1

Tussy Marx y el feminismo socialista del siglo XIX



Tussy Marx y el feminismo socialista del siglo XIX

Carmen Susana Tornquist

En plena pandemia del año 2021, salió a la luz una buena noticia: la edición en portugués de la biografía de Eleanor Marx, hija menor de Karl Marx y Jenny von Westphalen, nacida en 1855 en Londres. La traducción de la obra es de Lia Urbini, Cecília Faria y Letícia Bergamini Souto y la portada es de Thereza Nardelli, con el apoyo de Maria Tereza Mhereb, esta última ha traducido recientemente al portugués La cuestión de la mujer desde un punto de vista socialista, de Eleanor Marx, junto con Edward Aveling (2021). El trabajo que aquí comentaremos fue posible gracias a la imprenta MST en colaboración con el Sindicato Nacional de Profesores de Enseñanza Superior (ANDES), poniendo a disposición en nuestro idioma la obra de la historiadora inglesa Rachel Holmes (2014).

Basándose en un amplio abanico de documentos, indicados al final del libro (principalmente cartas, artículos periodísticos y obras de referencia de la época) y en las biografías de Chushichi Tsuzuki y de Yvonne Kapp, ambas de los años setenta, la biógrafa presenta la vida de Eleanor con todo detalle, articulando aspectos personales y políticos, lo que permite a sus lectores vislumbrar a través de su existencia un periodo histórico de extremo dinamismo, en el que la revolución –un espectro que rondaba Europa— parecía inminente. La obra está dividida en 24 capítulos, que tratan de seguir en líneas generales la cronología de los 43 años en los que le tocó vivir a Tussy (apodo de Eleanor) destacando su sólido proceso educativo con la “familia más peligrosa del mundo”, los estudios irregulares en instituciones escolares, las investigaciones en la Biblioteca del Museo Británico, con su padre (del que fue ayudante), los estudios sistemáticos en las Salas de Lectura y grupos afines. Holmes hace hincapié en sus relaciones con sus amigos, hermanas y medio hermano, con los pretendientes y con su marido Edward Aveling. La presencia de Engels, las hermanas Mary y Lizzie Burns y Helen Demuth formaban parte de este acuerdo familiar, unidos por el afecto y el apoyo mutuo permanente.

En este sentido, la familia Marx, aunque no exenta de contradicciones, era un espacio concreto de experiencias “fuera de la norma” que, en cierto modo, Eleanor supo aprovechar. No menos importante es el énfasis que se da en la obra a las relaciones de Tussy con sus camaradas, como la escritora sudafricana Olive Schreiner, sus amigos Bernand Shaw y Olivier Lissagary, y su amigo de la familia Wilhelm Liebknecht, entre otros. Como sostiene Jodi Dean (2021), tal categoría (camarada) tiene un significado muy peculiar en los círculos socialistas, y Tussy se benefició ampliamente de esta camaradería en gran parte de las relaciones que experimentó. En el delicado mundo del amor, Tussy eligió a Edward Aveling para compartir su vida, a pesar de los otros romances que se permitió vivir, intensamente, antes de su libre unión con el actor y compañero de luchas, viajes, enfermedades y deudas.[1] Aunque su deseo de ser madre era evidente, Tussy no tenía hijos y era la heredera de los derechos testamentarios de la obra de Marx y Engels, un proceso complejo que forma parte de los últimos capítulos de la obra.

En cuanto a las obras de teatro propiamente dichas, es probable que las andanzas de Tussy en el campo de las artes escénicas, haciendo lecturas y puestas en escena, potenciaran su trabajo con las traducciones, como dice Cruz (2019), una autora que destaca la importancia de la oralidad como “prueba de fuego” del texto dramático. Y sobre esta pista, quizá podamos deducir que algo parecido ocurría con los discursos políticos que eran otra de sus especialidades. Eleanor solía captar la atención de cientos de trabajadores cuando ella misma asumía el papel de oradora, como hizo en varias ocasiones.

