voto por el tabasqueño porque éste se priizó y volvió al rebaño” y el presidente saliente “pactó” con el candidato de la Coalición Juntos Haremos Historia.

Bartra no se hace cargo de sus dichos en ningún momento. Nunca nos dice siquiera qué gobernadores priistas incurrieron en eso y mediante qué recursos. La única “evidencia“ que ofrece Bartra es decirnos en su libro que él oyó esos dichos en algunas conversaciones privadas que tuvo con ciertos actores políticos; nos comparte una encuesta telefónica donde 40 por ciento de los participantes declaró “haber votado por el PRI” antes y haberlo hecho por AMLO en 2018; y por último, señala la presunta investigación que la PGR peñista abrió contra Anaya por lavado de dinero durante la contienda electoral.

Contradiciéndose a sí mismo, Bartra también menciona en numerosas ocasiones que el triunfo de AMLO en 2018 se debió a que la ciudadanía votó “por tedio y aburrimiento contra la democracia” y, asimismo, a que los electores votaron “con desesperación y rabia” a favor de López Obrador en un ejercicio de “nostalgia” absurda por el pasado pre-neoliberal. No hay un solo intento en el libro de conciliar sólidamente dos posturas tan diferentes: si el triunfo de AMLO se dio por un operativo de Estado para movilizar priistas corruptos pero racionales que votaron por interés, eso anularía la tesis del votante irracional pero antipriista que tachó en la boleta en favor de Morena por enojo contra el sistema que encabezaba Peña Nieto. Bartra parece ni siquiera darse cuenta de esa paradoja.

Al parecer Bartra no se tomó nunca la molestia de asomarse mínimamente al perfil de los votantes por López Obrador en 2018 ni el modo en que Morena, y el movimiento político que precedió al partido, han impactado en la historia electoral mexicana reciente.  Para Bartra resulta inexplicable el hecho de que Morena como partido haya obtenido “sólo 6 millones de votos” en la elección de 2015 y, tres años después haya ganado la presidencia con más de treinta millones de votos. Aún si nos guiamos bajo esa lógica reduccionista de especular resultados a partir de los votos obtenidos en elecciones anteriores, los números desmienten a Bartra.

Para el antropólogo resultan prescindibles por lo menos quince años de historia política reciente, en donde nunca notó que, de manera sostenida y ascendente, López Obrador ha sido uno de los políticos de las izquierdas mexicanas electoralmente más exitosos. En 2006, y obviando las chicanadas electorales de ese momento, AMLO obtuvo 14.7 millones de votos. Eso significó el número histórico de casi diez millones más de los que Cuauhtémoc Cárdenas obtuvo en la elección del 2000. En 2012, logró 15.8 millones de sufragios, lo que significó la votación más amplia alcanzada por la izquierda partidista en la historia de México hasta entonces. No es ocioso exponer asimismo que, en 1997, bajo la conducción de AMLO, el PRD logró los mejores números comiciales en su trayectoria hasta ese momento. La inercia de votos a favor del tabasqueño, como en su momento fue el caso de Lula da Silva en Brasil cuando ganó la presidencia en 2002, ha sido siempre al alza en las contiendas donde ha participado.

Y lo verdaderamente importante está en las razones de esa inercia. Para Bartra, fue totalmente prescindible el hecho de que Morena haya sido el partido emergente más electoralmente exitoso de la historia de la democracia mexicana, y que en su primera elección -2015- no compitió para salvar el registro –como suelen hacerlo los partidos debutantes- sino que se posicionó como “partido grande” de inmediato, donde, a excepción de tres entidades federativas, logró ubicarse como un organismo competitivo a nivel nacional; ganó distritos electorales clave en nueve entidades grandes de la república y pudo posicionarse como primera fuerza política en la Ciudad de México.

