1

La crisis capitalista, fascismo y guerra mundial



La crisis capitalista, fascismo y guerra mundial

Fragmento del mural de Diego Rivera en el Instituto de las Artes de Detroit

Jonatan Romero

El capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa

Marx

Bolívar Echeverría tuvo grandes aportaciones al pensamiento marxista, aunque intentó apartarse de esa categoría tan manoseada por el pensamiento mecánico y, por ende, su contribución es doblemente valiosa: 1) al margen del marxismo construyó tesis profundas sobre la modernidad capitalista y 2) el marxismo no puede dejar de lado sus escrito a la luz de los procesos sociales del siglo XXI. El pensamiento comunista deberá indagar un poco más en el proceso de sabotaje civilizatorio de la economía burguesa, ya que, por un lado, esta promete el reino de la abundancia, pero, por el otro, abre la posibilidad de mecanismos autodestructivos que no puede ser obviados.

A contrapelo de la narrativa burguesa, el discurso crítico de Marx muestra el carácter real de la forma mercantil capitalista que no puede desvincularse de las crisis cíclicas, debido a que en su corazón está instalada la forma estructural de la incertidumbre del mundo de los negocios. El capitalismo produce crisis, porque se construyó a partir de una sociedad que está destinada al fracaso. La particularidad estriba en la capacidad de producir en masa y en poner en estado de muerte al 90% de la población, porque estas no tienen ni medios de producción y tampoco medios de consumo solo les queda en última instancia someterse a un trabajo esclavizante para intentar sobrevivir.

El mercado capitalista coloca al mundo en un permanente estado de barbarie y destruye todo a su paso, tanto al ser humano como a la misma naturaleza. Mientras exista una sociedad basada en el lucro no existe posibilidad de imaginar y construir un mundo mejor para todos y todas. La lectura crítica debe indagar las diferentes dimensiones de la crisis burguesa, desde ahí, denunciar el carácter compulsivo de esta sociedad, porque, la barbarie capitalista está avanzando bastante rápido y todo es cuestión de tiempo. El futuro no puede dejarse al azar o a las buenas intenciones de los humanos que habitan este planeta, sino debe hacerse una pelea epistémica para indicar los peligros que acechan a la humanidad.

Las tres dimensiones clásicas de la crisis capitalista

Rosa Luxemburgo escribió una obra potente desde el marxismo ortodoxo que tituló La Acumulación de Capital, en donde recuperó la narrativa sobre el famoso paso de la muerte de la mercancía, es decir la venta. La mercancía debe convertirse en dinero, para transformar el plusvalor en ganancia para que el capitalista tenga un ingreso, porque, de otra forma, la inversión inicial no podrá regresar ni volver a invertir en el proceso productivo. Al final, la sociedad burguesa se encuentra en una encrucijada civilizatoria, ya que si la realización de la mercancía no se lleva a cabo, entonces la crisis capitalista aparecerá en una de sus formas: el subconsumo.

Jean Charles Sismondi fue el principal pensador en la historia del pensamiento económico que situó el problema en la capacidad de los trabajadores para acceder a los medios de subsistencia y explicó cómo la producción se desfasará del consumo. La transición de la mercancía al dinero se vuelve en un eje central de la misma acumulación de capital y ese dilema no se ha logrado solucionar. La cuestión marca de alguna manera que la solución está en corregir esa tendencia a la desarticulación entre las fases de la reproducción social específicamente burguesa.

Luis Hernández Navarro entrevistó a Alan Woods en el programa “Cruce de palabras” donde se discutió la cuestión de la crisis capitalista y, ahí, el marxista inglés identificó una dimensión particular de la misma crisis capitalista: la sobreproducción de mercancías. En este sentido, la sociedad burguesa es la única forma social que tiene la capacidad de producir en masa y las mercancías aumentan su presencia en el mundo de manera geométrica. La cuestión central no se centra en la escasez, sino, en todo caso, el exceso de riqueza aparece como el problema cardinal de la crisis capitalista.

Leóntiev escribió una reflexión sobre la crisis de la superproducción que colocó algunos elementos muy importantes para debatir ampliamente sobre este tema. La superproducción es una fase histórica social muy especifica que la economía capitalista marca un rumbo en dos direcciones: 1) la ganancia se muestra como el Alpha y Omega de la civilización burguesa, y 2) las mercancías no solo satisfacen necesidades humanas, sino que sirven para intercambiarse entre ellas mediante los productores. En ese sentido, los escases relativa marca el ritmo mismo de esta sociedad y la crisis ya no se presenta únicamente por la falta absoluta de riqueza sino por las condiciones específicas del beneficio.

Karl Marx definió una dimensión más sobre la crisis capitalista y ubicó el problema desde otro ángulo que llamó la caída de la tasa de ganancia. El socialismo científico dio en el clavo, ya que, sin desconocer los otros dos niveles, el corazón de la inestabilidad económica está en la misma base de las relaciones sociales de producción especificas de la sociedad burguesa y, por lo mismo, la crisis es inherente a la reproducción del beneficio. El capital necesita que el dinero se transforme en capital y, por eso, la reproducción misma está saboteada desde su misma génesis y estructura.

La tasa de ganancia está contrapuesta con la misma tasa de plusvalor, es decir, por un lado, la burguesía necesita explotar a la clase trabajadora para obtener un tiempo de trabajo no pagado más alto, pero, por el otro lado, la tasa de beneficio necesita incorporar no solo la relación del capital de la variable con la masa de tiempo de trabajo excedente, sino, además, debe incorporarse el valor de los medios de producción y en especial el capital constante en su forma fija. Entonces, la sociedad burguesa necesita de incrementar la inversión del capital fijo para explotar mejor a la clase trabajadora y, desde este mirador, la tasa de ganancia bajará de manera inevitable. La crisis no es una fase cíclica, sino se encuentra en la misma raíz de la civilización pecuniaria moderna.

Karl Marx y la crisis de la sobreacumulación de capital

Friedrich Engels publicó el tomo tercero de El Capital, reconociendo la dificulta de tal empresa, al mismo tiempo que el libro captó la esencia de los planteamientos de Marx. En la sección tercera, por lo general, se toma en cuenta los capítulos sobre “la ley en cuanto tal” y “las causas contrarrestantes” y se deja de lado el capitulo quince. Los investigadores se pierden de una fuente de conocimientos revolucionario cuando pasan por alto “las contradicciones internas de la ley”, ya que ahí está desplegada la particularidad de la crisis económica en la sociedad burguesa según Marx.

Frente al diálogo con los demás marxistas, la crítica a la economía política debe plantear en el primer plano que la crisis de acumulación de capital está atada a la tendencia estructural de la caída de la tasa de ganancia. Es decir, las crisis cíclicas dependen en todo caso que, en primer lugar, las inversiones en capital constante suplementarias crecen en un tiempo dado y, en segundo, el beneficio decrece conforme aumenta el dinero en capital fijo. El rumbo civilizatorio no es otro que el derrumbe de una fase histórica del sistema capitalista, porque la crisis no viene de un lugar externo, sino su fecundación deviene del mismo sistema burgués.

Ahora, el sistema mercantil capitalista intenta superar sus crisis cíclicas mediante un mecanismo bastante ingenuo, puesto que la razón instrumental dicta en este proceso que si las inversiones suplementarias no dan mas réditos entonces se necesitan regresar a niveles de adelanto de dinero previos al de la caída de la tasa de ganancia. En pocas palabras, en tiempos de incertidumbre financiera, el modelo burgués no invierte más y trata de apagar su capacidad productiva y, de esta manera, una parte del capital fijo queda en estado ocioso, es decir, no se ocupa para nada. La finalidad se centra en la búsqueda de un nivel de beneficio aceptable que, en el pasado, obtuvieron gracias a un nivel especifico de inversión en capital constante y variable.

Karl Marx deja dos conclusiones bastantes interesantes para comprender la tendencia histórica del capitalismo, las cuales son las siguientes: 1) la sociedad burguesa no podrá encontrar niveles de ganancia estables y altos, aunque intente regresar a estadios productivos que le aseguraban una cuota alta de benéfico, y 2) la sociedad burguesa destruirá el capital con tal de poder comenzar de nuevo el proceso de producción capitalista y asegurar una tasa de ganancia alta. En ultima instancia, la modernidad burguesa necesita de la guerra no solo para conquistar nuevos mercados, sino para consolidar su forma tanática por excelencia: la destrucción de capital en todo el planeta. Allí se encuentra la raíz del verdadero colapsó civilizatorio y el mundo pecuniario no promete para nada un desenlace feliz bajo los apotemas y reglas del mundo capitalista.

La función económica del fascismo: la guerra mundial y el mundo apocalíptico

Los marxistas han cuestionado desde diferentes miradas la historia misma del fascismo, aunque sus planteamientos son muy ricos y ofrecen una gran variedad de perspectivas en el tema, no han llegado a descifrar su función económica. En ese sentido, el análisis debe retomar el último elemento en el cual fue inserto el debate sobre el capital ocioso, entonces, al no encontrar forma alguna de recuperar la tasa de ganancia previa, la economía burguesa necesita volver a detonar la planta productiva, pero, ahora, mediante la organización militar y enfocando sus energías a la producción armamentística.

El fascismo no sólo es una forma cultural o política que toma la economía capitalista, sino que busca reactivar la totalidad de las fuerzas productivas técnicas y naturales mediante el complejo industrial militar. La guerra total se convertirá en el eje de salvación de las potencias económicas, por que su crecimiento económico crecerá en tiempo récord y las cifras serán sorprendentes, pero a costa de buscar en ultima instancia un conflicto bélico a escala mundial. La economía planificada encontrará su polo opuesto en el fascismo, ya que, en esta segunda, el estado toma el control de las relaciones sociales de producción y estas fuerzas se ponen al servicio de la producción de armas. El destino final no puede ser otro que convertir al mundo en un cementerio.

Aquí, la cuestión es central dentro del debate internacional entre el marxismo del siglo XX y XXI, porque se han difundido algunas tesis de la inevitabilidad del derrumbamiento del capitalismo, pero, algunos analistas han cometido el pecado de creer que este proceso puede ser mecánico y no toman en cuenta que, en ultima instancia, el derrumbe burgués puede degenerar en un genocidio colectivo. Antes de llegar al socialismo o comunismo, la sociedad burguesa optaría por una guerra que destruya toda capacidad de producir vida en este planeta. La cuestión no puede reducirse tan fácilmente en este punto, debido que el regreso del fascismo no solo atiene a las cuestiones culturales, sino que se pone en peligro a la vida misma.

La teoría del derrumbe capitalista no puede simplificarse a una cuestión mecánica en donde, por sus propias contradicciones inherentes, la sociedad burguesa tienda a la desaparición y, por ende, a que la construcción de una nueva sociedad sea solo cuestión de tiempo. Los marxistas deben ser muy serios en este tema y dejar muy en claro el carácter tanático de esta sociedad compulsiva por el dinero que da más dinero, porque de algo debe estarse seguro: los burgueses y terratenientes estarán dispuestos a destruir el planeta antes de que compartan un porcentaje pequeño de sus réditos. El fascismo viene a ser la última advertencia de la llegada de la barbarie moderna; el apocalipsis dejó de ser una extraña profecía para convertirse en una promesa civilizatoria.




Aproximaciones al neofascismo en Ucrania



Aproximaciones al neofascismo en Ucrania

Jonatan Romero

La segunda guerra mundial fue el desenlace de la crisis de sobreacumulación más grande de la historia universal, ya que, las potencias destruyeron cínicamente el capital ocioso a nivel planetario. La barbarie capitalista nunca ha tenido un episodio así de lamentable. Muy a pesar de la modernidad americana, el conflicto bélico fue ganado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) cuando el ejército de Stalin abatió al de Hitler en pleno invierno en Stalingrado.