Tussy compartía con las mujeres las contradicciones de su tiempo: por un lado, los estrechos caminos de la feminidad restringidos al claustro doméstico y sus corolarios (hijos, marido, hogar, “bailes”, belleza) y, por otro, las olas ascendentes del feminismo lanzadas con las revoluciones burguesas, de las que procedía la tentadora promesa de la igualdad. A diferencia de su madre -que sucumbió a los impulsos más conservadores de la época, a pesar de su innegable talento intelectual, Eleanor se identificó inmediatamente con el rechazo del destino trazado para las chicas de la pequeña burguesía de su tiempo. Esta posición implicaba no sólo una praxis socialista –compartida con su familia— sino también un ascenso inmediato a las artes y al teatro, en particular.

Con una escritura fluida, Rachel Holmes cautiva a los lectores enunciando enigmas que se desvelan hacia el final, entre ellos la cuestión de la paternidad de Freddy Demuth y el destino de su marido. Estos se articulan con otras tragedias y dramas menores, pero sin perder el telón de fondo del dramático avance del Capital sobre los trabajadores de Inglaterra y del mundo –incluyendo a las mujeres y las colonias—. Estos aspectos se ponen de manifiesto sobre todo en “Nuestro querido fogonero” y “Lady Liberty”, capítulos en los que entramos en contacto con los conmovedores relatos de Eleanor derivados de su “observación participante” con los sindicatos y los trabajadores de Norteamérica, por los que viajó durante varios meses, en un momento en el que el movimiento obrero (anarcosindicalista y socialista) se imponía en la escena política de Estados Unidos, en particular, denunciando las injusticias y exigiendo derechos. Es el periodo en el que las luchas por la reducción de la jornada laboral fueron el principal programa de los sindicatos, incluyendo el trabajo de las mujeres y los niños, y los derechos civiles, como el derecho al voto, a la educación, a la anticoncepción y al divorcio.

Con la intensificación de la lucha de clases y el consiguiente crecimiento de las acciones represivas, la libertad de organización y expresión y la democracia también estaban siendo incorporadas por los socialistas en esa época. En este sentido, es digna de atención la amplia campaña a favor de los anarquistas condenados a muerte en Chicago, defendida a capa y espada por Tussy, como se describe en el capítulo irónicamente titulado “Esencialmente inglesa”. Este capítulo también describe las acciones políticas relacionadas con la cuestión de la migración y los prejuicios étnicos que dividen a la clase obrera y que, según Eleanor, deben ser superados en aras de la lucha común contra los verdaderos verdugos del pueblo.

Sólo por acceder a los detalles de la historia del movimiento sindical e internacionalista y al trabajo que Tussy realizó con ellos –aprovechando sin cesar los temas de las mujeres, los inmigrantes y el internacionalismo— merece la pena cada céntimo gastado en comprar este libro: Eleanor trabajó duro y a diario en la organización de la clase obrera en Inglaterra, Irlanda, Estados Unidos, Europa y el mundo, ya sea como escritora de discursos de agitación, propaganda y panfletos, como profesora en cursos de formación (explicando Salario, precio y ganancia a los trabajadores, o dándoles lecciones de matemáticas e idiomas); como secretaria de asociaciones y congresos, traductora de los idiomas que manejaba bien y de los que aprendía por deseo. A pesar de las dificultades financieras que compartía con la familia Marx, logró una importante autonomía económica a lo largo de su vida, aunque para ello trabajara como ghost writer (escritora fantasma) y contara con el apoyo permanente de Engels, que, como sabemos, formaba parte de la familia Marx desde que se estableció la camaradería entre los dos amigos, incluso antes de que naciera Tussy.

