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“No queremos un gobierno neofascista”. Entrevista con Frei Betto



“No queremos un gobierno neofascista”. Entrevista con Frei Betto*

 Luis Martínez Andrade

Carlos Alberto Libânio Christo, más conocido como Frei Betto (1944) es un fraile dominico brasileño. Férreo opositor al régimen militar, Frei Betto colaboró con la organización guerrillera ALN (Acción Libertadora Nacional), lo que le costó cuatro años de prisión (1969-1973). Durante la década de los ochenta ejerció como asesor de algunos gobiernos sobre las relaciones Iglesia-Estado y visitó países como Cuba, Checoslovaquia, China, Nicaragua y Polonia. En Brasil ha desarrollado su actividad pastoral entre las Comunidades Eclesiales de Base, principalmente, en los barrios populares de São Paulo. Obtuvo en dos ocasiones (1982 y 2005) el Premio Jabuti y es autor de más de 50 obras de diversos géneros literarios y temas religiosos. Entre sus libros más importantes traducidos al castellano se encuentran: Entre todos los hombres (Caminos, 1998); La obra del artista. Una visión holística del universo (Trotta, 1999); Fidel y la revolución (Ocean Sur, 2007).

Luis Martínez Andrade: ¿Cuál es la importancia histórica de estas elecciones en Brasil?

Frei Betto: Es muy importante porque no queremos un gobierno neofascista, militarizado. Este gobierno destruyó el edificio de protección de políticas sociales construido durante estos últimos cuarenta años. Los gobiernos anteriores crearon medidas sociales pues fue una exigencia de la Constitución de 1998 y el gobierno de Jair Bolsonaro las echó para atrás. Su indiferencia fue evidente con los casi 700 mil muertos por la pandemia de la COVID, en la manera como soslayó la gravedad de la pandemia y su antipática con las víctimas. Además de todo eso, tenemos un aumento en la tasa de desempleo, una terrible inflación, un número cada vez más abrumador de personas que viven en la calle: según la prefectura de São Paulo actualmente hay 42 mil personas. Antes uno veía hombres viviendo en la calle, hoy, uno ve familias. La privatización irresponsable de las empresas nacionales. Tenemos un gobierno bélico: no se reducen los impuestos a los productos de primera necesidad, pero se reducen los impuestos al comercio de armas. Somos testigos de un aumento de las personas que portan armas. Según los datos de la policía federal, actualmente hay aproximadamente 200 mil personas que portan legalmente armas en el país. Estoy hablando de civiles. Pienso que hoy superan las 700 mil. Tenemos un gobierno misógino y homofóbico. Nuestra esperanza es la elección de Lula. Esperamos que él pueda cambiar la situación y a que, de esa manera, Brasil pueda rescatar su precaria democracia. ¿Qué va a pasar las siguientes semanas? No lo sabemos. Seguramente será una guerra muy intensa a través de la publicidad.

Luis Martínez Andrade: Algunos autores hablan que el primer ciclo de los gobiernos progresistas fue suplantado por una fase donde las derechas ganaron terreno. Usted no solo acompañó la constitución de importantes movimientos sociales sino además fue parte del primer gobierno de Lula a través del programa social Fome Zero, pero del que usted presentó su dimisión por considerarlo un programa asistencialista, es decir, por no estar en concordancia con el espíritu de la teología de la liberación. ¿Piensa que los partidos progresistas que en algún momento cambiaron la relación de fuerzas en la región pero que desgraciadamente cayeron presa de la burocratización han aprendido de sus errores?

Frei Betto: Pienso que el principal error de los trece años del gobierno del PT (Partido dos Trabalhadores) fue soslayar la educación política del pueblo. Se hizo la integración por el consumo y no a través del protagonismo político. Craso error. La derecha hace una deseducación política del pueblo todo el día por medio de los medios de comunicación. Otros errores también fueron cometidos, por ejemplo, no haber castigado a los asesinos y criminales de la dictadura militar. No castigamos a los asesinos como en Uruguay, en Argentina o en Chile. Aquí no ocurrió eso. De cierta forma, Bolsonaro y los militares son el resultado de ese error. Es algo absurdamente injustificable desde el punto de vista jurídico que la amnistía haya sido reciproca. Usted no puede otorgar la amnistía a quien no ha sido castigado. En Brasil se otorgó la amnistía sin haber castigado a los militares que cometieron crimenes durante los veintiún años de la dictadura militar. Espero que el PT y Lula reflexionen sobre los errores cometidos. Sin embargo, me gustaría hacer hincapié que los logros fueron mayores que los errores. Considero los dos mandatos, de Lula y el de Dilma Rousseff, como los mejores de nuestra historia republicana. Fue una verdadera revolución social en Brasil: luz para todos, acceso a la universidad de grupos marginados, el salario mínimo estaba por encima de la inflación, etc. Fue un proceso muy positivo. No me gustaría que los errores eclipsen los avances que se hicieron. Actualmente, como dice Lula, Brasil necesita urgentemente una reforma tributaria. Hay que imponerles a los ricos un impuesto sobre la renta. Los impuestos de consumo son iguales para todos, para los ricos y para los pobres. Eso es un absurdo. De cualquier forma, la salvación de la democracia brasileña depende de la elección de Lula, en eso no tengo dudas.

Luis Martínez Andrade: ¿Cuál es vuestra evaluación sobre el pontificado de Francisco? Es evidente que su pontificado ha mostrado signos de mas apertura que los anteriores, por ejemplo, en la encíclica Laudato Si’, Francisco hace una dura crítica del productivismo y del consumo de las sociedades contemporáneas que están contribuyendo al colapso ambiental, sin embargo, paradójicamente, en la misma encíclica se sigue condenando el aborto y las identidades no heterosexuales.

Frei Betto: Debo decir que, gracias a Dios, he conocido dos papas progresistas. Uno fue Juan XXIII y el otro es Francisco. Francisco es un hombre totalmente identificado con la Teología de la liberación. Él es el único monarca absoluto de la historia de Occidente y, por tanto, podría utilizar todo su poder para implementar algunas transformaciones radicales en la Iglesia. Pero, afortunadamente, él es un demócrata. A él le gusta hacer cosas sin crear la disidencia, sin provocar una ruptura. Por consiguiente, tiene algunos límites. Cuando consulta a los cardenales y a los obispos, a veces, las cosas se detienen. Actualmente él esta lidiando con una herencia maldita de más de treinta años de pontificados conservadores: Juan Pablo II y Benedicto XVI. La mayoría de los cardenales conservadores fueron elegidos por ese par de papas. Es por ello que el papa Francisco tiene dificultades para poder avanzar en algunos proyectos. Por ejemplo, a él le gustaría que las mujeres pudieran fungir como sacerdotes o que los indígenas casados pudieran también ser ordenados como sacerdotes. De hecho, intentó pasarlo en los sínodos, pero no lo logró. Intentó que se aprobaran los matrimonios homo-afectivos, pero enfrentó muchos obstáculos. De hecho, colocó la siguiente pregunta: ¿las parejas homosexuales que adoptan hijos o hijas, a esos niños se les va a negar el sacramento?

