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¿Quiénes son los rusos?



¿Quiénes son los rusos?

Carlos Contreras

El actual conflicto entre Rusia y Ucrania (con Estados Unidos detrás) ha desatado polémica en todo el mundo. Para muchos significa el revanchismo de Rusia por la caída de la URSS así como el deseo de revivir un antiguo imperio. Para otros es una demostración del “imperialismo ruso” contra las democracias occidentales, por lo que hay que oponerse tajantemente. Hay quienes creen que es la prueba de que Rusia no quiere acercarse a occidente y prefiere mantenerse como un país oriental.

Por supuesto que lo que sobra son las condenas morales, así como la doble moral de occidente contra Rusia, al mismo tiempo que aplican sanciones que sólo perjudican a los ciudadanos de sus propios países. Más allá de acusaciones tan simplistas, habría que examinar quienes son los rusos, por qué actúan de esa manera, por qué se oponen de forma tan tajante a occidente y en defensa de su civilización, así como la forma en que el Operativo Especial Z se une a la lista de conflictos de Rusia con occidente.

Para comenzar habría que comprender las bases civilizatorias, culturales y espirituales de Rusia, que son el cristianismo ortodoxo proveniente de Bizancio, el cual desde hace casi mil años se separó de la iglesia católica romana; por otro lado la enorme influencia que el Imperio Mongol dejó sobre Rusia: de los bizantinos obtuvieron una versión sumamente útil y práctica del cristianismo de Oriente, recogida en caracteres cirílicos. Y de sus soberanos, los mongoles [esto mientras duró la Horda de oro], aprendieron directamente cómo administrar una población dispersa y vivir de ella. (Boorbank y Cooper, 2011)

Por un lado, los rusos son herederos de Bizancio, la cual a su vez es producto de la división entre Imperio Romano de Occidente e Imperio Romano de Oriente. Mientras que la parte occidental cayó en decadencia y posteriormente en la Edad Media, la parte oriental duró casi mil años, hasta que los turcos tomaron Constantinopla y la convirtieron en Estambul. Es importante el señalar que mientras en occidente el latín era el idioma principal, en oriente renegaron del latín y regresaron al griego, aunado a que los monjes Cirilo y Metodio crearon el alfabeto cirílico, que es el usado en Rusia y en Serbia, con lo cual rechazan gran parte de la visión occidental. 

Cabría recordar además que Constantinopla, la capital de Bizancio, era una ciudad que albergaba una inmensa cultura, riquezas, y que era el puente entre las civilizaciones oriental y occidental, dicha cualidad la heredó la Rusia de hoy. Y aquí es donde comienza el conflicto, pues se suele culpar a los turcos de haber destruido a Constantinopla, pero se olvida que antes ya había sido destruida y saqueada por occidente: En el canon ortodoxo, un gran trauma es la cuarta cruzada en 1204 que destruyó por completo Constantinopla. Los caballeros francos acabaron destripando la metrópolis más deslumbrante del mundo, que concentraba en su momento todas las riquezas de Asia. (Escobar, 2022)

Antes de que los turcos transformaran Constantinopla en Estambul ya los francos occidentales la habían herido de muerte, y con ello a todo el espíritu ortodoxo-bizantino. Debido a eso, los rusos como herederos de esa civilización sienten una enorme desconfianza hacia occidente, y no es para menos pues: “Esa era la definición de genocidio cultural. Los francos también estaban alineados con algunos notorios saqueadores en serie: los venecianos. No en vano, a partir de esa coyuntura histórica nació un eslogan: “Mejor el turbante del sultán que la tiara del Papa”. (Escobar, 2022)

Debido a semejantes acontecimientos los rusos han desconfiado en gran medida de occidente, pues: “(…) ven a los cruzados, los caballeros teutónicos y los jesuitas – correctamente, debemos decir – como usurpadores bárbaros empeñados en la conquista del mundo” (Escobar 2022). Desde los cruzados, pasando por los caballeros teutónicos, la Gran Armée de Napoleón, los  nazis, la OTAN etc, occidente sólo ha tenido algo en mente: la conquista del mundo, pero sobre todo el proyecto de someter a Rusia y apoderarse de sus recursos y acabar con su civilización.

Lo que occidente le hizo a Bizancio fue un genocidio cultural y civilizatorio, y es lo que Rusia teme que occidente haga con ellos si permiten ser invadidos y saqueados. Es necesario recordar que a pesar de su decadencia: 

Constantinopla (…) logró realizar un sofisticado juego geoestratégico para seducir a los eslavos, apostando a Moscovia contra el combo católico polaco-lituano. La caída de Constantinopla en 1453 permitió a Moscovia denunciar la traición de los armenios griegos y bizantinos que se unieron en torno al Papa romano, que deseaba desesperadamente una cristiandad reunificada. (Escobar 2022)

Y es aquí donde otro problema serio comienza, pues mientras Bizancio tenía un enorme interés en conservar la diferencia con respecto al occidente latino, éste en cambio quiso eliminar la diferencia, quiso la unión, pero sobre todo quiso que todos los cristianismos se sometieran al Vaticano, y eso es algo que los bizantinos no iban a permitir.

La necesidad de Bizancio y de Rusia por mantener la división radica en que tienen una visión muy distinta del cristianismo, que no aceptaba los dogmas occidentales, y en el que sobre todo desconfiaban del papa y de su supremacía, además:

La Europa latina, para los ortodoxos, es vista como una usurpadora híbrida, predicando un cristianismo distorsionado que sólo se refiere a San Agustín, practicando ritos absurdos y descuidando al importantísimo Espíritu Santo. La Europa de los papas cristianos inventó lo que se considera una hidra histórica, Bizancio, donde los bizantinos eran en realidad griegos que vivían bajo el Imperio Romano.(2022)

Y aquí el asunto sobre la identidad se torna aún más interesante, pues de todos es bien sabido que en realidad Roma tomó mucho de la cultura griega y sólo lo romanizó, por ello no sería raro el pensar que en realidad los griegos sólo aceptaron la dominación romana hasta que ésta decayera para así recuperar sus propios dominios políticos y culturales. De ser eso así, entonces el deseo de mantener a Bizancio-Rusia separada del occidente-latino es el deseo de conservar la propia cultura por encima de cualquier imposición, pero eso es algo que occidente hasta la fecha no es capaz de aceptar, pues desde su visión todos deben occidentalizarse, mientras para Bizancio, y ahora los rusos, eso no es así.

Para oponerse a occidente y así sobrevivir los rusos han usado su cultura tanto como su religión. Entre las filosofías que han desarrollado para mantener su identidad se encuentran la eslavofilia tanto como el eurasianismo, particularmente este segundo: “(…) y sus diversas declinaciones, trata la compleja identidad rusa como una doble cara, entre el este y el oeste.” (2022) Y es que si bien los rusos son cristianos al igual que el resto de occidente, no son católicos ni protestantes, son ortodoxos, y como ya vimos ese cristianismo se opone a los otros dos. Aunado a eso dentro de la misma rusia viven personas de religión musulmana, así como quienes practican ritos de origen pagano.

No olvidemos además que gran parte de Rusia está en Asia, por lo que inevitablemente la influencia asiática en su cultura ha tenido un peso enorme, por lo que, si bien tienen influencias occidentales, también las tienen orientales, ambas son parte de su identidad. Mientras occidente le exige al resto del mundo ser como ellos, los rusos creen que cada país debe ser como su historia y cultura lo han marcado. Occidente cree que todos deberían avergonzarse de sus propias culturas, purificarse de ellas y occidentalizarse, mientras que los rusos no ven la razón de eso.

Ahora bien, tras el operativo que comenzó el 24 de febrero del 2022, las condenas de occidente no se hicieron esperar. Muchas personas de inmediato simpatizaron con Ucrania sin saber de la historia de este país así como de Rusia. Pocos saben por ejemplo que la historia de Rusia comenzó en Kiev con la Rus de Kiev, y que tanto los ríos Volga como Dnieper han jugado un gran papel en la historia de Rusia:

Evitando los estados belicosos y los caudillos rivales de Europa central, los rus abrieron nuevas rutas hacia el sur siguiendo el curso del Volga, desde los puertos del Báltico hasta el mar Negro y Bizancio, y luego remontando el Dniéper. En sus expediciones se encontraron con pueblos túrquicos, cuya tecnología resultaba sumamente útil para un clan agresivo y móvil. La recompensa les llegó cuando alcanzaron el imperio bizantino, con todas sus riquezas, con sus mercados y con su acceso al comercio transeuroasiático.( Boorbank y Cooper, 2011)

El rio Dnieper, hoy en Ucrania y que pasa por Kiev, tiene una salida al Mar Negro, y precisamente en dicho Mar se encontraba la capital del Imperio Bizantino, Constantinopla con la que los rus comenzaron a comerciar para posteriormente dejarse influenciar por su cultura, por su religión, y sobre todo por su necesidad de mantenerse separada de occidente. Si hay un momento decisivo en la civilización rusa fue cuando adoptaron el cristianismo ortodoxo, pues el bautizo fue precisamente en el río Dnieper a las orillas de Kiev:

Vladímir acogió al clero bizantino, cuyos miembros bautizaron en 988 al pueblo de Kiev en las aguas del Dniéper. De Constantinopla llegó un metropolitano para hacerse cargo de los asuntos de la Iglesia. Los clérigos bizantinos trajeron consigo los evangelios traducidos al eslavo, escritos en un alfabeto (cirílico) creado con este fin. En el siglo IX, la Iglesia de oriente había rechazado la postura romana de que sólo ciertas lenguas –principalmente el latín– eran dignas de expresar las palabras de Dios. La apuesta por un cristianismo plurilingüe encajó perfectamente con las ambiciones imperiales de Bizancio, y más tarde también fue sumamente ventajosa para los rus. (2011)

La historia de Rusia, Bielorrusia y Ucrania comenzó en Kiev, el primer reino ruso fue Kiev, y fue el principal por mucho tiempo, pero dejó de serlo cuando la horda dorada, los mongoles, invadieron Rusia y conquistaron varias ciudades rusas, entre ellas Kiev, la cual desde entonces dejó de tener la importancia que hasta entonces había tenido. Hasta nuestros días los rusos consideran a Kiev parte de Rusia, pero consideran que se volvió una ciudad secundaria con el tiempo, y que si bien fue importante, lo cierto es que ya no es así.

Aunado a eso, el cristianismo ortodoxo le permitió a los rus conservar su idioma y su alfabeto, oponiéndose así al latín de la iglesia católica romana y sus pretensiones de controlar los rituales a su conveniencia. De ese modo los rusos obtuvieron una religión pluricultural, y eso les sirvió para poder manejar a distintas poblaciones de una forma no opresiva. Además a pesar de la dominación, los mongoles no obligaron a los rusos a cambiar de religión, y gracias a eso pudieron preservar su cultura, y además lograron que otro reino ruso obtuviera gran importancia: 

Durante los siglos XIII y XIV los sacerdotes cristianos rezaban por la salud de los kanes, y sus líderes viajaban a Sarai para asistir al kan y a su familia. A medida que Kiev perdía importancia, la jerarquía ortodoxa de los antiguos territorios de la Rus fue trasladándose primero a Vladímir y más tarde, a comienzos del siglo XIV, a Moscú. ( 2011)

Así pues, no sólo los rusos lograron conservar su identidad, sino que aprendieron a ser resilientes, de esa manera lograron que un nuevo reino como Moscú se volviera el corazón de Rusia, el auténtico heredero de Bizancio y del cristianismo ortodoxo. Con el tiempo los rusos lograron expulsar a la Horda de Oro  y: “Para conmemorar la derrota de los kanatos mongoles de Kazán y Astrakán, Iván el Terrible ordenó la construcción de una nueva catedral en la Plaza Roja de Moscú. San Basilio”. (Figes, 2021)

El hecho es que todas esas influencias hicieron posible que Rusia forjara una identidad propia, e incluso que le enseñaran al resto del mundo que es posible oponerse a occidente, sobre todo a su afán de dominación. Incluso podríamos comprender a la URSS como un proyecto alternativo que precisamente lo que buscó fue no sólo oponerse al capitalismo, sino a occidente y a sus valores como la libertad de empresa, el lucro por encima de todo, y quizás más que nada a ese individualismo tan exacerbado que muy poco valor tiene en Rusia.

