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La pelota no se mancha. Dos reflexiones



La pelota no se mancha. Dos reflexiones

Luis Martínez Andrade[1]

Maradona: el arte aurático

Héroe para muchos latinoamericanos, villano para algunas feministas o simplemente un vulgar truhan para ciertos ingleses, Diego Armando Maradona fue un hombre que asumió sus contradicciones. Gran admirador del Che Guevara (a la menor provocación mostraba el tatuaje que se había estampado en su brazo derecho con la imagen del teórico del humanismo socialista), fiel seguidor de la Revolución cubana (durante su discurso de premiación como “Jugador del Siglo de la FIFA” dedicó su premio al pueblo cubano) y defensor de la Revolución bolivariana de Hugo Chávez (en más de una ocasión llegó a declarar que si los Estados Unidos invadían Venezuela, él se alistaría como soldado voluntario de lado de las fuerzas bolivarianas), el astro argentino también fue la expresión más abyecta del machismo latinoamericano: mujeriego, alcohólico y bravucón.

Si para Walter Benjamin, las imágenes de la infancia son elementos importantes en la construcción espiritual del ser humano para hacer frente a las amenazas venideras[2], la mónada (la unidad perfecta que es el principio del absoluto) de mi generación se expresó un 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de la ciudad de México. Era el partido de los cuartos de final que enfrentaba a la albiceleste con la selección de Inglaterra. Aquí el contexto histórico no puede ser tomado a la ligera. Tan solo algunos años atrás, se había desarrollado la guerra de las Malvinas en la que alrededor de 650 combatientes sudamericanos perdieron la vida. La herida neocolonial todavía no había cicatrizado. Para “el Diego”, era más que un partido de fútbol, era el momento de realizar “un salto de tigre al pasado”[3], cierto, en el marco de un evento organizado por una de las organizaciones más corruptas del planeta: la FIFA. Pero también recuerda Benjamin que el salto de tigre al pasado “tiene lugar en una arena en donde manda la clase dominante”[4]. Actualmente contamos con variopintas interpretaciones de ese par de goles marcados por el número 10 de la selección argentina. El primero, el de “la mano de Dios”, fue la revancha del humillado. Fue el desacato del expoliado a las reglas impuestas por los poderosos. Fue la rebeldía del “que nació para servir y obedecer”. El segundo escapa al raciocinio. Fue un verdadero poema. Sus piernas interrumpieron el continuum de la historia pues actualizaron el presente. No sé por qué me gusta imaginarme a Walter Benjamin, cerveza en mano, observando desde las gradas del Coloso de Santa Úrsula aquella segunda anotación y, por tanto, reescribiendo su ensayo sobre La Obra de Arte en la época de su reproductibilidad técnica. No dudo que después de disfrutar ese soberbio gol hubiera escrito un acápite sobre el “florecimiento del aura”.

Acusado por violencia sexual, Maradona muere un 25 de noviembre de 2020 fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Quizá la muerte del diez sea la expresión de un cambio de época: la reconfiguración del patriarcado y de la modernidad capitalista o la posibilidad de un mundo menos opresor.

Chernóbil

Exactamente hace 35 años, el 2 de mayo de 1986, se enfrentaron en el estadio Gerland (Lyon), las escuadras del Atlético de Madrid y la del F.C. Dínamo de Kiev. Se estaban disputando la Recopa de Europa 1985-1986. Dicho encuentro se convirtió en un momento estelar para el fútbol soviético pues demostró que el balompié ruso (nojnoï myach) era superior al del occidente capitalista. Ya desde el minuto 5 el equipo ucraniano se había puesto al frente con un gol de Aleksandr Zavárov. Sin embargo, en la segunda mitad, Oleg Blojín, con una soberbia asistencia de Vadym Yevtushenko, destrozaba las ilusiones del equipo español. Un par de minutos más tarde, llegó el tercer gol. Fue como un disparo en la sien para los colchoneros. Huelga decir que esa final catapultó el método científico del entrenador Valery Lobanovsky. Como se sabe, el técnico ucraniano había introducido el uso de estadísticas y de jugadas cronometradas y, al mismo tiempo, había impuesto una rigurosa dieta a sus jugadores. Para Beñat Zarrabeitia “su contribución es esencial para comprender el fútbol actual”[5]. Efectivamente, el “socialismo realmente existente”, al igual que la política deportiva de los países liberales, asumió la lógica racional-instrumental moderna. El deporte, como vector de racionalización[6], de construcción de la virilidad[7] y de técnica disciplinaria[8], estaba siendo ahogado, por la lógica de la competición, en “las aguas heladas del cálculo egoísta”.