Después de 1943, los soviéticos avanzaron de manera vertiginosa y no existía país europeo que contuviera la fuerza militar de esta potencia. Estados Unidos inició una serie de negociaciones para convertirse en el contrapeso regional. Muy a pesar del imperialismo británico, el patrón oro – dólar se convirtió en la ofrenda que pagaron los aliados por la ayuda militar de la modernidad americana.

Los acuerdos de paz se sintetizaron en tres grandes pilares: Plan Yalta, Plan Marshall y los acuerdos de Bretton Woods. En general, la fase monopólica del capitalismo tuvo como precedente, por un lado, el mundo se sometió a un orden bipolar, y, por el otro, la mitad del planeta lidió con el patrón oro – dólar. Aquí vale la pena considerar la base material de este proyecto, ya que, ninguna potencia tenía la capacidad de dictar la agenda capitalista mundial y Estados Unidos debía reconstruir una Europa destruida por la guerra.

Alemania y Japón quedaron sometidos a la lógica del patrón oro-dólar, si bien, su reconstrucción no se detuvo en lo más mínimo y se consolidaron como países emergentes y luego como potencias en tiempo récord, el costó fue la soberanía financiera de la región, y, así la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) fue el brazo armado de la modernidad americana.

De 1944 a 1970, los Estados Unidos dominaron el sistema monetario occidental, el cual dio al dólar la hegemonía de las transacciones, y, por supuesto, el financiamiento estratégico tanto de Alemania como de Japón y después Corea del Sur. El objetivo central era contener la expansión de la potencia emergente llamada URSS y de esta manera consolidar su hegemonía a nivel planetario.

La trayectoria keynesiana no era otra cosa que la consolidación de la oligarquía financiera americana. El imperialismo americano reafirmó su hegemonía económica y militar gracias al patrón monetario oro-dólar, el cual financió a múltiples firmas europeas y asiáticas. Los famosos “milagros”, como expresión de la ideología burguesa, sólo ocultaron las relaciones sociales específicas de producción, en este caso, se oscureció la injerencia directa de los Estados Unidos en otros países (Tanto económica como militar).

Los acuerdos de Breton Woods y la OTAN desplegaron empresas tanto financieras como bélicas a lo largo y ancho de su zona de influencia, pero, en todo caso, estas estaban bajo la lógica productiva, es decir, la tasa de ganancia industrial gobernó a la forma que adopta el capital bancario: tasa de interés. Bajo esta lógica, la modernidad americana administró la ley del valor que se valoriza, pero la trayectoria civilizatoria estuvo dentro de los márgenes del capital industrial.

La crisis de la tasa de ganancia hizo su aparición una vez más en 1970, cuando se desplegó una triple amenaza: 1) la deuda creció rápidamente durante esa época, 2) los precios del petróleo crecieron dramáticamente gracias al conflicto entre el estado de Israel contra el árabe, y, 3) el patrón oro – dólar no tenía el respaldo social frente a los dueños del dinero en occidente.

Ahora, David Harvey acuñó un término muy interesante para describir la neutralización de la crisis de los 70’s. La caída de la tasa de ganancia exige en todo caso una solución espacio temporal, en otras palabras, los capitales excedentes deben salir de la metrópoli y fijarse en los países periféricos. Las plantas productivas se salieron de sus matrices centrales y, terminaron, en países extranjeros, donde prevalecían costos muy bajos tanto en fuerza de trabajo como de materias primas.

Aquí vale la pena detenerse un momento y describir la manera explícita de este nuevo mecanismo. El excedente de capital sale de la matriz central y se fija en los lugares periféricos. La solución espacio temporal exige de alguna manera un dispositivo económico, ya que, el dinero adelantado debe pasar por ciertos espacios y, en este proceso, aparece una función del dinero un poco olvidada, pero es bastante importante: la deuda. El equivalente general debe desatarse de su base metálica para poder recorrer los ciclos de manera cada vez más rápidas.

En ese sentido, la crisis del capital necesitó acelerar los ciclos del capital en el planeta, ya que, la tasa de ganancia puso en peligro la existencia de la sociedad burguesa. El patrón dólar se despojó de su atadura material y terminó acuñando la forma de la escolástica: la fe. El dinero se adelantaba de manera agresiva en todo el mundo para explotar de manera más agresiva la clase trabajadora y así poder interceptar cantidades más grandes de ganancias, las cuales terminaron en las manos de las oligarquías financieras y los terratenientes.

El nuevo imperialismo, como lo denominó Harvey, incentivó al dólar como la moneda internacional, y, además, desconectó su base real con fundamento en el oro. Así, las inversiones transitan de manera más rápida, ya que, terminaron movilizando cantidades exageradamente grandes de capital excedente. Lo anterior generó, por un lado, una dependencia extrema por las firmas americanas, y, por el otro, una especulación muy elevada.

Parafraseando a Lenin y Marx, la exportación de capital incentiva al capital ficticio. El nuevo imperialismo es la comprobación más amplia de la anterior tesis, ya que, el siglo XXI incrementó tanto el movimiento molecular del capital como la especulación. De 1980 a 2001, la tasa de ganancia incrementó de manera interesante, porque, en realidad, el aumento estaba sostenido por la usura bancaria. La modernidad capitalista fundamentó toda su narrativa del fin de la historia en la ilusión financiera y, más temprano que tarde, las leyes del materialismo histórico dieron por finalizado esa fantasía.

La modernidad americana instaló una doble jaula, ya que, primero, la deuda se aceleró a partir de 1970, y, además, después de la caída del muro de Berlín, la OTAN se expandió sobre el antiguo orden soviético que cayó curiosamente en 1991. Capital ficticio y guerra se convirtió en la bandera por excelencia del nuevo imperialismo. De 1990 a 2012, Estados Unidos invirtió sumas cuantiosas en cercar a Rusia y la OTAN llegó hasta la zona fronteriza. Hasta 2008, las intervenciones militares fueron de alguna manera exitosas para la potencia mundial, puesto que, obtuvieron, de 2001 a 2008, a Iraq y Afganistán. No solo controlaron la expansión rusa en occidente, sino también se acercaban peligrosamente a la zona oriental de Rusia y atacaban a la India y China.

La crisis de 2008 fue un hito histórico, porque, en primer lugar, demostró las debilidades estructurales del capitalismo mundial, y, en segundo lugar, evidenció la debilidad económica y política de Estados Unidos. En ese sentido, China apareció bajo la forma de potencia emergente y el mundo unipolar encontró su primer obstáculo. El hegemón no lo sabía en ese momento, pero, en los siguientes años, Rusia y China confrontaron directamente las intenciones intervencionistas de la modernidad americana.

Estados Unidos fiel a su compromiso imperialista desde 2001 inició campañas de intervención militar en el medio oriente. En 2011, Barak Obama presento una propuesta para pacificar el estado de Siria bajo dos pretextos: 1) derrocar el gobierno “autoritario” de Basar al – Ásad y 2) desmantelar laboratorios de armas biológicas y químicas en el país. El imperialismo americano necesitaba de la guerra de expansión derivado de la gran crisis financiera.

No es de extrañar la posición de Estados Unidos frente a la crisis económica, ya que, la guerra emerge como una solución recurrente en la civilización burguesa. Aquí la cuestión fue no la intención de invadir Siria, sino, y más bien, que el proyecto no avanzó de la manera esperada. Ante la emergencia, Rusia se manifestó como el mediador y Vladimir Putín hizo una política diplomática muy interesante, ya que, en 2011, se reunió varias veces con el presidente de Estados Unidos para llegar a un acuerdo sobre el país en cuestión, y en 2013, frenó cualquier intento de intervenir en Siria en la misma Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Putín, no contento con detener las aspiraciones imperialistas de Barak Obama, también anexo Crimea  a Rusia en 2014, lo cual significó el inició de un nuevo orden regional. Cabe señalar lo siguiente, Rusia es una potencia regional sin Ucrania, pero con ella se convertirá en una potencia mundial. La derecha mundial lo sabe muy bien y, por eso mismo, implementó una intervención indirecta con el financiamiento de grupos pronazis en Ucrania. Ahora, con la llegada Petro Poroshenko y después Volidmir Zelenzky cambiaron las cosas en la región.

La OTAN desplegó una ofensiva rapaz en Europa hasta conseguir anexar a varios países de la ex – unión soviética. El último bastión era Ucrania y Estados Unidos ha metido mucho dinero para consolidar a ese país como un aliado del imperialismo. Hoy se sabe que en los países vecinos de Rusia existen bases militares, escudos antimisiles y laboratorios de armas químicas. Todo indica en estos momentos que la OTAN se preparaba cínicamente para una invasión de la zona rusa. Sin lugar a duda, la operación parecía un éxito, pero Putin se enteró de todo esto gracias a la relación diplomática con Donald Trump.

De 2014 a 2021, Rusia mantuvo relaciones diplomáticas con la ONU sobre la masacre de rusos en la región del Donbas. Los reclamos no hicieron caso sobre esa organización de criminales que se afirman defensores de la Paz y, Putín tuvo que decidir por una guerra defensiva. La escalada del conflicto, entonces, tiene dos premisas muy claras, por un lado, se debe entender que es producto de la crisis civilizatoria del capital, y, por otro lado, se debe dejar claro que la guerra es un mecanismo de solución espacio temporal de la sociedad burguesa.

Ahora, dicho lo anterior falta expresar la conclusión sobre el conflicto en Ucrania, ya que, en realidad, no se puede reducir a un choque entre dos formas de imperialismos, uno ruso y otro americano, más bien, se circunscribe en la llamada crisis de sobreacumulación de capital que se expresa en el capital ficticio y tiene su desenlace en los movimientos moleculares del capital. Estados Unidos necesita expandir su dominio para darle salida a su capital excedente (diría Harvey) u ocioso (o como lo calificó Marx). Las intervenciones humanitarias y militares no son otra cosa que fachadas y esconden la misma exportación de capital.

Estados Unidos pretende controlar tres áreas geográficas muy importantes en el sistema mundo burgués, 1) la zona eslava, 2) la zona árabe y 3) el índico. En primer lugar, la intervención en Irak y Afganistán son el resultado de controlar medio oriente, en segundo lugar, los bombardeos en Somalia y la intención de intervenir en Siria tienen su origen en dominar el índico, y, en tercer lugar, Ucrania adquiere relevancia por la zona eslava o el área vital rusa. Aquí, la cuestión es que el patrón dólar tocó con pared.

El patrón dólar se diferencia de su antiguo modelo en que el segundo colocaba al dinero como mercancía y, por eso mismo, debía estar regido por el oro, mientras que el primero sostiene al dinero como deuda y su respaldo se deposita en la fe que el dinero prestado regresará integro junto con una ganancia bancaria en forma de tasa de interés. La cuestión central es la siguiente, el capitalismo necesita acelerar la movilidad de las inversiones, pero esto no se puede hacer bajo el orden monetario metálico y necesita de un orden financiero.

El patrón dólar soluciona la crisis burguesa, puesto que flexibiliza tanto la producción como el consumo de mercancías, pero queda aprisionado a las garras de la especulación burguesa. El capital ficticio despertó de su largo sueño y, ahora, reina en todo el mundo. El problema central está en la burbuja bancaria que aparentó resolver la crisis de sobreacumulación de capital en los 70´s y, en realidad, los índices bursátiles solo manifestaban una embriaguez de dinero sin sustento en la esfera productiva. El dinero deuda jamás logró impulsar la rentabilidad y debilitó a la misma sociedad burguesa poniéndola a merced del colapso.