Occidente celebró la caída de la URSS como un triunfo del capitalismo por encima del comunismo. Pero la caída de la URSS fue de hecho una nueva destrucción de Constantinopla, por lo que equivalió no sólo a la ruina de un imperio, sino al exterminio de una civilización. La Rusia postsoviética intentó asimilarse a occidente, pero eso equivalía a ser colonizada y sometida a occidente, por eso es que los años de Yeltsin, y antes los de Gorbachov, fueron los peores de su historia:

La perestroika fue, por sus efectos, un seísmo devastador que destruyó en un lustro la obra de Pedro el Grande, de Catalina y de Stalin; y aplastó al propio Gorbachov, contumaz sin remedio, que siempre se sintió satisfecho de su obra pese a ver el resultado: la URSS hecha pedazos, su riqueza robada impunemente, millones de personas sumidas de golpe en la miseria. (Santos, 2012: 57)

Y es que tanto Pedro el Grande, como Catalina y Stalin se esforzaron por hacer de Rusia (y de la URSS) una potencia, y a su manera y pese a las críticas de muchos liberales y de marxistas occidentales, los tres lo consiguieron. De hecho, incluso personas que vivieron en carne propia la dureza del stalinismo se lamentaron por lo sucedido con la URSS, y buscaron una alternativa a la decadencia liberal de los años de Yeltsin: Vladimir Karpov, pasó cinco años en los campos, condenado a trabajos forzados por criticar a Stalin; y que ahora le ensalza y aconseja a Putin que sea tan implacable como él si quiere eliminar la corrupción y el desorden. (Santos,2012: 58)

El arribo de Putin al poder en Rusia no sólo es parte de un proyecto para defender lo que quedó de la URSS, es un proyecto que busca la supervivencia de Rusia como defensora del legado bizantino, oriental y soviético en oposición al occidente neoliberal, globalista y nihilista-posmoderno. Al caer Bizancio Rusia se declaró la Tercera Roma, podemos decir que al caer la URSS Rusia se extravió, pero justo con Putin, y más ahora con el operativo especial en Ucrania, Rusia ha resucitado y ha vuelto a ser una potencia de nuevo, una que se opone a occidente, así como a la globalización.

 De hecho, proyectos como el BRICS son parte de ese legado ortodoxo y bizantino por crear un modelo alternativo al occidental, y en estos momentos que la decadencia occidental se hace más notoria muchos países buscan desesperadamente unirse a los BRICS para así salvarse de la inevitable perdición occidental.

Tras todo lo visto podemos decir que Rusia es un país que busca defenderse de las agresiones de occidente desde su adopción del cristianismo ortodoxo y bizantino. Ya sean los caballeros teutónicos, la Grand Armée de Napoleón, la Wehrmacht hitleriana o ahora la OTAN y los nazis ucranianos, Rusia buscará siempre defenderse de ellos. Incluso podemos decir que el problema no es Rusia, sino el afán de occidente por seguir dominando al mundo, afán que heredó del imperio romano de Occidente, y que sigue empeñado en seguir.

Evidentemente que habrá personas que se opondrán tajantemente a Rusia, no sólo por oponerse a la OTAN, sino porque el gobierno ruso se opone a las ONG´s, al libre flujo de la sociedad civil, no celebran a la comunidad LGBT ni al feminismo, etc. Es decir, se oponen a Rusia por no ser liberal ni posmoderna, lo cual para quienes defienden todo lo mencionado es simplemente intolerable.  Evidentemente que estas personas simpatizan con todo lo que occidente les ofrece, y ante este conflicto entre Rusia y occidente han tomado partido por quienes apoyan aquello en lo que ellos creen.

Ahora bien, se tiene que comprender que Rusia no impone valores, si occidente quiere imponer todo lo mencionado anteriormente al resto de la humanidad eso ya es una decisión cuasi dictatorial, y países como Rusia, China, India, Irán, Corea del Norte, etc., no lo toleran. Cada país decide qué valores aceptar y cuáles no, no se puede llegar de afuera a imponer nada salvo que se quiera llegar a la guerra.

Lo cierto es que Rusia lleva las de ganar, tienen un mejor ejército, mejores armas, no tienen los problemas de decadencia de occidente tampoco, de hecho están en plena resurrección, por lo que no son los que deben de preocuparse. A final de cuentas la lección de Rusia es que cada país tiene una cultura diferente y debe ser respetada, occidente sólo es una cultura de tantas y no la mejor o principal, no tiene derecho de decirles a los demás como vivir, y considero que eso es algo que un país como México debe tomar nota.

Bibliografía:

Burbank,J y Cooper, F. (2011) Imperios. Una Nueva vision de la historia universal. Barcelona. Crítica.

Escobar, P. (2022) Clash of Christianities: Why Europe cannot understand Russia

  https://thecradle.co/Article/columns/9733

Figes, O. (2021 )El baile de Natasha. Taurus

Santos, A. (2012) Stalin el grande. Barcelona. Edhasa.




Aproximaciones al neofascismo en Ucrania



Aproximaciones al neofascismo en Ucrania

Jonatan Romero

La segunda guerra mundial fue el desenlace de la crisis de sobreacumulación más grande de la historia universal, ya que, las potencias destruyeron cínicamente el capital ocioso a nivel planetario. La barbarie capitalista nunca ha tenido un episodio así de lamentable. Muy a pesar de la modernidad americana, el conflicto bélico fue ganado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) cuando el ejército de Stalin abatió al de Hitler en pleno invierno en Stalingrado.

Después de 1943, los soviéticos avanzaron de manera vertiginosa y no existía país europeo que contuviera la fuerza militar de esta potencia. Estados Unidos inició una serie de negociaciones para convertirse en el contrapeso regional. Muy a pesar del imperialismo británico, el patrón oro – dólar se convirtió en la ofrenda que pagaron los aliados por la ayuda militar de la modernidad americana.

Los acuerdos de paz se sintetizaron en tres grandes pilares: Plan Yalta, Plan Marshall y los acuerdos de Bretton Woods. En general, la fase monopólica del capitalismo tuvo como precedente, por un lado, el mundo se sometió a un orden bipolar, y, por el otro, la mitad del planeta lidió con el patrón oro – dólar. Aquí vale la pena considerar la base material de este proyecto, ya que, ninguna potencia tenía la capacidad de dictar la agenda capitalista mundial y Estados Unidos debía reconstruir una Europa destruida por la guerra.

Alemania y Japón quedaron sometidos a la lógica del patrón oro-dólar, si bien, su reconstrucción no se detuvo en lo más mínimo y se consolidaron como países emergentes y luego como potencias en tiempo récord, el costó fue la soberanía financiera de la región, y, así la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) fue el brazo armado de la modernidad americana.

De 1944 a 1970, los Estados Unidos dominaron el sistema monetario occidental, el cual dio al dólar la hegemonía de las transacciones, y, por supuesto, el financiamiento estratégico tanto de Alemania como de Japón y después Corea del Sur. El objetivo central era contener la expansión de la potencia emergente llamada URSS y de esta manera consolidar su hegemonía a nivel planetario.

La trayectoria keynesiana no era otra cosa que la consolidación de la oligarquía financiera americana. El imperialismo americano reafirmó su hegemonía económica y militar gracias al patrón monetario oro-dólar, el cual financió a múltiples firmas europeas y asiáticas. Los famosos “milagros”, como expresión de la ideología burguesa, sólo ocultaron las relaciones sociales específicas de producción, en este caso, se oscureció la injerencia directa de los Estados Unidos en otros países (Tanto económica como militar).

Los acuerdos de Breton Woods y la OTAN desplegaron empresas tanto financieras como bélicas a lo largo y ancho de su zona de influencia, pero, en todo caso, estas estaban bajo la lógica productiva, es decir, la tasa de ganancia industrial gobernó a la forma que adopta el capital bancario: tasa de interés. Bajo esta lógica, la modernidad americana administró la ley del valor que se valoriza, pero la trayectoria civilizatoria estuvo dentro de los márgenes del capital industrial.

La crisis de la tasa de ganancia hizo su aparición una vez más en 1970, cuando se desplegó una triple amenaza: 1) la deuda creció rápidamente durante esa época, 2) los precios del petróleo crecieron dramáticamente gracias al conflicto entre el estado de Israel contra el árabe, y, 3) el patrón oro – dólar no tenía el respaldo social frente a los dueños del dinero en occidente.

Ahora, David Harvey acuñó un término muy interesante para describir la neutralización de la crisis de los 70’s. La caída de la tasa de ganancia exige en todo caso una solución espacio temporal, en otras palabras, los capitales excedentes deben salir de la metrópoli y fijarse en los países periféricos. Las plantas productivas se salieron de sus matrices centrales y, terminaron, en países extranjeros, donde prevalecían costos muy bajos tanto en fuerza de trabajo como de materias primas.

Aquí vale la pena detenerse un momento y describir la manera explícita de este nuevo mecanismo. El excedente de capital sale de la matriz central y se fija en los lugares periféricos. La solución espacio temporal exige de alguna manera un dispositivo económico, ya que, el dinero adelantado debe pasar por ciertos espacios y, en este proceso, aparece una función del dinero un poco olvidada, pero es bastante importante: la deuda. El equivalente general debe desatarse de su base metálica para poder recorrer los ciclos de manera cada vez más rápidas.

En ese sentido, la crisis del capital necesitó acelerar los ciclos del capital en el planeta, ya que, la tasa de ganancia puso en peligro la existencia de la sociedad burguesa. El patrón dólar se despojó de su atadura material y terminó acuñando la forma de la escolástica: la fe. El dinero se adelantaba de manera agresiva en todo el mundo para explotar de manera más agresiva la clase trabajadora y así poder interceptar cantidades más grandes de ganancias, las cuales terminaron en las manos de las oligarquías financieras y los terratenientes.

El nuevo imperialismo, como lo denominó Harvey, incentivó al dólar como la moneda internacional, y, además, desconectó su base real con fundamento en el oro. Así, las inversiones transitan de manera más rápida, ya que, terminaron movilizando cantidades exageradamente grandes de capital excedente. Lo anterior generó, por un lado, una dependencia extrema por las firmas americanas, y, por el otro, una especulación muy elevada.

Parafraseando a Lenin y Marx, la exportación de capital incentiva al capital ficticio. El nuevo imperialismo es la comprobación más amplia de la anterior tesis, ya que, el siglo XXI incrementó tanto el movimiento molecular del capital como la especulación. De 1980 a 2001, la tasa de ganancia incrementó de manera interesante, porque, en realidad, el aumento estaba sostenido por la usura bancaria. La modernidad capitalista fundamentó toda su narrativa del fin de la historia en la ilusión financiera y, más temprano que tarde, las leyes del materialismo histórico dieron por finalizado esa fantasía.

La modernidad americana instaló una doble jaula, ya que, primero, la deuda se aceleró a partir de 1970, y, además, después de la caída del muro de Berlín, la OTAN se expandió sobre el antiguo orden soviético que cayó curiosamente en 1991. Capital ficticio y guerra se convirtió en la bandera por excelencia del nuevo imperialismo. De 1990 a 2012, Estados Unidos invirtió sumas cuantiosas en cercar a Rusia y la OTAN llegó hasta la zona fronteriza. Hasta 2008, las intervenciones militares fueron de alguna manera exitosas para la potencia mundial, puesto que, obtuvieron, de 2001 a 2008, a Iraq y Afganistán. No solo controlaron la expansión rusa en occidente, sino también se acercaban peligrosamente a la zona oriental de Rusia y atacaban a la India y China.

La crisis de 2008 fue un hito histórico, porque, en primer lugar, demostró las debilidades estructurales del capitalismo mundial, y, en segundo lugar, evidenció la debilidad económica y política de Estados Unidos. En ese sentido, China apareció bajo la forma de potencia emergente y el mundo unipolar encontró su primer obstáculo. El hegemón no lo sabía en ese momento, pero, en los siguientes años, Rusia y China confrontaron directamente las intenciones intervencionistas de la modernidad americana.

Estados Unidos fiel a su compromiso imperialista desde 2001 inició campañas de intervención militar en el medio oriente. En 2011, Barak Obama presento una propuesta para pacificar el estado de Siria bajo dos pretextos: 1) derrocar el gobierno “autoritario” de Basar al – Ásad y 2) desmantelar laboratorios de armas biológicas y químicas en el país. El imperialismo americano necesitaba de la guerra de expansión derivado de la gran crisis financiera.

No es de extrañar la posición de Estados Unidos frente a la crisis económica, ya que, la guerra emerge como una solución recurrente en la civilización burguesa. Aquí la cuestión fue no la intención de invadir Siria, sino, y más bien, que el proyecto no avanzó de la manera esperada. Ante la emergencia, Rusia se manifestó como el mediador y Vladimir Putín hizo una política diplomática muy interesante, ya que, en 2011, se reunió varias veces con el presidente de Estados Unidos para llegar a un acuerdo sobre el país en cuestión, y en 2013, frenó cualquier intento de intervenir en Siria en la misma Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Putín, no contento con detener las aspiraciones imperialistas de Barak Obama, también anexo Crimea  a Rusia en 2014, lo cual significó el inició de un nuevo orden regional. Cabe señalar lo siguiente, Rusia es una potencia regional sin Ucrania, pero con ella se convertirá en una potencia mundial. La derecha mundial lo sabe muy bien y, por eso mismo, implementó una intervención indirecta con el financiamiento de grupos pronazis en Ucrania. Ahora, con la llegada Petro Poroshenko y después Volidmir Zelenzky cambiaron las cosas en la región.

La OTAN desplegó una ofensiva rapaz en Europa hasta conseguir anexar a varios países de la ex – unión soviética. El último bastión era Ucrania y Estados Unidos ha metido mucho dinero para consolidar a ese país como un aliado del imperialismo. Hoy se sabe que en los países vecinos de Rusia existen bases militares, escudos antimisiles y laboratorios de armas químicas. Todo indica en estos momentos que la OTAN se preparaba cínicamente para una invasión de la zona rusa. Sin lugar a duda, la operación parecía un éxito, pero Putin se enteró de todo esto gracias a la relación diplomática con Donald Trump.

