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Los intelectuales en su laberinto




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Los intelectuales en su laberinto

Bernardo Cortés[i] y Rodrigo Wesche[ii]

El 27 de octubre del presente año el marxista Armando Bartra publicó en La Jornada una columna llamada “Morena en su laberinto”. En términos generales, coincidimos con las siguientes ideas: la 4T no sólo es el gobierno, sino también las bases que militan en Morena y simpatizan con el proyecto de transformación; la necesidad de un partido capaz de garantizar la continuidad del proceso cuando concluya este sexenio; y la posibilidad de que México tome un papel importante en la conformación de un bloque latinoamericano que busque trascender el neoliberalismo.

También compartimos el diagnóstico de que Morena se estancó después de las elecciones. Sin embargo, estamos en desacuerdo con la causa que él esgrime. Para Bartra el problema fue la judicialización de las diferencias dentro del partido y no el hecho de que las facciones no se quisieron poner de acuerdo, como el presidente bien lo había señalado. Llama la atención que Bartra en su columna, y otros intelectuales (Pedro Salmerón, Héctor Díaz-Polanco) cercanos al grupo de Bertha Luján y Ramírez Cuellar, en distintos espacios hayan insistido en que el caos en la renovación de la dirigencia lo generó el Tribunal Electoral al establecer que se elegirían el Presidente y el Secretario General a través de una encuesta organizada por el INE. No negamos que esa decisión propició, en efecto, un clima de tensiones y jaloneos al interior de Morena, pero tampoco podemos cegarnos frente al hecho de que no estuvieron a la altura de las circunstancias las dos dirigencias posteriores al triunfo del 2018. Como ha dicho el presidente: “es mucho pueblo para tan poco dirigente”.

Mucho se dijo sobre la imposibilidad de ponerse de acuerdo con una facción dentro del partido que representa la corrupción y las viejas formas de hacer política, y que por lo tanto con dicho actor no se podía ni siquiera negociar. Lo que aparece en esta justificación es que la moral pretende sobreponerse a la política como un campo que se abstrae de ésta, al mismo tiempo que pretende operar en dicho ámbito. Sobre este aspecto opinamos que, si bien somos partidarios de que en la política existan criterios éticos, aún hay que detenerse a reflexionar sobre cómo se da la relación entre ética y política concreta, pues ella por sí misma no conforma la política. Con esto queremos decir que no es suficiente con la apelación a una facción portadora de principios éticos, de honestidad, con las mejores intenciones e incorruptible, aunque es una condición absolutamente necesaria, pues la política, no lo olvidemos, es una construcción (de realizar un programa político o generar un discurso) y no algo que simplemente se remita a un fundamento o esencia dado a priori.

Esa falta de realismo político se manifestó claramente cuando Bertha Luján decidió no buscar la presidencia del partido, a pesar de contar con un fuerte apoyo en las bases. Su argumento consistió resumidamente en decir que el Tribunal había interferido en la vida interna del partido y así había violado sus estatutos. El resultado de este purismo –carente de efectos en la política concreta– fue dejarle el camino libre a quien se supone no querían como dirigente a ella y su grupo.

Pero el problema escaló aún más. Se propusieron contrarrestar y renovar paradójicamente la vida política del partido con un octogenario como Porfirio Muñoz Ledo. Haber apostado por un político sin duda importante en la historia de la izquierda del país, pero con un presente bastante desapegado del proceso de transformación, como lo prueban sus votos en el Congreso, y su afán por pelearse con otras facciones del partido en lugar de conciliar, generaron que la facción de Bertha Luján perdiera apoyo entre las bases.

La exigencia de uno de los grandes intelectuales, como Enrique Dussel, de que la política debe basarse en principios éticos merece ser tomada en serio por los intelectuales orgánicos, debe reflexionarse y discutirse. Incluso hay que recordar que nuestro filósofo afirma que la ética no tiene un campo propio, sino que atraviesa todos los campos prácticos y en cada uno se aplica, pero no existe aisladamente y por sí sola. Hoy menos que nunca la gente que se considera honesta y valiosa para el partido de la 4T no debe atrincherarse en un esencialismo ético; más bien debe poner su subjetividad ética a disposición del quehacer político.

Debemos también decir que ciertas posiciones de muchos intelectuales respetados a nivel académico y comprometidos con procesos sociales continúan anteponiendo las ideas de sus diversas teorías al proceso, sea alguna diversificación del marxismo, el pensamiento decolonial o algún otro pensamiento crítico en boga, en vez de poner su pensamiento a disposición del proceso según los índices que en éste vayan emergiendo. Al parecer los intelectuales ya no están ni siquiera en disposición de interpretar el proceso, elemento indispensable para pensar la posibilidad de redireccionarlo hacia la radicalización que tanto desean muchos de ellos.

Hace falta, pues, que los intelectuales se sitúen desde un realismo crítico para generar pensamiento y teoría provenientes del análisis y reflexión del proceso, sobre todo en la problemática que hemos indicado en torno a la relación entre ética y política, en donde la opción por la ética no puede significar una desactivación de la política.

