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El ultraizquierdismo frente a la revocación de mandato: vigencia de Lenin en el contexto político mexicano actual



El ultraizquierdismo frente a la revocación de mandato: vigencia de Lenin en el contexto político mexicano actual.

Eber Jiménez

Introducción

Desde hace aproximadamente 4 años con la llegada de la nombrada Cuarta Transformación (4T) de México impulsada desde la presidencia, en primera instancia, por el ciudadano Andrés Manuel López Obrador y secundada por el partido Movimiento Regeneración Nacional, hemos sido testigos de un cambio político trascendental para la edificación de una democracia verdadera, de participación consciente y educadora de masas. Primero por la consulta nacional sobre el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México en 2018, donde hubo una participación de alrededor del 1.22%, según cifras del INE, institución encargada de llevar a cabo cada uno de los ejercicios democráticos. Posteriormente en 2021 con la consulta popular de los Juicios a ex presidentes que incrementó el número de participantes a un 8%; y este año 2022, el pasado 10 de abril, la consulta popular por la Revocación de mandato donde se alcanzó un total del 18.2% de ciudadanos que llevaron a cabo dicho ejercicio.

Ahora bien, dejando de lado, un poco, los “datos duros” de los resultados de dichas consultas, nos hacemos las siguientes indagatorias; ¿Cuál ha sido el posicionamiento de muchos intelectuales, incluso de quienes se dicen pertenecer a la “verdadera izquierda” y de qué forma esto beneficia las posiciones de derecha? ¿Cómo recuperamos de la (re)lectura de Lenin una rectificación para la creación de un partido fuerte?

El problema

En 1920 Lenin en La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, describió una situación que ocurre aún poco más de 100 años después dentro de la izquierda, a saber: existen grupos de intelectuales de izquierda con aspiraciones pequeño burguesas que se oponen a los cambios de gobiernos progresistas por no ser “verdaderos comunistas”, y que en su oponerse terminan por hacerle el juego o peor aún, reproducen los argumentos de la derecha.

Aunque como marxistas tomamos como punto de partida la historia para el análisis de la situación y condiciones que nos acontecen por mor de poder tomar lecciones que nos encaminan en una dirección correcta de lucha política, no debemos transportar ciegamente, “por simple imitación, sin un espíritu crítico esta experiencia a otras condiciones, a otra situación es el mayor de los errores.” (Lenin, 17) Posterior a lo dicho, no debemos pasar por alto la premisa de Marx y Engels según la cual el materialismo histórico y dialéctico no son un dogma, sino una guía para la acción que nos lleve como finalidad, la liberación de los oprimidos.

Otro de los errores en los que caen quienes adoptan, aun teniendo conocimientos avanzados de la teoría marxista, es creer que existe una fórmula mágica que nos llevará sin problema alguno de una etapa histórica a otra sin necesidad de detenernos a replantear direcciones, que “basta su deseo de saltar las etapas intermedias y los compromisos para que la cosa esté hecha, y que si –ellos lo creen firmemente– “estalla” uno de esos días y el Poder caen sus manos el “comunismo será implantado” al día siguiente.” (Lenin, 22)

Si bien hemos de ser objetivos, el gobierno de la 4T no es socialista en el sentido estricto de la palabra y dista o –si se quiere ser exageradamente riguroso– nada tiene que ver con lo que en su momento los bolcheviques representaban. No obstante, como comunistas es un error grave el distanciarnos de dicho movimiento político por no ser lo que nosotros deseamos porque “es obligatorio aprender a actuar legalmente en los parlamentos más reaccionarios y en las organizaciones sindicales, cooperativas, de seguros y otras semejantes, por muy reaccionarias que sean.” (Lenin, 10)

Lo anterior solo demuestra que hay un conflicto de clase, conflicto que se ve acrecentar en los intelectuales, y no nos referimos a los intelectuales orgánicos de la burguesía, sino a los intelectuales que en la comodidad de las universidades y abrazados por la estabilidad de la academia solo disparan palabras hueras, que sospechan de todo y no aportan nada que pueda beneficiar en la praxis. Partimos de lo que se denomina como intelectuales, ya que, uno de los principales errores que podemos ver en las universidades es que, en la investigación, y aún más en las llamadas humanidades o ciencias sociales, se privilegia la teoría por encima de la práctica. Incluso a manera platónica se vive en el mundo de las ideas, por lo tanto, se desprecia el mundo real y con ello todo lo que no representa lo que un intelectual debería aspirar a ser, sin embargo, “eso no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello.” (Gramsci, 15)

Posterior a lo dicho, esta posición que toman los intelectuales se transmite a las generaciones subsecuentes y al no haber un análisis concreto de la situación concreta, continúan como “izquierdistas” que coquetean con la derecha puesto que, dentro de su programa político inaccesible para las condiciones concretas de nuestro tiempo y lugar, no hay cabida a la posibilidad de trabajo político en conjunto y se termina por tomar una posición infantil donde “todos estan mal menos yo”.