Ello no fue producto del “humor social” espontáneo, sino un hecho que Bartra desdeña (o ignora): una sostenida labor de socialización política que, con trabas y zigzagueos pero que de manera constante se hizo presente en la escena política mexicana desde 2005 –cuando el desafuero-, y que ha protagonizado episodios –por su número e impacto- sin precedentes en la historia reciente mexicana, como las movilizaciones electorales de 2005-2006, el registro multitudinario del llamado “Gobierno legítimo” de 2006-2007, o el Movimiento en Defensa del Petróleo de 2008. El impacto electoral de esa vena movimientista es aún un fenómeno por medir, pero da indicios de su fuerza el hecho de que en diversos distritos del país, la socialización política del morenismo ha logrado presencia y votaciones inéditas desde antes de 2018; como fue el caso de distritos locales en Veracruz en 2016.

Por otro lado, cualquier medición mínima de quiénes votaron por López Obrador desbarata totalmente las tesis de Bartra sobre que los electores en 2018 optaron por la nostalgia por “el viejo régimen”. El 63 por ciento de los votantes jóvenes menores de 40 años en 2018 –número en sí mismo enorme- votó por el tabasqueño ¿Cómo podrían esos electores sentir “nostalgia” por un periodo de tiempo que ellos no vivieron? Bartra ni siquiera se da cuenta de esta notoria oquedad argumentativa en sus asertos.

La elección de 2018 arrojó al resultado más contundente de la historia de la democracia mexicana, y el aspirante de Morena obtuvo 30.1 millones de votos. Ganó en 31 de 32 entidades federativas, de las cuales, por primera vez en la historia, solamente 15 eran gobernadas por el PRI (si seguimos la lógica de Bartra, ¿cómo habrán hecho los gobernadores priistas para movilizar a personas priistas para votar por AMLO en entidades que no gobiernan?).

La investigación que documente o mida las razones que impulsaron a ese arrollador número de ciudadanos a sufragar por AMLO es aún una tarea pendiente, pero suponer que tan inéditas y contundentes cifras son producto, o de la maquinaria fraudulenta de los gobernadores tricolores, o de una cauda de zombies que votaron con el hígado, no son, por ningún motivo, hipótesis dignas de tomarse en serio. Esos dos exabruptos son, en el mejor de los casos, un “whishful thinking” de Bartra que entraña ciertas pulsiones elitistas, al especular, sin matiz de ningún tipo, que los votantes de alguien que a él le desagrada son o corruptos manipulables o ajolotes irracionales enojados con la democracia… a pesar de que esos ajolotes participaron copiosa y pacíficamente en el proceso democrático fundacional: las elecciones.

Los académicos, incluido Bartra, debemos tener no sólo la humildad suficiente, sino también la evidencia, para hablar de un fenómeno que aún no se ha discernido del todo debido a su magnitud: recibir 30 millones de votos en el México contemporáneo es un hecho insólito, histórico y contundente que no se puede explicar a través de teorías conspirativas o mediante rumores palaciegos. A menos que lo que se busque sea desestimar o insultar a los electores.

“López Obrador es un populista de derecha y una quimera reaccionaria”

Persistentemente hay en el libro de Bartra una etiquetación condenatoria donde señala a López Obrador como “un populista de derecha de manual”. En esta reseña se obviará el hecho de que Bartra en ningún momento ofrece una definición sociológica de “populismo”. Se sobrentiende en su obra que “populismo” es algo indeseable, pero sorprendentemente el autor mete en esa categoría a políticos no sólo distintos sino contradictorios entre sí, como los actuales postfascistas europeos y anglosajones (Orbán o Trump) y los desarrollistas clásicos latinoamericanos, como Cárdenas y Perón. Así, más que una definición rigurosa sobre “populismo”, Bartra reproduce en su obra la vulgata panista sobre ese término, alejada del rigor científico, que fue el eje central de campaña de Calderón en 2006.

Si se le da el beneficio de la duda a Bartra, pareciera que al calificar como “populista de derecha” a AMLO numerosas veces, el autor está más preocupado por la segunda parte de esa etiqueta que la primera. Hay una urgencia incisiva del antropólogo por decirnos que López Obrador es “de derecha”. De nuevo, el autor deja en el aire ese señalamiento, que suena más a delación que a categorización sociológica, y no la sustenta sólidamente.