De 2014 a 2021, Rusia mantuvo relaciones diplomáticas con la ONU sobre la masacre de rusos en la región del Donbas. Los reclamos no hicieron caso sobre esa organización de criminales que se afirman defensores de la Paz y, Putín tuvo que decidir por una guerra defensiva. La escalada del conflicto, entonces, tiene dos premisas muy claras, por un lado, se debe entender que es producto de la crisis civilizatoria del capital, y, por otro lado, se debe dejar claro que la guerra es un mecanismo de solución espacio temporal de la sociedad burguesa.

Ahora, dicho lo anterior falta expresar la conclusión sobre el conflicto en Ucrania, ya que, en realidad, no se puede reducir a un choque entre dos formas de imperialismos, uno ruso y otro americano, más bien, se circunscribe en la llamada crisis de sobreacumulación de capital que se expresa en el capital ficticio y tiene su desenlace en los movimientos moleculares del capital. Estados Unidos necesita expandir su dominio para darle salida a su capital excedente (diría Harvey) u ocioso (o como lo calificó Marx). Las intervenciones humanitarias y militares no son otra cosa que fachadas y esconden la misma exportación de capital.

Estados Unidos pretende controlar tres áreas geográficas muy importantes en el sistema mundo burgués, 1) la zona eslava, 2) la zona árabe y 3) el índico. En primer lugar, la intervención en Irak y Afganistán son el resultado de controlar medio oriente, en segundo lugar, los bombardeos en Somalia y la intención de intervenir en Siria tienen su origen en dominar el índico, y, en tercer lugar, Ucrania adquiere relevancia por la zona eslava o el área vital rusa. Aquí, la cuestión es que el patrón dólar tocó con pared.

El patrón dólar se diferencia de su antiguo modelo en que el segundo colocaba al dinero como mercancía y, por eso mismo, debía estar regido por el oro, mientras que el primero sostiene al dinero como deuda y su respaldo se deposita en la fe que el dinero prestado regresará integro junto con una ganancia bancaria en forma de tasa de interés. La cuestión central es la siguiente, el capitalismo necesita acelerar la movilidad de las inversiones, pero esto no se puede hacer bajo el orden monetario metálico y necesita de un orden financiero.

El patrón dólar soluciona la crisis burguesa, puesto que flexibiliza tanto la producción como el consumo de mercancías, pero queda aprisionado a las garras de la especulación burguesa. El capital ficticio despertó de su largo sueño y, ahora, reina en todo el mundo. El problema central está en la burbuja bancaria que aparentó resolver la crisis de sobreacumulación de capital en los 70´s y, en realidad, los índices bursátiles solo manifestaban una embriaguez de dinero sin sustento en la esfera productiva. El dinero deuda jamás logró impulsar la rentabilidad y debilitó a la misma sociedad burguesa poniéndola a merced del colapso.

El patrón dólar necesita también de una expansión territorial mas agresiva, es decir, las inversiones deben encontrar regiones aptas. En términos económicos significa que la propiedad privada debe ser fundamental en el régimen burgués, ya que sería la única forma de ponerle precio a algo que no tiene valor. Este proceso, en si mismo, carece de civilización y apuesta por campañas militares. La guerra incentiva el despojo y la centralización de las mejores tierras en pocas manos.

Ahora, cuando la naturaleza tiene precio y es blanco de inversiones estratégicas, entonces, el precio de la tierra debe aumentar a lo largo del tiempo en esa región, y, con ello, también el precio de las mercancías lo harían. Es decir, la inflación no es un fenómeno monetario, sino más bien responde a las necesidades específicas de la economía burguesa y en este caso al patrón dólar. De esta manera, otra respuesta a la caída de la tasa de ganancia es la renta del suelo, no sólo se especula con el dinero sino también con las propiedades de la naturaleza.

Finalmente, la guerra hasta aquí mantiene una trayectoria clásica, es decir, el imperialismo se expande y al mismo tiempo despoja a las comunidades originarias. Aquí el tema central está en que la guerra burguesa tiene otra expresión y se sostienen no en la destrucción creativa, sino más bien, se fundamenta en la destrucción de capital ocioso qué está apalancada en el fascismo. Hasta ahora, no hay indicios sobre este proceso, pero debido a la caída de la tasa de crecimiento de la economía de China y la India se podría esperar una nueva función de la guerra, es decir, de no superar el patrón dólar entonces es inevitable un enfrentamiento bélico a escala mundial.

Aquí, me gustaría anexar un último comentario corto. El patrón dólar empoderó a dos clases muy reaccionarias, por un lado, están los terratenientes, y por el otro, existen las oligarquías financieras. El fascismo necesita de estas fuerzas y procura antes de emerger como tal de una teoría económica previa que es el marginalismo o la escuela neoclásica. Es decir, el neoliberalismo incentivó en muchos sentidos la narrativa fascista, porque contiene tanto los ideales de los dueños de la tierra y del dinero que procura dar más dinero. Así es menester decir fuertemente, superar el patrón dólar también ayudaría a desarmar la narrativa neofascista que acecha a la humanidad.

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La necesidad de comprender la guerra híbrida y/o de cuarta generación



La necesidad de comprender la guerra híbrida y/o de cuarta generación

Carlos Humberto Contreras Tentzohua

La guerra tiene diversas facetas, tácticas, así como estrategias. Todas encaminadas a doblegar al rival y obligarle a someterse a los propios deseos de quien lo enfrenta. Diría el propio Clausewitz que la guerra no tiene otro fin que imponer la voluntad sobre el adversario. La voluntad del vencedor depende de los objetivos que tenga planeados: adquirir más territorio, el someter a un país al subdesarrollo, el apoderarse de los recursos del enemigo, etc.

Es necesario apuntar que la guerra también ha ido evolucionando, debido a los avances tecnológicos y a la ciencia aplicada, lo cual provoca que el armamento y las tácticas y estrategias empleadas también cambien. La prueba de eso radica en que hoy se habla de guerras híbridas, así como de guerras de cuarta generación. Hay que recalcar que si bien cada una sigue su propia lógica, lo cierto es que ambas se parecen bastante, pero primero hay que comprender la guerra y su evolución.

Guerra de primera generación: comienza con las guerras napoleónicas, en estas los ejércitos se profesionalizan al servicio de un Estado, los mercenarios son dejados de lado. Se le da importancia a ocupar la capital del enemigo hasta que éste acepte rendirse para cumplir con las condiciones del vencedor.

Guerra de segunda generación: comienza con la Primera Guerra Mundial, los ejércitos ya están mecanizados, en parte, con grandes cañones, y en menor medida con tanques. Pero se deja de lado la guerra a campo abierto por las trincheras. Es sobre todo una guerra de desgaste. En esta etapa de la guerra se comprende la enorme necesidad de usar uniformes camuflajeados así como cascos, a los civiles les afecta en el ámbito económico, alimenticio y en algunos casos también en el aspecto militar.

Guerra de tercera generación: se presenta sobre todo con la Segunda Guerra Mundial, para evitar el desgaste de la guerra de trincheras se modernizaron los tanques, así como el uso masivo de los aviones para bombardear al enemigo, sobre todo sus principales ciudades y la infraestructura como centrales eléctricas, fábricas, la agricultura. Le afecta por completo a la población civil la cual se ve inerme ante los ataques del enemigo y/o frente a la claudicación del ejército de su país. Se busca destruir la infraestructura del enemigo para que sea incapaz de defenderse. Así lo aplicó la Alemania Nazi contra Polonia, Yugoslavia, Noruega y Francia e intentó hacer lo mismo contra la URSS, pero fracasó, al final sus enemigos le aplicaron la misma estrategia. Aquí se hizo un gran uso de la guerra de guerrillas, sobre todo en batallas como la de Stalingrado, pero también en Yugoslavia, además del gran papel que jugaron los partisanos en toda la guerra.  

Cabe señalar que para cada ejército juega un papel importante el tipo de batallas que libraron, y que no todas las experiencias de los ejércitos son las mismas. Para el ejército estadunidense fueron muy importantes los bombardeos en contra de la Alemania Nazi, los cuales destruyeron la infraestructura del enemigo, a partir de entonces han mantenido esa misma estrategia para todas sus guerras, tanto en Vietnam, como en Irak, en Afganistán, Irak de nuevo así como en Siria. El ejército estadunidense cree que bastan con bombardeos para doblegar al enemigo, lo cual resultó insuficiente, por eso es que fracasaron tanto en Vietnam como en Afganistán.

En cambio, el ejército ruso al haber participado en batallas como la de Stalingrado, sabe a la perfección que no bastan con los bombardeos, pues el ejército enemigo tiene que tomar la ciudad para imponerse, y para eso tiene que derrotar primero a su contrincante. Para pelear puede usar los escombros y las ruinas como fortalezas para atacar a su oponente, y entonces la batalla deviene en guerra de guerrillas en la que aquel que defiende tiene la ventaja en contra del atacante. Los vietnamitas usaron la misma estrategia y por eso derrotaron a los yankees.

De hecho durante el 2006 el Estado de Israel, aliado de EEUU, usó la misma estrategia de los yankees para atacar a Líbano, creyendo que bastaba con simples bombardeos para doblegar a Hezbollah, pero éstos, bien entrenados en guerra de guerrillas, resistieron con éxito e Israel tuvo que pedir el cese al fuego. Demostrando con eso que si bien los bombardeos son importantes, tanto como el dominio de la zona aérea, no lo son todo en una guerra.

Finalmente tenemos a la guerra de cuarta generación (también guerra híbrida) en la cual tiene mucha influencia el ejército de los EE.UU., pero que cualquier gobierno puede hacer uso de ésta. En dicha guerra juegan un papel enorme los medios de comunicación (de desinformación dirían algunos), las ONG´s, los movimientos sociales, políticos opositores, los grupos de choque (guarimbas en Venezuela) que suelen tener entrenamiento paramilitar, y ahora las redes sociales, sin olvidarnos de la economía tanto como de las finanzas. En esta guerra la manipulación así como la propaganda juegan un papel notable, en el que se apela a los sentimientos de las personas en vez de su capacidad de raciocinio así como de análisis. No es una guerra abierta y considera a toda la población del país rival como un enemigo, o en su defecto como un aliado útil; su finalidad es desestabilizar al país enemigo para poder saquearlo con facilidad.

En la guerra de cuarta generación se dan escenarios en donde los medios de comunicación de un país atacan con todo a quien gobierna dicho país, hablan de una situación de ingobernabilidad, e incluso piden que el gobierno y/o ejército de otra potencia intervenga. Sucede que artificialmente aparecen movimientos sociales y grupos opositores a protestar por la situación de dicho país, se acusa al gobierno de represor o fraudulento. Suelen ocurrir protestas, muchas veces sobredimensionadas por los medios de comunicación y por las redes sociales, y entonces potencias externas le piden al gobernante renunciar a su cargo, mientras que los grupos opositores se apoderan del poder. Dichos grupos suelen entregarle los recursos de la nación a otra potencia, sobra decir que actúan en contra del pueblo también.

Dicha estrategia ha sido aplicada en Tiananmen para intentar acabar con el poder del Partido Comunista Chino; en Yugoslavia para balcanizar al país heredado de Tito y ponerlo al servicio de occidente; en Venezuela, en el 2002, contra Hugo Chávez; en Ucrania y en Georgia con las revoluciones de color; en Ucrania de nuevo en el 2014 con el Euromaidan; en Venezuela de nuevo con las guarimbas, con el bloqueo económico y con Juan Guaidó; en Bolivia contra Evo Morales en el 2019; en Kazajistán a inicios de 2022; y todas las primaveras árabes también fueron revoluciones de color. En caso de triunfar, la mayoría de esos gobiernos no suelen durar, y en caso de durar el pueblo suele experimentar retrocesos en su nivel de vida. Pero también muchas veces la guerra hibrida fracasa, entonces se lleva a cabo una guerra de Tercera Generación.

La realidad es que Estados Unidos diseñó este tipo de guerra para evitar los enfrentamientos directos, sólo invade países en desventaja y que son incapaces de defenderse, o que previamente han sido destruidos por otras guerras, así sucedió con México, Panamá, Irak, Afganistán, Yugoslavia, etc. Sólo se enfrentaron a la Alemania Nazi cuando ésta ya estaba prácticamente derrotada, nunca se enfrentaron directamente contra la URSS, por eso fue una guerra fría, y para la guerra EEUU se ha valido de otros métodos que eviten en la medida de lo posible la guerra directa.

Ya hemos mencionado que el ejército de EEUU piensa que con bombardeos basta para doblegar a una nación, pero habría que agregar que siempre existe la posibilidad de la resistencia desde la guerra de guerrillas así como con los actos de sabotaje. Pero al poseer a Hollywood, así como a las principales cadenas de información o ahora influencers de las redes sociales, los estadunidenses creen que basta con los bombardeos masivos de noticias, de fake news, para imponerse a sus rivales.