Sin embargo, se suele olvidar que dicho cotejo se dio a una semana del accidente nuclear de Chernóbil (26 de abril). Régis Genté y Nicolas Jallot, periodistas galos, cuentan que fue en Francia donde los jugadores ucranianos se enteraron de la catástrofe. Obviamente se mostraron preocupados por sus familiares que se encontraban en la ciudad de Kiev, a cien kilómetros. Gracias Valentin Chtcherbachev, comentarista deportivo, los aficionados ucranianos que seguían el partido a través de la televisión y de las ondas hertzianas de la radio se enteraron del peligro que corrían pues el régimen soviético seguía minimizando (por no decir, negando) el hecho. Gracias a los buenos oficios de Valery Lobanovsky, las familias de los jugadores fueron evacuadas[9].

Otro hecho que también suele ser olvidado u omitido por la prensa occidental refiere a que mientras algunos países democráticos de la “Europa humanista” se negaron a recibir a los niños ucranianos (alrededor de 23 mil) para darles tratamiento, Cuba los aceptó. Ironía de la historia, mientras los cubanos recibían a estos niños para curarlos de manera gratuita, Kiev estaba votando a favor una resolución americana que condenaba a la isla ante la Organización de Naciones Unidas.

[1] Sociólogo. Autor del libro Textos sin disciplina. Claves para una teoría crítica anticolonial, México, Universidad de Guadalajara, 2020.

[2] Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia el mil novecientos, Madrid, Adaba Editores, 2012.

[3]  Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Bogotá, Ediciones desde abajo, 2013, p. 29

[4]  Walter Benjamin, op. cit., p. 29.

[5] Véase Carles Viñas, Fútbol en el país de los Soviets, Navarra, Txalaparta, 2020, p. 10.

[6] Norbert Elias et Eric Dunning, Sport et civilisation. La violence maîtrisée, Paris, Fayard,1994.

[7] George L. Mosse, L’image de l’homme : L’invention de la virilité moderne, Paris, Abbeville, 1996.

[8] Jean-Marie Brohm, La Tyrannie sportive : Théorie critique d’un opium du peuple, Paris, Beauchesne, 2006.

[9] Régis Genté et Nicolas Jallot, Futbol. Le ballon rond de Staline à Poutine, une arme politique, Paris, Allary éditions, 2018.

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Maradona como síntoma. Un obituario desde Marx y Freud




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Maradona como síntoma. Un obituario desde Marx y Freud.

Edgar Miguel Juárez Salazar[1]

Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco

Sin más armas en la mano que un diez en la camiseta

Maradó — Los Piojos

Deabruaren hirian bizi nintzen

 [2]El cantautor y filólogo español Nacho Vegas escribió,[3] en su canción Ciudad vampira, algunos versos brillantes, y al mismo tiempo intensamente oscuros, acerca de la tristeza y su relación con la política. Su relato musicalizado, dibuja una ciudad muerta, cooptada por vampiros, habitada por la tristeza y el desconsuelo; colapsada por el más abrumador y estridente desasosiego. Sobre el final de la canción aparece, en una noche cualquiera, una multitud enardecida, cómplice y al mismo tiempo amistosa, que sale a cazar colectivamente vampiros para regresarle la alegría a la ciudad. Un oxímoron tan singular sólo podría ser expresado en la ambivalente, o cuando menos melancólica, obra del músico oriundo de Gijón. Sus palabras, y en sí toda la canción en cuestión, pasan de una doliente y furibunda descripción de la tristeza a la energía indispensable para acabar con el responsable de la misma.