La base para esa afirmación estriba en que Bartra entiende el discurso de AMLO como un entramado moralizante, de extracto religioso, que tiene una epítome y ejemplo máximo en la propuesta de la “Constitución Moral” que propone el tabasqueño, a la que Bartra dedica muchas páginas.

Los dicterios de Bartra en este sentido, de nuevo, carecen de evidencia y no pasan de ser burlas simplistas contra López Obrador y contra otros personajes cercanos al tabasqueño que colaboraron en la redacción de esa obra. El antropólogo achaca ese tono moralista en AMLO a su mentor juvenil, el maestro Rodolfo Lara Lagunas –por ser éste el autor de un libro llamado Jesús, líder de izquierda-, y espeta sarcasmos en contra de algunos de  los seis coordinadores de la obra Guía ética para la transformación de México. Más allá del tono burlesco y de la falacia ad hominem que ejerce Bartra (dirigida por cierto a personajes respetados de la academia y el periodismo, como Enrique Galván Ochoa o Margarita Valdez, colega de Bartra en la UNAM), la realidad es que en esa crítica de nuevo el antropólogo se repite a sí mismo… sin haberse documentado ni al mínimo.

La acusación de que López Obrador encabezaría un gobierno “populista de derecha” basado en una “quimera reaccionaria” la hizo por primera vez el autor en un artículo publicado en Letras Libres en marzo de 2012, en respuesta a la convocatoria del entonces precandidato AMLO hizo en noviembre de 2011 sobre construir los “Fundamentos para una República amorosa”. A Bartra le bastó el tono retórico –y acaso cursi- de esa convocatoria del tabasqueño para interpretarla como una ocurrencia religiosa y condenarla, pero nunca se tomó la molestia de mirar sus fundamentos empíricos y el origen concreto que tuvo.

Y es ahí donde es necesario ofrecer la evidencia que Bartra, de nuevo, pasó por alto, por ignorancia o por desidia ¿Cuál es el contexto histórico que dio vida a aquella convocatoria que, luego de algunos años, desembocó en un escrito axiológico que hoy el Gobierno difunde entre adultos mayores?

En el año de 2007, tras la asunción fraudulenta de Felipe Calderón, López Obrador y un grupo de colaboradores iniciaron un recorrido por todo el país, en aras de hacer socialización política y fortalecer la presencia territorial del llamado Gobierno legítimo, que fungía como figura de mediación entre ese equipo político y los simpatizantes del tabasqueño que no militaban en partidos políticos.

Como se ha documentado numerosas ocasiones, a partir de ese momento López Obrador y colaboradores cercanos recorrieron el país localidad por localidad, a ras de tierra, mientras iniciaba la principal acción del gobierno de Calderón: la llamada “guerra contra el narco”. Con el transcurrir del sexenio y el recrudecimiento de la violencia en el país a niveles inenarrables, los recorridos de AMLO se tornaron en un visor social para la confección de un nuevo diagnóstico de país.

A decir de Jesús Ramírez Cuevas, entonces colaborador del tabasqueño, en ese ejercicio de recorrido del país en tiempos del calderonismo destacó una cuestión: ante la explicación reduccionista, de que la pobreza económica es la causa principal de que las personas se sumen a las filas de los cárteles del narcotráfico, había un hecho paradójico y resaltable: en algunas zonas del país -como Oaxaca o Chiapas-, a pesar de su extrema pobreza y del acoso del crimen organizado, ciertos grupos sociales eran reticentes a unirse a los cárteles del narco, y la razón de ese rechazo era al fuerte sentido de comunidad existente entre ellos. Pesaban más en la conducta de esas localidades la cohesión y valores comunitarios, a pesar de las evidentes carencias materiales.