Aquí en nuestra parroquia, por ejemplo, aunque no soy sacerdote, pero tengo derecho de dar el sacramento del bautizo yo ya bauticé al hijo de una pareja de mujeres homo-afectivas. Por tanto, si estoy dando el sacramento al niño, entonces, estoy reconociendo la unión de esa pareja. El papa Francisco está intentando hacer una renovación en la Iglesia de manera pedagógica y democrática.

* Esta entrevista se realizó el 22 de agosto de 2022 en la ciudad de São Paulo.




Marielle Franco , la desobediente



Marielle Franco , la desobediente

Silvina Pachelo

Se cumplieron cuatro años de la desaparición física de la socióloga, politóloga, militante y activista Marielle Franco. Una muerte que deja más dudas que certezas y un caso aun abierto como las heridas de tantos y tantas brasileñas que habitan esa tierra hermosa gobernada por uno de los presidentes más nefastos que hayan pasado por Brasil, Jair Bolsonaro.

Marielle Franco nació y creció en las favelas Complexo de Maré y allí comenzó su militancia por los derechos humanos. Es en “su favela” donde coteja las injusticias y las contradicciones del sistema de clase social, minorías y de las injusticias que sufrían y siguen sufriendo las poblaciones negras. Estudió en la universidad y se graduó. En 2016 fue electa concejala para la Cámara Municipal de Río de Janeiro (por el PSOL, izquierda). Se dedicó a monitorear intervención federal decretada por quien recordemos el golpista Michel Temer quien llevó adelante a través del mecanismo del Lawfare un golpe contra la ex presidenta Dilma Ruseff. Todavía como presidente, Temer se convirtió en el centro del escándalo de corrupción y fue objeto de denuncias de delitos cometidos antes de llegar al poder.

La radicalización de la violencia en las favelas es feroz, y Marielle luchaba sola contra todo un sistema que se encargó de potenciar la violencia. La noche del 15 de marzo de 2018 , Marielle regresaba de una asamblea por los derechos de las mujeres negras en Lapa, Río de Janeiro, en un coche con su conductor y una asesora, cuando otro automóvil se colocó a su lado y disparó hasta nueve tiros antes huir, en plena ciudad. Marielle murió en el acto. La conmoción del crimen, que se extendió a varias ciudades del país y de otras partes del mundo, tiene su epicentro en Maré, donde Marielle creció. El complejo de favelas cuenta con 140.000 residencias y uno de los peores índices de desarrollo humano donde la gente vive en condiciones vulnerables en Río.

Marielle construyó su proyecto comunitario reflexionando con su vida en las favelas, sus amigos, amigas, familias , en torno a las pésimas condiciones en las que viven. Claramente las consecuencias del neoliberalismo recrudecen la criminalidad entre las clases bajas y empobrecidas que son las mas afectadas por el sistema penal. Brasil, al igual que Colombia y México, son los países con los índices mas altos de activistas sociales asesinados. Según Wacquant  2007:

Expandir el estado penal le permite, en primer lugar, amortiguar las capas inferiores de la estructura social por la simultánea desregulización del mercado de trabajo y la descomposición de la red de patrimonio social. también permite que los elegidos para cargos contengan su déficit de legitimidad política con la confirmación de la autoridad estatal en esa limitada área de acción, en un momento en el que tiene poco para ofrecer a sus electores (2007,P203)

Marielle proponía trabajar otras formas de injerencia y métodos para amortiguar la violencia. La propia concejala había sido asignado en esos meses ponente de la comisión de la cámara municipal de Río para fiscalizar la actuación del Ejército. Y jamás dejó de denunciar la criminalidad que se ejercía en las favelas, sobre todo en la favela Acari.

Las Unidades de Policía Pacifica (UPP) son la forma del implemento del estado penal al proyecto neoliberal. Este proyecto sigue el ejemplo de las policías comunitarias de Estados Unidos, que se difundió desde los 80s, se adoptó una versión en dos comunidades extremadamente pobres en las favelas de Rio de Janeiro, llamada Unidades Policiales de Pacificación (UPP). La “etapa de pacificación” de la UPP sigue cuatro pasos básicos. En primer lugar, los oficiales de la escuadra de élite de la policía militar de Río de Janeiro realizan una operación masiva y coordinada para retomar el control de la favela de las bandas de narcotraficantes. En las primeras favelas a pacificar, esta fase, llamada «Retomada», se llevó a cabo sin previo aviso. Como resultado, las primeras operaciones involucraron fuertes enfrentamientos entre pandillas y la policía, con bajas significativas. Esta fase es ahora anunciada de antemano por la policía con el fin de dar a las pandillas una alerta temprana para salir voluntariamente o entregar sus armas. La incursión militar es seguida por la etapa de estabilización, cuando el patrullaje de la favela sigue bajo la responsabilidad de la policía militar. La ocupación definitiva se consolida con el control de la zona por la recién inaugurada UPP. A menudo se acompaña de un «choque de orden» contra diversas formas de informalidad, desde la vivienda precaria hasta la venta ambulante. Estas policías fueron incorporadas en 2008 por el ex gobernador Sergio Cabral, encarcelado desde 2016 por corrupción.

“Todos tienen que saber lo que pasa en el barrio de Acari: el Batallón 41° de la Policía Militar aterroriza a los vecinos. Esta semana dos jóvenes fueron asesinados y tirados a una fosa. La policía recorre las calles y amenaza. Esto pasa desde siempre, pero tras la intervención militar todo está peor”, publicó la concejala en su Facebook el 10 de marzo. Los datos del Instituto de Seguridad Pública brasileño registraron que, en 2017, la Policía Militar de Río de Janeiro mató a mil personas, casi 3 por día. Por cada 23 ciudadanos muertos, un policía es asesinado. Por eso se dice que esta fuerza es la que más mata y muere en el mundo. La idea de que esta es una estrategia ¨pacificadora¨ no es creíble y expone el vacío de poder para poder llevar adelante políticas que resuelvan las necesidades elementales de la población. La criminalidad que ejercen las fuerzas de seguridad es el fracaso de los malos gobiernos y los mecanismos ideológicos que se utilizan para domesticar y callar a las sociedades que reclaman una vida digna. Los grandes proyectos inmobiliarios, la estratificación espacial, la falta de oportunidades laborales, generan una migración espontanea a las favelas que a medida que crece su población se ven más excluidas del sistema. Las favelas son los márgenes de la desigualdad, que dividen a los de arriba, los barbaros y a los de abajo, los civilizados.

La población negra es la que más sufre los abusos de poder. La pobreza, allá y acá construye inevitablemente una discriminación y una subjetividad sobre quienes habitan las favelas. Drogadictos, ladrones, prostitutas, narcos, etc. El racismo en esta construcción es un factor dominante, como dijimos. Las víctimas en manos de la policía son hombres (99%) jóvenes (78%) negros (75%) en su mayoría asesinados por “resistencia a la autoridad” con disparos en su mayoría en la nuca. En la Argentina en tiempos de militares y falcón verdes, se los llamaba “enfrentamiento”. El tiempo pasa, y los modos de la violencia encuentran su lugar de expresión, y siempre es a los y las jóvenes a quien atacar. La expectativa de un hombre joven negro en Brasil es de 24 años. Unos días antes de ser asesinada, Marielle Franco, advertía que 11 mujeres son asesinadas por día en Brasil y 13 son violadas por día en el estado de Rio de Janeiro.