Participación consciente: etapa intermedia del camino

Partiendo de la premisa leninista sobre el infantilismo por parte de ciertos izquierdistas que desean de “la noche a la mañana implementar el comunismo” y “pasar por alto las etapas intermedias” para dicha finalidad, podemos afirmar que los ejercicios democráticos forman parte de un intermedio entre la democracia representativa y la democracia participativa consciente, esto debido a la incipiente conciencia democrática, puesto que anterior al actual gobierno la representación seguía la línea propuesta por la Modernidad. Según Dussel,

“una democracia representativa, manipulada por la burguesía ante el poder de la nobleza feudal en decadencia (…) se cuidó mucho de ir dando participación al pueblo mismo urbano, obrero o campesino, y a la mujer, y a otros sectores de la sociedad civil dominados, y si le fue concediendo derechos de alguna participación no lo hizo de tal manera que los mecanismos de la representación le permitiera ejercer un proyecto con fisonomía de hegemónico, que siempre se volcaba al final a su favor.”  (19)

Durante los gobiernos posteriores a la Revolución y anteriores a la 4T, la democracia limitaba a sus ciudadanos a asistir a las urnas cada 6 años para estérilmente depositar lo que nuestra voluntad deseaba, pero que inconscientemente sabía no sería cumplido y que nos conformábamos con decir: “solo nos tenemos que esperar 6 años”. La posibilidad de cambio se reducía a eso.

Es por ello que dentro de los círculos de intelectuales en las universidades y la academia del 2018 a la fecha se sospechaba de las consultas populares, se acusaba de simulación, de narcisismo del presidente o incluso se preguntaban ¿cuál democracia? La democracia representativa estaba tan enquistada que nos habíamos habituado a que no importaba si el representante político no cumplía o “chapulineaba” de partido al llegar a la curul (como el caso reciente de Lily Tellez, que fue elegida como representante de MORENA-PT-PES y declinó por el PAN) dejando así “la mera manifestación de la decisión de la voluntad del representante y no de la comunidad de los singulares representados.” (Dussel, 21) Ideológicamente no veían una alternativa y cuando se planteaba la participación ciudadana no se le daba crédito a las masas, al no estar instruidas y ser víctimas del “populismo”.

Educadora de masas: ¿Por qué?

Tomando como partida la primera consulta popular de 2018 a la cantidad de participación, pese a las campañas de la oposición para desinformar a las masas, pudimos observar un incremento en estos ejercicios democráticos. Lo anterior es de gran importancia ya que “la participación entonces es el primer momento relacional real del singular humano en su comunidad y la constituye como tal. Es decir, si cada singular no entrara en comunicación o no participara en acciones comunes, quedaría aislado y como tal perecería; pero al mismo tiempo, desaparecería igualmente la comunidad.” (Dussel, 23-24) A partir de lo aquí expuesto, podemos concluir indudablemente que se está gestando una revolución de las conciencias, que poco a poco los ciudadanos se dan cuenta del poder que tienen, que existe un proyecto de nación y más importante aún, que quienes se escudan en la academia para anteponer sus opiniones políticas contra dichas consultas pierden foro. De todas formas, hoy más que nunca debemos estar resueltos a no vacilar en la defensa de los mecanismos que podemos hacer valer de la democracia participativa y representativa.

Tanto para los representantes políticos como para los intelectuales que padecen de ultraizquierdismo y a la manera en la que hicimos mención anteriormente, la tesis de Lenin es más vigente que nunca: “el que no ha demostrado en la práctica, durante un intervalo de tiempo bastante considerable y en situaciones políticas bastante variadas, su habilidad para aplicar esta verdad en la vida no ha aprendido todavía a ayudar a la clase revolucionaria en su lucha por liberar de los explotadores a toda la humanidad trabajadora.” (26). Así, debemos estar resueltos en cada una de las oportunidades para concientizar a las masas y aprovechar las ventajas políticas que un gobierno progresista nos concede con el fin de volcar nuestras fuerzas en la cimentación de un sistema político aún más justo.