Precisamente la guerra híbrida o guerra de cuarta generación considera que basta con la manipulación, los grupos de choque pagados, así como con políticos opositores que se victimizan para imponerse, pero ello es falso, pues a pesar de la manipulación la realidad siempre termina por hacerse pesar. Para triunfar, las guerras híbridas y/o de cuarta generación se disfrazan de causas legítimas, incluso de revolucionarios, cuando la realidad es que suelen actuar al servicio de potencias extranjeras; por eso es que con el paso del tiempo las personas suelen darse cuenta de su error al apoyarlas, sobre todo cuando operan contra las conquistas sociales, como lo fue en el golpe contra Evo Morales en 2019, que en pleno 2020 su partido regresó al poder y sus rivales que participaron en el golpe de Estado hoy se encuentran en la irrelevancia.

Por otra parte es de suma importancia el señalar que en este tipo de guerras. aquellos que las patrocinan hacen uso de quienes puedan, sin importar ideologías; pueden usar a feministas, ecologistas, anarquistas, grupos antiaborto, grupos religiosos, grupos de extrema derecha, grupos LGBT, barras bravas del futbol, ONG´s, etc. Mientras funcionen para desestabilizar a un país, llevarlo al caos, y sobre todo para dejarlo inerme ante una potencia extranjera, todos los grupos sin importar diferencias ideológicas son bienvenidos. Un ejemplo de eso es el hecho de que durante el Euromaidan ucraniano de 2014 entre los protestantes había feministas al lado de nazis y de personas LGBT, o que en Bolivia en el 2019 había feministas radicales al lado de fundamentalistas cristianos.

El paramilitarismo juega un papel importante en esta clase de guerra, sobre todo existe para evitar que el ejército u otros cuerpos represivos del Estado se impliquen directamente en la represión, y así se evitan condenas internacionales y judiciales; para realizar sus planes hacen uso de la guerra de baja intensidad tanto como de la guerra sucia, además de que sus integrantes suelen estar más fanatizados que un ejército profesional. Las SS como un grupo paramilitar estaban más fanatizados que el ejército alemán, por eso se encargaron de los campos de concentración y de exterminio.

En México para acabar con el movimiento estudiantil de 1968 el gobierno creó al comando paramilitar Batallón Olimpia, y así infiltrarse en el movimiento para comenzar la agresión y justificar la represión, lo mismo ocurrió con los Halcones durante el jueves de Corpus Christi de 1971, o incluso con la Brigada Blanca en contra de las guerrillas mexicanas de la década de 1970. De hecho para cercar al EZLN y evitar las condenas internacionales, el gobierno mexicano creó cuerpos de paramilitares de comunidades indígenas para que estos agredieran al EZLN, y no el gobierno y/o el ejército mexicano directamente; con el tiempo y mediante la guerra de baja intensidad lograron su objetivo de desmoralizar al EZLN y arrinconarlo tanto política como militarmente.

En una guerra híbrida el paramilitarismo también puede provocar violencia para que el Estado reprima la manifestación, y entonces se acusa a dicho Estado de represor y alguna potencia externa actúa para someter a dicho país; así sucedió con el Euromaidan en 2014, también con las guarimbas en Venezuela y en Kazajistán a inicios de 2022. No obstante que tanto en el caso venezolano y el kazajo ambos gobiernos resistieron los embates de la guerra hibrida, y hasta la fecha sus gobiernos legítimos se mantienen.

La guerra híbrida o de cuarta generación ha aprendido de las anteriores guerras, revoluciones, tanto de la apología de la violencia como de los movimientos pacifistas, del paramilitarismo, de la guerra de baja intensidad, de la propaganda manipuladora, etc. Aunque a largo plazo suele fracasar y sólo triunfa en el corto plazo, haciendo que sea necesario llevar acabo la guerra de tercera generación. En Libia fracasó la guerra híbrida contra Gadafi y para derrocarlo y asesinarlo hubo que invadir dicho país para así arruinarlo. En Siria también fracasó la guerra híbrida, y para destruirla hubo que llevar a cabo una guerra abierta, de la que Siria salió victorioso gracias al apoyo de Rusia. 

Fueron los expertos militares estadunidenses quienes diseñaron la guerra de cuarta generación, creyendo que bastaba con la manipulación y el sabotaje para arrodillar a un país, pero eso no es verdad, pues tanto las armas como las capacidades de defensa de un país son las que terminan imponiéndose. Quienes usan a la guerra hibrida pueden presumirse como los vencedores, pero la realidad termina imponiéndose como en Vietnam, Afganistán y ahora Ucrania.

Ahora bien, ¿qué les hace creer a los expertos militares que basta con la desinformación y las fake news para imponerse en una guerra? Principalmente apelan a la posmodernidad, a la falta de raciocinio en las personas, a la exacerbación del consumismo, tanto de mercancías como de imágenes, a la exacerbación de la fantasía y de los deseos por encima de la capacidad de juicio, tanto como de la reflexión. Apelan a los sentimientos de las personas así como a la parte más primitiva del ser humano para manipularlo y engañarlo. Aunque también se aprovechan del desánimo y de la desesperanza de las personas para obligarlas a actuar en contra de sus intereses, como muchos venezolanos que debido al bloqueo económico viven con carencias así como con desánimo;  a ellos apela Estados Unidos para usarlos en contra de Venezuela como una fuerza reaccionaria.

Anteriormente habíamos señalado que quienes implementan la guerra híbrida (o de cuarta generación) hacen uso de quien sea para imponerse sin importar ideologías. Pero sobre todo usan a jóvenes desarraigados, sin conocimientos, así como sin experiencia, fácilmente manipulables así como volubles que se prestan a cometer actos arriesgados y violentos. Muchas veces dichos jóvenes pueden hallarse en medio de situaciones desesperadas, y por eso se pueden dejar llevar fácilmente a participar dentro de la guerra hibrida, sin importar su ideología, sea de extrema derecha o izquierda. Ellos no le interesan a quienes los emplean, sólo son carne de cañón al servicio de una potencia interesada en destruir a su país, por eso no es raro que caigan víctimas de la represión, o incluso de sus propias acciones desesperadas y nihilistas.  

Sobra decir que desde la posmodernidad y el nihilismo exacerbado se apela a que el ser humano deje de lado cualquier capacidad de raciocinio, incluso la más elemental. Así en vez de que la persona se maneje de acuerdo a la evidencia, al análisis, a la síntesis así como a la enumeración, se le dice que los sentimientos, la imaginación, así como la fantasía son superiores a la razón. Así pues, se ha creado a un ser humano que sea susceptible de ser usado para la guerra híbrida, y dado que tanto las redes sociales como los medios de comunicación están hechos para manipular a todas las personas, eso significa que de alguna forma u otra todos nos encontramos en medio de una guerra hibrida y somos susceptibles de ser usados para que alguna potencia se imponga.

Las únicas defensas contra la guerra de cuarta generación son el apoyo del pueblo a un gobierno popular, el uso de la razón incluso en medio de la propaganda y desinformación más atroz, la voluntad de resistir ante cualquier embate tanto de las clases reaccionarias como de agentes extranjeros. Mientras el pueblo como el gobierno estén unidos la guerra hibrida puede ser contenida, aunque claro con el riesgo de que se vuelva una guerra de tercera generación.

A final de cuentas la guerra sigue siendo una cuestión de voluntad, de tener la de resistir contra la de imponer condiciones de parte de una potencia enemiga. Sin embargo, para imponer la voluntad se requiere de inteligencia, tanto como de las estrategias y tácticas adecuadas, eso sin olvidarnos de los recursos que se dispongan. El deber de quien quiera resistir a la guerra híbrida debe ser tanto tener la voluntad de resistir como tener la inteligencia para hacerlo.

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¿Qué crecerá de un bolsillo lleno de semillas de girasol?



¿Qué crecerá de un bolsillo lleno de semillas de girasol?*

Slavoj Žižek

Michel Marder ha publicado en Salon un texto maravilloso sobre una mujer rusa que da semillas de girasol a un soldado ruso, un texto maravilloso porque hace lo que más se necesita hoy en día: añade una dimensión filosófica más profunda a nuestras reacciones ante la catástrofe ucraniana[2]. Este incidente me trajo a la mente la novela de Agatha Christie Un bolsillo lleno de centeno, en la que un rico hombre de negocios londinense, Rex Fortescue, muere después de tomar su té matutino, y un registro de su ropa revela una cantidad de centeno en el bolsillo de su chaqueta. En la novela, la razón por la que se encontró centeno allí es que «pocket full or rye» forma parte de una rima infantil a la que se refiere el asesino… Esto nos lleva de vuelta a Ucrania, donde ocurrió algo extrañamente similar, descrito por Marder, sólo que no con centeno sino con semillas de girasol. En Henichesk, una ciudad portuaria en el mar de Azov, una anciana ucraniana se enfrentó a un soldado ruso fuertemente armado y le ofreció semillas de girasol para que se las guardara en el bolsillo, para que florecieran cuando él muriera y su cuerpo putrefacto en la tierra sirviera para alimentar a la planta en crecimiento[3]

Lo único que me molesta de este gesto es la falta de simpatía por los soldados rusos de a pie que fueron enviados en misión a Ucrania, muchos de ellos sin un suministro adecuado de alimentos y otras provisiones, algunos incluso sin saber dónde están y por qué, por lo que se dan casos de ucranianos que les llevan comida. Me trajo recuerdos de Praga 1968, cuando llegué allí un día antes de la invasión soviética, vagando por la ciudad durante un par de días hasta que se organizó el transporte para los extranjeros. Lo que me impactó de inmediato fue la confusión y la pobreza de los soldados de a pie, en claro contraste con los oficiales superiores, de quienes los soldados tenían mucho más miedo que de nosotros, los manifestantes.

Incluso en estos tiempos de locura, no deberíamos avergonzarnos de aferrarnos a los últimos vestigios de normalidad e invocar la cultura popular. Así que permítanme mencionar otro clásico de Christie, The Hollow (1946), en el que la excéntrica Lucy Angkatell ha invitado a los Christows (John, un destacado médico de Harley Street, y su esposa Gerda, junto con otros miembros de su extensa familia, a su finca para pasar el fin de semana. Hércules Poirot (que se aloja cerca, en su casa de campo) también es invitado a cenar; a la mañana siguiente es testigo de una escena que parece extrañamente escenificada: Gerda Christow está de pie con una pistola en la mano junto al cuerpo de John, mientras se desangra en la piscina. Lucy, Henrietta (la amante de John) y Edward (un primo de Lucy y un primo segundo de Henrietta) también están presentes en la escena. John pronuncia una última petición urgente, «Henrietta», y muere. Parece evidente que Gerda es la asesina. Henrietta se adelanta para tomar el revólver de su mano, pero aparentemente tienta y lo deja caer en la piscina, destruyendo la evidencia. Poirot se da cuenta de que el «Henrietta» del moribundo era una llamada a su amante para que protegiera a su esposa de ser encarcelada por su propia muerte – sin un plan consciente, toda la familia se unió a la trama y desvió deliberadamente a Poirot, ya que cada uno de ellos sabe que Gerda es la asesina, y están intentando salvarla… La inversión de la fórmula estándar (se comete un asesinato, hay un grupo de sospechosos que tenían interés y oportunidad de hacerlo, y aunque el asesino parece obvio el detective descubre pistas que desmienten la escena del asesinato escenificada por el verdadero asesino para cubrir sus huellas) se invierte aquí: el grupo de sospechosos hace pistas que apuntan a ellos mismos para encubrir el hecho de que el verdadero asesino es el obvio que fue atrapado en la escena del asesinato con una pistola en la mano. Así que la escena del crimen está escenificada, pero de forma reflexiva: el engaño reside en el hecho mismo de que parece artificialmente escenificada, es decir, la verdad se enmascara como apariencia artificial, de modo que la verdadera falsedad son las propias «pistas» -o, como dice Jane Marple en otro clásico de Christie, Lo hacen con espejos: «Nunca subestimes el poder de lo obvio».

¿Acaso la ideología no funciona a menudo así, especialmente hoy en día? Se presenta a sí misma como algo misterioso, apuntando hacia un detrás oculto, para encubrir el crimen que está cometiendo (o legitimando) abiertamente. La expresión favorita que anuncia esa doble mistificación es «la situación es más compleja»: un hecho evidente –digamos, una brutal agresión militar– se relativiza evocando una «situación mucho más compleja en el fondo» (que, como es de esperar, hace de la agresión un acto de defensa). Razón por la cual, a cierto nivel, hay que ignorar la «complejidad» oculta de la situación y confiar en los simples números.