El patrón dólar necesita también de una expansión territorial mas agresiva, es decir, las inversiones deben encontrar regiones aptas. En términos económicos significa que la propiedad privada debe ser fundamental en el régimen burgués, ya que sería la única forma de ponerle precio a algo que no tiene valor. Este proceso, en si mismo, carece de civilización y apuesta por campañas militares. La guerra incentiva el despojo y la centralización de las mejores tierras en pocas manos.

Ahora, cuando la naturaleza tiene precio y es blanco de inversiones estratégicas, entonces, el precio de la tierra debe aumentar a lo largo del tiempo en esa región, y, con ello, también el precio de las mercancías lo harían. Es decir, la inflación no es un fenómeno monetario, sino más bien responde a las necesidades específicas de la economía burguesa y en este caso al patrón dólar. De esta manera, otra respuesta a la caída de la tasa de ganancia es la renta del suelo, no sólo se especula con el dinero sino también con las propiedades de la naturaleza.

Finalmente, la guerra hasta aquí mantiene una trayectoria clásica, es decir, el imperialismo se expande y al mismo tiempo despoja a las comunidades originarias. Aquí el tema central está en que la guerra burguesa tiene otra expresión y se sostienen no en la destrucción creativa, sino más bien, se fundamenta en la destrucción de capital ocioso qué está apalancada en el fascismo. Hasta ahora, no hay indicios sobre este proceso, pero debido a la caída de la tasa de crecimiento de la economía de China y la India se podría esperar una nueva función de la guerra, es decir, de no superar el patrón dólar entonces es inevitable un enfrentamiento bélico a escala mundial.

Aquí, me gustaría anexar un último comentario corto. El patrón dólar empoderó a dos clases muy reaccionarias, por un lado, están los terratenientes, y por el otro, existen las oligarquías financieras. El fascismo necesita de estas fuerzas y procura antes de emerger como tal de una teoría económica previa que es el marginalismo o la escuela neoclásica. Es decir, el neoliberalismo incentivó en muchos sentidos la narrativa fascista, porque contiene tanto los ideales de los dueños de la tierra y del dinero que procura dar más dinero. Así es menester decir fuertemente, superar el patrón dólar también ayudaría a desarmar la narrativa neofascista que acecha a la humanidad.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en email




En Chile –y en Croacia– ¡El fascismo será derrotado de nuevo!



En Chile –y en Croacia– ¡El fascismo será derrotado de nuevo!

Srećko Horvat *

Es probable que si Gabriel Boric hubiera nacido en Croacia en el año 1986, probablemente hoy se llamaría Borić.Habría nacido, en realidad, en la Yugoslavia socialista, un país que se construyó gracias a una revolución social en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y del fascismo en toda Europa. Es además, un país que se derrumbó brutalmente en los años 90 dejando un desierto creado por la promesa del «capitalismo occidental» –políticas económicas fracasadas y élites corruptas dispuestas a vender la infraestructura social y los recursos naturales, liderando una guerra contra la clase trabajadora y la propia naturaleza durante los últimos 30 años carentes de gloria.

Por lo que sé –y conste que no conozco personalmente a Gabriel Boric– su familia emigró a Chile desde la isla croata de Ugljan en el siglo XIX. No conozco su historia familiar,  pero si sé que la mayoría de los croatas que emigraron en el siglo XIX y XX lo hicieron por hambre y/o por razones económicas. Vivir en una isla croata, que suelen ser espacios aislados, en aquellos tiempos era ciertamente difícil –y lo sigue siendo–. Hablo y escribo de esto porque lo sé muy bien, una de las razones es que vivo la mayor parte del tiempo en una isla croata.

Si la familia de Boric no hubiera emigrado a Chile en aquellos tiempos, quién sabe, tal vez habría nacido en la Yugoslavia socialista –como he dicho al inicio de este texto-– De ser así, no estaría cerca de convertirse en presidente de Chile, país donde nació la ideología neoliberal que destruyó a Yugoslavia. Por supuesto, fue destruida por una combinación de intereses occidentales, política económica neoliberal y nacionalismo. Pero esa es otra historia.

Lo que sería interesante es comparar  a Chile y Yugoslavia en los años 70 como una suerte de contraste con la actualidad. También sería interesante que alguien en Chile visitara Ugljan, para ver de dónde viene Boric, una isla que está cerca del continente croata pero que se caracteriza por las típicas condiciones duras del Mediterráneo: mucho sol y mucha piedra. Sería aún más interesante ver cómo el experimento yugoslavo de la autogestión, la democracia obrera y el Movimiento de los No-Alineados podría ser útil no sólo en nuestro desierto del post-socialismo, sino en el Chile actual.

La primera vez que escuché el nombre de Gabriel Boric fue hace unos 10 años. Unos años antes, en Croacia tuvimos una movilización masiva de estudiantes –incluyendo bloqueos de facultades y universidades– que querían impedir la privatización de la educación. Nuestra exigencia era que la educación –como herencia de la Yugoslavia socialista, al igual que la asistencia sanitaria gratuita o la vivienda social– tenía que seguir siendo gratuita.

Luego, en 2011, cuando un nuevo movimiento social en Croacia ya estaba en pleno apogeo, me enteré de las protestas en Chile, que fueron una inspiración y una prueba de que la lucha por la buena causa no conoce fronteras, y que nuestros países tienen mucho más en común de lo que solemos pensar.

Si la izquierda quiere ser hoy radical e inventiva, con un poder transformador para cambiar las relaciones y condiciones socioeconómicas de una sociedad, sin el miedo al compromiso y a la derrota, no puede avergonzarse de su pasado comunista –pero también debe construir, como el propio Marx nos advirtió, una «poesía del futuro». Esto significa ir más allá del desafío tanto del extrativismo (tan común en la izquierda latinoamericana) como de la expansión que caracteriza al capitalismo, reinventando tanto los conocimientos autóctonos como los experimentos socialistas desde Chile hasta Yugoslavia, desarrollando tanto el internacionalismo radical como la autogestión, es decir, la democracia económica donde es precisamente la clase obrera la que influye en la dirección que tomará la sociedad.

El fascismo y el pinochetismo no están simplemente renaciendo, porque nunca murieron en primer lugar. Pero desde Croacia hasta Chile, el fascismo será derrotado de nuevo. Hay un nuevo viento en el horizonte, un viento que ha creado nuevos movimientos conscientes del pasado y dispuestos a construir un futuro diferente y mejor.

En 2021, la capital de Croacia, Zagreb, por primera vez desde el colapso de la Yugoslavia socialista, tuvo un alcalde de izquierdas: Tomislav Tomašević. Tal vez no sea un gran paso para la humanidad, pero sin duda es un salto gigantesco para los Balcanes post-socialistas en los que sólo gobernaron las élites nacionalistas y capitalistas durante los últimos 30 años y destruyeron nuestros países. Esperemos que el 2021 sea también un buen año para Chile. Y tiene que empezar con Boric.

¿Será un camino fácil para Boric y la izquierda en Chile? Por supuesto que no. Por el contrario, será difícil, como escalar una alta montaña llena de peligrosos desafíos o viajar por el vasto océano desde una pequeña isla croata hasta Chile y construir un futuro a partir de condiciones muy nefastas.

Pero ciertamente no es la primera vez, ni tampoco la última, para la familia Borić.

* Srećko Horvat, filósofo croata y miembro de la Internacional Progresista, último libro publicado en español «Después del apocalipsis»

 

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email




El movimiento conservador de la década de los treinta



El movimiento conservador de la década de los treinta

Javier Sainz Paz

El actual resurgimiento del anticomunismo en el mundo y que, en México, segmentos del Partido Acción Nacional han decidió blandir, obliga a cavilar el modo en el que el movimiento conservador ha participado en diferentes coyunturas. El presente ensayo propone algunas notas sobre la manera en que el movimiento conservador participó en la década de 1930, el cual no sólo incidió por medio de la vía armada, sino a través de medios impresos que tenían por objetivo instaurar narrativas en el espacio público, en un contexto atravesado por gobiernos muy diferentes, los procedentes del Maximato y el de Lázaro Cárdenas, pero que a los ojos e imaginación del conservadurismo encarnaban la misma amenaza: el comunismo.

Para tratar de hacer un mapa de las tendencias conservadoras de la década de los treinta podemos acudir al recorrido de la actividad política católica que hizo Manuel Ceballos a partir de la encíclica “Rerum Novarum” de 1891. Dicha encíclica cobra relevancia por haber alentado la participación y movilización de los católicos frente a la denominada «cuestión social», problema por el que los católicos de finales del siglo XIX y de principios del XX normaron sus actividades no sólo espirituales, sino sus actividades caritativas. En dicho estudio, Ceballos da cuenta de la existencia de cuatro ramas: tradicionalistas, liberales, católicos sociales y demócratas cristianos[1]. No es mi propósito reconstruir todo el recorrido de estas tendencias político-ideológicas, sino presentar algunos trazos de su participación en el espacio público.

En 1925, en el debate por la cultura revolucionaria,[2] –que implicó una lucha de tendencias alrededor del nacionalismo, en tanto mediación capaz de impulsar una “ingeniería social” que pudiera integrar en su seno a las diferentes expresiones, a la vez que castigara aquellas que se opusieran– el conservadurismo mexicano se integró a raíz de las declaraciones del episcopado y del arzobispo José Mora y del Río, mismas que provocaron que Plutarco Elías Calles decretara “la deportación de sacerdotes extranjeros, [la] clausur[a de] conventos, seculariz[ar] la educación, [el registro] ante las autoridades de todos los ministros, con el fin de regular su «conducta profesional»”.[3] Tras ello, varios líderes católicos se organizaron en la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) la cual decidió actuar incluso por la vía armada. El episcopado mexicano en un inicio apoyó a la LNDLR, aunque no abiertamente, debido a la orden girada directamente desde el vaticano de apartarse de toda clase de partido político.[4] En 1929, con la llegada de Emilio Portes Gil, se logró un acuerdo parcial y se reanudó el culto en los templos católicos, dando fin a tres años de lucha armada, pero no a las divisiones internas entre los cristeros. Como expresa Jean Meyer:

en el momento en que la Liga se descompone, algunos hombres trabajan en la clandestinidad, tomando ejemplo a la vez del secreto masónico y de la organización en células de los partidos comunistas. Estas “legiones” se forman entre 1932 y 1934 ––1934 es la fecha oficial de su fundación––, basándose, con frecuencia, en el movimiento de juventudes de las Congregaciones Marianas, controlado por Antonio Santa Cruz. Las legiones pasan de Guadalajara a México, y de ahí a Querétaro y a Morelos (1935). El joven Salvador Abascal milita en una de las diez legiones de Morelia.[5]

Entre los grupos que existieron se cuenta a la Organización, Cooperación, Acción (OCA), también conocida como “La Base”, la Unión Nacional Sinarquista (UNS), entre otros. Si bien la UNS adquirió al final de la década de los treinta una gran relevancia debido a su capacidad de convocatoria, al inicio de la década no fue así; aquel movimiento conservador tradicionalista se movió en la clandestinidad, realizando algunos levantamientos armados, tratando de gestar organizaciones obreras y campesinas, pero sin lograr grandes avances.