Bibliografía

Dussel, Enrique. Democracia participativa, disolución del estado y liderazgo político. Cuadernos del movimiento Vol II. México; Editorial Tinta Roja, Tinta Negra-Radicalizar la Democracia, 2012.

En linea: [https://www.enriquedussel.com/txt/Textos_Articulos/430.2011_espa.pdf]

Gramsci, Antonio. (Trad. Sacristan, Manuel). Antología. España; Siglo XXI Editores, 2019. Impreso.

Lenin, Vladimir I. Contra el dogmatismo y el sectarismo en el movimiento obrero. URSS; Editorial Progreso. 1960. Impreso

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El futuro desde la revocación de mandato



El futuro desde la revocación de mandato

Rodrigo Wesche

Tuvimos nuestra primera consulta de revocación de mandato el pasado 10 de abril. Contó con la participación de dieciséis millones y medio de participantes, equivalente al 17% de la lista nominal, de los cuales poco más de quince millones eligieron que el presidente siga en su cargo mientras que poco más de un millón votó por su revocación. Si bien son múltiples las aristas que se pueden considerar en un análisis, me enfocaré en las que tienen que ver con el futuro de nuestra realidad política a partir de este ejercicio de democracia participativa.

Los que abandonan la disputa democrática porque no les favorece

La oposición reparó en que las encuestas de popularidad no les ofrecían un panorama alentador para tratar de competir en la revocación. En un examen más detenido, contrastante con los anunciados por sus dirigentes en distintos medios después del proceso electoral del año pasado, calcularon que no tenían capacidad de obtener las firmas necesarias para solicitar su realización ni los votos para ganar. Con tal de no exhibir su poca capacidad de movilización ―pues están acostumbrados a construir consensos en restaurantes y no cosechar el apoyo de las personas en territorio― la oposición decidió abandonar la disputa democrática. Las consecuencias de eso son por lo menos dos. 1) Le entregaron los elementos necesarios al presidente para apuntalar su narrativa acerca de su gran popularidad y de la incapacidad de la oposición para hacerse del respaldo de la mayoría de las personas o, por lo menos, de sus electores poco acostumbrados a involucrarse en los asuntos de la vida pública del país, salvo cuando hay procesos electorales. 2) Exhibieron su carácter antidemocrático, pues ―a pesar de corear incesantemente su deseo de que AMLO deje de ser presidente― prefirieron llamar a no participar en un ejercicio inédito de democracia participativa (al respecto, no deja de parecer curioso que un personaje como Gilberto Lozano haya mostrado más cultura democrática que la mayoría de los representantes del PRIANRD y los consejeros-caciques del INE que desincentivaron la participación). En este sentido, visualizo el resto del sexenio una oposición con poco margen de maniobra para lograr disputarle la hegemonía al régimen de la Cuarta Transformación.

El examen de Morena rumbo a las próximas elecciones

Sigo la hipótesis de la internacionalista Blanca Heredia acerca de que la consulta sobre la revocación de mandato era el examen del propio gobierno y de Morena para conocer cuál es su capacidad real de movilización en las condiciones más adversas. En época vacacional, con un tercio de las casillas que debieron instalarse, casi sin publicidad, sin posibilidad de campaña por parte de ningún actor político y sin adversario, el presidente obtuvo quince millones de votos, más que los alcanzados por los candidatos del PAN y el PRI en 2018.

Para algunos despistados es la prueba de la caída estrepitosa del apoyo al mandatario. Sin embargo, si consideramos todos los puntos en contra que tuvo la realización del ejercicio, no resulta descabellado pensar que en el peor escenario Morena (con el empuje del obradorismo) obtendría una cantidad cercana a ese número de votos en las elecciones de 2024. Es decir, ese es el voto más duro que tiene la coalición en el gobierno. Las reflexiones tendrían que concebir la cifra como el piso y no como el techo, pues esas condiciones adversas no se repetirán en los ulteriores procesos electorales. A eso habría que agregar que la conclusión de las obras de infraestructura, la constatación de algunos resultados positivos en materia laboral, de redistribución de la riqueza y justicia social, y la carencia de un líder de la oposición, son incentivos para atraer más simpatizantes. Dicho esto, considero que la coalición en el gobierno sale fortalecida para las elecciones estatales de este y el próximo año.