¿Y no ocurre exactamente lo mismo en Ucrania? Rusia la atacó, pero muchos buscan la «complejidad» detrás. Sí, seguro que hay complejidad, pero el hecho básico permanece: Rusia lo hizo. Nuestro error fue no tomar las amenazas de Putin con la suficiente literalidad: pensamos que no lo decía en serio, sino que sólo estaba jugando a las manipulaciones estratégicas. La ironía suprema es que uno no puede dejar de recordar aquí el famoso chiste judío citado por Freud «¿Por qué me dices que vas a Lviv cuando realmente vas a Lviv?», en el que una mentira asume la forma de una verdad de hecho: los dos amigos establecieron un código implícito según el cual, cuando vas a Lviv, dices que irás a Cracovia y viceversa, y dentro de este espacio, decir la verdad literal significa mentir. Cuando Putin anunció la intervención militar, no tomamos la declaración de Putin de que quiere pacificar y desnazificar toda Ucrania lo suficientemente literal, así que el reproche de los estrategas «profundos» es ahora: «¿Por qué me dices que vas a ocupar Lviv cuando realmente quieres ocupar Lviv?”.

¿Qué está pasando? Recordemos que hace uno o dos meses la gran noticia en nuestros medios de comunicación seguía siendo la pandemia; ahora la pandemia casi ha desaparecido, es Ucrania la que aparece en los titulares. Y si acaso el miedo es ahora mucho mayor, hay casi una nostalgia por los buenos dos años de lucha contra la pandemia. Este cambio repentino demuestra el límite de nuestra libertad: nadie ha elegido este cambio, simplemente ha ocurrido (excepto para los teóricos de la conspiración que ya afirman que la crisis ucraniana es otro complot del establishment para continuar con el estado de emergencia y mantenernos bajo control). Para entender la diferencia entre la pandemia y la crisis ucraniana, tenemos que diferenciar entre dos tipos de libertad, ¿»libertad» y «Libertad»?[4] Permítanme arriesgarme y fijar esta oposición como la que existe entre lo que Hegel llamó libertad abstracta y libertad concreta: la libertad abstracta es la capacidad de hacer lo que uno quiere independientemente de las reglas y costumbres sociales, de violar estas reglas y costumbres, como la explosión de la «negatividad radical», ejemplarmente en una revuelta o situación revolucionaria; la libertad concreta es la libertad sustentada por un conjunto de reglas y costumbres. En cuanto a los antivacunas, la libertad de elegir ser vacunado o no es, por supuesto, un tipo de libertad formal; sin embargo, rechazar la vacunación implica efectivamente limitar mi libertad real, así como la de los demás. Mi libertad sólo es real como libertad dentro de un determinado espacio social regulado por normas y prohibiciones. Puedo caminar libremente por una calle concurrida porque puedo estar razonablemente seguro de que los demás en la calle se comportarán de forma civilizada conmigo, serán castigados si me atacan, si me insultan, etc. Sólo puedo ejercer la libertad de hablar y comunicarme con los demás si obedezco las reglas comúnmente establecidas del lenguaje (con todas sus ambigüedades e incluyendo las reglas no escritas de los mensajes entre líneas). El lenguaje que hablamos no es, por supuesto, ideológicamente neutro, encarna muchos prejuicios y nos imposibilita formular con claridad ciertos pensamientos poco comunes –el pensamiento siempre se produce en el lenguaje y trae consigo una metafísica (visión de la realidad) de sentido común–, pero para pensar de verdad, tenemos que pensar en un lenguaje contrario a ese lenguaje. Las reglas del lenguaje pueden cambiarse para abrir nuevas libertades, pero el problema de la jerga políticamente correcta muestra claramente que la imposición directa de nuevas reglas puede conducir a resultados ambiguos y dar lugar a nuevas formas más sutiles de racismo y sexismo.

Sin embargo, Hegel sabía muy bien que hay momentos de crisis en los que la libertad abstracta tiene que intervenir. En diciembre de 1944, Jean-Paul Sartre escribió: «Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana. Habíamos perdido todos nuestros derechos, y en primer lugar nuestro derecho a hablar. Nos insultaban en la cara. … Y por eso la Resistencia era una verdadera democracia; para el soldado, como para su superior, el mismo peligro, la misma soledad, la misma responsabilidad, la misma libertad absoluta dentro de la disciplina.» Esta situación llena de ansiedad y peligro era la libertad, no la libertad -la libertad se estableció cuando volvió la normalidad de la posguerra. Y en Ucrania hoy, lo que los que luchan contra la invasión rusa allí son libres pero no tienen libertad. Luchan por la libertad, y la cuestión clave es qué tipo de libertad prevalecerá después de la lucha. Aleksander Dugin, el filósofo de la corte de Putin, añadió un giro posmoderno de relativismo historicista:

«La posmodernidad muestra que toda supuesta verdad es una cuestión de creencia. Así que creemos en lo que hacemos, creemos en lo que decimos. Y esa es la única manera de definir la verdad. Así que tenemos nuestra verdad especial rusa que hay que aceptar. Si Estados Unidos no quiere iniciar una guerra, debe reconocer que Estados Unidos ya no es un amo único. Y [con] la situación en Siria y Ucrania, Rusia dice: ‘No, ya no sois el jefe’. Esa es la cuestión de quién manda en el mundo. Sólo la guerra podría decidirlo realmente».[5]

La pregunta inmediata aquí es: ¿pero qué pasa con la gente de Siria y de Ucrania? ¿Pueden ellos también elegir su verdad/creencia o son sólo un campo de juego de los grandes «jefes» y su lucha? Incluso algunos izquierdistas ven a Dugin como un opositor al orden capitalista global, como un defensor de la diversidad irreductible de las identidades étnico-culturales. Pero la diversidad que defiende Dugin es una diversidad basada en las identidades étnicas, no una diversidad dentro de los grupos étnicos, por lo que «sólo la guerra podría decidir realmente». El auge de las identidades étnicas fundamentalistas es, en definitiva, la otra cara del mercado global, no su contrario. Necesitamos más globalización, no menos: necesitamos más que nunca la solidaridad y la cooperación globales si queremos afrontar seriamente el calentamiento global. Gilbert Keith Chesterton escribió: «Quita lo sobrenatural y lo que te queda es lo antinatural». Deberíamos hacer nuestra esta afirmación, pero en el sentido opuesto, no en el que pretendía Chesterton: deberíamos aceptar que la naturaleza es «antinatural», un extraño espectáculo de perturbaciones contingentes sin rima interior. A finales de junio de 2021, una «cúpula de calor» –fenómeno meteorológico en el que una cresta de altas presiones atrapa y comprime el aire caliente, elevando las temperaturas y horneando la región– sobre el noroeste de EE.UU. y el suroeste de Canadá hizo que las temperaturas se acercaran a los 50 grados centígrados, de modo que Vancouver estaba más caliente que Oriente Medio. Es cierto que la «cúpula de calor» es un fenómeno local, pero es el resultado de una perturbación global de los patrones que dependen claramente de las intervenciones humanas en los ciclos naturales, por lo que hemos actuado contra ella de forma global.

Recordemos cómo, uno o dos días después del estallido de la guerra, Putin llamó por televisión al ejército ucraniano para que derrocara al gobierno de Zelensky y tomara el poder, alegando que sería mucho más fácil negociar la paz con ellos. Tal vez, sería bueno que algo así sucediera en la propia Rusia (donde, en 1953, el mariscal Zhukov sí ayudó a Jruschov a derrocar a Beria). ¿Significa esto que debemos simplemente demonizar a Putin? No – para contrarrestar realmente a Putin, tenemos que reunir el coraje para echar una mirada crítica a nosotros mismos.

¿A qué juegos ha jugado el Occidente liberal con Rusia en las últimas décadas? Cómo empujó efectivamente a Rusia hacia el fascismo –sólo hay que recordar los catastróficos «consejos» económicos dados a Rusia en los años de Yeltsin… Sí, es obvio que Putin se estaba preparando para esta guerra durante años, pero Occidente lo sabía, así que la guerra no es en absoluto un shock inesperado –hay buenas razones para creer que Occidente estaba arrinconando conscientemente a Rusia. El miedo ruso a ser rodeado por la OTAN está lejos de ser una imaginación paranoica. Hay un momento de verdad en lo que dijo nada menos que Viktor Orban: «¿Cómo ha surgido la guerra? Estamos atrapados en el fuego cruzado entre los principales actores geopolíticos: La OTAN se ha ido expandiendo hacia el este, y Rusia se siente cada vez menos cómoda con ello. Los rusos hicieron dos exigencias: que Ucrania declarara su neutralidad y que la OTAN no admitiera a Ucrania. Estas garantías de seguridad no se dieron a los rusos, así que decidieron tomarlas por la fuerza de las armas. Este es el significado geopolítico de esta guerra». Esta pequeña verdad, por supuesto, encubre una Gran Mentira: el alocado juego geopolítico que persigue Rusia.

En cuanto a la situación actual, tampoco debería haber tabúes. Obviamente, tampoco se puede confiar plenamente en la parte ucraniana, y la situación en la región de Donbás no está nada clara. Además, la ola de exclusión de artistas rusos se acerca a la locura. La universidad Bicocca de Milán, Italia, suspendió un ciclo de conferencias sobre las novelas de Dostoyevski de Paolo Nori con una argumentación muy putiniana: es sólo un gesto preventivo para mantener la calma…[6] (La suspensión se anuló un par de días después). Pero los contactos culturales con Rusia son ahora más importantes que nunca. ¿Y qué hay del megaescándalo de permitir la entrada en Europa desde Ucrania sólo a los ucranianos, y no a los estudiantes y trabajadores del Tercer Mundo en Ucrania que también intentan escapar de la guerra? ¿Y sobre el estallido del racismo en Occidente? El corresponsal de CBS News, Charlie D’Agata, dijo la semana pasada que Ucrania «no es un lugar, con todo el respeto, como Irak o Afganistán, que ha visto un conflicto que se extiende durante décadas. Se trata de una ciudad relativamente civilizada, relativamente europea –tengo que elegir esas palabras con cuidado también–, en la que no se esperaría eso, ni se esperaría que ocurriera». Un antiguo fiscal general adjunto de Ucrania declaró a la BBC: «Es muy emotivo para mí porque veo a gente europea con ojos azules y pelo rubio… siendo asesinada todos los días». Un periodista francés, Phillipe Corbé, declaró: «No estamos hablando aquí de sirios que huyen de los bombardeos del régimen sirio respaldado por Putin. Estamos hablando de europeos que se van en coches que se parecen a los nuestros para salvar sus vidas.”[7]  Es cierto que en Irak o Afganistán hay conflictos desde hace décadas, pero ¿qué pasa con nuestra complicidad en estos conflictos? Hoy, cuando Afganistán es realmente un país fundamentalista islámico, ¿quién recuerda todavía que, hace 30 años, era un país con una fuerte tradición laica, hasta un poderoso partido comunista que tomó el poder allí independientemente de la Unión Soviética? Pero entonces, primero la Unión Soviética y luego los Estados Unidos intervinieron, y estamos donde estamos ahora…

El horror de nuestros corresponsales y comentaristas ante lo que ocurre en Ucrania es comprensible pero profundamente ambiguo. Puede significar: ahora vemos que los horrores no se limitan al Tercer Mundo, que no son sólo algo que vemos cómodamente en nuestras pantallas, pueden ocurrir también aquí, así que si queremos vivir con seguridad debemos combatirlos en todas partes… Pero también puede significar: dejemos que los horrores sigan allí, lejos, protejámonos de ellos. Putin es un criminal de guerra, pero ¿lo hemos descubierto ahora? ¿No era ya un criminal de guerra hace un par de años cuando, para salvar al régimen de Assad, los aviones rusos bombardeaban Alepo, la ciudad más grande de Siria, y de una manera mucho más brutal que la que están haciendo ahora en Kiev? Entonces lo sabíamos, pero nuestra indignación era puramente moral y verbal. El sentimiento de una simpatía mucho mayor por los ucranianos que son «como nosotros» muestra el límite del intento de Frederic Lordon de fundamentar la política emancipadora en el sentido de «pertenencia» sostenido por lo que Spinoza llamaba «imitación de afectos» transindividual: tenemos que desarrollar la solidaridad para aquellos con los que no compartimos la pertenencia afectiva.

Cuando el presidente Zelensky calificó la resistencia ucraniana de defensa del mundo civilizado, ¿significa esto que estaba excluyendo a los no civilizados? ¿Qué hay de los miles de detenidos en Rusia por protestar contra la intervención militar? ¿Qué pasa con el hecho de que el nazismo llegó al poder en un país que personifica la más alta cultura europea? Es allí donde «los europeos de ojos azules y pelo rubio» estaban haciendo la matanza. Si nos limitamos a «defender a Europa», ya hablamos el lenguaje de Dugin y Putin: es la verdad europea contra la verdad rusa. El límite entre la civilización y la barbarie es interno a las civilizaciones, por lo que nuestra lucha es universal. La única universalidad verdadera hoy en día es la universalidad de una lucha.

Ucrania es el país más pobre de todos los Estados postsoviéticos. Aunque –con suerte– ganen, su defensa victoriosa será el momento de la verdad para ellos. Tendrán que aprender la lección de que no les basta con ponerse a la altura de Occidente, ya que la propia democracia liberal occidental se encuentra en una profunda crisis. Lo más triste de la guerra en curso en Ucrania es que, mientras que el orden liberal-capitalista global se acerca obviamente a una crisis en muchos niveles, la situación se simplifica ahora de nuevo falsamente en países bárbaros-totalitarios contra el Occidente civilizado –el calentamiento global está fuera de la vista. Si seguimos este camino, estamos perdidos. El momento actual no es el momento de la verdad en el que las cosas se aclaran, en el que se ve claramente el antagonismo básico. Es el momento de la mentira más profunda. Si gana la Europa que excluye a los «incivilizados», no necesitamos que Rusia nos destruya: nosotros solos cumpliremos con éxito la tarea.