Se suma a su denuncia la radicalización del Batallón de Operaciones de Policía Especial (BOPE) y el crecimiento de los grupos parapoliciales. La BOPE es la tropa de élite de la policía militar en Rio de Janeiro, donde se sostiene el nuevo modelo de seguridad pública que se aproxima a la población hasta hacerla cumplir funciones sociales y comunitarias. La policía militar asesinó a 1800 personas en 2019 con la aplicación de francotiradores que disparan a distancia.  

Marielle Franco, luchó contra un sistema gangrenado por la corrupción, la violencia estatal, el abuso constante a los derechos y  sobre todo, contra el racismo. Ella, nos ha dejado un arma muy poderosa, su palabra, sus escritos y su voz latiendo en el corazón de Nuestra América.

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Del neodesarrollismo al neofascismo



Del neodesarrollismo al neofascismo

André Flores Penha Valle y Pedro Felipe Narciso

Postfacio al libro: A burguesia brasileira em ação: de Lula a Bolsonaro. Florianópolis (Brasil), Enunciado Publicações, 2021.

En este libro presentamos las prácticas políticas de las fracciones burguesas en los gobiernos de los presidentes Lula da Silva, Dilma Rousseff, Michel Temer y Jair Bolsonaro. La exposición siguió el itinerario de investigación de diferentes investigadores, examinando diferentes fracciones de la burguesía en momentos específicos de la historia política brasileña reciente.

Una vez concluida la exposición analítica de las partes, se nos impone un segundo tipo de escritura, orientada hacia visiones sintéticas y una perspectiva panorámica del todo. De esta forma, pretendemos presentar una periodización política del intervalo de tiempo cubierto por el conjunto de capítulos. Para establecer el período referido, presentaremos la caracterización de cada período a partir de a) la configuración política del gobierno y b) las políticas aplicadas por el gobierno. Además de la caracterización de cada período, también pretendemos observar algunas características de las crisis políticas que llevaron al paso de un período a otro. En un segundo momento pretendemos detallar la relación entre el gobierno de Bolsonaro y el bloque en el poder, prospectando algunos escenarios políticos futuros.

Nuestra periodización indica la existencia de tres períodos principales. El primero se refiere a los gobiernos encabezados por el Partido de los Trabajadores, que designamos como el período del frente neodesarrollista. El segundo se refiere al gobierno en el que ocupó la Presidencia Michel Temer, al que designamos como el período de la alianza neoliberal. El tercer período se refiere al gobierno de Jair Bolsonaro, al que llamamos período neofascista.

La configuración política del neodesarrollismo apunta a la existencia de un frente político policlasista, en el que diferentes clases y fracciones fueron jerárquicas en el cumplimiento de distintas funciones políticas. Este frente, que garantizaba la hegemonía política de la gran burguesía interna, tenía como clase dominante a esa misma fracción burguesa, que orientaba los puntos más decisivos del programa político y económico aplicado por el gobierno. El movimiento obrero y popular ofreció a los principales operadores políticos del frente en diferentes niveles, funcionando como su fuerza principal. Finalmente, el apoyo electoral del frente estaba garantizado por una numerosa clase-apoyo, los trabajadores de la masa marginal.

La política económica de ese período estuvo marcada por una importante moderación de la apertura comercial indiscriminada, a través del establecimiento de nichos proteccionistas y reservas de mercado, la reactivación del BNDES[1] y la expansión de obras públicas y compras dirigidas a proveedores nacionales. Una de las principales marcas de la política exterior fue la desconexión en torno al proyecto ALCA y una diplomacia que proyectaba capital nacional hacia países de la periferia capitalista de América Latina y África. También vale la pena mencionar el compromiso de Brasil en la creación del Nuevo Banco de Desarrollo (BRICS Bank) que reafirmó la posición de Brasil de menor dependencia internacional de los mecanismos liderados por Estados Unidos. En política social, podemos mencionar los programas de transferencia de ingresos, la política de recuperación del salario mínimo, la política de cuotas raciales y sociales, la construcción de viviendas de interés social y el financiamiento de la agricultura familiar (BOITO JR., 2018).

Si bien estas políticas lograron atender las demandas de los grupos que componían el frente, aliviando sus contradicciones internas, los asedios restauradores del capital internacional y de la burguesía asociada no produjeron el efecto esperado. La crisis del “mensalão”[2], que se produjo en un contexto de crecimiento económico y moderación del conflicto distributivo de clases, en 2005, no atrajo la oposición de la gran burguesía dentro del gobierno, que, por el contrario, salió públicamente a defender el mandato del Presidente Lula contra amenazas de juicio político, a través de sus gremios empresariales (MARTUSCELLI, 2015; BOITO JR., 2018). Cuando los conflictos internos en el frente se agudizaron, en el primer mandato de la presidenta Dilma, debido en gran parte al bajo crecimiento económico, el aumento del número de huelgas (con contenido predominantemente ofensivo) y el fortalecimiento del capital estatal, el hostigamiento restaurativo, contando ahora con manifestaciones masivas de la clase media, logró el objetivo de romper el frente neodesarrollista y reemplazar su gobierno.

En lugar del gobierno del frente neodesarrollista, asumió, a través del golpe de destitución, el gobierno de la alianza neoliberal, que pretendía restaurar el escenario político y económico de los gobiernos de FHC. Esta afirmación, por supuesto, no pudo realizarse. La compleja situación de crisis política no fue superada por el golpe de destitución, como probablemente esperaban sus operadores, y la crisis se vio considerablemente agravada por un tipo de golpe que, sin alterar la forma del Estado, deterioró el régimen democrático.

En este gobierno, la burguesía asociada al gran capital internacional recuperó, no sin inestabilidad, su hegemonía en el bloque en el poder. La fuerza principal en el proceso de restauración hegemónica fue la capa superior de la clase media. No se puede dejar de mencionar aquí una categoría social específica que surge como el partido de esta clase media alta, la burocracia judicial, movilizada y guiada por la operación Lava Jato.

La hegemonía del capital internacional y la burguesía asociada se puede observar con las medidas implementadas a un ritmo acelerado por el gobierno de Michel Temer (2016-2018). En el centro de la política económica estuvieron las medidas que congelaron las inversiones públicas federales durante 20 años y una nueva tasa de largo plazo para el financiamiento del BNDES, reduciendo los subsidios pagados por el Tesoro. En el sector petrolero, se revisó el marco regulatorio del Pré-sal, liberando los consorcios de tener una participación mínima del 30% de la Petrobras y quitando el monopolio de las operaciones de la empresa estatal. También en lo que respecta al sector petrolero, se adoptó una política de precios de los combustibles vinculada a las fluctuaciones del precio del barril de petróleo en el mercado financiero internacional. Además, bajo el gobierno de Temer se legalizó la expansión de la tercerización a todas y cada una de las actividades de una empresa y se aprobó una reforma a la legislación laboral, flexibilizando la jornada laboral y poniendo fin a la cotización sindical obligatoria[3].