Independientemente de la complejidad de esos hechos y del modo aún intuitivo con el que el equipo de López Obrador los interpretó, éstos fueron determinantes para que en el año 2010, en el nuevo diagnóstico de país que pretendía suplir al de 2006 como plataforma programática de una eventual candidatura de López Obrador en 2012, el primer postulado del programa fuese que una transformación y camino a la pacificación del país pasaba no sólo por la mejora material de las condiciones de vida de la población, sino también por la promoción de valores donde la defensa del sentido de comunidad y de lo público retomaran primacía. En su interpretación, esos dos valores eran los que habían hecho que muchos mexicanos en determinadas regiones pobres rechazaran, por ética y sentido de pertenencia a una comunidad unida, la promesa de una mejora material que ofrecía el crimen organizado.

El libro que condensó ese nuevo diagnóstico de país –ahora bajo las circunstancias a las que lo orilló el calderonismo-, se publicó en 2011 y llevó por título Nuevo Proyecto de Nación, un compendio de ensayos de 37 intelectuales (donde destacaron Asa Laurell, Luis Javier Garrido, Lorenzo Meyer, Irma Eréndira Sandoval, Elena Poniatowska, Bertha Luján, Ignacio Marván, entre otros) coordinado por Jesús Ramírez Cuevas y prologado por López Obrador.

La ponderación de “una revolución de las conciencias” promovida como prioridad en ese proyecto, y que aparecía como el postulado número uno de esa agenda programática, era, en suma, una reacción ante el desastre de la estrategia belicista –y hoy sabemos que corrupta- del calderonismo para “combatir” el crimen. El asunto se llevaría más a fondo poco después.

En noviembre de ese mismo 2011, a raíz de esta inquietud, fue que López Obrador hizo público el llamado a participar en los “Fundamentos de una república amorosa”. El resultado de dicha cuestión no fue baladí: en marzo de 2012 una diversidad de voces de académicos, intelectuales, periodistas, especialistas y expertos de diversos rubros –donde imperó la pluralidad de ideas-, participó en una serie de conferencias y reflexiones al respecto entre el 15 y el 16 de marzo en la Facultad de Economía de la UNAM, coordinados por Enrique Dussel, Armando Bartra, Alfredo López Austin, entre otros académicos.

El acto supuso 60 conferencias y 60 ponencias de la sociedad civil que, fundamentalmente, pusieron en la palestra la necesidad de nuevas directrices éticas en el país y propuestas para lograrlas. Las ponencias se condensaron en un libro coordinado por Armando Bartra –por cierto, primo de Roger- llamado Los grandes problemas nacionales, publicado en 2012. En esencia, esa serie de propuestas devino en un aporte al proyecto de Nación que enarbolaba AMLO como candidato en ese año, y que se resumió en ser una propuesta de reforma de contenidos educativos que ponderaba la necesidad de una adecuación de valores más incluyentes y de respeto a la otredad, principalmente en el nivel de la educación básica (primaria) del país.

Ese es el antecedente que dio pábulo a la idea de publicar en 2019 una Guía ética para ser repartida entre ciudadanos por el gobierno de López Obrador. No es una ocurrencia santurrona sino un proyecto añejo nacido de un hecho muy concreto: tratar de promover los valores de comunidad, a través de los cuales ciertas personas, durante el calderonismo, prefirieron no unirse al crimen organizado a pesar de sus carencias materiales.

Se pueden criticar los alcances y limitaciones de esa propuesta. Se puede criticar o dar seguimiento para evaluar si se ha concretado o no la propuesta lopezobradorista de fomentar una educación básica más incluyente, que promueva una formación cívica acorde a los valores de una sociedad plural y compleja. Se puede criticar o evaluar los cambios entre el diagnóstico que AMLO defendía en 2012 y el nuevo de 2018 con respecto a cómo enfrentar el crimen organizado. Pero lo que no se puede hacer es tildar a ese ejercicio como “quimera reaccionaria de derecha” cuando no se tomó ni la mínima molesta de revisar los antecedentes reales de ella y, además, cuando se trata de una propuesta que nació de buscar una vía diferente para combatir la violencia del calderonismo, cuya estrategia, ahora con García Luna en la cárcel, sabemos que no sólo fue un belicismo de derecha sino una farsa gansteril cuyos efectos mortales siguen lacerando al país.

