Julio César Guanche

21 de abril de 2021

Hola, Yassel.

Te pido de antemano disculpas si me extiendo algo en lo que sigue, que no aspira a ser sino lo que es: algunas observaciones puntuales sobre pasajes no menos puntuales de tu texto Verdad y revolución: tres nociones gramscianas para pensar las mediaciones entre ética y política.

Me ha estimulado la lectura de tu texto, que contiene una reflexión que me parece valiosa tanto para debates teóricos o políticos más generales como para un análisis más centrado en la actual coyuntura de nuestro país. Y digo valiosa, porque en los tiempos que corren el debate político cubano a menudo parece confinarse a la “denuncia” de hoy y a la canción de ayer por la tarde. Lo que sigue es más una conversación con el universo de tu texto que interrogantes sobre el texto o acercamientos críticos a él. Creo que “extender” el sentido de un texto no es una mala forma de leerlo, cosa que no es lo mismo que el clásico “voy a detenerme en lo que no dices”, lo cual casi siempre conduce a la falsificación de lo así leído e interpretado.

Me refiero aquí, entonces, solo a la forma en que personalmente encuadro algunas de las cosas que dices, y no a presuntas carencias en lo que escribes.

  1. Para mí es clave el momento (contexto) desde el que habla Gramsci. Su pensamiento surge en una dura porfía entre nuevas corrientes que buscan dar respuesta a la irrupción de la democracia de masas, en su caso en un contexto desigualmente industrializado. No es ese un detalle menor, pues no solo coloca su pensamiento en la línea histórica del marxismo, sino que también revela su radical contemporaneidad con su propio tiempo: Gramsci tuvo que lidiar con las respuestas a la “rebelión de las masas” (desde Roberts, Mosca y Pareto hasta Schmitt, pasando por Ortega y Gasset). Esto es clave porque son respuestas también a un escenario entonces completamente contemporáneo (y muy novedoso) de esas reflexiones: el post-sufragio universal en Europa, un acontecimiento sísmico que impidió por muchísimo tiempo a los viejos partidos liberales volver a ganar una elección. Reconocer ese contexto coloca la reflexión de Gramsci sobre la democracia en lugares distintos tanto de Marx como de Lenin. Respecto al primero, tuvo que pensar cosas que no estaban en la órbita principal de Marx, como la reflexión sobre el rentista (más allá de la renta de la tierra), por el tipo de capitalismo que Marx analizó, aún no plenamente financiarizado, que sí estudiarían luego Hilferding y Rosa Luxemburgo. En lo que toca a Lenin, porque Gramsci representa una línea de ruptura respecto a la teorización leninista de la dictadura del proletariado, en favor de nociones de democracia obrera. Digo esto, repito, porque ese contexto es clave en la formulación del concepto gramsciano de “hegemonía”, que se interpreta con demasiado facilismo cuando se lo refiere solo a la “búsqueda de consenso”. Se trata, la de Gramsci, de una reflexión para que la revolución gane en esas nuevas condiciones impuestas a la democracia. Gramsci dio continuidad a algunos núcleos teóricos de Marx, como el de que la democratización del mundo del trabajo es el fin del capitalismo, pero les dio, en ese contexto, otro “aire” a la cultura y a la acción social. Al atribuirles ese peso a la construcción política, a la acumulación clasista y a la cultura, produjo una reflexión muy moderna (y antideterminista) sobre la idea de los grados de autonomía estatal, que se encuentra, vista así, bastante menos en Marx y que ha hecho a Gramsci tener tantos lectores, por ejemplo, en las teorías contemporáneas sobre el populismo.