Trabajó durante décadas en el National Union of Gas and General Workers en Inglaterra y se involucró, a muy temprana edad, con los fenianos en Irlanda[2] y estaba orgullosa de su sangre judía, dos grupos con los que se identificaba y que no tenían que ver con las influencias paternas sino con su propio aprecio y criterio. A pesar de manejar bien varias de las actividades consideradas masculinas, Tussy fue también activa en las tareas de cuidado, propias de la cultura femenina, desplazadas, sin embargo, del ámbito de la caridad y la filantropía habituales a la solidaridad interclasista. Estas, como sabemos, fueron comunes en el movimiento socialista desde sus inicios, ya sea en las campañas de apoyo a los trabajadores de otros países con problemas o en huelga, o para acoger a los exiliados y parias, como en el caso de los “comuneros” expulsados de Francia tras el notable experimento proletario y autónomo de la Comuna de París, que tanto movilizó a Marx y Engels y que fue objeto de la obra de Lissagaray, traducida, años después, por Tussy, al inglés, incluyendo el prefacio todo él del que hemos hablado antes.[3]

En el segundo cuarto de su vida, ya huérfana de padre y madre y enredada en una relación amorosa bastante complicada, Eleanor no se desvanece: ayuda a construir la Segunda Internacional, la Federación Socialdemócrata y la Liga de los Socialistas, entre otras. Además, presenta, junto con Clara Zetkin, la importante tesis feminista en la reunión de la II Internacional de 1886: una defensa de la relación intrínseca entre la liberación femenina y la emancipación humana. De este modo, Eleanor fue una precursora del proceso de organización socialista –o feminista— de las mujeres –cuestión sobre la que las propias categorías son objeto de un amplio debate hasta el día de hoy (Picq, 2000)—. Se trata del conocido sufragismo, pero sobre todo del feminismo obrero y socialista que creció junto a la organización de la clase obrera a finales del siglo XIX. Esta corriente, marginada o malinterpretada por las lecturas liberales –como señala la autora— estuvo fuertemente anclada en el ingreso masivo de las mujeres al mundo del trabajo fabril, en Inglaterra y en el mundo entero, y también en la producción teórica sobre las desigualdades entre los sexos, o como Eleanor las llamó críticamente, los llamados derechos de las mujeres. Los enfrentamientos dentro del campo socialista en torno a las desigualdades que hoy llamamos “de género” se han expresado en diversos niveles de acción política desde el siglo XIX, involucrando tanto dimensiones macrosociológicas del tema (como los textos de Flora Tristán, Auguste Bebel y Engels) como niveles más micropolíticos dentro de los círculos socialistas, como los que aparecen en “El toque”. La verdadera expresión autoral de las proposiciones de Tussy se encuentra en La cuestión de la mujer desde un punto de vista socialista, que escribe con Edward Aveling, publicado en 1886. Eleanor no desprecia la importancia de la lucha de las sufragistas, pero considera que las luchas por los derechos de la mujer que no incluyen la lucha de clases son limitadas. Decía que las mujeres pequeñoburguesas se habían convertido en proletarias en sus propios hogares, bajo la dominación de sus maridos (Fluss y Miller, 2021). Una serie de episodios relacionados con el tema implican a Ernest Bax y a los artículos del periódico Justice. Tussy le convoca a una especie de duelo teórico (y público) al que, el compañero Bax no acude (p.436).

En la trayectoria de Tussy hay una relación permanente con el teatro, una expresión artística muy popular en la época, especialmente en Londres. La presencia de Shakespeare en la familia no era extraña: se considera que el inglés que aprendió Marx se inició en el camino de las lecturas shakesperianas, además de las obras de Dickens y su amplio repertorio literario alemán, componiendo un estilo narrativo muy singular que atraviesa todos sus escritos (Silva, 2012). Este capital cultural se transmitió a las hermanas Marx, expresándose anglófonamente en Tussy, que había nacido en suelo inglés. En este camino, Tussy creó, todavía a los 20 años, con amigos, el club Dogberry –en alusión a uno de los personajes de Mucho ruido y pocas nueces—,[4]promoviendo lecturas dramáticas de textos de la Biblia –la forma con la que Marx denominó la obra del maestro—, incluso en reuniones dominicales celebradas en su casa. El grupo formaba parte de un movimiento para revivir a Shakespeare en la Inglaterra de la época: en The Dogberries podemos acceder a detalles de este momento, cuando decide entrar en escena como actriz, en 1880, con El flautista de Hamelin, en un recital dedicado a los refugiados comuneros, y poco después descubre a Ibsen, del que se convertirá en fan y traductora. También se unió a los grupos literarios vinculados a Shelley, incrementando su contacto con los grupos artísticos que “traspasaban” la supuesta imbatible moral victoriana. A diferencia de la traducción de Madame Bovary del francés al inglés, que termina en 1886 ayudada por la familiaridad con el idioma, Tussy aprende noruego con el propósito específico de hacer las traducciones de Ibsen, como El enemigo del pueblo, La dama del mar y El pato salvaje. Estos temas aparecen en los capítulos “Una visión peculiar del amor y otros asuntos”, “Nora Helmer, Emma Bovary y la cuestión de la mujer” e “Interludio Ibseniano”. Tussy interpretará junto a su propio marido el papel de Nora en 1891 en su propia versión de Casa de muñecas, una de las numerosas adaptaciones que ha tenido la obra.