Si bien el gobierno de Michel Temer logró restablecer la preponderancia del gran capital internacional y la burguesía asociada sobre la política económica nacional, el gobierno trajo consigo un problema proveniente del bloque neoliberal y un problema derivado del golpe político. El problema original se refiere a la incapacidad electoral de este campo político para ganar mediante la votación. El problema derivado del proceso golpista fue la constitución de la pequeña burguesía / clase media como fuerza social distinta, lo que acabó agravando el aislamiento electoral del partido del capital internacional y la burguesía asociada.

Se estaba gestando entonces un tipo de crisis muy específico, cuyos elementos combinados fertilizaron el movimiento de tipo fascista. Esta modalidad de crisis política se compone de seis elementos invariantes, que son los siguientes:

a) escalada de conflictos dentro del bloque en el poder; b) crisis en la representación partidaria de las clases dominantes; c) activismo político de la burocracia civil y militar provocando crisis institucional; d) serie de derrotas y situación defensiva del movimiento obrero; e) constitución de la pequeña burguesía como fuerza social distinta; y f) la crisis ideológica generalizada (BOITO JR., 2021, p. 11 traducción de los autores).

El primero de estos elementos se hizo visible con la contienda electoral de las elecciones de 2014 y la presión de la gran prensa empresarial contra las políticas de profundización del neodesarrollismo en los gobiernos de Dilma Rousseff. El segundo elemento aparece primero en el seno de la burguesía interna, con la incapacidad del gobierno para hacer valer los intereses de la fracción que se ve representada en ella. Posteriormente, la crisis de representación partidaria también estuvo presente en la fracción asociada, que no logró colocar un candidato viable en las elecciones de 2018. El activismo político de la burocracia fue parte clave del golpe de juicio político y su logro no desmovilizó a esta categoría social, por el contrario, fortaleció la burocracia civil “lavajatista”, llevando el activismo político, al menos ahora visiblemente, al cuartel, cuando el mando del Ejército reubicó públicamente al Supremo Tribunal Federal bajo su tutela. Las derrotas del movimiento obrero se verificaron en su incapacidad para resistir el golpe y las políticas antipopulares aplicadas por el gobierno de Temer. La constitución de la pequeña burguesía (particularmente la clase media) como fuerza social diferenciada ha sido un fenómeno observado desde la masificación de las protestas callejeras organizadas al margen de la representación habitual de la burguesía asociada, cuya clase media antes no era más que una simple clase-apoyo. La crisis ideológica es el elemento que permea todo este escenario de desintegración, producto de los efectos de la Operación Lava Jato en el sistema de partidos, que provocó la decadencia de los partidos burgueses tradicionales y la interdicción de la candidatura de Lula, fuerte favorito en las encuestas. de intención de voto para las elecciones presidenciales de 2018.

El neofascismo, por tanto, es el resultado de la radicalización del movimiento de masas de la capa superior de la clase media y la pequeña burguesía en el contexto de crisis que atraviesa el gobierno de Temer. El aspecto predominantemente fascista de este movimiento se presentó explícitamente durante el cierre patronal de los camioneros, en marzo de 2018, cuando el movimiento golpista a favor de la «intervención militar» penetró las protestas y se elevó por encima de los reclamos corporativos de la categoría, atrayendo la adhesión de la clase media y de la pequeña burguesía a los bloqueos de carreteras (VALLE y MARTUSCELLI, 2018). En ese momento, la figura de Jair Bolsonaro ya se reivindicaba como la representación confiable de ese movimiento, y desde entonces, hasta las elecciones de octubre, ascendería progresivamente en las urnas electorales, alcanzando definitivamente el primer puesto en intenciones de voto luego del rechazo a la candidatura de Lula por la corte suprema a finales de agosto.

La basis social de las clases media y pequeñoburguesa, el conservadurismo en cuanto a costumbres, la ideología anticomunista y el objetivo de implementar una dictadura para desterrar a la izquierda de la vida política y cultural, son criterios que permiten caracterizar el bolsonarismo como un tipo del fascismo, o neofascismo (BOITO JR., 2020; MELO, 2020). La existencia de una base de masas políticamente activa y organizada, y la realización de los intereses del capital internacional y la burguesía asociada por la política económica y social, diferencian el carácter neofascista de este gobierno en relación al bonapartismo, como gobierno o régimen político desmovilizador, controlado por una burocracia civil desvinculada de los intereses inmediatos del bloque en el poder y ejecutora de una política económica y social en zigzag. También difieren en relación al populismo, que, como el bonapartismo, es igualmente desmovilizador y controlado por una burocracia civil, pero, a diferencia de este último, lleva a cabo una política económica y social progresista.

La configuración del gobierno neofascista involucra un conjunto heterogéneo de fuerzas, que juegan diferentes roles dentro de esta alianza. La función que desempeña la capa superior de la clase media y la pequeña burguesía bolsonarista es la de clase reinante, es decir, la fuerza social que imprime la dinámica del proceso y polariza el escenario político. El carácter movilizador y de masas distingue el bolsonarismo del llamado “partido militar”, una corriente marcada por la ideología tecnocrática y el corporativismo profesional, que también forma parte del gobierno. La ocupación de aproximadamente 6.000 cargos ejecutivos acredita al alto escalón militar como clase mantenedora del aparato del Estado, es decir, como fuerza social que predomina en los cuadros de gobierno. También se debe considerar que porciones de evangélicos conservadores, compuestos por obreros de grandes centros urbanos, constituyen una importante reserva de apoyo social del gobierno neofascista entre las masas populares, cumpliendo la función de clase-apoyo.

Con respecto al bloque en el poder, el capital internacional y la burguesía asociada, la gran burguesía interna y los terratenientes son las fracciones más contempladas por la política económica y social del gobierno de Bolsonaro, aunque podemos detectar, entre ellas, una cierta jerarquía de intereses, a través de la comparación entre el contenido de la política económica y social y las demandas dirigidas por estas fracciones al Estado. En términos generales, la política neoliberal del gobierno de Bolsonaro, así como la del gobierno de Temer y la de los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso en la década de los noventa (Boito Jr., 1999; Saes, 2001), se sustenta en cuatro pilares fundamentales: 1) privatizaciones (subastas de infraestructura, Eletrobras y Correios); 2) desregulación laboral (reforma de la seguridad social, tarjeta de trabajo amarillo-verde, ley de libertad económica); 3) desregulación financiera (autonomía del banco central, nueva ley de agencias reguladoras, ley de registro positivo); y 4) apertura económica (mercado de refino y gas natural, sector aeronáutico, sector bancario, reducción de tasas impositivas a la importación de bienes de capital).

Si, por un lado, el primer y segundo pilares unifican las fracciones burguesas, por otro lado, el tercer y cuarto pilares dan lugar a conflictos: las medidas de desregulación financiera suponen un retroceso para el capital industrial, al profundizar el control del capital financiero sobre instrumentos de política monetaria, en particular la definición del tasa de interés básico y el tasa de cambio; y las medidas de apertura económica afectan a las empresas de capital nacional, ya sea directamente, en sectores abiertos a la competencia extranjera, o indirectamente, en las cadenas de suministro e insumos integradas a estos sectores, profundizando la tendencia a la desindustrialización. El entrelazamiento de estos conflictos indica que la política económica y social prioriza los intereses del capital financiero sobre el capital industrial y del capital internacional sobre el capital nacional, reconociendo la hegemonía del capital financiero internacional bajo el gobierno de Bolsonaro.