  2. Dices: “[Gramsci] sabía que mientras existiese el Estado, y este fuese la esfera en la que se decide cuáles intereses se (re)presentan con la dignidad de lo general, sería quimérico intentar abolir los formalismos y las mediaciones políticas, aunque se tratara de un Estado socialista”. De acuerdo, pero me parece que sería útil referirnos, aunque sea muy brevemente, al tipo de Estado socialista que tenía en mente Gramsci, porque decir “Estado socialista” queda muy ancho, ante otras teorías, y otras prácticas, desde la URSS hasta Cuba. La de Gramsci es una reflexión que tiene tan presente al enemigo —cómo olvidar el factor que lo llevó literalmente a la muerte— que se pregunta por “cómo dominar las fuerzas que desencadenaba la guerra”. Es lo que lo lleva a hablar de la “armazón del Estado socialista” y a reconocer que este existe ya en las organizaciones del mundo proletario. Ahí está la clave de su estado socialista: el asociacionismo es el concepto central de la vida política democrática revolucionaria. Para llegar ahí, no se inventa desde cero, sino que se interviene y se desarrolla desde el tejido de lo real. Articular ese tejido no hace desaparecer el Estado, ni el Estado hace desaparecer a su vez ese tejido, pues debe seguir existiendo, de modo independiente y propio, también —y cito literalmente a Gramsci—, en las “repúblicas comunistas”. Esa vida política se genera y desarrolla desde el taller hasta las comisiones internas, los círculos socialistas y las comunidades campesinas. Luego ese Estado no es un Estado “socialista” sin más, tiene necesidades y perfiles muy específicos. Sacar esos contenidos de esa reflexión, pone un poco en el aire la “aplicación” de sus ideas a otros proyectos que no tienen ninguno de esos rasgos como criterio central de su elaboración política. (Cuba, para no ir más lejos.)
  3. Sobre Fidel y el M-26-7. De acuerdo. Hay ahí también una larga tradición de “universales”. Como se sabe, la doctrina que reclamó Fidel fue la del derecho de resistencia. Era antigua y bastante aceptada, siempre que se diesen sus supuestos de legitimidad. Un jesuita, Juan de Mariana, “cercano” a “nuestro” Bartolomé de las Casas, fue uno de los primeros en usarla. Defendió el tiranicidio en presencia del ejercicio injusto de autoridad. No lo quemaron en la hoguera por ello, porque era una defensa de la “monarquía justa”. Cuando la revolución inglesa, el fiscal que defendió la decapitación de Carlos I usó esa misma doctrina. Entonces, hay tradición también en la “ética nueva”, y varios campos donde buscar la “ética revolucionaria”. Comparto lo que dices del “terrorismo”. Para empezar, las primeras menciones al “terror” durante la revolución francesa fueron de los colonos esclavistas franceses en el Caribe, que decían que la Declaración de Derechos traería el “terror” por las consecuencias que generaría para las rebeliones de los negros esclavizados. Dentro de Francia, el terror en esa misma época refería tanto a las “purgas” de la guillotina, como a la acción colectiva de las masas revolucionarias y a la exigencia de una economía política popular. O sea, el “terror” era también la politización de lo popular, un sinónimo de revolución. Todo eso se nombraba “terror”, pero de esos usos se menciona infinitamente más el “terror rojo” de la guillotina. Entre paréntesis, a propósito de La historia me absolverá, siempre me gusta recordar algo que “descubrió” la profesora Ana Cairo Ballester: el primer prólogo, sin firma, de ese documento es de Jorge Mañach. Y es una asociación explosiva para ciertas imaginaciones de hoy.

 