Otro punto que deseamos problematizar es aquel sobre la “Incapacidad de sustituir por conducción colectiva la muy personalizada de AMLO”. La sugerencia es un tópico que se ha vuelto tradicional en el pensamiento de izquierda: el deseo de prescindir del líder o de su superación por un estadio donde prima el colectivo. Es una idea grandiosa, recuperada por el pensamiento autonomista, pero la cuestión no es el qué sino el cómo.

Podríamos perdernos enumerando una lista de vocaciones y postulados bastante razonables, críticos y de tendencias utópicas que la 4T o Morena debiera seguir, pero si lo hacemos sin atender la especificidad en la que ha surgido el proceso en curso, sin tomar en cuenta sus fundamentos, sus símbolos y sobre todo la factibilidad de estas tareas a seguir, nos veremos en un desfase entre la postulación de tareas y los fundamentos existentes del proceso que pueden llevar a la desactivación del mismo.

En el caso específico de la superación del liderazgo por una conducción colectiva, como propone Bartra concebimos que, de ser viable, implicaría cortar una relación dialéctica entre colectivo y liderazgo en la que ninguno de los dos elementos que la conforman puede funcionar sin el otro. Tanto quienes piensan la mera representación sin reporte con el colectivo, como quienes piensan el colectivo sin generación de liderazgo, caen en el fetichismo que corta una relación inherente a cualquier organización política.

Por eso es prioritario, como intelectuales orgánicos, problematizar desde el proceso y no sólo sentenciar lo que creemos que debería acatar un proceso más allá de sus determinaciones históricas. De lo contrario, se corre el peligro de convertirse en lo que el filósofo Santiago Castro-Gómez ha denominado “activista intelectual”, el cual se sube a su atalaya de la teoría y juzga desde arriba el curso de los acontecimientos, tachando y palomeando si el proceso cumple con sus postulados, sin preguntarse el por qué se tomó determinada dirección y no otra. Preguntémonos algo más sencillo:¿Sería capaz el partido, en sus actuales condiciones, de aglutinar y mantener consigo el respaldo popular que se ha condensado a través del liderazgo de AMLO cuando éste se retire de la escena política? ¿Podría un partido continuar su tarea e intentar penetrar en el Estado sin liderazgo?

Existen aspectos de la realidad en la que ha surgido este proceso de transformación que hay que atender y aceptar, a pesar de que confirmen aquello que las ideas desean superar: esto es que sólo a través de AMLO un amplio sector pudo por primera vez inteligirse como actor político de múltiple composición, como pueblo en sentido estricto, porque ha depositado su confianza en la persona de AMLO, más que en las instituciones o Morena. Podríamos decir que el sujeto político en México, así como lo fue en Bolivia, Brasil y Argentina, es bicéfalo: el líder es la cabeza en el aparato del Estado y el pueblo es la cabeza que apoya en las tareas cotidianas, la lucha ideológica y la creación de un nuevo sentido común.

Y esto no es algo negativo para nosotros; al contrario, es signo positivo de que la política está recobrando materialidad después de la política desencarnada del régimen neoliberal. Siendo así y siguiendo la lógica de Bartra, ¿qué sucederá con la gran parte de la sociedad que se encuentra apoyando este proceso cuando desaparezca el elemento por el cual se incorporaron? ¿el partido podrá conservar esa materia? El problema es el siguiente: ¿cómo continuar la encarnación popular que se ha logrado en la dialéctica pueblo-liderazgo? Esas fuerzas que hoy se aglutinan en torno a intereses populares y a través de AMLO podrían simplemente perderse y entonces ¿cuál sería el soporte con el que se pretende sostener un proceso con una conducción colectiva más allá del líder?

El pueblo que hoy es actor político no será permanente y depende de ciertos cimientos contingentes como para pensar que el proceso debe radicalizarse ahora, pues las ideas de radicalización ni siquiera están ancladas en la militancia y los simpatizantes. A esto nos referimos cuando decimos que hay que atender a los fundamentos del proceso más que apegarnos a ciertas fórmulas o ideas. Más que preocuparnos por la tarea de superar el liderazgo y sustituirlo debemos pensar en el único ejercicio de su auténtica superación: asumirlo e interiorizarlo más allá del líder presente, pero incluso del liderazgo por venir. Esto nos parece una tarea más urgente y viable que atiende a los fundamentos de los que surge la actual opción de transformación.

Para concluir decimos que tiene razón Bartra al señalar que Morena ha estado en un laberinto. Esperemos que la resolución (quizá no la deseable aunque sí la única existente) del conflicto por la dirigencia lleve al partido a salir de ese laberinto, para así estar a la altura de las elecciones del próximo año y de la transformación que encabeza el presidente. Pero contra él, concluimos que también los intelectuales están en su laberinto donde permean abstracciones: el esencialismo ético y el esencialismo colectivista. La 4T necesita que las reflexiones de los grandes intelectuales de izquierda surjan del proceso, y no que el proceso obedezca sus fórmulas.

[i]  Doctor en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

[ii] Tesista de la Licenciatura en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; y pasante de la Licenciatura en Historia por la ENAH.