Aunado a esto, hay algo que me parece importante en las estrofas de Vegas y es todo aquello de lo que culpabiliza a los vampiros: vidas grises, risas malogradas, pena, avenidas y personas tristes, sexo con orgasmos afligidos y varias situaciones más que hacen de la tristeza un elemento integral de la ciudad. En palabras de Vegas, son ellos, los vampiros, los responsables de toda la tristeza en la ciudad. Esta sugerencia me lleva inevitablemente a Tréveris pues, en el primer tomo de El Capital, Karl Marx emparenta a los capitalistas con los “vampiros”. Para Marx (1867), “el capital no tiene más que un instinto vital [Lebenstrieb], un instinto [Trieb] de acrecentarse, de crear plusvalía”. Un excedente articulado a la acumulación y distribución de las mercancías gracias a un empuje pulsional del vampiro. En efecto, “el capital es trabajo muerto [Verstorbne Arbeit] que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo [Lebendiger Arbeit] y que vive más cuanto más trabajo vivo chupa” (p. 179). En efecto, el capital, en tanto vampiro y como sistema cultural, absorbe y destruye toda la vida y la alegría de las ciudades y sus sujetos, sus explotados y alienados trabajadores que convierte en mercancías. No se contenta con nada, no le importa absolutamente nada, sólo la circulación de la sangre mercancía, esa es su principal miseria y queda establecida en una sórdida repetición en la distribución y administración político-económica de las poblaciones.

Los añadidos en alemán realizados a la versión española del citado manuscrito marxiano son indispensables. El filósofo judío utiliza dos sustantivos singulares e indispensables para el recorrido de este texto: Trieb (pulsión) y Arbeit(trabajo). Más que una condición equívoca de la traducción, el complemento refleja para los fines de este escrito, que ambos nombres son igualmente utilizados por Sigmund Freud y, cuando menos en Trieb, ocurre el mismo error de traducción pues es traducido al español como “instinto”; una palabra más cercana a la condición natural del organismo. Sin embargo, el término que quiero rescatar principalmente es Lebenstrieb, la pulsión de vida (Eros). Para el médico vienés, las pulsiones son territorios “fronterizos” entre “lo psíquico y lo somático” y están articuladas mediante una “exigencia de trabajo” a nivel de la fuerza de lo inconsciente (Freud, 1915, p. 117). Esto hace de las pulsiones (de vida y de muerte) elementos orgánicos de una biología tripartita y contranatura que centra toda su dinámica en la transformación material y exterior de la realidad humana mediante el trabajo.

Tanto en Marx como en Freud, las pulsiones están presentes en la vida cultural del sujeto. Podría inferirse, con lo anterior, que para Marx la pulsión de vida del vampiro exige más trabajo vivo para subsistir mientras que en Freud, es el trabajo de la pulsión de muerte el que se opone a la explotación de la vida forzada a ser vivida en los límites de la circulación económica. En otras palabras, el trabajo muerto mercantilizado por el capital es la profunda veta de acumulación de excedente. Paralelamente, para el psicoanálisis, el capital es el modo de producción de malestar psíquico contemporáneo cuya acumulación de goce deriva precisamente de una exigencia a la explotación y circulación repetitiva del excedente originado por la represión de la pulsión. No es de sorprender, en este sentido, que para el joven Marx una salida a ese agonizante sufrimiento acumulativo producido por capital sea la “muerte del exceso” (Marx, 1844, p. 56) y, para Freud, la escapatoria consista en convertir la repetitiva condición gozante de la muerte en reelaboración (Durcharbeiten) puesta en acto.

La relación entre el psicoanálisis y el marxismo es compleja. Marx y Freud coinciden en muchas cosas, en su método y en sus conceptos como se observó; pero también lo hacen, como señaló Althusser (2010), en su condición epistémica, ya que ambas ciencias contienen, gracias a su dialéctica, un “carácter conflictivo” (p. 196). Gran parte de esa conflictividad descansa en evitar la vana quimera de una desalienación y desarrollar, en contraparte, una transformación de los modos de alienación del trabajo (Marx) y de la pulsión (Freud). Con lo anterior, el concepto de trabajo (Arbeit) se vuelve sustancial en ambos pensadores, pues sirve para transformar la realidad y para descolocarla, sacarla de su confortable circuito gozante y explotador.

En consecuencia, el Eros del vampiro es cómodo, canalla y ladino gracias a su fascinación por la acumulación y el incremento, su amor originario es la riqueza acumulada. Su vida no persiste sino en la muerte misma del trabajo del obrero. De esta manera, la pulsión de muerte del trabajador es, paralelamente, aquella que resiste a los embates de la vida capitalista sustentada en la administración de la muerte. Administrar la muerte, paradójicamente, no representa lo mismo que morir. Uno puede morir de amor, desde luego, pero morir de amor intercambiando mercancías pone todo a nivel de la ganancia.