  1. Dices: “(…) el revolucionario debe estar animado por un profundo ideal ético.” De acuerdo. Y, luego, preguntas: “(…) ¿desde cuándo la honestidad es una virtud política?” Creo que es una tradición también antigua. El rechazo clásico republicano a la corrupción es una virtud política porque combate el faccionalismo. Una república (aquí entendida incluso en su sentido mínimo de “buen gobierno”) controlada por el faccionalismo puede existir y hasta ser viable, pero nunca se consideró virtuosa. Este significado también se encuentra en Martí con su insistencia en la “honradez”, el “decoro”, etc., que debía armar la república. (Ibrahim Hidalgo Paz ha escrito páginas muy buenas sobre el particular.) Ello no aludía solo a los “ladrones”, sino a ese tema del faccionalismo, por la forma en que coluden o se confabulan los poderes económicos y políticos, que Martí explicó tan bien a través de su concepto de “república cesárea” para el caso de los EE.UU.
  2. Añades: “De ahí la importancia de la republicanización de la forma del Estado, en interés de la propia hegemonía socialista”. De acuerdo, pero tiene tela lo que dices. Te preguntas: “¿Qué pasaría entonces si se errara en el diagnóstico y nos lanzáramos a una lucha condenada al fracaso?” Creo que la reflexión ética en Gramsci pasa por la necesidad de la victoria, pero no es “deterministamente” dependiente de ella. Quiero decir, hay cosas que hay que hacer por su propio mérito y su propia necesidad, y no pueden “torcerse” a voluntad y conveniencia ante la amenaza de derrota. Aquí hay una serie de conceptos de Gramsci que están relacionados entre sí, y no es buena idea tratarlos por separado. Entre ellos, que la dominación y la hegemonía no se desarrollan solo desde la sociedad civil, sino también desde el Estado. Esto le impone al Estado obligaciones de educación moral y liderazgo cultural. No puede actuar como un criminal, ni reproducir las prácticas de represión y arbitrariedad que ha venido a conjurar. Un “estado integral”, entonces, es solo un Estado legítimo. Para llegar hasta allí, Gramsci renunció con plena conciencia al lenguaje “legalista” (tan a su manera) de Schmitt y se armó de un vocabulario ético político que no renunciaba, faltaba más, al Derecho, pero lo revelaba como esa “mala particularidad” que bien mencionas. Sin todo eso, el Estado era “pura coerción regulada”. Esto último es sinónimo de dictadura. Es una acepción que estaba en Schmitt, y también en Lenin, de “dictadura soberana”: actuación del poder sin Derecho y sin relación de dependencia con otras fuerzas sociales, como le gustaba a Roa definir ese tipo de dictadura. En cambio, Gramsci, cuando más, tenía otra propuesta: lo que vendría a ser una “dictadura comisaria” (un “encargo”, una “comisión” dependiente de un poder de clase, a la vez que atada a lo que llamas “formalidades”, o perfiles de su vida política asociativa). Eso, porque la dictadura soberana, para Gramsci, era apenas “violencia vaciada de cualquier fin sustantivo y ético”. La dictadura soberana, para él, sería “estado de excepción permanente”: Estado sin legitimidad.
  3. Creo que esta frase tuya, “Toda república es también, de algún modo, un principado, pero no es lo mismo una república nacida de una revolución que un principado a secas”, la he leído en Gramsci con otro sentido. Quizás es parte de su reflexión sobre el Estado ético universal, que no puede confundirse con un principado. Dicho en otras palabras, creo que el principado republicano sería la corrupción oligárquica de la república. Ahora, como dices, pensar que tener una república es tener un principado a secas es un error que no debería admitir dudas. El propio Gramsci, en su contexto tan específico, decía: “La monarquía es uno de los puntales del régimen fascista; ella es la forma estatal del fascismo italiano. La movilización antimonárquica de las masas de la población italiana es uno de los objetivos que el Partido Comunista debe proponer…” Para Gramsci, el problema de la forma de Estado, para los comunistas, había sido resuelto por el PCI con la consigna “Asamblea republicana sobre la base de los Comités obreros y campesinos; control obrero de la industria; tierra a los campesinos», tan parecida a la idea de “asociación republicana de productores libes e iguales” que defendió Marx como núcleo de la futura forma estatal revolucionaria.

Una vez más, disculpas por haberme extendido, pero “me embulló” tu texto a extenderme en esto que espero tomes como el inicio de un diálogo.

Un abrazo,

Guanche