Podemos ver en sus obras rastros de lo que Lucia Romano (2018) llama un temprano punto de vista protofeminista. Madame Bovary y Casa de muñecas, en particular, tratan de la vida de las mujeres pequeñoburguesas, para quienes la vida adulta se limitaba al hogar, la familia y el marido. Incluso sin referirse a las desigualdades más profundas que viven las mujeres trabajadoras, Ibsen, cercano a los círculos socialistas y feministas de su país, pone en escena de forma contundente la posibilidad de que una mujer rompa con ese destino incoloro, “dando un portazo” y dejando atrás una vida aburrida al lado de su marido. Así, estas obras pueden considerarse, aun con sus límites, como una crítica temprana a la moral burguesa que se estaba instaurando con el avance del capitalismo en Europa. Esta moral se basaba en el modelo de familia nuclear (de la que la mujer era la principal víctima), muy alejada de las formas de organización familiar de las clases populares en aquel siglo en el que se imponía la familia nuclear burguesa. Pero es un modelo que se impone –violentamente— como norma en Europa y poco después en la periferia (Fonseca, 1989; Donzelot, 1980): La díada padre-proveedor/madre nutricia de la familia nuclear no sólo no se ajustaba a la cultura popular imperante en vastas regiones, sino que, además, se hacía inviable por las violentas condiciones de vida que arrojaban a amplias masas del pueblo a una condición de absoluta inhumanidad –como describió Engels, en 1845, en su obra de juventud sobre la clase obrera en Inglaterra (Engels, 2010) y como denunció Flora Tristán, en La unión obrera, de 1844 (Tristán, 2017). Marx también había hecho importantes observaciones sobre los informes del escribano parisino Pêcheux en 1846 acerca de las mujeres que a menudo recurrían al suicidio para suspender una promesa de vida mediocre y servil, haciendo del río Sena un espacio siniestro más que “encantador” (Marx, 2006). Los casos de suicidio, sin embargo, no afectaban sólo a las mujeres y derivaban de situaciones que expresaban, según Marx, la moral de la burguesía en el ámbito familiar y conyugal. Marx expresa la idea de que la dominación también es mala para el propio dominador, es decir, la tesis ya expresada en el Manifiesto Comunista de que la emancipación proletaria servirá de palanca para la emancipación de la humanidad en su conjunto, llevando consigo un avance civilizatorio de carácter universal.

Tanto la novela de Flaubert como la obra de teatro de Ibsen ponen en tela de juicio el confinamiento de las mujeres al opresivo mundo del hogar, en detrimento de su acceso al trabajo, al estudio, a la creatividad y a la búsqueda de una existencia singular –una existencia humana, al fin—, como diría Simone de Beauvoir en el siglo siguiente y como discute Nora con su marido Torvald, antes de dar un portazo a su Casa de muñecas.

En un interesante artículo en el que analiza con detalle recientes representaciones que retoman el texto y el argumento de Casa de muñecas –la obra favorita de Tussy—, Lucia Romano (2018) nos muestra cómo el dilema de Nora sigue estando en la base de las aflicciones contemporáneas. Lo que lleva a la autora a valorar las preguntas que se hacen los artistas interesados en poner en escena la obra más de cien años después de su creación y los límites de los supuestos logros de las mujeres. Los dilemas de Nora –y de Eleanor— eran dilemas de la época del capital. Y, bueno, todavía estamos en su época.