La todavía-no efectivamente real revocación de mandato

Más allá del resultado fáctico, la facción gobernante ganó por lo menos en dos sentidos: 1) cumplió una promesa de campaña, 2) estableció el precedente de un ejercicio de democracia participativa que posibilitará destituir a un presidente que no cumpla con su mandato popular, 3) y empoderó al pueblo para próximos actos de democracia participativa. En los tres casos hay supuesta una particular relación con el futuro.

En el primero se refleja con claridad que la política descansa sobre una utopía (en este caso la cuarta transformación de México), plasmada en distintas promesas. Por eso, en buena medida la evaluación de un gobierno depende de su capacidad para cumplir o no promesas, que no necesariamente es lo mismo a obtener los añorados “resultados” de los “expertos”. Al haber cumplido esta promesa, el movimiento encabezado por el presidente gana puntos tanto en el discurso de su proyecto político como en la concreción de éste.

En el segundo caso, el futuro refiere a la capacidad de actuar del pueblo ante los próximos gobernantes, pero enriquecidos por la experiencia de este ejercicio reciente. Parecería perogrullada señalar que la consulta del pasado diez de abril estuvo plagada de imperfecciones y errores, sin embargo, es necesario insistir en ello dada la abstracción que abunda en las reflexiones de los opinólogos. La consulta de revocación que a ellos les habría gustado era la ideada en sus cabezas: perfecta y, por lo mismo, carente de realidad.

La única manera de efectuar dicho ejercicio involucraba «mancharla» de concreción, es decir, de contexto e historia. Haber logrado su realización no debe concebirse como la meta, sino más bien como el punto de partida de un proceso más amplio que, por un lado, inevitablemente limitará el derrotero que sigan los ulteriores gobernantes, y por el otro, porque al reparar en sus errores podremos mejorarla poco a poco. Todavía-no ha alcanzado su realización efectiva, pues no ha logrado ser vinculante, no obstante, eso no significa que el ejercicio sea estático. En la medida que lo usemos nos iremos acercando a su realización efectiva, a su plenitud, la cual inevitablemente, visto desde otro proceso político en el futuro, volverá a exhibirse como insuficiente e impulsará a generar otros mecanismos de participación.

Por último, haber dado el paso de recolectar firmas y el siguiente de participar ―ya fuera a favor o en contra― entrena al pueblo para futuros ejercicios de democracia participativa. ¿De qué sirve tener en la Constitución decenas de mecanismos para que el pueblo incida en su realidad política si nunca los pone en acción? Al final, el pueblo no es un sujeto dado, sino que se va construyendo en el camino. ¿Cómo edificarlo si no delibera y no participa?

Con un pueblo cada vez más fortalecido podemos soñar con un futuro político más incluyente y que impulse ulteriores transformaciones políticas. Caminemos hacia un México más justo, con la esperanza de que cada vez el pueblo construye poco a poco una democracia radical.

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Morena y los significados estratégicos de la consulta



Morena y los significados estratégicos de la consulta

Leonardo Meza Jara

I.- Durante la década de 1990 uno de los conceptos más usados en el contexto de fundación del Instituto Federal Electoral (IFE) fue el de: “ejercicio democrático”. Este concepto se correlaciona con la tesis de Enrique Krauze que plantea una “democracia sin adjetivos”, es decir, una democracia sustantivada que no es condicionada por ningún otro factor, más que la democracia misma.

Sin embargo, la historia de la democracia en México es la historia de la adjetivación de la democracia. Falta por escribirse, la historia de las adjetivaciones de la democracia, que dejen en claro la condición impura, no sustantiva, de la democracia. La consulta de 2022 para revocar y/o ratificar el mandato de López Obrador, es otro episodio más de las adjetivaciones históricas de la democracia en México.

Habría que reconceptualizar a la “democracia” como “ejercicios”, en plural. La “democracia” es una serie de “ejercicios”, unas “prácticas concretas”, que se han puesto en marcha en las últimas décadas en México. Las prácticas políticas de la democracia son una gimnástica que se compone de los ejercicios y las poses más variadas.