Para Bartra todos estos hechos (comprobables, medibles, verificables) resultaron prescindibles o de plano nunca se enteró de ellos. Una visión crítica del significado de esos hechos habría sido un aporte valioso. Pero como el autor los omitió, su “crítica” más bien fue de nuevo un insulto simplista y frívolo, tal como lo fue en 2012.

¿Así habla alguien de izquierdas?

A la par de esas dos tesis insostenibles, hay en el libro de Bartra algunos exabruptos reveladores. A lo largo de su libro, el autor da su visto bueno dos veces a la alianza PAN-PRD en Veracruz a la gubernatura en 2016, misma que tuvo como candidato a Miguel Ángel Yunes, un desprestigiado personaje que no sólo está alejado de cualquier inercia socialdemócrata, sino que se trata de un hombre de prácticas gangsteriles, represor de las izquierdas en los noventa sobre quien pesan acusaciones de colusión con redes de pederastia.

Asimismo, en el tercer apartado de la segunda parte de su libro, Bartra usa un lenguaje propio de los partidos postfascistas que dice despreciar, al llamar “invasores” a los migrantes de Honduras y Guatemala que fueron parte de las caravanas migrantes en 2019 en México. Eso no sólo es impropio de la izquierda sino que se parece mucho al lenguaje trumpiano con el que el magnate postfascista se refería a los mexicanos.

En ese mismo apartado, Bartra resta gravedad al Golpe de Estado que padeció Evo Morales en Bolivia, al no llamar a esa defenestración antidemocrática por su nombre y reducirla al hecho de que “a Evo Morales lo obligaron a dimitir”, sin decir que los autores de esa “obligación” fueron los militares. Después, se queja de que Morales fue a México a “dejar pólvora bolivariana”. Muy parecida acusación a la que suele hacer la derecha movilizada de “FRENAA” en México.

Asimismo, en el octavo apartado de la segunda parte de su libro, en un acto carente de todo rigor intelectual, Bartra calumnia e insulta al intelectual y periodista Rafael Barajas. Bartra retoma el desplegado que él promovió en julio de 2020 para alertar contra una “deriva autoritaria” causada por López Obrador en México, dado que, en su interpretación, Morena es un partido “representado” en el Congreso y a que la libertad de expresión está bajo asedio por culpa de las conferencias matutinas del presidente. En respuesta, Rafael Barajas y otros intelectuales publicaron otro desplegado para desmentir y confrontar ideológicamente (como es válido en una democracia) las ideas de Bartra.

El antropólogo, sin embargo, desdeña la argumentación del segundo desplegado y a todos los que participamos firmándolo. Desde el empíreo del autoengaño, Bartra acusa que Barajas “como funcionario de partido” se dedicó a “acarrear” firmas y “movilizar a sus cuadros” . Bartra insultó así a todos quienes firmamos el texto, quienes lo hicimos libremente, y agredió a Barajas, al ignorar que se trata de un intelectual que lleva tres años trabajando voluntariamente en una instancia donde no recibe pago alguno, y al ignorar que todos los firmantes lo fuimos motu proprio.

¿Son estos exabruptos constantes una práctica o postura dignas de un intelectual de izquierdas? Por supuesto que no.  Sin embargo, un análisis mesurado sobre la trayectoria de cualquier figura pública debe ponderar muchos factores y ser panorámico en sus conclusiones. Por eso, resultaría injusto reducir a Bartra a los apuntes desafortunados que nos ofrece en El regreso a la jaula y desdeñar los valiosos aportes que a las izquierdas, y a la democracia, este antropólogo ha hecho en México.

Pero a la luz de la evidencia sí es legítimo señalar que esta última obra aporta poco al terreno de las ideas sociológicas y mucho a la pólvora de la retórica incendiaria de las derechas contemporáneas en México ¿Cómo explicar esto? Quizá el punto más revelador está en la primera parte del libro, donde nos dice que en un sector de la política mexicana “se han sustituido las ideas por los sentimientos”. El aporte de Bartra es valioso si leemos esta frase no sólo como una preocupación, sino también como una involuntaria autocrítica del autor.

 

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