La biografía de Rachel Holmes –así como el esfuerzo de los traductores por socializarla— expresa, a mi juicio, varios procesos que vale la pena destacar: el primero se refiere a la más reciente revisitación que la vida y la obra de Marx viene experimentando en los últimos años, que se expresa en una entrada en escena de jóvenes activistas –y estudiosos— en las filas de lo que podemos llamar socialismo marxista, tanto en la academia como en los espacios públicos y las redes sociales. También puede verse en producciones artísticas recientes como la película El joven Karl Marx del cineasta haitiano Raoul Peck (2017) aportando elementos biográficos –aunque con importantes licencias poéticas— que contribuyen a lecturas menos prejuiciosas de Marx y sus camaradas, y más apropiadas sobre las contradicciones personales de seres humanos que vivieron en su propia piel las contradicciones del capitalismo y todo el edificio social que apalancaba –como la moral burguesa— en el momento de su surgimiento. Los esfuerzos de intelectuales y organizaciones del ámbito marxista que han recuperado y revisitado la gigantesca obra de Marx y Engels, especialmente con los trabajos del MEGA II (Musto, 2012), lo que nos devuelve, una vez más, al tema de las traducciones y ediciones en las que ya se movían Leonor, Marx, Engels y los compañeros del siglo XIX. Un momento agónico, preñado de posibilidades y paradojas, entre las que se encuentra evidentemente el peso del patriarcado, mucho mayor en las mujeres, pero también real para los propios hombres. Mucho más brutal, en definitiva, para las mujeres trabajadoras que para las burguesas, por supuesto, pero articulado a ellas. Así, la Tussy que se devela a lo largo del libro –cuya muerte violenta asombra e indigna— es al mismo tiempo “santa y mundana” –humana, por tanto— como su padre, como Engels, etc. Otro aspecto es el de los dilemas que vivieron Tussy y tantas otras mujeres en aquella época, que no se alejan en absoluto de los que vivimos hoy en día. Además de las recurrentes depresiones –que experimentó en su propia piel, pero que vio en su propia madre— también está lo que vivió, en el delicado mundo del amor, en el que –por lo que Holmes descubre a lo largo del libro y especialmente en “La pausa más audaz” y “Vestido blanco en invierno” (capítulos finales)- nos sugiere que su marido es una versión anticuada del conocido canalla, o, en términos actuales, del llamado “macho de izquierdas”. El alcance que adquiere esta dimensión de la vida de Tussy en el libro, salvo mejor criterio, permite pensar que su vida, por muy heroica que fuera –y lo fue—, no dejó de ser humana, atravesada por las contradicciones derivadas de haber sido “hija de una época colectiva –y de Marx—“ (p. 306). O, como le escribe a su hermana Laura en 1892: “¿No es sorprendente que cuando nos enfrentamos a las cosas de frente, cuán pocas veces parecemos practicar todo lo que predicamos… a los demás?”.

Un apéndice con preciosas fotos compone también el libro, además de un breve epílogo de la autora. En cuanto a esto, hay que hacer un comentario: la autora recurre a una argumentación cuando menos polémica y anacrónica: al expresar su forma de interpretar el legado de Leonor para la actualidad, simbolizado en su lema vital (“Adelante”) moviliza la categoría de socialdemocracia en sus versiones contemporáneas, muy diferentes de las que estaban presentes en la “socialdemocracia” del siglo XIX, cuyo proyecto implicaba una ruptura radical con el orden y tenía un contenido revolucionario. También se echa en falta un mayor detalle de las relaciones entre las feministas socialistas –especialmente con Clara Zetkin, a la que se hace referencia en varias ocasiones en la obra—, en particular el histórico discurso pronunciado en el Primer Congreso de la Segunda Internacional en 1889, escrito por Clara y traducido por Tussy. También hay algunos problemas de traducción en la obra que no disminuyen el exitoso resultado obtenido por el colectivo de mujeres traductoras, entusiasmadas con la difusión de la rica e inspiradora vida de Tussy y que hicieron que la obra llegara ahora a nuestras manos. En este sentido, reverberan el dilema expresado por la propia Eleanor entre la necesidad de rigor y cuidado con el trabajo editorial y la urgencia por difundir a una amplia masa de trabajadores trabajos científicos y artísticos de vanguardia, a la luz de la buena tradición socialista tomada muy en serio por su padre, y presente sobre todo en la difusión de El Capital (Tarcus, 2018). En el prefacio del libro de Lissagaray sobre la Comuna, expresa este tipo de preocupación al optar por mantener pasajes originales a lo largo de la extensa obra, evitando “confundir a los lectores” (Aveling, 2021, p.20).