A pesar de estar atendidos y apoyados por la política neoliberal implementada por el gobierno, las fracciones burguesas están divididas u opuestas a la gestión negacionista de la pandemia y al cierre del régimen democrático, abiertamente defendido por el bolsonarismo. Es aquí donde el concepto de neofascismo ayuda a explicar precisamente la relación contradictoria que tienen las fracciones burguesas con el gobierno, en la medida en que sus intereses no son idénticos a los del bolsonarismo, que constituye una fuerza social distinta y autónoma, no un instrumento pasivo en manos de la burguesía. Según Armando Boito Jr. (2020), la contradicción entre la burguesía y el neofascismo se puede encontrar en los conflictos por las prioridades de la política estatal, el trato hostil al Estado chino y la política ambiental depredadora; en conflictos entre el gobierno, el Congreso Nacional y el Tribunal Supremo Federal (STF); y en conflictos dentro del equipo de gobierno.

La expectativa de que el movimiento bolsonarista pudiera ser neutralizado y que, así, el gobierno se plenamente instrumentalizado en sus intereses, además del compromiso con las reformas neoliberales, basó el apoyo de última hora de las grandes empresas a la candidatura de Jair Bolsonaro durante las elecciones de 2018. Dado que esta expectativa se vio frustrada, especialmente durante el período de la pandemia del Covid-19, se estableció un cuadro creciente de descontento entre las facciones burguesas, que se reflejó en una intensa fuga de capitales y en severas críticas contra el gobierno en la gran prensa. Esta contradicción apareció en el escenario político a través de la formación de una oposición de derecha y la articulación en torno a la llamada «tercera vía» para las elecciones presidenciales de 2022. Sin embargo, el apoyo a la política neoliberal implementada por el ministro de Economia, Paulo Guedes, ha representado, hasta el presente momento, factor de moderación de esta oposición burguesa, y explica sus vacilaciones ante los pedidos de juicio político, así como la relación ambigua con el gobierno y con la base aliada en el Congreso Nacional: ahora de unidad para aprobar reformas neoliberales, ahora de conflicto contra la negación de la pandemia y las manifestaciones antidemocráticas.

Con el desarrollo de la contradicción entre la burguesía y el neofascismo, durante la pandemia, pudimos inferir diferentes niveles de apoyo y representación entre las fracciones burguesas y el gobierno de Bolsonaro (VALLE y DEL PASSO, 2021). Grandes sectores de capital, como el capital financiero asociado, representado por Anbima; los grandes bancos comerciales nacionales, representados por Febraban; la industria del automóviles, representada por Anfavea; las grandes empresas telefónicas, representadas por SindiTeleBrasil; la industria alimentaria, representada por ABIA; las grandes cadenas de supermercados, representadas por Abras; y una parte minoritaria del comercio minorista, como Magazine Luiza, estos sectores se hicieron públicos para defender las medidas de aislamiento social y, en ocasiones, criticar la negación de la pandemia por el gobierno de Bolsonaro. El capital financiero asociado y los grandes bancos nacionales lideraron la oposición burguesa en este período, habiendo lanzado críticas públicas en al menos dos ocasiones: primero contra la gestión negacionista de la pandemia, recogiendo la firma de más de 500 banqueros y financieros, en marzo de 2021; y, posteriormente, criticando las manifestaciones golpistas contra el Congreso Nacional y el STF, a través de una carta firmada por Febraban en agosto y septiembre de 2021.

Por otro lado, la burguesía comercial minorista, representada en el grupo Brasil 200; la burguesía industrial, representada por el CNI y algunas federaciones de las provincias (como Fiesp, Fiemg, Firjan, Fiep, Fiesc, Fiergs y Fieg); y pequeños y medianos mataderos y productores rurales, representados por Abrafrigo, Aprosoja, CNA y algunas federaciones provinciales (como Faesc, Faep, Farsul y Faemg), estas fracciones se opusieron acérrimamente a las medidas de aislamiento social, apoyando la negación de la pandemia con el Presidente de la República. Con respecto a las manifestaciones golpistas del 7 de septiembre de 2021, las fracciones regionales de la burguesía industrial y los productores rurales se hicieron públicas para apoyarlos y defender su legitimidad, incluso a través de notas oficiales de sus gremios empresariales, teniendo la investigación abierta por el ministro del STF, Alexandre de Moraes, llevado a las cuentas de Aprosoja y empresas de transporte – que, además de financiar las protestas, asistió en persona y realizó un desfile de camiones en Brasilia (DF). Tales episodios revelan que estas facciones son la principal base de apoyo burgués del gobierno de Bolsonaro, a pesar de que sus intereses no se priorizan por la política económica y social.

La aparente paradoja entre la oposición de la fracción burguesa hegemónica, que tiene los intereses priorizados por la política económica y social, y el apoyo de fracciones burguesas no hegemónicas, se explica por el carácter neofascista del gobierno de Bolsonaro y por la política y la fragilidad ideológica de la burguesía brasileña, como una burguesía dependiente. Si la oposición de las grandes empresas, en particular del capital financiero internacional y de los grandes bancos nacionales, se debe a la divergencia con la negación y el cambio de régimen político, como aspectos del neofascismo, por otro lado, el apoyo y los lazos de la representación son más estrechos entre la burguesía comercial minorista, la burguesía industrial, los productores rurales y el gobierno de Bolsonaro están relacionados con la política social conservadora, con la política de orden represivo contra los movimientos populares (en particular los movimientos campesinos, indígenas y quilombolas) y la política ambiental depredadora. La reducción del costo de reproducción de la fuerza de trabajo (“costo Brasil”) se convirtió en el aspecto dominante en el programa de estas fracciones burguesas luego de la crisis del gobierno de Dilma Rousseff. En el caso de la burguesía comercial minorista, esta fracción nunca logró obtener en los gobiernos del PSDB y del PT el mismo protagonismo político y participación en la toma de decisiones del estado, como lo encontró en el gobierno de Bolsonaro. Y en el caso de los terratenientes, flexibilizar el porte de armas, desmantelar las agencias ambientales y fomentar la minería ilegal y el acaparamiento de tierras fueron medidas que sirvieron directamente a sus intereses.

Todos estos aspectos permiten plantear la hipótesis de que el conservadurismo de estas fracciones burguesas, que se comportan como burguesía interna y que alguna vez apoyaron a los gobiernos neodesarrollistas del PT, los convierte en potenciales partidarios de gobiernos autoritarios y neofascistas en situaciones de intensificación del conflicto distributivo de clase y de ofensiva del bloque en el poder sobre las masas populares. En estos contextos, en los que la desregulación de las protecciones sociales y laborales adquiere centralidad en su programa, la demanda de favorecimiento y protección estatal se desplaza a un segundo plano, resultando en la aceptación de los sacrificios impuestos por la hegemonía del capital internacional y la burguesía asociada, como las medidas de apertura económica y desregulación financiera (aunque no sin protestas y resistencias selectivas). En este sentido, atender sus demandas prioritarias ha sido suficiente para justificar el apoyo activo al gobierno de Bolsonaro, a pesar de las posibles sanciones impuestas por el conjunto de políticas económicas y sociales. Dichos datos deben tenerse en cuenta a la hora de preparar la táctica de las fuerzas democráticas y populares en su lucha contra el neofascismo, lo que, entre otras cosas, implica evaluar correctamente las fuerzas interesadas en cambiar de gobierno.