Para 1932 ninguno de los grupos conservadores en pugna estaba satisfecho con el cese a las armas acordado en 1929, sobre todo porque las medidas del gobierno siguieron recrudeciéndose, como sucedió a inicios de 1932 cuando el Congreso decretó que en la Ciudad de México sólo podía oficiar un sacerdote por cada cincuenta mil habitantes “lo que equivalía a un total de 24 sacerdotes para toda la ciudad”.[6]

La iglesia trató, sin suerte, de tomar cartas en el asunto, llegando incluso a involucrar el papa Pío XI, quien un 29 de septiembre de 1932 promulgó la encíclica Acerba Animi que “denunciaba la violación de los arreglos y demandaba su observancia nuevamente. [En ella…] criticaba al gobierno por violar el modus vivendi, especialmente en su intento por destruir a la Iglesia en la nueva ola de persecución que comenzó en 1931”.[7] Aquel llamado del papa, devino en la orden del Congreso de deportar al delegado político apostólico el 2 de octubre de 1932.[8]

Si consideramos al movimiento conservador como aquel que emana del movimiento tradicionalista, que en la década de los treinta se manifestó a través de la OCA, la Base y la UNS, podemos decir que el movimiento registra pocas expresiones culturales. Sin embargo, si vemos al movimiento conservador de manera más amplia, podemos observar que hay más expresiones culturales durante la década de las treinta, e incluso en los cuarenta, como lo es el periódico Sinarquismo, que cambiará su nombre a El Sinarquista a partir del octavo número.[9]

En 1932, a la par de estos debates, sucedió otra coyuntura que le interesaba a todos los segmentos del movimiento conservador: la reforma al artículo tercero de la Constitución que daba el carácter de socialista a la educación. Dicha polémica debe ser leída junto con la que se desató en torno a la revista Examen, en donde la intención de los grupos conservadores al golpear a la publicación era cuestionar a Narciso Bassols –pues querían anular su posible candidatura a las elecciones presidenciales de 1934– y hacerlo responsable de ella, debido a que los miembros del consejo editorial eran trabajadores de la Secretaría de Educación Pública que estaba a su cargo. Lo curioso es que varios de los ensayos que publicó la revista, dirigida por Jorge Cuesta, atacaban al nacionalismo y a los grupos que lo defendían. De esto podemos sacar dos conclusiones: 1) la revista Examen pertenecía al mismo espectro del ala conservadora, pero no tenía relación cercana con los grupos que estaban enfrentando de manera armada o clandestina al gobierno. 2) Los sectores que atacaron a Bassols no tuvieron consideración en golpear colateralmente a un grupo que era cercano a sus posiciones, de manera que se puede ver pluralidad de las expresiones conservadoras y que éstas no estaban coordinadas unas con otras.

Acerca de los grupos de intelectuales conservadores, Beatriz Urías muestra que recurrieron “a la tradición política española para articular una crítica «moral» hacia el nuevo proyecto de sociedad, así como para redefinir la esencia de lo nacional desde un mestizaje dominado por el elemento hispánico, en oposición al indigenismo oficial, que exaltaba lo indígena”.[10] El hispanismo, aunque no era un nuevo punto de debate en el espacio público mexicano, en la década de los treinta, fue una perspectiva desde la cual el conservadurismo mexicano se insertó en el debate de la construcción de “lo mexicano”.

A partir del hispanismo, Urías muestra que los grupos conservadores hicieron la crítica al nacionalismo al presentar a la conquista española como detonante de una serie de acontecimientos “dolorosos pero necesarios para incorporar a la nación mexicana al camino «civilizatorio»”.[11]

Para la investigadora, dos fueron las coyunturas que “exacerbaron los ánimos del grupo de intelectuales hispanófilos, en abierto desacuerdo con las iniciativas del cardenismo: la suspensión de relaciones entre México y la España franquista y la llegada del exilio republicano”.[12]

Por otra parte, Urías considera que, si bien el “conservadurismo hispanófilo no fue una corriente homogénea, sí aglutinó un amplio espectro ideológico en el que es posible identificar propuestas que oscilaron entre la moderación y la intransigencia”,[13] en donde se pueden identificar tres tendencias: a) la tradicionalista, entre quienes es posible identificar a “Miguel Palomar y Vizcarra (1880-1968), Jesús Guiza y Acevedo (1900-1986), Salvador Abascal (1910-2000) y Salvador Borrego (1915). Se trata de individuos que sustentaban posturas organicistas, opuestas al individualismo liberal-democrático, que negaban la validez del contrato social y del sufragio, proponiendo instaurar en su lugar un orden basado en cuerpos intermedios que acotarían la esfera de acción del Estado”; b) una segunda cercana a los católicos sociales y demócratas cristianos; y c) una tercera que deseaba la transformación de la sociedad en el marco constitucional existente.[14] Es en éstas dos últimas donde podemos encontrar intelectuales que tuvieron un papel destacado en el espacio público de la década de 1930.

Aquellos cercanos a los católicos sociales y demócratas cristianos vieron “con recelo el fortalecimiento del Estado posrevolucionario y desde ahí defini[eron] las pautas de una moral tradicional anclada en la unidad espiritual y cultural de los pueblos de habla española”.[15] En este grupo la investigadora considera:

[a]l sacerdote Gabriel Méndez Plancarte (1905-1949), fundador de la revista Ábside; a abogados formados en la Escuela Libre de Derecho, como Manuel Herrera y Lasso (1890-1967), fundador del PAN; a escritores que fueron activos militantes de la hispanidad, como Nemesio García Naranjo (1883-1962), Alfonso Junco (1896-1974) e Ignacio Rubio Mañé (1904-1988), becario de los archivos de Madrid y General de Indias en Sevilla en 1946. También a José Fuentes Mares (1915c-1986), miembro del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid y de la Academia Mexicana de la Lengua; a periodistas, como José Elguero (1885-1939); a diplomáticos, como Carlos Pereyra (1871-1942). Y finalmente al pensador y político José Vasconcelos (1881-1959), cuyos postulados se acercan a los de los católicos sociales y los demócratas cristianos.[16]

Además, Urías considera que el grupo formado por aquellos que deseaban la transformación de la sociedad en el marco constitucional existente, estuvo integrado por “intelectuales y profesionistas que compartieron con los dos grupos anteriores ideas anticomunistas y antiestadounidenses, además de que algunos de ellos fueron también antifascistas”.[17] Entre ellos menciona a:

Luis Cabrera (1876-1954);[…] Antonio Caso (1883-1946); escritores, como Martín Luis Guzmán (1887-1977) y Jorge Cuesta (1903-1941). Un lugar importante corresponde a Manuel Gómez Morín (1897-1972), que […] a finales de la década de los treinta fundó el PAN, junto con Efraín González Luna (1889-1964).[18]

Como se puede observar hay una gran diversidad de posiciones y personalidades agrupadas en el movimiento conservador, lo que también se repite en las publicaciones impresas. Beatriz Urías presenta una gran gama de publicaciones:

Desde principios de los años veinte, esta diversidad de corrientes ideológicas —críticas hacia el Estado revolucionario y afines a la cultura española— circuló a través de una red de publicaciones periódicas, entre ellas El Heraldo de la Raza, América Española y Acción Española. Algunos de los autores mexicanos que escribieron para estas publicaciones lo hicieron también en revistas editadas en España, como La Gaceta Literaria (1927-1932) y Unión Iberoamericana (1932). En 1940 apareció en México el Boletín de Unidad para la Colonia Española, dirigido por José Castedo, que se convirtió en Hispanidad. Voz de España en América a partir del número 33 del mismo año. En la misma época, el conservadurismo hispanófilo hizo oír su voz en periódicos mexicanos como Excélsior, El Universal, El Hombre Libre, Omega, La Prensa, Últimas Noticias, Orden; en revistas como Lectura (Guiza y Acevedo), Ábside (Méndez Plancarte), La Nación (Gómez Morín), Panorama, Jerarquía y Unidad; y en libros publicados por las editoriales Polis (Guiza y Acevedo), Jus (Gómez Morín) y Tradición (Abascal).[19]

Así, la cantidad de publicaciones que podemos identificar dentro del campo conservador es copiosa, diversa y heterogénea, como lo fueron los grupos detrás de cada una de ellas.

Será hasta finales de la década de 1930 cuando el movimiento sinarquista cobre una especial relevancia, debido a su capacidad de movilización mostrada en algunas manifestaciones en varios puntos de la República Mexicana.[20]Entre el proceso de ascenso y dispersión del sinarquismo, el gobierno de Cárdenas, y luego el de Ávila Camacho, mantuvieron una relación de tensión y negociación con dicho movimiento.

Por otro lado, los grupos conservadores que buscaban realizar una transformación desde el orden constitucional encontraron más apertura en el espacio público durante el gobierno de Ávila Camacho que con el de Cárdenas, aunque dicha lógica se fue gestando desde 1938 a raíz de varias coyunturas que tuvieron que sortear el bloque nacionalista y la izquierda en esos años.

Como se puede apreciar, las ramas del movimiento conservador son amplias y con diferentes modos de operación. El presente ensayo apenas trazó algunas líneas y coyunturas en las que se muestra que las tendencias conservadoras opusieron al nacionalismo un hispanismo que reprodujo una retórica que abonó a la superioridad de ciertos grupos sociales, acotar la esfera de acción del Estado, así como la construcción de un enemigo que pretendía destruir las “tradiciones”. Si bien no son los mismos actores, en la actualidad de nuevo podemos encontrar estas dos visiones contrapuestas, pero, así como antes, dichos polos no pueden identificarse con un sólo partido o grupo, sino que intervienen una gran cantidad de sujetos que realizan diversas actividades político-culturales.

El nacionalismo, en tanto mediación, si bien oculta una serie ejercicios de dominación en contra de grupos sociales, es mucho más que ello, pues también ha sido un medio de rearticulación el Estado y la sociedad civil para la construcción de una hegemonía capaz de hacerle frente a la desigualdad social de las mayorías. Sin embargo, el hispanismo del conservadurismo, el de ayer y el de hoy, es una entidad que construye subjetividades irracionales, aquellas que tomaron forma en el fascismo y que siguen amenazando y desinformando hasta el día de hoy.

Bibliografía.

Ceballos Ramírez, Manuel. El catolicismo social: un tercero en discordia. México, COLMEX, 1991. Apple Books.

Díaz Arciniega, Víctor. Querella por la cultura “revolucionaria” (1925). 2ª. ed. México, FCE, 2010.

Hernández García de León, Héctor. El conflicto entre la Iglesia y el Estado, 1928-1934. México, Miguel Ángel Porrúa/Universidad Ibeoroamericana, 2004.

Meyer, Jean. El Sinarquismo, el Cardenismo y la Iglesia. México, Tusquets, 200

Serrano Álvarez, Pablo, “El sinarquismo en el bajío mexicano, 1934-1951. Historia de un movimiento social regional” en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México. s, v. 14, 1991. [https://moderna.historicas.unam.mx/index.php/ehm/article/view/68856/68866]

Urías, Beatriz. “Una pasión antirrevolucionaria: el conservadurismo hispanófilo mexicano (1920-1960)” en Revista Mexicana de Sociología, diciembre 2010., vol.72, n.4, pp.599-628.

 

[1] Manuel Ceballos Ramírez. El catolicismo social: un tercero en discordia. México, COLMEX, 1991. Apple Books.

[2] Véase: Víctor Díaz Arciniega. Querella por la cultura “revolucionaria” (1925). 2ª. ed. México, FCE, 2010.

[3] Héctor Hernández García de León. El conflicto entre la Iglesia y el Estado, 1928-1934. México, Miguel Ángel Porrúa/Universidad Ibeoroamericana, 2004. p. 17.

[4] Ibid. p. 19.

[5] Jean Meyer. El Sinarquismo, el Cardenismo y la Iglesia. México, Tusquets, 2003, p.49.

[6] Hernández García de León. op. cit. p. 38.

[7] Ibid. p. 39.

[8] Loc. cit.

[9] Jean Meyer. El Sinarquismo, el Cardenismo y la Iglesia. Tusquets, 2003, p.50.

[10] Beatriz Urías, “Una pasión antirrevolucionaria: el conservadurismo hispanófilo mexicano (1920-1960)” en Revista Mexicana de Sociología, diciembre 2010, p. 601.