*La versión original fue publicada en Inglés, en The Philosophical Salon:

What Will Grow Out of a Pocket Full of Sunflower Seeds?

[2] See Vegetal Redemption: A Ukrainian Woman and Russian Soldiers – The Philosophical Salon.

[3] https://www.dailymail.co.uk/news/article-10548649/Put-sunflower-seeds-pockets-grow-Ukraine-soil-Woman-confronts-Russian-troops.html.

[4] En la versión inglés, publicada en The Philosophical Salon, el autor utiliza los conceptos “fredoom” y “Libertad”.

[5] The Russians who fear a war with the West – BBC News

[6] Nori case: Bicocca, the course will be held – Icon News – Ruetir

[7] They are ‘civilized’ and ‘look like us’: the racist coverage of Ukraine | Moustafa Bayoumi | The Guardian.

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Análisis de coyuntura del capitalismo tardío para contextualizar el evento ucraniano



Análisis de coyuntura del capitalismo tardío para contextualizar el evento ucraniano

Esteban Mora

Vamos a hacer un rápido punteo de las características principales en el desarrollo del mercado mundial durante lo que se ha denominado el capitalismo tardío. Punteo que puede ayudar a contextualizar la situación que estamos viviendo. Todo esto parte del análisis realizado anteriormente. Debido a problemas de espacio, no podemos redactar un texto con un formato más amplio, sino tan solo puntear las características o fenómenos que nos parecen más importantes para explicar los eventos actuales que se están desarrollando.

– Inversión de portafolio o cartera e Inversión Extranjera Directa (IED). Especialmente después de la segunda crisis del petróleo o crisis de deuda ocurrida alrededor de 1980, el aumento de la apertura comercial, el crecimiento del comercio exterior, etc. Podríamos hablar de una ‘financiarización’, pero solo en la línea de Chesnais, entendida como el fenómeno de la expansión del crédito y el mercado accionario internacionalmente. No como la sustitución de la producción y la fábrica por la finanza y la especulación (fenómeno comprobado como falso por Kliman), sino como un incremento del crédito que hace aumentar la finanza sin reducir la inversión productiva real. Contrario a las tesis de Arrighi y otros, las finanzas no desvían el valor desde la inversión hacia la usura, sino que aumentan sin reducir la inversión productiva. Sí existe la subsunción del consumo en la finanza (como lo señalan Veraza o Bellofiore), o el aumento de funciones financieras en las empresas no-financieras, o el aumento de la ganancia financiera, pero no existe lo que otros llaman ‘financiarización’, como una época que cambia la forma de acumulación misma, etc.

– Outsourcing y offshoring en vez de integración vertical clásica como forma de reducir costos y externalidades. Hoy en día, y de manera creciente desde el boom de las IED, la mayoría de la IED es Mergers & Acquisitions, lo cual quiere decir que el mercado mundial depende más de absorber negocios ya existentes, en vez de crear nuevas inversiones. Es necesario plantearse la pregunta de Lipietz: ¿Habrían las multinacionales abandonado la integración vertical y someterse al outsourcing, de no ser por la caída de la tasa de ganancia que vivimos desde el 73/74? Por otro lado, el outsourcing como creador de “spill-overs” tal y como los del Este de Asia y el Pacífico, la región que concentra hoy mayor formación bruta de capital, mayor producción industrial de alta tecnología, y mayor exportación de bienes de capitales en todo el mundo, incluso más que los países del G7 o la Tríada.

– Diferenciación de clase. No solo los oligopolios se volvieron multinacionales, sino que aumentó la concentración y centralización. Una cosa es pasar del mercado nacional al multinacional, y otra cosa es la formación del equivalente del sector oligopólico pero a nivel mundial. Así como existe la tasa de ganancia monopólica y precios monopólicos al alza disfrutados por los grandes consorcios de la economía, a diferencia del pequeño mediano empresario competidor que disfruta una tasa de ganancia inferior, y  así como esta formación se dio posteriormente al capitalismo de libre competencia y más bien es una característica del capitalismo monopolista, así se está dando un fenómeno de concentración y centralización similar pero de dimensiones globales, que produce la formación de un sector burgués que supedita hoy en día al sector monopólico de cada estado-nación, y se convierte en un sector o fracción monopólica/oligopólica a escala multinacional y global. Esto produce la diferenciación de clase señalada por Dúmenil y Levy en su último libro, pero que a diferencia de esos autores, no se trata de una “nueva clase”. Tiene que ver con la diferencia entre capas manageriales o CEO’s  y accionistas socios, que son dueños de dividendos. Todo relacionado con el fenómeno de la desigualdad y la aparición de los supermillonarios. La distancia en el control entre un manager y un accionista mayoritario es el mismo que separa al capitalismo monopolista del siglo XX del capitalismo de libre competencia del siglo XIX, y es lo que separa la invención de los trusts a diferencia de las empresas como unidades productivas. Las últimas décadas del reciente siglo XXI son las décadas de la consolidación de la fracción dominante en el mercado mundial a través de la concentración y centralización ya no de economías nacionales, sino de un nivel de masa de acumulación de escala multinacional (y de acuerdo a la ley de acumulación del tomo I, la masa compensa el aumento de composición orgánica, y se convierte en una contratendencia de la caída de la tasa de ganancia, ayudando a darle aire al capitalismo –argumento traído a colación por Harvey, dicho sea de paso-).

– Los tres procesos anteriores son paralelos: las multinacionales pasan a constituir una facción dominante pero multinacional, y ya no nacional, al mismo tiempo que se da la curva gradual que pasa desde la integración vertical de los conglomerados clásicos de los 50’s y 60’s, hacia el aumento de la inversión de portafolio o de cartera y el aumento del outsourcing/offshoring como modo de expansión de la producción multinacional durante las décadas finales del siglo XX. La inversión de cartera y su internacionalización a partir de los años 80’s, la declinación de la integración vertical y su sustitución por el offshoring/outsourcing, se deben a que desde la creación de las multinacionales en la primera mitad del siglo XX (proceso gradual que empezó con los enclaves coloniales y neocoloniales), hasta el momento que escribimos, el mercado específicamente multinacional ha convertido a sus dueños accionistas ya no solo en meros inversionistas internacionales, y ha transformado a las multinacionales desde simples redes empresariales con nodos alrededor del mundo y con una casa matriz en su país de origen, en verdaderas entidades internacionales y globales que no son homologables a las economías de los estados-nación. El mercado mundial no es un agregado de economías nacionales, y el análisis de cada una de las economías nacionales, por más completo que sea, no es igual a analizar el mercado multinacional.

– Nuestra tesis es, entonces, que estos procesos produjeron la integración de las burguesías “tercermundistas” al capital multinacional, y que por esa razón, cesaron los conflictos anti-coloniales, la sustitución de importaciones, el progresismo “tercermundista” (Pan-Africanismo o Pan-Arabismo, movimientos progresistas latinoamericanos destruidos por la Operación Cóndor, etc), y el gran conflicto anti-colonial fue subsumido por el capital multinacional, provocando la normalización con el Estado de Israel que vivimos desde Sadat, etc. Esto produce fuerzas centrífugas y centrípetas heterogéneas: produjo la integración de esa burguesía “tercermundista” al capital multinacional, como lo vemos hoy en día con la industrialización de los países emergentes, la entrada de países pobres a la producción multinacional, y el crecimiento de multinacionales del Sur incluso en la listas de Forbes, etc, y al mismo tiempo, esto intensifica la rivalidad y las fricciones entre esas capas burguesas que entran a competir cada vez más por las tajadas del pastel, ya no de la producción basada en el estado-nación, sino el pastel de las ganancias y el valor multinacional. Hoy en día los países emergentes concentran más inversión de portafolio o de cartera que los países avanzados (de hecho la relación está invertida entre países avanzados y emergentes: en los primeros la IED es mayor que la inversión de cartera, mientras que en los segundos se da lo contrario), lo cual implica un aumento del crédito, y por lo tanto, siguiendo a Hilferding, un aumento de la tasa de ganancia. En países periféricos como los “tercermundistas”, con composiciones orgánicas atrasadas, ya la tasa de ganancia era mayor en las periferias que en la Tríada avanzada. El margen entre ganancia y acumulación era superior, y la afluencia de crédito internacional se convirtió en un salto de ese margen o diferencia. Esta afluencia de crédito a través de la inversión de cartera, sumada a una tasa de ganancia ya de por sí más alta, puede que explique el que los países emergentes tengan mayor productividad del trabajo que las economías avanzadas desde finales de los 90’s (como ya lo había señalado Husson). Afluencia de crédito explicable además por las tasas de interés más altas en el “Tercer Mundo” (especialmente Latinoamérica), y que involucran otro elemento: la inversión a través de los fondos mutuales que incluyen fondos de pensiones, seguros, liquidez y activos financieros estatales, etc, los cuales tienen como los mayores puestos de sus rankings mundiales a países del “Tercer Mundo”, y no solo países avanzados. El crecimiento del fenómeno de los fondos mutuales se debe a esto, y debido a la participación estatal en dichas inversiones de cartera o de portafolio, recrudecen también la pugna por el poder del estado por parte de los distintos populismos alrededor del mundo. Siguiendo el 18 Brumario, entonces, se crea el fenómeno de un gobierno dictatorial o autoritario basado en la fracción dominante imponiéndose sobre las demás, o un gobierno democrático y republicano de clase, donde el gobierno de la burguesía se da como clase y ya no una lucha fraccional. Mientras se subsumió o neutraliza la lucha anti-colonial, ahora la contradicción entre fracciones burguesas se debe a la competencia multinacional, y el sostenimiento de la masa de acumulación que permite la producción multinacional, como contratendencia para la caída de la tasa de ganancia y el aumento de sus tasas y masas de ganancia, claro está.

– Más aún, el proceso de diferenciación de clases al nivel multinacional, como fenómeno histórico, no tiene paralelo en la historia, y por esa razón, no existen instituciones como los estados-nación pero a nivel internacional, que permitan el desarrollo de una estrategia de clase para la burguesía. Si a eso sumamos esa intensificación de la competencia, rivalidades y fricción por la integración y repulsión simultánea de competidores multinacionales, esto puede explicar la pelea fraccional que existe en la burguesía mundial hoy. Se crea una gran clase mundial integrada, pero al mismo tiempo, crece la lucha fraccional: esto causa las características autoritarias y democráticas combinadas (es decir, bonapartismo) que presentan la mayoría de sociedades del mundo, el crecimiento del ‘populismo’ y la pugna intensificada en todos los países del mundo por la competencia por tener el poder de los estados-nación (con una gran fragmentación incluso de las luchas electorales, por ejemplo). La ausencia de instituciones de coordinación internacional que enfrenten este gran fenómeno histórico, produce que esa fracción esté relativamente desarticulada en términos de estrategia, aunque no en términos de intereses de clase. La fracción dominante no tiene nacionalidad, y eso dificulta el desarrollo de una estrategia del mismo modo que se podía realizar a través del estado en cada nación. Y las nuevas clases burguesas multinacionales, especialmente de países emergentes, están relativamente supeditadas a la fracción dominante, y por lo tanto son también incapaces de consolidar una estrategia de clase. Esto deriva en la política fraccional de una burguesía dividida, y que coléricamente lucha por el control del estado para comandarlo de modo autoritario pero con mezclas democráticas.

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La OTAN, Rusia y Ucrania: una glosa impertinente




La OTAN, Rusia y Ucrania: una glosa impertinente

Carlos Taibo

Mucho me hubiera gustado que estas líneas viesen la luz en alguno de esos periódicos que, en Madrid o en Barcelona, tiempo atrás me hacían algún hueco. No es así –entiendo yo- porque nuestro panorama mediático se ha ido cerrando de tal manera que impide considerar determinadas materias y defender determinadas posiciones. De resultas, y en relación con lo que ocurre en Ucrania en estas horas, televisiones, radios y periódicos, con la inestimable colaboración de esa plaga contemporánea que son nuestros tertulianos, prefieren reproducir una vez más ese cuento de hadas que nos habla del coraje de unas potencias, las occidentales, que habrían acudido en socorro de un pequeño país para hacer frente a la barbarie moscovita.

 Aunque quienes me conocen ya lo saben, dejaré claro desde el principio que no creo en las soluciones militares y que mucho me gustaría que en la Europa central y oriental, y en todo el planeta, cobrase cuerpo un rápido y profundo proceso de desmilitarización del que obtendrían franco beneficio los pueblos y que dejaría mal parados, en cambio, a los constructores de imperios. Y dejaré claro también que no siento simpatía alguna por la realidad que Vladímir Putin ha acabado por perfilar –o le han obligado a perfilar tirios y troyanos- en Rusia. Hablo de un triste amasijo en el que se dan cita un manifiesto autoritarismo, un nacionalismo que a menudo tiene ribetes étnicos, la miseria mercantil de los oligarcas, un escenario social lastrado por aberrantes desigualdades, un genocidio en toda regla en Chechenia y, por doquier, la represión de todas las disidencias.