Volviendo, entonces, al escenario político, se vislumbra la delimitación de tres campos en disputa por el rumbo de la política nacional. Los límites que los diferencian son, en definitiva, el resultado de la combinación de dos posiciones programáticas, una sobre política económica y otra sobre el régimen político. El campo neofascista combina la defensa de una política económica neoliberal con la defensa de un régimen político dictatorial. El campo del neoliberalismo histórico combina la defensa de una política económica neoliberal con la defensa del mantenimiento del régimen democrático. El campo del lulismo defiende la combinación de una política económica neodesarrollista con el mantenimiento del régimen democrático.

Es importante enfatizar aquí, aunque pueda parecer una observación trivial, que los programas políticos son elementos constitutivos de las coyunturas políticas. Estos expresan la unidad de un conjunto más o menos articulado de fuerzas sociales que disputan el control de la política estatal con otros conjuntos. Las coyunturas, por tanto, no son el resultado de programas formulados por uno u otro conjunto de fuerzas, sino el resultado del conflicto entre estas fuerzas articuladas en torno a programas en una realidad determinada. Dicho esto, es posible visualizar que un gobierno neofascista tiene diferencias con el programa de las fuerzas sociales que lo animan, y que su gobierno no es sinónimo de régimen político dictatorial. Este mismo razonamiento debe ser válido para que pensemos en la relación de la situación con otros campos políticos, autorizandonos así a distinguir el campo del lulismo de los campos de la política económica neoliberal sin inferir de ello que la posibilidad de un tercer gobierno Lula sea necesariamente una reedición de la política económica neodesarrollista de gobiernos anteriores.

Toda coyuntura ofrece oportunidades y resistencias, y la situación actual parece ofrecer alguna resistencia importante a la posibilidad de una reedición neodesarrollista. El primero de ellos se refiere a la aparente falta de voluntad de importantes sectores de la burguesía interna para retomar el neodesarrollo. Una segunda resistencia se refiere al bajo crecimiento económico, que intensifica el conflicto distributivo y amplifica la demanda de la burguesía en su conjunto por el desmantelamiento de las regulaciones laborales y las protecciones sociales. La tercera resistencia se refiere a los nuevos mecanismos de blindaje de los instrumentos de política económica, como la institución del congelamiento del gasto público y la autonomía del Banco Central. Y, finalmente, la existencia de un movimiento de masas reaccionario que no debe disolverse espontáneamente y que, si persiste, constituirá un factor importante de inestabilidad política. Considerando las resistencias enumeradas, una victoria electoral del lulismo puede no significar un resurgimiento del neodesarrollismo, sino una moderación del programa neoliberal acompañado de políticas sociales que mitiguen los efectos más degradantes de ese mismo programa. Con esto, no queremos sentenciar la imposibilidad histórica del neodesarrollismo, solo para señalar que el marco político actual es profundamente diferente al marco de la década del 2000, cuando era posible que un gobierno de centro-izquierda sin movilización popular uniera sectores de la burguesía brasileña y las masas populares alrededor de un programa de crecimiento económico con cierta distribución del ingreso.

En cuanto a las oportunidades inscritas en la coyuntura, el campo del lulismo tiene una paradoja por delante. Si bien el lulismo desalienta la autoorganización popular, favoreciendo la relación directa, de tipo electoral, del líder con su atomizada base de votantes, solo la movilización popular de masas es capaz de enfrentar la resistencia de la situación actual. Es la movilización popular la que puede cuestionar la racionalidad política de las medidas de desmantelamiento de la normativa laboral y las protecciones sociales ante la necesidad de mantener la unidad del bloque de poder, llegando así a uno de los puntos nodales que han ligado a la burguesía interna a la hegemonía política del capital internacional.

La paradoja del lulismo es hoy la paradoja de toda la izquierda que quiere librar a Brasil del neofascismo y el neoliberalismo: (1) Lula es, en realidad, la única solución electoral; (2) si es elegido sin el pueblo organizado, tendrá un gobierno con poco margen de maniobra; sin embargo, (3) este mismo Lula no inspira organización y movilización popular. Las amenazas del movimiento neofascista y la tutela militar sobre la democracia burguesa ponen a prueba toda la estrategia desmovilizadora y centralmente electoral de la izquierda, ya que generan incertidumbre sobre el acontecimiento de las elecciones o incluso sobre la posesión de una candidatura distinta a la de Jair Bolsonaro. En este sentido, el derrocamiento del gobierno debe ser un objetivo inmediato, no pospuesto hasta las elecciones de 2022, dentro de una táctica consistente y decisiva de lucha contra el neofascismo.

Reafirmando la importancia de desatar este nudo, aquí no nos atrevemos a prescribir ninguna solución, sin embargo intuimos (como el poeta) que «en la lucha de clases todas las armas son buenas» y que en las urnas y en las calles neofascismo y neoliberalismo ¡necesitan ser derrotados ahora mismo!

André Flores Penha Valle

Pedro Felipe Narciso

Campinas y Porto Alegre, octubre de 2021.

Bibliografia

BOITO JR., Armando. Política neoliberal e sindicalismo no Brasil. 1.ed. São Paulo: Xamã Editora, 1999.

BOITO JR., Armando. Reforma e crise política no Brasil – os conflitos de classe nos governos do PT. São Paulo e Campinas: Editora Unesp e Unicamp. 2018.

BOITO JR., Armando. Neofascismo e neoliberalismo no Brasil do Governo Bolsonaro. Observatorio Latinoamericano y Caribeño. Vol.4. n.2. 2020.

BOITO JR., Armando. O caminho brasileiro para o fascismo. Caderno CRH, Salvador, v.34, p.1-23, 2021.

MARTUSCELLI, Danilo Enrico. Crises políticas e capitalismo neoliberal no Brasil. 1.ed. Curitiba, PR: Editora CRV. 2015.

MELO, Demian. O bolsonarismo como fascismo do século XXI. In: (Neo)Fascismos e educação: reflexões críticas sobre o avanço conservador no Brasil/ Eduardo Rebuá et al (orgs). Mórula Editorial. 2020.

SAES, Décio. República do Capital. 1.ed. São Paulo: Boitempo. 2001.

VALLE, André e MARTUSCELLI, Danilo. A paralisação dos caminhoneiros no Brasil (maio de 2018): força dirigente, alianças e interesses de classe em disputa. Boletim LIERI, n.1. 2018.

VALLE, André e DEL PASSO, Octávio. As frações burguesas e o governo Bolsonaro. Le Monde Diplomatique Brasil. Julho/2021.