[11] Beatríz Urías, “Una pasión antirrevolucionaria: el conservadurismo hispanófilo mexicano (1920-1960)” en Revista Mexicana de Sociología, diciembre 2010, p. 607.

[12] Loc. cit.

[13] Ibid. p. 608.

[14] Ibid. p. 608-610.

[15] Ibid, p. 609.

[16] Loc. cit.

[17] Loc. cit.

[18] Ibid,p. 610.

[19] Ibid,p. 611.

[20] Véase: Pablo Serrano Álvarez, “El sinarquismo en el bajío mexicano, 1934-1951. Historia de un movimiento social regional” en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México. s, v. 14, 1991. [https://moderna.historicas.unam.mx/index.php/ehm/article/view/68856/68866]

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en email




Nicos Poulantzas y la teoría política del fascismo: 50 años después




Compartir en facebook
Compartir en twitter

Nicos Poulantzas y la teoría política del fascismo: 50 años después

Danilo E. Martuscelli

I. Introducción.

En 2020, la publicación de la primera edición de la obra Fascisme et dictadure: La IIIe Internationale face au fascisme (de ahora en adelante: Fascismo y dictadura), de Nicos Poulantzas, cumple 50 años.[i] Se trata de un libro orientado teóricamente por el marxismo y que puede caracterizarse como una de las obras clásicas sobre el fenómeno del fascismo, por su rigor analítico, su originalidad y su repercusión en el debate intelectual y político internacional.

A diferencia de los estudios y discusiones pioneros que abordaron el tema del fascismo en el calor de los acontecimientos, Poulantzas acomete un análisis post factum de este fenómeno, es decir, emprende un estudio con considerable distancia histórica de las experiencias concretas más emblemáticas del fascismo: la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, lo que le permitió: a) articular analíticamente las causas, dinámicas y resultados del proceso de consolidación de esta experiencia; b) observar la relación y el desfase entre las dimensiones económica, ideológica y político-estatal para abordar el proceso de crisis correspondiente a este fenómeno; c) abordar el papel de las clases y fracciones de clase en este proceso, guiado por una problemática teórica que analiza las clases sociales en sus dimensiones económica, política e ideológica; d) así como debatir un conjunto de reflexiones producidas sobre el tema, por intelectuales marxistas y no marxistas, en los 25 años posteriores a la derrota política del fascismo en la 2ª. Guerra Mundial.

Como el tema del fascismo está ganando cada vez más espacio en los debates públicos actuales con la aparición de movimientos y gobiernos de extrema derecha en diversas partes del mundo, como sucede con el gobierno Bolsonaro en Brasil, es oportuno llevar a cabo una evaluación crítica de las tesis expuestas por Nicos Poulantzas en la obra Fascismo y dictadura. En este sentido, proponemos enfatizar en este artículo la discusión sobre los alcances y límites de este trabajo como teoría política del fascismo, lo que implica tomar en consideración los siguientes aspectos: a) la relación entre teoría política e historia y su contribución a la elaboración de una periodización política del fascismo; y b) la caracterización del fascismo como una forma de régimen específico del “Estado capitalista de excepción”, es decir, como régimen político dictatorial particular inscrito en el desarrollo mismo del Estado capitalista.

II. Teoría política e historia: la periodización política del fascismo.

Uno de los principales objetos de análisis de la obra Fascismo y Dictadura son las tesis sobre el fascismo aprobadas en el ámbito de la III Internacional (IC), entidad que aglutinó a organizaciones y partidos comunistas de diversas partes del mundo. Es de la evaluación crítica de estas tesis y sus variaciones tácticas y estratégicas en el contexto de las décadas de 1920 y 1930, que Poulantzas concluirá que la concepción economicista del fascismo, defendida por la III Internacional, contribuyó al desarme político e ideológico del movimiento obrero y comunista internacional en esta coyuntura histórica por estar marcada por la “ausencia de una línea de masas” y por el “abandono del internacionalismo proletario”, elementos considerados relevantes para la efectividad política de la lucha de los comunistas contra el fascismo.

Sin embargo, Poulantzas no prioriza en su análisis la discusión de la estrategia política y la efectividad de una determinada línea política a ser adoptada por los comunistas contra el fascismo, ni considera que los factores subjetivos que involucran la táctica política y la estrategia de los comunistas, considerados aisladamente, explican las dificultades de la lucha antifascista de las décadas de 1920 y 1940. La estrategia y la eficacia políticas se conciben más como resultado que como punto de partida para su caracterización del fascismo. A lo largo de su obra, Poulantzas se dedica a refutar, incorporar y asimilar críticamente un amplio abanico de estudios y reflexiones sobre el fascismo, guiados por diferentes cuestiones teóricas y políticas.

Así, su principal contribución al examen del fascismo constituirá el campo de la teoría política, un lugar desde el cual moviliza y articula una serie de nociones y conceptos, tales como: forma de Estado, forma de régimen, bloque en el poder, escena política, dictadura, democracia, clases y fracciones de clase, fracción hegemónica, fracción reinante, clase poseedora del aparato estatal, aparatos estatales represivo e ideológicos, hegemonía y crisis de hegemonía, etc.; y formula, de manera original, el concepto de fascismo como una “manera particular de régimen de la forma de un Estado capitalista de excepción”. Por tanto, es posible coincidir con Jessop (1985),[ii] cuando afirma que Fascismo y dictadura contiene reflexiones sobre estrategia y teoría política, pero consideramos que es la teoría política del fascismo la que ocupa el lugar primordial en este trabajo y orienta el conjunto de sus análisis.[iii]

Para comprender mejor la originalidad de la obra de Poulantzas, es necesario distanciarnos de algunas posibilidades de interpretación de su obra que toman lo secundario como principal. En esta perspectiva, consideramos que el libro Fascismo y dictadura no se puede enmarcar como obra historiográfica. El propio Poulantzas ya nos había advertido sobre este tema. De hecho, la obra contiene análisis concretos de los casos de los fascismos alemán e italiano, pero, como observa el autor, dichos análisis se toman fundamentalmente como ilustraciones históricas del objeto de investigación:

(…) no se trata aquí de un estudio historiográfico de los fascismos alemán e italiano, sino un estudio de teoría política, e, indudablemente, este estudio no puede hacerse más que a través de una investigación histórica a fondo. Pero ni el tratamiento del material, ni sobre todo el orden de exposición pueden ser los mismos en los dos casos. En la circunstancia presente, he tratado de despejar los rasgos esenciales del fascismo como fenómeno político específico: los “acontecimientos” históricos y los detalles concretos no se consideran aquí más que en la medida en que permiten ilustrar oportunamente el objeto de la investigación (POULANTZAS, 1976, p. 3).

No se trata de dudar de la necesidad de profundizar el debate historiográfico sobre el tema, señalando sus límites y alcances, pero a diferencia de la crítica historiográfica realizada por Caplan (1977) a la interpretación del fascismo realizada por Poulantzas, para los propósitos de este artículo, consideramos más apropiado abordar lo que es central en su obra: la teoría política del fascismo. Con eso, se hace oportuno debatir inicialmente dos aspectos centrales de su libro que se relacionan con la construcción de su teoría política y la historia. Nos referimos a la crítica al historicismo y la periodización política del fascismo.

En general, los análisis historicistas tienden a crear una relación de identidad entre concepto y hecho histórico y a considerar que la validez del concepto de fascismo está asociada al tiempo y lugar en el que fue producido.[iv] Es contra tal tendencia que Poulantzas se pronuncia en el examen del fascismo. Para él, el fascismo no es un fenómeno que se remonta solo a las décadas de 1920 y 1940 ni se circunscribe geográficamente a dos formaciones sociales europeas o capitalistas centrales. Como una de las formas de régimen del “Estado capitalista de excepción”, el fascismo se presenta como un hecho histórico que puede manifestarse en contextos históricos diferentes al original, como sucede también con el bonapartismo y las dictaduras militares.

Al parafrasear a Horkheimer, señala que los que no hablan de capitalismo, deben callarse sobre el fascismo; Poulantzas (1976, p. 7) sostiene que: “(…) es el que no quiere hablar de imperialismo quien debería también callarse en lo que al fascismo se refiere”. Y agrega: “el fascismo (…) se sitúa en la etapa imperialista del capitalismo”. Por tanto, el fascismo se caracteriza como un fenómeno histórico propio de la etapa imperialista del capitalismo, más especialmente de sus situaciones de crisis, no habiendo surgido en épocas históricas anteriores. Esto no lo lleva a concluir que cualquier crisis imperialista necesariamente derivaría en el surgimiento del fascismo, ya que tal fenómeno se manifiesta concretamente como uno de los posibles resultados –ni únicos ni inevitables– del proceso de crisis del imperialismo. Tal afirmación puede ser válida, tanto para comprender el contexto del propio fascismo original, como para entender las posibilidades de resurgimiento de este fenómeno en épocas posteriores, alejando así el análisis de Poulantzas de una visión historicista que confinaría al fascismo a un período histórico particular.

En cuanto a la periodización política, que sólo se puede hacer de manera consistente, post factum, Poulantzas retoma las discusiones presentes en la obra Pouvoir politique et classes sociales (de ahora en adelante: Poder político y clases sociales), publicada en 1968, especialmente las relacionadas con la teoría del bloque en el poder para aplicarla a análisis político del fascismo.[v] Esto se puede ver en la forma en que moviliza los conceptos de fracción hegemónica, cuyos intereses predominan ante la política de Estado sobre los de las demás fracciones que integran el bloque en el poder; fracción reinante, cuyos intereses reinan en el ámbito de la escena política y ejercen un dominio ideológico sobre todas las clases sociales; y la clase poosedora del aparato estatal, una clase que ocupa lo cumbre del Estado. Además, la periodización política del proceso de fascistización propuesta por Poulantzas toma en cuenta los cambios que se producen en estos tres niveles como resultado de las luchas entre clases y fracciones de clases.

En el análisis de Poulantzas, los casos concretos de los fascismos alemán e italiano están vinculados a la transición del capitalismo competitivo al capitalismo monopolista, pero, como señala: “(…) el fascismo no es en absoluto un fenómeno exclusivamente ligado a este ‘período’”, porque corresponde al fenómeno general de las crisis políticas, producto de las luchas de clases en una coyuntura dada y que “pueden muy bien surgir en períodos diferentes” (POULANTZAS, 1976, p. 52)

Para estos mismos casos concretos, el autor observa una cierta dinámica política que avanza a través de los siguientes pasos:

  1. a) Uno de los principales factores que crea las condiciones para el surgimiento del proceso de fascistización es la derrota estratégica de la clase obrera y las masas populares tras el enfrentamiento con las clases dominantes en un proceso de ofensiva política, como fueron los casos de las experiencias revolucionarias que fracasaron en el Alemania, en 1918-1919, e Italia, en 1919-1920.
  2. b) Lo que se observa, a continuación, es un proceso en el que la burguesía se coloca en la ofensiva política y que corresponde a un “proceso de politización declarada de la lucha de clases del lado del bloque en el poder” (POULANTZAS, 1976, p. 72), pero tal ofensiva se da en un contexto de crisis de hegemonía que afecta la organización del bloque en el poder y permite el surgimiento de una fuerza social (la pequeña burguesía) que se presenta en la escena política de manera organizada en un partido de masas: el partido fascista. Poulantzas señala aquí un punto esencial para entender el fenómeno del fascismo, es decir, el proceso de fascistización está profundamente ligado a la existencia de una base social de masas organizada y movilizada.
  3. c) Esta situación se prolonga hasta el “punto de no retorno” o “irreversibilidad”, que se caracteriza como tal porque coincide con la realización de la alianza entre la pequeña burguesía organizada en el partido fascista y el gran capital monopolista que confisca la revuelta pequeñoburguesa y comienza a dirigirla políticamente, garantizando así las condiciones para la llegada del fascismo al poder.
  4. d) En el primer período del fascismo en el poder, la pequeña burguesía se consolida como clase reinante, debido a los fuertes lazos de esta fracción con el partido fascista y la presencia masiva de este partido en la escena política, y comienza a convertirse en la clase mantenedora del aparato de Estado, ubicándose en los principales puestos del alto escalón del Estado. El gran capital monopolista, en cambio, se proyecta como la fracción hegemónica del bloque en el poder, pues el Estado fascista comienza a cumplir la función de priorizar sus intereses materiales, poner fin a la crisis hegemónica, así como neutralizar las contradicciones entre la nueva fracción hegemónica y las otras fracciones dominantes.
  5. e) En la última etapa que corresponde a la estabilización del fascismo en el poder, el gran capital monopolista se erige como fracción hegemónica y desplaza a la pequeña burguesía de la condición de fracción reinante en la escena política, al traspasar la capacidad real de gobierno a la policía política y subordinar el partido fascista a la burocracia estatal.