Creo, sin embargo, que haríamos mal en olvidar, como lo hacen una y otra vez nuestros medios de incomunicación, que Putin es en buena medida el resultado de políticas occidentales caracterizadas por la prepotencia y la agresividad. Aunque, ciertamente, a la hora de dar cuenta de la condición del presidente ruso pesan también factores internos propios de su país e inercias históricas de largo aliento, a duras penas entenderíamos que buena parte de la conducta de la Rusia putiniana es un intento de respuesta a la ignominia occidental. Al respecto, y en esos medios de los que hablo, creo que ha operado un mecanismo de traslación de conceptos que es, como poco, delicado. Parecen deducir que, habiendo como hay muchos elementos de la vida política, económica y social rusa –acabo de mencionarlos- que merecen contestación franca, lo suyo es concluir que todo lo que Rusia hace en el tablero internacional es igualmente despreciable. Semejante manera de ver las cosas tiene una consecuencia extremadamente delicada: anula cualquier consideración crítica de lo que han hecho, y hacen, las potencias occidentales, con Estados Unidos y esa filantrópica organización que es la OTAN en cabeza. Muchos de nuestros medios parecen meros repetidores de las consignas que llegan del Departamento de Estado norteamericano.

Intento fundamentar lo anterior de la mano de media docena de observaciones. La primera invita a recordar que a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990 las potencias occidentales transmitieron en repetidas oportunidades a sus interlocutores soviético-rusos –Gorbachov primero, Yeltsin después- compromisos firmes en el sentido de que nada harían para arrinconar a una Rusia a la que parecían dispuestas a ofrecer garantías serias en materia de seguridad. Lo menos que puede decirse es que en los últimos treinta años, y en los hechos desde el inicio de esa larga etapa, esas promesas quedaron, una y otra vez, en agua de borrajas.

Y es que, y en segundo lugar, con la OTAN como ariete mayor, Estados Unidos ha alentado la incorporación a su alianza militar de un puñado de países otrora integrados en la URSS –las tres repúblicas bálticas- o aliados, bien es cierto que forzados, de esta última –Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria-. Merced a ese proceso se hizo valer un genuino cerco sobre Rusia que en una de sus claves fundamentales obedecía al propósito de limitar en lo posible la reaparición, con consistencia, de una potencia importante en el oriente europeo. Importa, y mucho, subrayar, por lo demás, lo que dejan bien claro los mapas: el escenario de conflicto de estas horas lo aporta la periferia de la Federación Rusa, y no algún territorio que, próximo a Estados Unidos, pondría en peligro la seguridad de Washington y San Francisco. ¿Cómo reaccionaría EEUU en caso de que una alianza militar hostil se hubiese hecho presente en Canadá y en México? Si alguien quiere agregar que la Rusia de Putin se ha servido de lo anterior para sacar ventaja en lo que hace a la represión interna de las disidencias –antes la he mencionado-, no tendré ningún motivo para quitarle, eso sí, la razón.

Por si poco fuera lo anterior, y en un tercer escalón, Rusia lo ha probado todo con Occidente. Y entre lo que ha probado, aunque a menudo lo olviden nuestros todólogos, ha estado la colaboración franca y leal con quienes hoy son sus enemigos aparentemente frontales. Esa colaboración despuntó en el primer lustro de la presidencia de Yeltsin, dispuesto como estaba este a reírle las gracias a los caprichos e imposiciones de Washington y de Bruselas. Pero se hizo valer también, y esto es con mucho más importante, en los inicios de la presidencia del propio Putin. Qué rápido ha quedado en el olvido que este último ofreció un cálido, e impresentable, respaldo en 2001 a la intervención militar norteamericana en Afganistán y que guardó un silencio connivente, de nuevo lamentable, ante la que dos años después adquirió carta de naturaleza en Iraq. A Putin le preocupaba entonces mucho más la cuenta de resultados de los gigantes rusos del petróleo.

¿Cuál fue la respuesta estadounidense ante la complacencia con que Rusia obsequió al espasmo imperial de Washington en los orientes próximo y medio? Consistió en esencia en mantener los programas vinculados con el ‘escudo antimisiles’ –encaminado con descaro a reducir la capacidad disuasoria de los arsenales nucleares ruso y chino-, en propiciar una nueva ampliación de la OTAN –con beneficiarios en las ya mentadas repúblicas del Báltico-, en darle largas al desmantelamiento de las bases militares que, con aquiescencia rusa, EEUU había desplegado en 2001 en el Cáucaso y en el Asia central, en estimular las llamadas ‘revoluciones de colores’ que auparon a gobiernos hostiles a Moscú en Georgia, Ucrania y Kirguizistán, y, en suma, en negar a Rusia cualquier trato comercial de privilegio. Aunque –y repito la cláusula- nuestros medios no lo quieran ver, el Putin de estas horas vio la luz en el escenario que acabo de mal retratar, al amparo de una lamentable prepotencia de un lado, el occidental, incapaz de certificar que Rusia merecía alguna recompensa por su general docilidad.    

 Doy un salto más, el cuarto, para subrayar que, pese a las apariencias, el escenario empeoró para Moscú en 2013-2014 al calor de las sucesivas crisis –el Maidán, la defenestración de Yanukóvich, Crimea, el Donbás- ucranianas. Aunque, ciertamente, Rusia incorporó Crimea a su federación y pasó a controlar una parte pequeña de la Ucrania oriental, en los hechos –y esto es sorprendente, una vez más, que se olvide- perdió las riendas del grueso del territorio ucraniano, que basculó claramente hacia Occidente. Hay una vieja y controvertida tesis que, en la geopolítica norteamericana como en la rusa, sugiere que Moscú liderará una imperio si domina Ucrania, pero dejará inmediatamente de encabezarlo si se desvanece ese dominio. Sospecho que en la percepción de los gobernantes rusos esto ha sido al cabo más relevante que las eventuales ganancias territoriales obtenidas en Crimea y en el Donbás.

 Para que nada falte, y en quinto lugar, el aparato mediático occidental ha edulcorado visiblemente la condición de la Ucrania contemporánea. Aunque entiendo sin dobleces que esta última –sus habitantes- es por muchos conceptos una víctima de las miserias y de las arrogancias imperiales de unos y de otros, no está de más que recuerde que la Ucrania de estas horas es un recinto que, indeleblemente marcado –el panorama, ciertamente, no es muy diferente en Rusia- por la corrupción y el autoritarismo, ha disfrutado de lo que en su momento se describió como el parlamento más monetizado del mundo –las condiciones de oligarca y diputado parecían ir de la mano-, sin que falte un elemento inquietante más: en muchos de los estamentos de la vida ucraniana se ha revelado la influencia poderosísima de la derecha más ultramontana. Más allá de lo anterior, desde la independencia de 1991 Ucrania ha seguido siendo un Estado unitario que reconocía una única lengua oficial, el ucraniano, aun a sabiendas de que una parte significada de la población tenía el ruso como lengua materna. No quiero dejar en el tintero el recordatorio de que en 2014 y 2015 los acuerdos de Minsk, que debían abrir el camino de una paz duradera en el Donbás, reclamaban de las autoridades ucranianas una federalización del país que en momento alguno ha salido adelante.

 Tengo que incluir en este listado de desafueros, en un sexto escalón, algo que no debe escapársenos. Aunque no estoy en condiciones de iluminar lo que ocurrirá en los meses venideros, lo suyo es que recuerde que en 2006 y 2009 se produjeron dos crisis que, provocadas por desavenencias comerciales entre Rusia y Ucrania, se saldaron durante unas pocas horas con la interrupción de los suministros de gas natural ruso a la Europa comunitaria. Llamativo resultó, sin embargo, que con ocasión de la guerra iniciada en el Donbás en 2014, y saldada, según una estimación que corre por ahí, con 14.000 muertos, nunca se interrumpieran esos suministros. Poderoso caballero es don dinero, escribió Quevedo. La agresividad verbal, y material, de dos rivales presuntamente irreconciliables desapareció como por ensalmo cuando de por medio estaba el negocio, en el buen entendido de que, si es verdad que la Unión Europea, y en singular alguno de sus miembros, arrastra una delicada dependencia energética con respecto a Rusia, no lo es menos que esta última necesita como agua de mayo –no tiene hoy por hoy compradores alternativos- las divisas fuertes que allegan sus exportaciones de energía. Me da –igual me equivoco- que las sanciones que las potencias occidentales preparan no van a tocar el negocio del gas. Y aviso de que las noticias relativas al gasoducto North Stream II, que aún no ha entrado en funcionamiento, no afectan mayormente a la tesis que, con cautela, enuncio ahora.

 Acometo de regalo un último salto, el séptimo, y lo hago con la voluntad de subrayar que, fanfarria retórica aparte, lo que los países occidentales –sus empresarios- buscan en la Europa oriental no es otra cosa que una mano de obra barata que explotar, materias primas razonablemente golosas y mercados moderadamente prometedores. En ese designio, por cierto, a menudo se han dado la mano con los oligarcas rusos y ucranianos, procedentes estos últimos en su mayoría –no es un dato que convenga sortear- del oriente del país. En la trastienda, y obligado estoy a anotarlo, Estados Unidos se mueve como pez en el agua: muy alejado del escenario de conflicto, la crisis de estas horas le viene como anillo al dedo para agudizar –no perdamos de vista esto último- los problemas de una Rusia que arrastra desde tiempo atrás una economía exangüe y para dividir una vez más a la UE, en un escenario en el que los imaginables desencuentros de esta con Moscú en lo que hace al gas natural y al petróleo afectan de forma menor a Washington. Claro es que en todo ello a la UE le toca pagar los desastres que nacen de su opción principal, que no ha sido otra que la de andar a rebufo de las imposiciones norteamericanas.

Termino: no me gustaría que el improbable lector, o lectora, de estas líneas concluya que me he subido al carro de quienes estiman que en la Ucrania de estas horas se manifiesta una aguda confrontación con bases ideológicas asentadas. Si fascistas los hay, sin duda, en muchos de los estamentos del poder ucraniano, también se hacen valer en la Rusia putiniana. Si, por decirlo de otra manera, a Putin no le falta razón cuando repudia el olvido, en el mejor de los casos, con que una parte de la sociedad ucraniana parece obsequiar a lo ocurrido entre 1941 y 1945,  quien piense que de su lado, o del de sus aliados en Donetsk y en Lugansk, hay un proyecto antifascista haría bien en visitar al médico. Lo que ha ganado terreno en la Rusia putiniana es un revoltijo lamentable –ya lo he medio señalado- de rancio nacionalismo de Estado, valores tradicionales, ortodoxias religiosas, oligarcas inmorales, lacerantes desigualdades, militarización, represión y… sana economía de mercado. No sé qué es lo que todo lo anterior tendrá que ver con el antifascismo. Más bien me da que por detrás de todas estas miserias están los arrebatos imperiales de siempre, en Washington, en Bruselas y en Moscú. En esas guerras sucias, como en algunas de las limpias, pierden siempre los pueblos.

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Ucrania y la autodeterminación de las naciones en Europa



Ucrania y la autodeterminación de las naciones en Europa

Abdiel Hernández Mendoza e Israel Valdez Robles

Ucrania ha sido foco de atención en los últimos meses; se generaron de nueva cuenta sentimientos parecidos a los de la Guerra Fría cuando se hablaba y escribía sobre el equilibrio del terror y la posibilidad de una crisis nuclear. Si bien hay una carrera militar en el mundo que ha sido mediatizada en este país, lo cierto es que Rusia no piensa en una invasión y Estados Unidos (EEUU) lo sabe, pero está en ellos reforzar su sistema de propaganda tal y como lo hicieron en sus intervenciones militares recientes.

El tema de Ucrania, que es posible trazarlo después de la Segunda Guerra mundial con la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), está llegando a su culminación con la escalada de confrontaciones diplomáticas iniciadas desde la reincorporación de Crimea a Rusia en febrero de 2014.

El nacionalismo que ha crecido en Ucrania se ha motivado por quienes quieren dominar este mercado y los intereses que allí se juegan desde dentro. En palabras de Pablo González Casanova, tras la conformación de un colonialismo interno tras la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la existencia de 15 nuevos sujetos de derecho internacional el primero de enero de 1992, el sentimiento anti-ruso se alimentó a grado tal de desconocer a Kiev como el lugar de nacimiento de aquella Rus que hoy representa la nación de Vladimir Putin.

Una de las primeras preguntas a realizarse en este sentido radica en conocer ¿cuál es la base económica que respalda este nacionalismo ucraniano y qué intereses persigue(n) quien(es) la sustentan? Desde hace tiempo se conoce la dependencia energética de Europa y los problemas de tener a Rusia como uno de los depósitos más grandes de recursos de esta índole al lado; si bien el abasto se aseguraría por los rusos, ello contraviene a los intereses estadounidenses y de quienes ven en Rusia como enemiga. Se sigue promoviendo entonces una separación entre Europa y Rusia, tal y como las enseñanzas de los geopolíticos clásicos británicos lo indicaron a principios del siglo XX, más aún si se trata de rusos y alemanes.