Por ejemplo, los fraudes electorales de 1986 en Chihuahua y de 1988 a nivel nacional, son un doble mortal al frente del priismo, que cayó parado, aunque tambaleándose en los años siguientes. En el caso del fraude electoral del 2006, se identifica un triple giro a la derecha orquestado por el PAN, el PRI y el PANAL de Elba Esther Gordillo. Los movimientos y las poses de la democracia son una gimnástica que puede resultar sorprendente.

En 2022, la jugada política que llama a “no votar” que se ha conceptualizado como un “abstencionismo activo”, es otro más de los ejercicios de la gimnástica de la democracia. La rueda de prensa del exgobernador priista Fernando Baeza, en la que se llamó a no votar el próximo 10 de abril, es un acto de contorsionismo democrático (“Salta Fernando Baeza contra revocación”, El Diario de Chihuahua, 7 de abril de 2022). Baeza fue el beneficiario del fraude electoral cometido por el PRI en 1986 en Chihuahua, que lo llevó a convertirse en gobernador. Junto con Baeza, cientos de priistas, panistas y perredistas han llamado a no votar en la consulta revocatoria.

¿Qué significa de fondo llamar a “no votar”? Significa una contradicción irresoluble de la democracia, un ejercicio en el que la democracia se retuerce extrañamente hasta desaparecer en la negación de la política. El “abstencionismo activo” es uno de los ejercicios más arriesgados entre las prácticas de la gimnástica democrática, que bajo una lógica de contorsionismo ideológico y político cambia el lugar del “votar” (la promoción del voto) por el lugar del “no votar” (la negación del voto).

No cabe duda, la democracia mexicana está plagada de rarezas, de actos de contorsionismo que se retuercen de forma contradictoria y paradójica.

II.- A la oposición no le alcanza para tumbar (revocar) a AMLO, a lo más que pudiera aspirar, es a jugar con: No tumbarlo. El acto de llamar a no votar en la consulta del PRI, PAN y PRD, camina sobre el filo de la navaja de la impotencia de lo político. Es aquí, que la revocación se convierte en una ratificación que estratégicamente es usada por Morena.

El proceso electoral del 2021 es diferente de la consulta (elección) de 2022, y también será diferente a la elección de 2024. Las elecciones quedan sujetas de coyunturas donde las variables en juego son más o menos relativas.

La oposición no tiene asegurada la derrota en 2024 y Morena no tiene garantizado el triunfo. Lo que tiene Morena a su favor, son:

1) Los triunfos en las gubernaturas en la elección de 2021. El año pasado, Morena ganó 11 de 15 gubernaturas que se pusieron en competencia en las elecciones.

2) Los triunfos que pudiera acumular en las elecciones para gobernador en 2022, que apuntan para que Morena gane cuatro de las seis gubernaturas en juego.

3) La alta aprobación que mantiene López Obrador en su desempeño como presidente, que ronda el 60%.

4) Los resultados que se deriven de la consulta de revocación (ratificación) de 2022.

La consulta del 10 de abril es un triunfo de Morena, que puede ser más o menos significativo, más o menos productivo hacia 2024. A su vez, esta consulta es una derrota de la oposición, que en su llamado a no votar muestra su impotencia revocatoria que se manifiesta como impotencia política.

Lo que está en juego en la consulta del próximo domingo, es el tamaño de la derrota de la oposición y el tamaño del triunfo de Morena, que son correlativos. Eso quedará significado por el número y el porcentaje de votantes que puede aproximarse o alejarse de los 30 millones de votos que llevaron al triunfo a López Obrador en 2018.

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Nuestra imperfecta revocación de mandato



Nuestra imperfecta revocación de mandato

Rodrigo Wesche

Nunca me pareció la mejor idea apoyar esta consulta para la revocación de mandato. Las múltiples encuestas varían en porcentajes, pero coinciden en que el presidente mantiene un apoyo en más de la mitad de la población. La oposición lo tiene claro, por eso decidió finalmente no buscar ganar la revocación, a pesar de que inmediatamente después de las elecciones intermedias del año pasado algunos de sus líderes y voceros, en medio de su desubicada emoción ―por ganar algunos escaños y varias alcaldías en la Ciudad de México a la vez que perdían la disputa por once gubernaturas―, declararan que buscarían sacar a AMLO de la presidencia. Haberse organizado para recabar las firmas y no obtenerlas habría sido un duro golpe para la oposición, como lo habría sido pretender ganar la consulta y no lograrlo, cuando la popularidad del presidente es alta y probablemente aumente con la conclusión del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y la Refinería de Dos Bocas. Digámoslo con claridad: el presidente ganó la revocación antes de su realización. Entonces ¿para qué organizar una consulta cuyo resultado es previsible?