[1] El Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) es un banco de desarrollo estatal que cumplió diferentes funciones durante las últimas décadas: inversión en producción industrial durante el período nacional-desarrollista, financiamiento de la privatización durante los gobiernos neoliberales de la década de 1990 e inversión en grandes empresas nacionales durante los gobiernos neodesarrollistas.

[2] La crisis del “mensalão” fue un escándalo de corrupción vinculado a la supuesta compra de votos entre parlamentarios para la aprobación de medidas remitidas por el gobierno al Congreso Nacional, durante el primer gobierno de Lula. Fue el primer ensayo de la ofensiva judicial contra los gobiernos del PT, que precedió al operativo “Lava Jato”.

[3] Tal medida tiene una contradicción: al llegar a la principal fuente de financiamiento de los sindicatos, en el corto plazo, tiende a ser perjudicial para la organización de la lucha económica de los trabajadores, comenzando por la débil resistencia a las reformas neoliberales y las privatizaciones. Sin embargo, tal medida también representa un duro golpe contra las burocracias sindicales y, a la larga, puede contribuir a desvincular los sindicatos del Estado, fortaleciendo la lucha por la libertad sindical y la organización independiente de los trabajadores.

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Mil retratos de un hombre leal: Carlos Marighella




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Mil retratos de un hombre leal: Carlos Marighella

Danê Jaheem Sosaba[1]

El revolucionario brasileño Carlos Marighella debería inspirarnos para enfrentarnos a nuestras contradicciones y buscar cambios revolucionarios.

Con el apoyo y el incentivo del gobierno de Estados Unidos, una oleada de golpes militares arrasó Sudamérica en la década de 1960. Brasil no fue la excepción. En 1963, el entonces presidente norteamericano John F. Kennedy dejó claro el objetivo: “evitar que Brasil se convirtiera en otra Cuba”. Aunque el presidente brasileño de la época, João Goulart, era un izquierdista con ganas de hacer reformas estructurales, también era un crítico tanto del gobierno cubano como del norteamericano. Sin embargo, en 1964 la marina estadounidense estacionó una flota de buques de guerra en la costa brasileña y el 1 de abril comenzó una era de 20 años de terror militar.

Marighella, la película dirigida por Wagner Moura, cuenta la historia de Carlos Marighella, la figura más importante de la resistencia contra ese terror estatal en el Brasil y un ícono inspirador para los revolucionarios de todo el mundo. Nacido en Salvador de Bahía en 1911, hijo (libre) de una sudanesa esclavizada y de un padre inmigrante italiano, Marighella se convirtió en militante del Partido Comunista Brasileño (PCB) a los 23 años. Encarcelado en dos ocasiones durante la primera dictadura de Getúlio Vargas (1930 a 1945), Marighella fue elegido diputado en 1945, y ejerció su cargo hasta el inicio de la Guerra Fría, cuando el PCB fue prohibido. Tras visitar China en la década de 1950, invitado por el Partido Comunista Chino, y a medida que las tensiones políticas en América Latina se endurecían tras la Revolución Cubana, Marighella comenzó a dudar y a discrepar con el ejecutivo del PCB sobre el momento y el grado de las acciones revolucionarias. Cuando se produjo el golpe militar de 1964 y el PCB no tuvo una respuesta práctica al mismo, Marighella abandonó el partido. En 1967 participó en la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad en Cuba y regresó a Brasil ese mismo año para fundar la Asociación Libertadora Nacional (ALN). Bajo la influencia política del marxismo-leninismo e inspirada por el foquismo del Che Guevara, la ALN pronto se convirtió en la organización armada más influyente de la resistencia. En consecuencia, Marighella fue declarado “enemigo público número uno” por el Estado.

Tras desaparecer del radar y del discurso político dominante durante dos décadas, el nombre de Marighella ha resurgido en el debate público en los últimos diez años. En la era de las dictaduras y sus admiradores, así como el actual presidente brasileño Jair Bolsonaro, se han convertido en un espectro siniestro para la izquierda, también lo ha hecho el nombre de Marighella para la derecha. Incluso antes de su estreno, Marighella adquirió una historia propia.

El director Wagner Moura es un crítico declarado de Bolsonaro. El presidente, que a menudo ha elogiado públicamente a la dictadura brasileña y a sus agentes del terror, ha acusado al director y a los productores de la película de alabar a un “terrorista sanguinario”, al tiempo que ha utilizado la burocracia de la agencia nacional de cine para retrasar el estreno de la película, previsto inicialmente para finales de 2019. Una nueva fecha de estreno en mayo de 2020 se retrasó aún más por el inicio de la pandemia mundial.

El director de la película, Wagner Moura, ha manifestado públicamente su oposición a Bolsonaro y esa es la impresión que me dio antes y después de ver Marighella: es una respuesta a la elección de Bolsonaro, a sus elogios a la dictadura y a sus ataques a Marighella, tanto como un regalo a la izquierda liberal que ha perdido la hegemonía frente a Bolsonaro, y por sus propios pecados.

Como escribió Frantz Fanon en Los condenados de la tierra: “el colonialismo no es una máquina de pensar, ni un cuerpo dotado de facultades de razonamiento. Es violencia en su estado natural, y sólo cederá cuando se enfrente a una violencia mayor”. Por supuesto, la lucha de liberación argelina, que Fanon estaba analizando cuando escribió estas palabras, es muy diferente de la situación en la que se encontraba la lucha antidictatorial brasileña durante el régimen militar. Pero me inquieta la violencia. Me preocupa cómo se utiliza la violencia y cómo se somete al pueblo a su simplicidad. A lo que Jean-Paul Sartre concluyó erróneamente de los escritos de Fanon, que eran “una aprobación de la violencia misma”, Gayatri Chakravorty Spivak respondió:

Fanon insiste en que la tragedia es que los más pobres se reducen a la violencia, porque no hay otra respuesta posible a una ausencia absoluta de respuesta y a un ejercicio absoluto de la violencia legitimada de los colonizadores. […] muchos de nosotros pensamos que el verdadero desastre del colonialismo consiste en destruir las mentes de los colonizados y obligarles a aceptar la mera violencia, sin permitir la práctica de la libertad, de modo que esas mentes no pueden construir cuando se ha logrado una aparente descolonización». Cuando se trata de la gente que está en su extremo receptor, la violencia sólo puede ser observada o absorbida.

La izquierda brasileña, por su parte, ha tendido a transformar la violencia de la resistencia en un tabú político, e incluso se ha puesto en oposición oficial a quienes han encontrado la liberación o la revolución por cualquier medio. Sin embargo, curiosamente, intenta romantizar a algunos revolucionarios históricos, como Marighella y el Che Guevara, al tiempo que evita contextualizar los medios a los que recurrieron esas mismas figuras. Después de todo, la violencia está en el centro de la tragedia política de Carlos Marighella. Este era un hombre muy inteligente y sabía que las leyes de la democracia liberal no podían ser el motor de la acción política, porque esas mismas leyes son las que reducen al pueblo a la violencia. Sin embargo, en la película, los actos de resistencia más violentos se delegan en un personaje ficticio concreto, que parece casi errático y “demasiado radical” para ser razonable. Recordemos a Erik Killmonger, el personaje de Black Panther, que evoca una sensación similar: cuanto más revolucionario, menos razonable. Desde la década de 1980, Brasil ha estado en vilo por el miedo a la posdictadura –como si siempre estuviéramos caminando sobre cáscaras de huevo, como si tuviéramos que dar el mayor de los valores a la democracia liberal por el fantasma de la dictadura–, lo que dificulta la superación de las contradicciones de la democracia burguesa.