Si bien, las líneas anteriores merecen un estudio serio a parte, otra duda surge: ¿qué pasa con Ucrania? Ya existen “análisis” sobre los intereses rusos en su territorio que se reducen al tema del expansionismo; sin embargo, esta redundancia que gira en torno a recuperar espacios estratégicos debe leerse en un sentido más amplio. Ucrania es un país de tránsito de hidrocarburos de Rusia a Europa lo cual ya le otorga un papel importante, pero esto se complejiza al momento de conocer que la Administración de Información Energética (EIA por sus siglas en inglés) informó que está exrepública soviética cuenta con un estimado de 127 billones de pies cúbicos de gas de lutita con posibilidades técnicas de recuperación. (https://www.eia.gov/analysis/studies/worldshalegas/)

En el caso de los países que conforman la Unión Europea (UE) la situación es interesante porque nada más Polonia y Francia tienen altas cantidades, incluso por arriba de Ucrania, más de 145 billones de pies cúbicos la primera, mientras que la segunda 136; solo que las políticas ambientales francesas impiden la explotación de este recurso y las condiciones geoestructurales de los campos polacos ricos en lutitas no cuentan aún con posibilidades técnicas de ser operados.

El aparato de presión-orientación social que está siendo instrumentalizado en Ucrania desde el fin de la URSS dirige el nacionalismo hacia intereses bien definidos, dejando de lado aquellos que le concedan un grado de soberanía a este país; también, asegurando que no se exploten esos recursos por cuestiones medio ambientales y, aún en el escenario de producción soberana, garantizar que estos le pertenezcan a los ucranianos y no a quienes desean integrarlos solo como suministradores de bienes estratégicos, es decir mantener a Ucrania como una periferia segura y fuente de hidrocarburos al interior mismo de la UE.

Como se observa, no solo se trata de los proyectos ya existentes como la consecución del gasoducto Nord Stream sino de cómo asegurar el abasto de gas vía otros proyectos más allá de los rusos. Es decir, el de la llamada industria de la fractura hidráulica (fracking) la cual lidera EEUU, quien ya ha confirmado su interés por suministrar gas natural licuado a Europa, estableciendo acuerdos de distribución confiable(https://bit.ly/3raumDK) de gas a la UE. ¡Se trata de una escalada para reactivar a la industria de energéticos estadounidense que se vio afectada durante la pandemia!

Este no es el único tema que determina el convertir, lo más que se pueda, a Ucrania en un Estado vasallo de Occidente; es de señalar que sí existe toda una doctrina militar occidental acuñada por Zbigniew Brzezinski (ex consejero de seguridad nacional estadounidense) a la que se nombró Doctrina Carter, que tiene por objetivo balcanizar a las naciones que representen un peligro para EEUU, la URSS meta desde el principio y su heredera –Rusia– en quien recae esa carga histórica.

Es decir, el control energético de Europa es otro de los pasos de esta doctrina militar que está acompañada del colonialismo interno mencionado, que entre otras cosas alimenta sentimientos anti-rusos que incluyen la negación y persecución del lenguaje ruso, a sabiendas de que «la unidad de idioma y su libre desarrollo es una de las condiciones más importantes de una circulación mercantil realmente libre y amplia…» (Lenin).

Es importante señalar que la dupla sino-rusa ha empujado a los antiguos aliados europeos a cerrar más sus  filas con el bloque Oriental, el desarrollo del Cinturón y la Ruta de China, con Rusia como un socio estratégico, y el adelanto de proyectos económicos, políticos y energéticos dentro de las antiguas repúblicas soviéticas, así como el avance de organismos regionales como la Unión Económica Euroasiática (UEE) o la Organización de Cooperación de Shanghái (OCSh) y una mayor participación del Kremlin y Beijing dentro de las Organizaciones mundiales tradicionales abrieron la puerta a una mayor diversificación de los acuerdos internacionales, que hacen más notorio la dependencia hacia los energéticos que ambos poseen y la nueva estructura comercial dominada en mar y tierra por China, así como un esquema político que contrapone a EEUU frente a Rusia y China.

Para lograr entonces que al interior de Ucrania no existan más fragmentaciones, los aliados de EEUU enviaron sus tropas y asistencia militar, bajo la justificación de defensa de la democracia, de los derechos humanos o la lucha contra el terrorismo u otra amenaza que atente la seguridad internacional –como ya lo han hecho en el caso de Afganistán, Iraq, Libia, etc.; basta recordar que a Sadam Hussein lo acusaron de la creación de armas de destrucción masiva jamás corroboradas. La entrada de fuerzas militares a Ucrania responde así a impedir que algún otro territorio de este país regrese a Rusia, no a que la nación de Vladimir Putin quiera invadirles. Ahora bien, el desgaste del sistema de dominio estadounidense, coloca cuestionamientos sobre el éxito de una escalada mayor, ya que la ampliación de alianzas militares sino-rusas, el deterioro de las relaciones europeas con Estados Unidos y un acercamiento con chinos y su aliado ruso fortalecen la posición de temas de seguridad para Rusia.

En lo dicho es posible identificar que aquello que Antonio Sánchez Pereyra llamó: «Geopolítica de la expansión de la OTAN» (https://bit.ly/3o6nfdO) es un proyecto que mantiene el asedio contra Rusia y las naciones que forman parte de sus alianzas. Para que esto suceda el «oportunismo nacional» juega un papel fundamental, sobre todo cuando se utiliza para reivindicar la pertenencia a Europa y la separación de Rusia en el caso ucraniano.

Desde que la OTAN comenzó su ciclo expansivo después de la Guerra Fría en 1999 (adhiriendo a Polonia, Hungría y República Checa), después en 2002-2004 (Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia), en 2009 (Albania y Croacia) y en 2017 (Bosnia y Herzegovina y Georgia), en 2019 con el caso de Macedonia del Norte y los intentos de modificar el artículo 10 del Tratado del Atlántico Norte que busca el establecimiento de una OTAN global, Rusia sabe que parte de ese expansionismo está dirigido contra sus intereses, por ello rechaza la incorporación de Ucrania a la OTAN y buscará impedirlo como sucedió en 2008 cuando logró que Alemania y Francia negaran la integración no solo de Ucrania sino también de Georgia y Moldova.

La forma en que se ocupa a Ucrania desde lo económico, político y militar, asociada a las pretensiones de controlar sus recursos energéticos hace manifiesto el intervencionismo neoimperial y de colonización que prevalece en EEUU y sus aliados. Este país sí está en disputa y se ha ido conformando a manera de teatro de guerra al contener, por un lado, los gasoductos que suministran de hidrocarburos rusos a Europa; mientras que por el otro, las fragatas, el armamento y las políticas que tienen esencia antirusa.

Desde 2013 el clima en Ucrania se polarizó y no ha dejado de ampliar la brecha entre las personas con sentimientos pro y anti-rusos. Así, con la instauración del gobierno de facto se inició una persecución política de los grupos de ultraderecha que tomaron el poder, actualizando el ejército (ahora guardia nacional) con personas orientadas a esta ideología, se comenzó a acusar a Rusia de estar tras los movimientos separatistas, el silencio de los medios de comunicación a favor de las posturas occidentales y del gobierno en turno (https://bit.ly/3o68Lug).

En ese marco sucede la reincorporación de Crimea. Esto representa –entre otras– dos significados geopolíticos de amplio alcance. El primero es la justificación de Occidente para señalar a Rusia como un país que tomó ventaja de otro más débil para despojarlo de uno de sus territorios (En Crimea la población en su mayoría pro-rusa y no representó oposición a su reincorporación histórica a la Federación). El segundo, significó un golpe a la doctrina impulsada por Brzezinski, Rusia más allá de balcanizarse expandió su territorio, tal y como lo confirma su historia de ensanchamiento desde la existencia de la Rus de Kiev. Este golpe que los rusos dieron a los intereses de EEUU en Europa se ha cobrado a través de bloqueos y sanciones económicas y político-diplomáticas que han llevado a los rusos a pensar en otras formas de participar en el sistema financiero internacional, obtención de suministros estratégicos, acercamiento a China, pensar en una red digital soberana y fortalecimiento de su presencia en el denominado cercano extranjero.

Si bien el problema fue escalando desde 2014 sobre todo en el periodo presidencial de Barack Obama, quien intensificó los ejercicios militares en la región y la presencia de la OTAN en las fronteras de Europa con Rusia (se trata de 21 bases militares estadounidenses en ese Continente ¿quién amenaza a quién?); es de mencionar que durante el gobierno de Donald Trump se envió a su entonces Secretario de Estado Rex Tillerson (ex CEO de la petrolera estadounidense Exxon) para comenzar negociaciones en torno al tema de Ucrania, las cuales terminaron en el desarrollo de una segunda etapa del gasoducto Nord Stream.

Después de la tregua ofrecida por Trump –la cual no implicó dejar atrás las medidas tomadas por Obama, al contrario, ofreció a Vlodimir Zelenzki ayuda de hasta 400 millones de dólares para confrontar a Rusia–, con el gobierno de Joseph Biden de manera inmediata retomó a Rusia como el principal objeto de recriminaciones de Estados Unidos sobre las calamidades que suceden en el país norteamericano. Más allá de sus declaraciones al señalar a V. Putin como asesino y tras su encuentro en Ginebra en 2021, a partir diciembre de ese año se comenzó a reforzar desde Occidente la hipótesis de una invasión rusa a Ucrania.

Sin evidencia alguna y con un apoyo mediático impresionante, la idea de la invasión ha llevado a generar un morbo sobre ¿qué pasaría si Rusia lo hiciera? O si los nacionales de otros países deberían abandonar el territorio ucraniano por el temor a que se desencadene un conflicto mayor; por ejemplo, la cancillería mexicana ya ha pedido a los mexicanos que radican en Ucrania datos para mantener un contacto directo; todo ello al tiempo que se transmite por los infomedios de comunicación masiva el apoyo militar y económico que el gobierno de Ucrania está recibiendo.

El temor de EEUU, tras la salida de Donald Trump y la administración más tradicional de Biden, confirman por un lado que su política hacia Europa se ha debilitado y aunado a ello, coexiste el camino de regreso a la multipolaridad donde las decisiones rusas y chinas están más presentes. EEUU debe negociar con todas las partes para solventar su decadente monopolio internacional. Ucrania es el caso, en otra época la necesidad de establecer el orden y restablecer el estado de derecho hubiera significado una avanzada militar sin cuestionamiento para la potencia norteamericana; no obstante, con un esquema mundial modificado sus intereses se ven condicionados por la de cerrar acuerdos ventajosos para todas las partes.

Este escenario, por más información que contenga, no estará completo sin la participación de Hunter Biden (hijo de J. Biden y retirado del ejército por posesión de cocaína) que hasta 2019 formaba aparte de la firma energética ucraniana Burisma (dirigida por Mykola Zlochevsky también político investigado por fraude, cabe mencionar que la firma tiene intereses en México después de la reforma energética de Peña Nieto), que pretendía ser una empresa contendiente a los rusos en este terreno. Es importante resaltar esta relación porque desde 2014 que Hunter Biden perteneció a la junta directiva de esta firma, Barack Obama le encargó a J. Biden dar seguimiento a las actividades políticas de EEUU en Kiev. Una de sus acciones fue cabildear para que destituyera a Viktor Shokin (exfiscal ucraniano), quien había investigado el fraude de Burisma en Ucrania.

El crecimiento de las tensiones en Ucrania, desde 2014, colocan en entredicho lo acordado en Minsk (II) entre Alemania, Francia, Rusia y Ucrania en 2015 para detener los problemas suscitados en territorio ucraniano tras la reincorporación de Crimea a Rusia. Como se recordará, estos acuerdos darían la posibilidad a los habitantes de Lugansk y Donietsk de mantener autonomía local del gobierno ucraniano, lo cual se pone en cuestión por la misma Ucrania en un afán por impedir a toda costa que sigan el camino de Crimea. Hoy este país desconoce lo acordado en febrero de 2015.

La situación en Ucrania responde al entramado de intereses que confluyen entre los representantes de su gobierno con el de EEUU y giran en torno a: evitar la autonomía de Donetsk y Lugansk para evitar así la consolidación de un espacio autónomo y pro-ruso, fortalecer su presencia energética en el tema de la industria asociada a la fractura hidráulica, mantener a la OTAN en la frontera rusa y romper la línea roja, todo ello bajo la justificación de que es Rusia quien desea invadir Ucrania.

A EEUU le urge un resultado y señalar a través de los infomedios que logró convencer a Rusia de no invadir Ucrania será su fuerte. Está en juego el futuro energético de Europa y al parecer la decisión no le pertenece a los europeos. El dominio estadounidense está en juego y su carta más poderosa para mantenerlo es el expansionismo de la OTAN.

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