Estratégicamente considero que habría sido mejor impulsar una consulta popular para empujar la reforma eléctrica. La crisis del precio de los energéticos en Europa ―y marginalmente en Estados Unidos―, aunada a la endeble infraestructura eléctrica que la reforma energética legó al Estado con el fin de privatizar paulatinamente el sector, obliga a que el gobierno mexicano actúe antes de que esa situación se traduzca en el aumento de la luz eléctrica o, en el peor de los casos, en su escasez.

Sin embargo, el presidente insistió en llamar a la recolección de firmas para la revocación de mandato y sus simpatizantes responder al llamado. Así que en lugar de estancarnos en cuál habría sido el escenario perfecto, analicemos el escenario real que tendremos.

¿Por qué animar la recolección de firmas entre sus simpatizantes? El primer y más simple motivo es que la realización de la consulta para revocación de mandato fue una promesa de campaña y, en realidad, del movimiento que ha encabezado AMLO desde hace varios años. Al hacerla estaría cumpliendo esa promesa.

El segundo motivo, y más importante, tiene que ver con el núcleo proyecto político de la 4T: “primero los pobres” y su complemento “abajo los privilegios”. Esto sólo podrá volverse realidad en la medida en que los otrora excluidos cobren conciencia de que ya son parte de la comunidad política, es decir, mientras más participen de las decisiones políticas trascendentales. Pero no sólo eso. El mecanismo de la revocación de mandato servirá para quitarle un privilegio a cierto sector político-económico que se sentía dueño del país. 

Es inevitable preguntarse cuántos problemas nos habríamos evitado de haber tenido la posibilidad de revocarle el mandato a Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto, por mencionar los sexenios ignominiosos más inmediatos. Pues bien, ahora el pueblo tendrá la posibilidad real de parar a cualquier representante de un proyecto de político que pretenda pasar por encima de la mayoría de los mexicanos. 

Otro motivo ha sido su utilidad para exhibir la naturaleza de varios actores políticos. Los partidos políticos de la oposición expusieron su horror por cualquier mecanismo que implique democratizar más la política. También algunos consejeros del INE, acostumbrados a actuar como caciques y dueños de la democracia, mostraron su rechazo a un mecanismo que excede sus marcos formalistas y procedimentales sobre la democracia. Pero más importante aún, con la discusión sobre el presupuesto de la revocación de mandato (igual que con la pasada consulta popular) quedó evidenciada la incapacidad del INE para organizar ejercicios más democráticos. A pesar de que la discusión se estancó en si al Instituto le hacían falta o no más recursos, me parece más profundo el problema.

En lo personal creo que el presupuesto aprobado para el Instituto realmente no era suficiente. Si bien puede fastidiar darle la razón a Córdova y Murayama, cuya voluntad contra la democracia participativa es palpable, bien haríamos en atender los motivos de otros consejeros distantes de ellos y contrarios en muchos de sus dichos y votos (como los consejeros Martin Faz Mora y José Roberto Ruiz Saldaña). Sin embargo, el fondo del problema del INE es su diseño ineficiente e incompatible con la democracia participativa. Mientras no se cambie su estructura, no habrá presupuesto que le alcance.

Es verdad que el Instituto está obligado a llevar a cabo más actividades que otros órganos electorales en el mundo, pero también es cierto que «resuelve» su ineficiencia a «billetazos»: lo que no puede hacer con su personal fijo, lo saca adelante con personal eventual ― ¡como el contratado cada proceso electoral!― y  comprando material a terceros.

Algunos «transitólogos de la democracia» suelen decir que realizar una elección ya es un éxito para el Instituto, pero cuando uno mira de cerca el cómo, el triunfo no parece claro. Tomemos un ejemplo: ¿cómo podemos declarar una victoria si en varias mesas de casilla no llegan los funcionarios capacitados? ¿Cómo podemos describir como exitosa una jornada electoral si las mesas de casilla permanecen incompletas aún con funcionarios tomados de la fila de electores? Así es, se celebra una elección en la que sólo se dieron las condiciones indispensables para su realización, aunque no hayan participado los ciudadanos involucrados en ella. Mucho gasto para alcanzar una mediocre participación. Claramente urge una reforma electoral que rediseñe al instituto y los procesos electorales, los simplifique, los haga más baratos y democráticos. En síntesis, necesitamos un Instituto Electoral compatible con una democracia participativa y plebeya.