La obra contribuye sin duda al encomiable esfuerzo realizado por otras investigadoras y activistas para superar las lecturas liberales que hacen del feminismo una lucha reciente o desvinculada de la clase obrera, que envolvió la cuestión de las mujeres en una compleja nebulosa a lo largo del siglo XX (Picq, 2000), arrastrando mitos y dilemas vividos por Eleanor Marx.

Bibliografía

CRUZ, Cláudia Soares. Tradução teatral entre teoria e prática. Urdimento – Revista de estudos em Artes Cênicas, Florianópolis, v.2, n,35, p.263-280, 2019.

DEAN, Jodi. Camarada. Um ensaio sobre pertencimento político. São Paulo: Boitempo, 2021.

DONZELOT, Jacques. A polícia das famílias. Rio de Janeiro: Graal, 1980.

FLUSS, Harrison e MILLER, Sam. L’héritage d’ Eleanor Marx. Contretemps: Revue de critique marxiste. set. 2021, p.1-7. http:/www.contretemps.eu. Acesso em: 12 jan. 2022. (Tradução de Christian Dubucq).

FONSECA, Cláudia. História social da família: uma excursão interdisciplinar. Rio de Janeiro: BIB n. 27, 1989, p.51-73.

ENGELS, Friedrich. A situação da classe operária na Inglaterra. São Paulo: Boitempo, 2010.

LISSAGARAY, Hipollyte Prosper-Olivier. História da Comuna de Paris de 1871. São Paulo: Expressão Popular, 2021.

MARX, Eleanor e AVELING, Edward. A questão da mulher: de um ponto de vista socialista. São Paulo: Expressão Popular, 2021.

MARX, Karl. Sobre o suicídio. São Paulo: Boitempo, 2006.

MUSTO, Marcello. Marx-Engels Gesamtausgabe (Mega 2) y el redescubrimiento de Marx. In: MUSTO.M(org.) Tras las huellas de un fantasma. Siglo XXI, 2012, p.21- 62.

ROMANO, Lúcia. Casas e coisas do mundo de Nora: ou para onde o teatro pode ir quando uma mulher bate a porta atrás de si. Urdimento – Revista de Estudos em Artes Cênicas, Florianópolis. v.3, n.33, 2018.

SILVA, Ludovico. O estilo literário de Marx. São Paulo: Expressão Popular, 2012.

PICQ, Françoise. Journée internationale des Femmes: a la poursuite d’um mythe. Travail, genre et societé. Mars. n.3, 2000.

TARCUS, Horácio. La Bíblia del proletariado. Buenos Aires: Siglo XXI, 2018.

TRISTAN, Flora. União dos operários. Florianópolis: Editora Insular, 2017.

[1] Edward Aveling conoció a Tussy en una época en la que el teatro era el centro de sus atenciones, y formó una unión libre con ella, ya que mantenía el vínculo legal con una esposa enferma, a la que supuestamente no quería disgustar con un divorcio. A pesar de la informalidad de la relación, Eleanor firma con el añadido del apellido Aveling hasta el final de su vida.

[2] Los fenianos eran irlandeses que defendían la independencia de la región y tenían actitudes progresistas, ganándose la simpatía de Eleanor, que desde muy pronto los acompaña y apoya.

[3] El libro fue publicado por Expressão Popular con el prefacio original de Eleanor, junto con su traducción al inglés.

[4] Obra escrita por Shakespeare. Nota delos editores.