Si bien hay que considerar que la periodización política propuesta por Poulantzas toma como referencia el fascismo originario constituido como forma de régimen, llama la atención la sofisticada manera en que aborda el proceso político, sus diferentes dimensiones y las conecta con las luchas entre clases y fracciones de clase. De esta periodización política es posible extraer algunas conclusiones que pueden orientar el análisis del ascenso y consolidación del fascismo en diferentes períodos históricos:

La primera es que el ascenso político del fascismo es precedido por un proceso de derrota estratégica de los movimientos obreros y populares. Es decir, el auge del movimiento fascista está ligado a una situación en la que los movimientos obreros y populares se encuentran a la defensiva después de haber pasado por sucesivas derrotas políticas. Esta tesis se enfrenta a una serie de análisis que buscaban identificar la emergencia del fascismo como respuesta a la ofensiva del movimiento socialista, como si la disyuntiva socialismo o fascismo estuviera a la orden del día.

La segunda es que el fascismo surge en una coyuntura de crisis política, o mejor dicho, una coyuntura de crisis de hegemonía, resultante de una acumulación de contradicciones, que incide en la organización del poder político, es decir, ninguna de las fracciones dominantes logran imponer dirección política al bloque en el poder, provocando una oscilación de una situación de inestabilidad a otra de incapacidad hegemónica; en cuanto a la escena política, se observa una crisis de representación política que afecta la relación entre las fracciones de la clase dominante y sus organizaciones/partidos tradicionales, que se desplazan al pasillo de la escena política, para referirse a una metáfora teatral. En esta etapa, el conjunto del bloque en el poder se coloca en la ofensiva política contra los trabajadores: “(…) la lucha política del bloque en el poder contra las masas populares ocupa el lugar dominante respecto de la lucha económica” (POULANTZAS, 1976, p. 72). Nuevamente, Poulantzas busca complejizar el análisis del fascismo, distanciándose de interpretaciones de este fenómeno que tendían a ocultar o secundar las diferencias entre democracia liberal y fascismo al considerarlos como regímenes representativos del gran capital.

La tercera conclusión, que podemos sacar de este análisis, es que la combinación de derrota estratégica de las clases populares, crisis de hegemonía política en el seno del bloque en el poder y crisis de representación política de las clases dominantes (crisis de los partidos tradicionales), deja espacio para la constitución de la pequeña burguesía como fuerza social organizada en forma de partido de masas. La pequeña burguesía, que ocupa una posición intermedia entre las dos clases sociales fundamentales, se convierte en la principal base social o fuerza motriz del movimiento fascista.

La cuarta conclusión es que la alianza de la pequeña burguesía con la fracción dominante que pretende elevarse a la condición de fracción hegemónica en el bloque en el poder, es fundamental para consolidar el fascismo en el poder. Esto significa que la base social del fascismo, que se origina principalmente en la masa de la pequeña burguesía, ahora está siendo políticamente impulsada por los intereses del gran capital monopolista, que guía la revuelta pequeñoburguesa hacia sus fines políticos, y esto permite que el fascismo se instale en el poder. O, para ser más precisos, la llegada del fascismo al poder está ligada a un proceso de redefinición de la hegemonía política en el seno del bloque en el poder y la ruptura institucional que se materializa con la constitución de una nueva rama del aparato estatal como rama dominante, en términos de capacidad de gobierno: la rama de la policía política.

La quinta conclusión es que el fascismo se constituye como un régimen político dictatorial que cuenta con una base social de masas organizada y movilizada, que se diferencia tanto del carácter predominantemente tecnocrático de las dictaduras militares que evitan la politización de las masas y tienden a contar con apoyo masivo esporádico al implementar el nuevo régimen; en cuanto a las dictaduras bonapartistas que tienen una base social de masas, pero cuyo apoyo se hace pasivamente sin convertirse en una fuerza social organizada y movilizada en la escena política. Estas conclusiones sobre la comparación de las bases sociales de las dictaduras fascista, bonapartista y militar no son sistematizadas por Poulantzas en la obra Fascismo y dictadura. El autor solo aborda la existencia del partido fascista de masas como un aspecto definitorio del fascismo. Sin embargo, consideramos importante hacer estas adiciones, ya que las diferencias entre estos tres tipos de dictadura no se limitan a la configuración de una rama específica del aparato estatal como rama dominante, como sugiere Poulantzas: fascismo (policía política), bonapartismo (burocracia civil) y dictadura militar (Fuerzas Armadas). Consideramos que las distintas configuraciones de las bases sociales en los tres casos: bases organizadas y movilizadas en el fascismo, base que ofrece apoyo pasivo en el bonapartismo y apoyo esporádico en la dictadura militar, son también aspectos importantes para la definición de estos regímenes.[vi]

Finalmente, la sexta conclusión es que las funciones de la fracción hegemónica (¿quién ejerce el poder político? ¿O quién tiene sus intereses priorizados por el contenido de la política de Estado?), reinante (¿quién ejerce el dominio ideológico en la escena política? o, en caso específico del fascismo, ¿quién es el motor impulsor del movimiento de masas?) y poseedora del aparato estatal (¿quién gobierna?, o incluso, ¿a qué clase pertenecen los que ejecutan la política de Estado?) sufren transformaciones a lo largo del proceso de fascistización y la consolidación del fascismo, siendo ocupado por diferentes clases y fracciones de clase.

En vista de lo anterior, consideramos que esta herramienta teórica utilizada por Poulantzas para analizar el proceso de fascistización y la consolidación del fascismo se puede concebir como una herramienta importante para examinar los zigzags coyunturales propios de una crisis política, los lugares donde las diferentes clases y fracciones de la ocupación de clase en el proceso político y los impactos que los conflictos de clase tienen en la organización de las ramas del aparato estatal, el contenido de la política estatal y la escena política. En resumen, en cuanto a la periodización política, el estudio realizado por Poulantzas ofrece elementos para abordar el fenómeno del fascismo desde una perspectiva que no descuida las relaciones entre clases e instituciones estatales/políticas; entre Estado y economía; entre economía, política e ideología, ni ignora las diferencias entre las clases y fracciones de clase que ejercen el poder político (fracción hegemónica), constituyen la base social del fascismo (fracción reinante) y ejecutan la política de Estado (clase mantenedora del aparato estatal).

También enfatizamos que el análisis de Poulantzas no se limita a situar el fascismo en una fase específica del capitalismo (por ejemplo, la transición al capitalismo monopolista), ni a caracterizar el fascismo como un fenómeno típico de las formaciones sociales capitalistas imperialistas. Para él, el fascismo es un fenómeno político posible en el seno de los límites del tipo de Estado capitalista en la etapa imperialista del capitalismo. El enfoque de Poulantzas también no vincula el fascismo con un tipo específico de política económica y social (keynesiana, desarrollista, neoliberal etc.), o con una configuración interna específica del bloque en el poder. Este conjunto de elementos no es concebido por Poulantzas como aspectos fundamentales para la caracterización del fascismo. Dicho esto, vale la pena responder a la pregunta: ¿qué es el fascismo para Poulantzas?

III. El fascismo como «forma de régimen del Estado capitalista de excepción».

La caracterización del fascismo como una “forma de régimen del Estado capitalista de excepción” es el aspecto central original del análisis desarrollado en Fascismo y dictadura.[vii] En este trabajo, Poulantzas no se dedica al estudio de los tipos de Estado en general o el tipo de Estado capitalista en particular, sino que se centra en la discusión sobre la variación de las formas de Estado bajo las cuales se encuentra en su evolución el tipo histórico de Estado capitalista. En particular, aborda la forma de Estado capitalista de excepción y sus respectivas formas de régimen, lo que le lleva a prestar especial atención al examen del régimen fascista.

En este sentido, se puede decir que Poulantzas se refiere al concepto de forma del Estado para abordar dos dimensiones analíticas distintas. En una primera definición, la forma de Estado alude a las etapas históricas del desarrollo capitalista: el capitalismo competitivo que corresponde a la existencia de la forma estatal liberal y el capitalismo monopolista (imperialismo) que surge gracias a la presencia de la forma de Estado intervencionista. Para el autor, la forma de Estado intervencionista juega un papel importante en la transición del capitalismo competitivo al capitalismo monopolista, etapa que está marcada económicamente por la concentración y centralización del capital, por el surgimiento del capital financiero, resultado de la fusión de los capitales bancario y industrial, el predominio de las exportaciones de capital sobre el comercio de mercancías, la búsqueda incesante de los países imperialistas de colonias por razones fundamentalmente económicas, etc. A nivel general, los rasgos comunes de todas las experiencias que encajan en la forma de un Estado intervencionista serían los siguientes: “una recrudescencia del papel de los aparatos ideológicos y una merma de la autonomía relativa de estos aparatos, debidos a la dominación política masiva del capital monopolista” (POULANTZAS, 1976, p. 375). En este proceso de transición al capitalismo monopolista, Poulantzas entiende que hay, por tanto, un fortalecimiento del papel del Estado, que mitiga a partir de la 2ª. Guerra Mundial.

En esta primera definición, la forma de Estado se caracteriza por la relación que se establece entre lo económico y lo político, es decir, la forma de Estado intervencionista concierne, como su nombre indica, el papel intervencionista del Estado en la economía para garantizar los intereses del gran capital monopolista. En los casos alemán e italiano, Poulantzas considera que el refuerzo del papel intervencionista del Estado se puede ver en un proceso de creciente centralización política que corresponde a una “unidad nacional vacilante”: “(…) podría decirse en cierto modo que todo sucede como si Alemania e Italia hubieran saltado la forma del Estado liberal” (IBIDEM, pp. 28-29).

En términos generales, Poulantzas identifica dos formas de manifestar esta forma de Estado intervencionista: una que corresponde a la existencia de estabilidad política, en la que no se observa una crisis de hegemonía, lo que él llama forma «normal» de Estado capitalista; y otro que se configura en medio de un proceso de crisis de hegemonía, que lo lleva a caracterizarlo como una forma de Estado capitalista “de excepción”. Esta forma de Estado albergaría tres formas de régimen: fascista, bonapartista y militar.