Sí, el próximo ejercicio de revocación de mandato es imperfecto. Le podemos encontrar aristas negativas. Pero también su organización y la discusión en torno a ello ha exhibido por lo menos tres motivos para apoyar el ejercicio: el cumplimiento de una promesa, la realización de un ejercicio congruente con el núcleo político de “primero los pobres”; y su función para exhibir la naturaleza de los actores políticos, incluyendo a los “árbitros” que fungen como jugadores y la incompatibilidad de nuestro instituto electoral con la democracia participativa. Por estos motivos apostemos por apoyar este ejercicio democrático, el cual no es del presidente ni de los que vendrán, sino de nosotros. Es nuestra consulta para revocar (o no) el mandato. En la medida que hagamos uso de este mecanismo, por un lado, lo podremos ir perfeccionando, y por el otro, le imprimiremos más democracia a nuestra vida política.

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El mandato y su revocación: breve ensayo sobre el don en política



El mandato y su revocación: breve ensayo sobre el don en política.

Adrián Velazquez Ramírez

«Un pueblo -dice Grocio- puede entregarse a un rey. Esta misma donación es un acto civil; supone una deliberación pública. Antes de examinar el acto por el cual un pueblo elige a un rey sería bueno examinar el acto por el cual un pueblo es tal pueblo; porque siendo este acto necesariamente anterior al otro, es el verdadero fundamento de la sociedad.” (J.J. Rousseau)

El mando es siempre un mandato

En el Contrato social Rousseau distingue de manera muy nítida la diferencia que existe entre una relación de dominación y el tipo de vínculo que se establece entre un pueblo y su “jefe”. En efecto, se trataría de dos tipos de relación plenamente distinguibles. En la primera de ellas, representada paradigmáticamente en la relación amo/esclavo, Rousseau ve una simple lógica de agregación de individuos en la cual una multitud queda subordinada a la voluntad privada del amo. Por el contrario, la relación del jefe con el pueblo supone que ambos participan de un mismo cuerpo moral y colectivo. Es la común pertenencia a este cuerpo lo que define la función del jefe frente al pueblo.[1]

Es este sentido que Rousseau entiende que el lazo que “hace de un pueblo un pueblo”, es decir, una sociedad como tal y no una mera agregación de individuos, es la condición que precede lógicamente a la existencia de una jefatura. Se trate de un Rey como en el caso de una monarquía, o de una Asamblea en el caso de una república, la función del jefe es siempre la de proponer una guía conforme a la voluntad general que expresa ese cuerpo moral colectivo.

Contrario a las lecturas que hacen de Rousseau el primer autor jacobino, la relación entre el jefe y la voluntad general no es inmediata. La función de guía puede fallar, la voluntad general no. La razón de esta asimetría se debe al hecho de que la voluntad general es el nombre que Rousseau da a al lazo social y como tal no puede ser representado sino sólo actuado, realizado en acto. No se equivoca ni acierta; sólo puede permanecer actual o disolverse. La función de guía propia del jefe es la de ofrecer una interpretación de esa voluntad general y, en tanto interpretación, puede fallar. La política surge precisamente en la tensión que genera esta asimetría.

Si este es un principio general, una sociedad democrática (en contraste con una monárquica) se caracteriza por darle a esta relación entre el pueblo y su jefe un sentido específico. Las exigencias del imaginario democrático y su credo laico conducirán al desarrollo de ciertas instituciones y restringirá el éxito de otras. La centralidad que hoy le damos a los procesos electorales se explica por este hecho. Es este mismo imaginario el que anima la búsqueda de instituciones que permitan asegurar la continuidad del vínculo entre el pueblo y su jefe más allá del momento de su elección por medio del voto. La moderna historia de la revocación de mandato se inscribe en esta tendencia.

¿Tiene este otro Rousseau algo para ofrecernos para pensar la revocación de mandato en nuestro contexto actual? La hipótesis es que sí. Para ello debemos preguntarnos por cómo la sociedad democrática ha abordado el problema de la donación, así como el papel de la revocación de mandato frente a esto.