Durante 21 años en Brasil, el orden del día era que si eras un artista, un estudiante, un periodista, si te comprometías políticamente a cualquier nivel, o simplemente por el hecho de ser negro o indígena, te arriesgabas a ser encarcelado sin juicio, torturado y asesinado. La película no describe esa realidad cotidiana. No expone el alcance del terrorismo sancionado por el Estado. Si no fuera por el breve texto explicativo que contextualiza la época al principio de la película, uno podría confundirla fácilmente con el típico cine de policías malos y ladrones buenos. Uno se pregunta si Marighella y su grupo habrían sido ignorados por el Estado si no hubieran robado bancos y trenes.

«¡Abajo la dictadura militar fascista! ¡Viva la democracia! Viva el Partido Comunista!», gritó Marighella justo antes de recibir un disparo en el pecho dentro de una sala de cine y sobrevivir, en uno de los momentos más icónicos de su historia. En la pantalla, Marighella se limita a decir “¡Viva la democracia!”. De hecho, la película huye del lenguaje radical (en ella, Marighella sólo utiliza la palabra “comunismo” dos veces y sólo en el diálogo con el jefe del Partido Comunista Brasileño y evita describirse a sí mismo como marxista-leninista, como hacía con orgullo el Marighella de la vida real). Marighella, la película se alinea más con una izquierda liberal que rehúye de lo radical en defensa de la democracia burguesa. Con esa mentalidad, un gobierno de izquierda invadió Haití y aprobó leyes antiterroristas en Brasil para criminalizar las “protestas violentas”. Me gustaría poder decir que es una mentalidad menos extendida, pero no es así. Palabras como “comunismo” y «antifascismo» han provocado un desbarajuste político desde la elección de Bolsonaro. Paralelamente, la película también trata de posicionarse en contra de su gobierno. Al igual que el presidente saliente Donald Trump, el actual líder de Brasil y sus partidarios están a favor de criminalizar a las organizaciones comunistas y antifascistas, por lo que la izquierda liberal ha tratado de esquivar las movilizaciones radicales para atraer a los neoliberales y a los conservadores moderados a un bloque “pro-democracia” contra Bolsonaro.

Esto refleja una tendencia de la derecha en Brasil, que históricamente, hasta cierto punto, ha dictado las reglas del juego a la izquierda. Con el inicio de la dictadura militar hubo un aumento de los grupos paramilitares de derecha (al igual que con las milicias de los Camisas Negras de Mussolini en Italia) y fueron responsables de muchos ataques terroristas. Atribuir los atentados a la izquierda sirvió de excusa para que el Estado intensificara sus abusos autoritarios, como el tristemente célebre AI-5 (Acta Institucional Número 5), que cerró el Congreso, abolió los derechos políticos y legales, la propia Constitución e institucionalizó la tortura. Cuando la democracia estaba en el horizonte, en la década de 1980, y las elecciones generales se hacían inevitables, a los dictadores militares en el poder les preocupaba que el país pudiera caer en manos de la izquierda radical. Buscaron a alguien de la izquierda que pudiera desempeñar un papel controlado en las elecciones democráticas, que no presentara amenazas creíbles para la democracia liberal, pero que socavara al entonces candidato presidencial, Leonel Brizola, un candidato más izquierdista que acababa de regresar del exilio político. Encontraron la personificación de esa «izquierda controlable» en Luiz Inácio «Lula» da Silva, que perdura como el rostro de la izquierda en Brasil. Durante sus 13 años en el poder, con políticas frágiles y nombramientos de cargos políticos, ese «lulismo» logró secuestrar a la mayoría de los principales movimientos sociales, organizaciones civiles y sindicatos que ahora podrían tener el potencial de dar una lucha temible. Sin embargo, hasta el día de hoy seguimos ciegamente las directrices marcadas por la derecha.

Mano Brown –miembro del grupo de hip hop más importante de Brasil, Racionais MC’s– fue el primero en ser elegido para interpretar a Carlos Marighella en la película, pero debido a conflictos de agenda no pudo continuar con el papel. En su lugar se eligió a Seu Jorge, un famoso cantante brasileño. Carlos Marighella era un hombre negro de piel clara, más parecido a Mano Brown que a Seu Jorge, de piel más oscura. La elección del reparto se convirtió en una controversia en sí misma, con algunos activistas negros acusando a los cineastas de colorismo, y la izquierda en su conjunto diciendo que sería imposible imaginar a Jorge como Marighella, mientras que la derecha simplemente negó la negritud de Marighella por completo. En la letra de su canción de 2012, Mil Faces de Um Homem Legal (Mil retratos de un hombre leal) dedicada a Carlos Marighella, los Racionais lo llaman “el superhéroe mulato”. “Mulato” no es una raza. Pero Marighella no lo sabía precisamente porque no era de piel oscura. Se llamaba a sí mismo mulato porque el distanciamiento inconsciente de la negritud por parte de los negros de piel clara forma parte del proyecto brasileño de supremacía blanca. Esto no quiere decir que Marighella fuera un ignorante de la raza en Brasil, pero no poseía la “conciencia negra” en el sentido más profundo, tal y como la conceptualizaron Steve Biko y otros. De ahí que la elección del actor que lo interpreta en la pantalla pueda verse también en un contexto político. Irónicamente, Brown invocaría inadvertidamente el espíritu del Marighella más radical, cuando en la campaña electoral de 2018 fue invitado a hablar en un mitin del Partido de los Trabajadores de Brasil (la organización de Lula). Allí, Brown, que ha sido una inspiración para generaciones de negros (incluido el que escribe este artículo), acusó a la izquierda de olvidarse del pueblo cuando estaba en el poder y que la amenaza de un gobierno de Bolsonaro era el precio que estaban pagando por ello. Así, el «ex» Marighella acusó indirectamente a la izquierda de ser infiel al verdadero Marighella. Sin embargo, Brown no acertó. La izquierda liberal tiene al pueblo brasileño (obrero, pobre y negro) exactamente donde siempre quiso que estuviera: chantajeado por la pesadilla del fantasma de la dictadura, y engañado por el “sueño brasileño” del Partido de los Trabajadores.

Aunque la película Marighella pinta sólo un retrato del revolucionario Carlos Marighella, es una película relevante que debería inspirarnos a confrontar nuestras contradicciones, a buscar alternativas al laberinto mortal en el que estamos atrapados desde hace tanto tiempo, y a buscar los cambios revolucionarios por los que Marighella dio su vida. No tenemos mucho tiempo ni opciones. Cada 23 minutos una persona negra es asesinada en Brasil. Entre Marielle Franco, las nuevas amenazas de golpe militar y Madalena Gordiano, no hemos echado de menos a Marighella lo suficiente.

[1] Tomado de https://africasacountry.com/2021/02/a-thousand-portraits-of-a-loyal-man