Es precisamente la forma del Estado capitalista “de excepción” la que ganará centralidad en el análisis desarrollado en Fascismo y dictadura. A lo largo del libro, aunque ocasionalmente y en pasajes aislados, el autor utiliza otras nomenclaturas para caracterizarlo, como: “forma crítica del Estado” (POULANTZAS, 1976, p. 352) o “forma de crisis (… ) del Estado capitalista” (IBIDEM, p. 371). Se observa, por tanto, que esta forma de Estado está ligada a la existencia de una crisis política, no revolucionaria, que, en el caso del fascismo original, tiene tres características fundamentales ya mencionadas anteriormente: derrota estratégica y defensiva del movimiento obrero y popular, crisis de la hegemonía política en el seno del bloque en el poder y constitución de la pequeña burguesía como fuerza social (partido fascista). Aquí, la caracterización de la forma estatal se refiere a la autonomía relativa del Estado respecto al bloque en el poder y al gran capital monopolista, cuya hegemonía política busca establecer esta forma de Estado.

Así, si los conceptos de forma de Estado capitalista «liberal» o «intervencionista» aluden a la relación entre lo político y lo económico, los conceptos de Estado capitalista «normal» o «de excepción» se refieren a la relación entre Estado y las clases dominantes. Como la forma «de excepción» de Estado capitalista abarca una situación histórica de crisis de hegemonía, sería más apropiado tratarla como una «forma de crisis» del Estado capitalista que emplear la idea de «excepción» para caracterizarla, pero el límite de esta definición estaría en que la consolidación del fascismo corresponde al establecimiento de la hegemonía política del gran capital monopolista y, por tanto, a la superación de la situación de crisis de hegemonía. En otras palabras, la noción de forma de crisis correspondería más al proceso de fascistización que a la consolidación del fascismo, al fascismo establecido, constituyéndose como una noción sólo parcialmente válida y adecuada.

La crítica elaborada por Boukalas (2018) a la noción de “Estado de excepción”, formulada por el filósofo Giorgio Agamben, nos ayuda a problematizar la categoría de excepción concebida como algo opuesto o distinto a la norma, tal como lo utiliza Poulantzas: “Sin contenido, la norma es un corolario implícito de la excepción. Pero la excepción debe establecer su contenido en relación con la norma. Si la norma es vacía, entonces vacía es la excepción. ¿Cómo sabes cuál es cuál? » (BOUKALAS, 2018, p. 37). A los efectos de este artículo, cabe preguntarse: ¿cómo es posible describir una forma particular de Estado capitalista como excepcional, si Poulantzas no define o describe con rigor lo que constituye la normalidad? Como ya ha señalado Boito Jr. (s/f), ni la tipicidad de la democracia burguesa ni la excepcionalidad de la dictadura son caracterizadas por Poulantzas, argumento que solo refuerza la pertinencia de la analogía que hicimos con la crítica de Boukalas a Agamben.

Para abordar la especificidad de lo que Poulantzas llama el Estado capitalista “de excepción”, es oportuno no solo referirse a la idea de crisis política que corresponde a dicho Estado, sino que es más apropiado reemplazar la palabra excepción por dictadura. Tal operación analítica podría realizarse resumiendo las características del Estado capitalista, formulado en la obra Poder político y clases sociales. Por lo tanto, sería necesario señalar que, en el tipo de Estado capitalista, los miembros de todas las clases sociales son concebidos como individuos ciudadanos bajo el derecho civil. Si el tipo de Estado capitalista establece esta condición básica que lo distingue de otros tipos de Estado (esclavista o feudal) que, en el plan de los derechos civiles, dan un trato desigual a los socioeconómicamente desiguales, es posible distinguir dos formas principales de Estado capitalista: la democrática y la dictatorial. En la forma de un Estado capitalista democrática: la ciudadanía política está garantizada a los miembros de todas las clases sociales; ya en la forma de un Estado capitalista dictatorial, “la ciudadanía política se niega a miembros de todas las clases sociales” (SAES, 1987, p. 52).

En esta perspectiva, en la forma de un Estado capitalista democrática, el encubrimiento de los intereses de clase que representa el Estado, es producido por la ideología del pueblo-nación y garantizado por la burocracia estatal autonombrada (civil y militar) y por miembros de los poderes Ejecutivo y Legislativo, designados por todas las clases sociales a través del sufragio universal. En estas condiciones, los autonombrados y los representantes electos del pueblo-nación tienen una verdadera capacidad de gobierno, es decir, tienen la responsabilidad de implementar la política de Estado, responsabilidad que puede ser compartida de manera jerárquica o equilibrada entre el Ejecutivo y el Legislativo. Ya, en la forma de un Estado capitalista dictatorial, es la burocracia estatal autonombrada la que ostenta exclusivamente tal capacidad de gobierno, lo que implica otorgar al sufragio universal un papel nulo o significativamente secundario hasta el punto en que el Parlamento asume sólo un papel “decorativo” en relación con las acciones de la burocracia estatal.

Por tanto, la característica común a todas las formas de Estado capitalista dictatorial, que Poulantzas llama “de excepción”, está ligada al hecho de que la burocracia estatal asume exclusivamente la capacidad de decisión previamente atribuida constitucionalmente también a los órganos estatales constituidos por medio de sufragio universal. Poulantzas presenta algunas características generales de lo que él llama un Estado capitalista “de excepción”, que traducen bien lo que venimos diciendo hasta ahora. En relación a la ley, “(…) es la arbitrariedad la que reina” (POULANTZAS, 1976, p. 380). Como resultado, el Estado tiene ahora una cierta «libertad de acción» para reorganizar las relaciones de fuerzas. No hay límites “legalmente fijados”: “todo cae virtualmente en la esfera de la intervención estatal” (IBIDEM, p. 381). Además, hay una “suspensión del principio electoral”, producto de la crisis ideológica y la crisis de representación política que atraviesan los partidos burgueses tradicionales. Esto permite acentuar la burocratización y los mecanismos de cooptación y control de la designación de los miembros de la burocracia estatal, lo que no impide el uso de expedientes como plebiscitos o referendos para legitimar las acciones de esta burocracia.

Habiendo hecho estas observaciones sobre lo que preferimos llamar la forma de un Estado capitalista dictatorial, pasemos al tratamiento del fascismo como una forma de régimen específico y posible para esta forma de Estado. Como ya se mencionó, Poulantzas trabaja con la tesis de que la forma de Estado capitalista «de excepción» admite tres formas principales de régimen para las que también utiliza el término «excepción»: la dictadura fascista, la dictadura bonapartista y la dictadura militar. En su análisis, tales formas de régimen “no son fenómenos limitados en el tiempo” (POULANTZAS, 1972, p. 6),[viii] y pueden reaparecer en otros contextos históricos, aunque no tengan las mismas características que las formas originales:

En cuanto al propio fascismo, cuyo resurgimiento sigue siendo posible, no se debe creer tampoco que revestiría forzosamente, como tampoco el proceso de fascistización que a él condujera, formas idénticas a las del pasado. La historia no se repite jamás por completo. Una misma forma de régimen de excepción y una misma especie de crisis política presentan rasgos distintos, según los períodos históricos en lo seno de los cuales surgen (POULANTZAS, 1976, p. 425)

El punto en común de estas tres formas de régimen es la apropiación exclusiva de la capacidad gubernamental real por parte de la burocracia estatal, que Poulantzas (1976, p. 387) identifica como “burocratización’ pronunciada”. El aspecto fundamental para distinguirlos es lo que el autor denomina “la rama dominante del aparato estatal”. Para él, la diferencia entre las tres formas de régimen está en el predominio de la burocracia civil (dictadura bonapartista), el ejército (dictadura militar) y la policía política (fascismo) sobre el resto del aparato estatal, es decir, las formas de régimen “de excepción” (que llamamos dictatorial) corresponden a un nuevo ordenamiento de las relaciones que se establecen entre las ramas del aparato estatal. Debido a que el establecimiento de estas formas de régimen implica efectivamente una ruptura institucional con la forma de régimen democrático, en el marco del tipo de Estado capitalista se establecerá una nueva jerarquía entre las ramas del aparato estatal, expresando así un proceso de emergencia de una nueva fracción hegemónica en el bloque en el poder.

En este sentido, Poulantzas establece una relación de correspondencia entre ruptura institucional, nueva jerarquía de ramas del aparato estatal y redefinición de la hegemonía política en el bloque en el poder. Si bien tales formas de régimen no pueden definirse mediante una caracterización particular del bloque en el poder y la fracción hegemónica, es posible decir que los procesos de instauración de estos regímenes están asociados a una crisis política (crisis de hegemonía) – proceso de fascistización -– y a una redefinición de esta hegemonía: la consolidación del fascismo en el poder. En el caso específico del fascismo, es posible añadir la existencia de una base social de masa organizada y movilizada que se constituye en fracción autónoma en la escena política y apoya el régimen fascista, lo que la distingue de las bases sociales típicas de la dictadura bonapartista (apoyo pasivo) y de la dictadura militar (apoyo esporádico)

Poulantzas también distingue la primera fase del régimen fascista de la fase del régimen establecido. Así, señala que son fuerzas exógenas al aparato estatal que llega a dominar las ramas de este aparato, ejerciendo simultáneamente las funciones represiva e ideológica. En la primera fase del régimen fascista, es el partido fascista el que asume este papel dominante e invade “desde fuera” el aparato represivo (POULANTZAS, 1976, p. 392). La diferencia de la forma de régimen fascista, en relación con otras formas de régimen dictatorial, es precisamente la movilización permanente de las masas populares que el partido fascista busca impulsar primero desde fuera y luego en el seno del aparato estatal. Si bien existen contradicciones entre el partido fascista y los poderes del aparato del Estado, su acceso al poder también se debe a la connivencia de dichos poderes en principio, ya que, luego, con el régimen establecido, el partido fascista se subordina al aparato estatal, sin fusionarse con él.

Para Poulantzas, la ideología fascista que guía la acción del partido fascista como partido de masas, atiende, en un proceso de “adaptación-torsión de la ideología burguesa”, a las aspiraciones de la pequeña burguesía. Si bien tales aspiraciones contienen aspectos genéricamente anticapitalistas de crítica a la “gran riqueza”, los monopolios, los bancos y lo capital de préstamo, al analizar la ideología fascista, el autor destaca una serie de características que pueden concebirse como síntoma de la presencia del principio del burocratismo en la forma de ideología del pueblo-nación. Es decir, la ideología fascista lejos de contradecir el efecto de representación de la unidad que produce el principio del burocratismo propio del Estado capitalista, se presenta como una de sus posibles formas de manifestación, sobre todo si consideramos parte de los aspectos destacados por Poulantzas que constituyen esta ideología, tales como: estadolatría o “culto al Estado”, que corresponde al “fetichismo del poder” sostenido por la pequeña burguesía, expresándose también a través del “culto al jefe” y la defensa de una “autoridad jerárquica”; el “culto a lo ‘arbitrario’” que concibe las reglas legales como orden del jefe, lo que permite resaltar la “ideología moral” que se ancla en las nociones de “honor y deber”; el elitismo y el racismo antisemita; el nacionalismo asociado con el “culto exacerbado de la entidad mística que es la ‘nación’”; el militarismo que combina nacionalismo, autoritarismo, jerarquía y culto al jefe; y el corporativismo, que se caracteriza por ser una forma de asegurar la participación política de la pequeña burguesía en el proceso político a través del Estado.

En esta perspectiva, la ideología fascista puede ser tratada simultáneamente como una expresión de las aspiraciones de la pequeña burguesía, de ahí una de las posibles explicaciones del carácter de masas del movimiento fascista, y como una forma de manifestación específica de la ideología del pueblo-nación. No es casual, por tanto, que el partido fascista consiguiera, en un principio, acomodarse al aparato estatal, a medida que se desarrolla el proceso de fascistización del llamado aparato represivo. Con la instauración del fascismo, ese mismo partido fascista comenzará a posicionarse de manera subordinada en el aparato estatal y a servir los intereses de la nueva fracción hegemónica del bloque en el poder: el gran capital monopolista. Con la consolidación del régimen fascista, es la policía política la que se convierte en la rama dominante y asume el control del proceso de toma de decisiones del estado. ¿Qué caracteriza a esta policía política?