El pueblo encuentra a su jefe: la donación democrática

Resulta sugerente que Rousseau caracterice el encuentro del pueblo con su jefe como un acto civil que implica una deliberación y una donación. La deliberación enfatiza la dimensión del consentimiento a la autoridad del jefe. Este consentimiento puede ser implícito. Es decir, supone cierto grado de correspondencia entre el imaginario social y el suporte institucional vigente. La donación, sin embargo, tiene una naturaleza distinta: se trata del momento de investidura de esa autoridad.

Sabemos por los trabajos de Marcel Mauss que el “don” o más específicamente el acto de “donar”, tiene una función central en la creación de lazo social. La gratuidad del regalo y la deuda moral que genera en quien lo recibe permiten establecer un vínculo que va más allá del interés egoísta de cada parte. Para Mauss la expectativa de reciprocidad en el intercambio de dones es lo que permite el ensanchamiento de la sociedad.

¿Qué es este acto de donación por el cual un pueblo instituye la autoridad de su jefe y al mismo tiempo lo somete a la expectativa de realizar un contra-don? ¿Cuál es la deuda que mantiene el jefe con su pueblo? ¿Cuál es la naturaleza de ese intercambio de regalos que genera reciprocidad entre ambas partes y los subordina a una misma relación social?

La democracia moderna esquivó estas preguntas proponiendo una racionalización y una formalización del vínculo entre el pueblo y su jefe. Una sociedad democrática demanda que esta relación pase por una serie de pruebas que verifiquen que se trata de una autoridad promulgada activamente por el pueblo. Todo el ritual electoral no tiene otra finalidad que convocar al acto de donación. Una sociedad monárquica tiene su ceremonia de coronación. En una democracia, obra colectiva y secular, tenemos nuestras “fiestas cívicas”.

Sin embargo, el intercambio de dones entre el pueblo y su jefe no se reduce ni se agota en la victoria electoral. La “legitimidad de origen” es necesaria pero no suficiente. Si el mando es siempre un mandato, el sostenimiento del vínculo depende del contenido concreto que asuma la conducción colectiva.

La función de guía que debe cumplir la jefatura no está asegurada de una vez y para siempre. Como hemos visto, el jefe puede errar en su interpretación de la voluntad general. Por lo tanto, es posible que en el cumplimiento de su tarea de gobierno la expectativa de reciprocidad se rompa. Y si esta reciprocidad es el fundamento de la autoridad, nos encontramos entonces ante una crisis política muy particular.

La doble dimensión de la revocación y su relación con la función de gobierno

En una sociedad democrática la revocación de mandato es una institución que tiene como objetivo verificar ya sea la permanencia o el cese de la expectativa de reciprocidad que vincula al pueblo con su jefatura. En su dimensión negativa se trata de dar cauce a un proceso de des-investidura que se presupone ya ha sucedido en los hechos. Se trata comprobar la existencia de un estado social.

En su dimensión positiva la revocación de mandato puede funcionar como un instrumento de revalidación del intercambio de dones y por lo tanto una herramienta política útil para cumplir con la función de guía propia de un gobierno democrático. En este segundo caso tiene como efecto la actualización del lazo y puede ser leído como una adhesión a la interpretación de la voluntad general que la jefatura le propone al pueblo como orientación colectiva.

La negativa de la oposición a participar en la revocación de mandato convocada por el presidente Andrés Manuel López Obrador puede parecer contradictoria con el diagnóstico apocalíptico que estas fuerzas tienen sobre el rumbo del país. Sin embargo, también es un acto de lucidez que nos demuestra que este grupo político es plenamente consnciente de la dimensión positiva de la revocación de mandato. Un eventual triunfo del oficialismo seguramente será leído como una ratificación del programa de gobierno que tanto ha denostado la oposición.

Sin otra agenda que oponerse a la agenda del gobierno, la oposición corre el riesgo de mirar hacia abajo y descubrir el gran vacío que separa su deseo del pueblo. 

[1] “Que hombres dispersos sean subyugados sucesivamente a uno solo, cualquiera que sea el número en que se encuentren, no por esto dejamos de hallarnos ante un señor y esclavos, mas no ante un pueblo y su jefe; es, si se quiere, una agregación, pero no una asociación; no hay en ello ni bien público ni cuerpo político” (El Contrato Social, Libro I, Capitulo 4)

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