La policía política se define como la rama dominante del aparato estatal, pero está directamente sujeta a la voluntad del jefe supremo. Asume gradualmente un dominio ilimitado de intervención sobre las principales ramas del aparato estatal y el contenido de la política estatal, traducido en el control de la seguridad, la administración y las actividades militares. Así, comienza a jugar un papel represivo e ideológico. Este proceso se consolida a través de lo que Poulantzas denomina “connivencias profundas” entre el partido fascista y el aparato policial, teniendo como razón explicativa la lucha llevada a cabo por el aparato represivo estatal contra las masas populares. Sobre este tema de la connivencia, cabe señalar que lejos de perder el monopolio del ejercicio de la fuerza y la violencia legítima, el aparato represivo jugará un papel importante frente a las milicias privadas, al armarlas: “(…) se trata aquí es de una transferencia o delegación de funciones, que se legitima, por lo demás, pelo el camino indirecto de la magistratura” (POULANTZAS, 1976, p. 397).

Además, Poulantzas (1976) está consciente de que el fascismo, como movimiento inicialmente exógeno al aparato del Estado, busca infiltrarse fundamentalmente a través de la administración civil y la policía, realizando lo que él llama un asalto simultáneo a la periferia y a al centro de este dispositivo. En otras palabras, en el caso alemán, el fascismo influye inicialmente en la base del ejército y la policía de los gobiernos locales, lo que le permite eludir el control que la dirección del ejército ejerce de forma centralizada sobre el aparato represivo. Poco a poco, la propia dirección del ejército recluta milicias privadas para garantizar la defensa de las fronteras. Así, las milicias privadas que se encontraban fuera del aparato represivo, llegan a controlarlo, incluso constituyendo una “red paralela de poder”, como fue el caso de las S.S.:

El aparato SS encarnaba concretamente, para el nacionalsocialismo, el desplazamiento entre aparato represivo de Estado y aparatos ideológicos de Estado (…) precisamente a causa de este reclutamiento en masa y de esta formación ideológica, la policía política SS no se convirtió, como suele suceder con la policía secreta de las otras formas de Estado burgués, en un “Estado en el Estado” en el sentido riguroso, sino que se mantuvo estrechamente controlada por los dirigentes nacionalsocialistas (IBIDEM, p. 406).

En el caso italiano, las milicias fascistas no cumplen el mismo papel represivo e ideológico que las milicias S. S. hitlerianas, ejerciendo menos control sobre el aparato represivo, ya que la cúpula del ejército fue conquistada por el fascismo. En relación con la administración civil, la policía política ejerce control sobre las intervenciones del aparato del Estado, pero no sobre su contenido. En definitiva, la red paralela de poder está menos desarrollada que la existente en Alemania, pero aún así, la policía política asume el papel dominante sobre todas las ramas y aparatos del Estado.

IV. La actualidad de Fascismo y la dictadura: 50 años después.

¿Cuál sería la actualidad de la obra Fascismo y dictadura, 50 años después? Inicialmente, es necesario resaltar la caracterización del fascismo como un fenómeno histórico que emerge en una situación de una crisis política particular en el seno del desarrollo histórico del tipo de Estado capitalista. Como fenómeno histórico, el fascismo no se concibe como algo fechado, sino como una de las posibles formas de régimen que puede asumir el Estado capitalista, es decir, el fascismo es una posibilidad histórica para la realidad del Estado capitalista. Tal crisis política no debe confundirse, por tanto, con una crisis revolucionaria, en la que podría configurarse una situación de doble poder que pondría en jaque la existencia misma del Estado capitalista. Es una aguda crisis política inscrita en la dinámica misma de la reproducción del capitalismo, que resulta en procesos complejos y conflictivos de realineamiento político de clases. Poulantzas caracteriza esta crisis como una crisis de hegemonía y la vincula a la derrota estratégica previa del movimiento obrero y popular, la politización de la lucha del bloque en el poder contra las masas populares, la incapacidad de una fracción de las clases dominantes dirigir políticamente este bloque en el poder, la existencia de una crisis de representación política que atraviesa los partidos tradicionales y lo surgimiento de la pequeña burguesía como fuerza social organizada en un partido político de masas (el partido fascista).

La resolución de esta crisis de hegemonía está directamente relacionada con los siguientes procesos: constitución de la alianza de la pequeña burguesía con el gran capital monopolista, que Poulantzas aborda como un «punto de no retorno» para el ascenso político del fascismo; redefinición de la hegemonía política en el seno del bloque en el poder, que, con el régimen fascista establecido, es asegurada por el gran capital monopolista en el contexto de las experiencias clásicas del fascismo; transformaciones en el dominio ideológico, que permite que el gran capital monopolista ejerza la función de fracción reinante anteriormente ocupada por la pequeña burguesía – este proceso ocurre cuando el partido fascista se integra y se subordina al aparato estatal; configuración de la pequeña burguesía como clase mantenedora del aparato estatal, lo que la hace responsable de implementar la política de Estado del nuevo régimen fascista; y cambios en las relaciones de las ramas del aparato del Estado, abriendo la posibilidad para la constitución de la policía política como rama dominante.

En términos de la teoría política del fascismo, la principal contribución del libro Fascismo y la dictadura fue caracterizar al fascismo como una forma de régimen en la forma de un Estado capitalista “de excepción”, que preferimos definir en este artículo como una forma de Estado capitalista dictatorial. Además, a partir de su análisis, es posible identificar dos rasgos fundamentales que caracterizaron la particularidad de la dictadura fascista: un rasgo institucional, es decir, la policía política como rama dominante del aparato estatal; y un rasgo social, a saber, la constitución de un régimen político que tiene una base de apoyo organizada y movilizada. Estas especificidades –institucional y social– marcan la caracterización de la dictadura fascista cuando, como hemos visto a lo largo del texto, se establece una comparación entre dicha dictadura y las dictaduras bonapartista y militar. El examen de la especificidad de la dictadura fascista, lejos de ser un mero goce intelectual, tiene profundas consecuencias para la lucha antifascista. No observarla puede resultar en errores tácticos y estratégicos de gran magnitud, que incluso han sido cometidos por el movimiento comunista internacional en el pasado. Como nos recuerda Poulantzas (1976, p. 426) en las conclusiones de su libro: “(…) si la historia tiene un sentido, es porque puede servir de lección para el presente”.

Referencias bibliográficas:

ALTHUSSER, Louis. Pour Marx. Paris, La Découverte, 2005.

ALTHUSSER, Louis et al. Lire Le Capital (tomos I e II). Paris, François Maspero, 1965.

BENSAÏD, Daniel. À propos de “Fascisme et dictadure”: Poulantzas, la politique de l’ambigüité. Critique de l’économie politique, n. 11-12, 1973.

BOITO JR., Armando. Apresentação e discussão do conceito poulantziano de fascismo. In: Angela Lazagna e Tatiana Berringer (org.). A atualidade da teoria política de Nicos Poulantzas. Samto André, Ed. UFABC, (s/d) (no prelo).

BOUKALAS, Christos. Sem exceções: estatismo autoritário. Agamben, Poulantzas e segurança interna. Crítica Marxista, n. 47, 2018.

CAPLAN, Jane. Theories of fascism: Nicos Poulantzas as historian. History Workshop, n. 3, 1977.

CODATO, Adriano. Poulantzas, o Estado e a Revolução. Crítica Marxista, n. 27, 2008.

JESSOP, Bob. Nicos Poulantzas: Marxist Theory and Political Strategy. London, Macmillan, 1985.

POULANTZAS, Nicos. Sobre o impacto popular do fascismo. Cadernos Cemarx, n. 12, 2019.

POULANTZAS, Nicos. Fascismo y dictadura: La tercera internacional frente al fascismo (8ª. ed.). Madrid, Siglo XXI, 1976.

POULANTZAS, Nicos. Fascisme et dictadure. Paris, Seuil e François Maspero, 1974.

POULANTZAS, Nicos. Fascismo e ditadura: a III Internacional face ao fascismo (vol. I). Porto, Portucalense, 1972.

POULANTZAS, Nicos. Fascisme et dictadure: La IIIe Internationale face au fascisme. Paris, François Maspero, 1970.

SAES, Décio. Democracia. São Paulo, Ed. Ática, 1987.

[i]La primera edición de esta obra fue publicada por la editorial François Maspero en 1970, véase: Poulantzas (1970). La segunda versión, publicada por las editoriales Seuil y François Maspero en 1974, sufrió algunos cambios con respecto a la original. Ya no aparecen en esta nueva edición del libro: el subtítulo “La IIIe Internationale face au fascisme”; el anexo «L’URSS et le Komintern»; los análisis concretos de los casos alemán e italiano del último capítulo del trabajo que abordó el tema del estado fascista; y los últimos párrafos de las conclusiones. Además, se realizaron varios ajustes estilísticos específicos en la redacción de la nueva publicación del libro.

[ii] Jessop (1985) insiste en la tesis de que Poulantzas no encajaba bien con la definición de «marxismo occidental» de Perry Anderson precisamente porque había vinculado teoría y estrategia política en su trabajo, a diferencia de otros análisis, como los realizados por la Escuela de Frankfurt, que habrían abandonado la reflexión sobre estrategia política.

[iii] Al hacer un balance general de los conceptos de Estado y revolución en el itinerario intelectual de Poulantzas, Codato (2008) también sostiene que, en el conjunto de sus principales obras formuladas desde 1968, es posible extraer de la caracterización del Estado capitalista un concepto de estrategia política.

[iv] Retomamos aquí las observaciones críticas realizadas por Boito Jr. (s / d) al trabajo de Poulantzas.

[v] Bensaïd (1973) afirma que Fascismo y dictadura debe entenderse como una obra en la que Poulantzas aplica los conceptos producidos en el libro Poder político y las clases sociales al análisis concreto. Esta tesis solo es creíble si consideramos los conceptos y nociones que se articulan en torno a su teoría del bloque en el poder. No se puede decir lo mismo de su caracterización del Estado capitalista como estructura jurídico-política, formada por el derecho burgués y el burocratismo, que marca efectivamente la relación de Poulantzas con las tesis expuestas por Althusser y su grupo en las obras Pour Marx y Lire Le Capital. Este tipo de tesis ligadas a la matriz oficial althusseriana y que están en la base del concepto de Estado capitalista formulado en la obra Poder político y las clases sociales, fueron abandonadas por Poulantzas en Fascismo y la dictadura, que pasó a adoptar el concepto de Estado capitalista como siendo constituido por un conjunto de aparatos (represivos e ideológicos).

[vi] Extrajimos estas conclusiones sobre las bases sociales de las dictaduras fascistas, bonapartistas y militares de una discusión teórica instigadora sobre el concepto de fascismo, realizada por el profesor Armando Boito Jr. en un seminario realizado en el Centro de Estudios Marxistas (Cemarx)/Unicamp) a principios de octubre de 2020.

[vii] Otro tema que tiene originalidad y relevancia es la relación que el autor busca establecer entre el fascismo y las diferentes clases y fracciones de clase (clases dominantes, clase obrera, pequeña burguesía y clases sociales en el campo), en particular Poulantzas realiza un análisis profundo de las causas de la adhesión o no de estas diferentes clases y fracciones de clase al fascismo. Desafortunadamente, debido a la falta de espacio, no podremos abordar este tema en el presente trabajo. Este debate fue retomado en otro momento por Poulantzas (2019) en un artículo publicado en 1975.

[viii] Nos referimos aquí a la “Nota a la edición portuguesa”.