Al capital, por otro lado, no le interesa en lo más mínimo acabar con la muerte maquínica que administra y que enfrenta a los sujetos. Por el contrario, se aprovecha de ella, la aliena y la explota, la ordena en bandos, enfrenta a los sujetos dividiéndolos en identidades controladas o en supuestos conglomerados unívocos, impotentes y universales. Al capital le viene bien la disidencia controlada y racional, la insumisión en los límites del consumo libertario; se llena de multiculturalismo cosmopolita y bien pensante, políticamente correcto y censura todas aquellas formaciones que, desde lo inconsciente, ponen de relieve lo sintomático de su organización. El capital se intenta beneficiar, simultánea e incisivamente de los rebeldes que luchan en contra de la miseria capitalista intentando positivizar la rebeldía, mercantilizándola, poniéndola al servicio de cualquiera que pueda adquirir la merchandise de moda. Quizás por todo esto, el capital podría delimitarse en lo que el filósofo Alain Badiou (2004) puntualiza muy atinadamente alrededor de la “ética”, cuyo carácter “nihilista” contiene un “núcleo que [la] domina internamente” y “es siempre tener que decidir quién muere y quien no” (p. 63). Para el capital y sus comités de ética, la tristeza sólo puede aniquilarse comprando cualquier baratija, adquiriendo a los sujetos en tanto mercancías; incluso, si el objeto en cuestión está profundamente fetichizado, es aún mejor. La posibilidad de acceder a ese mercado, a esa esfera, es lo que decide, en definitiva, la supervivencia de los sujetos.

Continuum: Maradona como síntoma 

El inquietante y fatídico trasfondo de todo lo planteado en las primeras líneas del escrito es que yo coincido ampliamente con la interpretación de Nacho Vegas. Vivo, como él, en una ciudad triste, una metrópoli acechada por los vampiros. Esta tristeza podría deberse a un sinfín de vicisitudes que se presentan en mi país, en mi ciudad y en mi existencia psíquica singular más no individual. Sin embargo, si vivo en una ciudad triste no es porque tenga problemas existenciales solamente, tampoco lo es porque hayan perdido mis amados Pumas una final, aunque podría ser definitivamente debido a que Dios murió hace poco más de un mes en Buenos Aires. Muchos de los lectores de este escrito tal vez puedan dudar que Diego Maradona sea Dios, aunque tal vez coincidan con la idea de que Diego le dio vida y alegría a la melancólica Buenos Aires en la cancha de La Bombonera, que iluminó alegremente a la ciudad italiana de Nápoles en el estadio San Paolo, e incluso hizo ver la luz en la maltrecha y violentada ciudad de Mazatlán cuando dirigió, como entrenador, a los Dorados de Sinaloa.

La alegría y la agitación provocada por el futbol, ese deporte de “ignorantes” e “impresentables” ciudadanos en masa, pudo sentirse también en las pompas fúnebres de Maradona. Una masa inesperable en los tiempos del miedo pandémico, iracunda y de ciudadanos argentinos visiblemente tristes, olvidó las medidas biopolíticas de la sana distancia e hizo largas filas para darle el último adiós a Diego. De hecho, esa masa, incluso enfrentó a la policía y generó disturbios en los alrededores de la Casa Rosada. El mismo palacio citadino, que vio desfilar las botas en 1976 con Videla a la cabeza y acogió algunos años más tarde las demenciales políticas del neoliberal Mauricio Macri. Esas cosas particulares y un tanto inexplicables que, como diría Marx, se presentan primero como tragedia y luego como farsa.

Justo enfrente de esa casa de gobierno se encuentra una plaza, la Plaza de Mayo. La cual, por los mismos años de la dictadura, albergó la tristeza inconmensurable de algunas madres que exigían la presentación con vida de sus hijos desaparecidos a manos del gobierno encabezado por Videla. ¡Cuánta tristeza en tan pocos metros de ciudad! La Casa Rosada, afortunadamente, recibió a Maradona, a los Kirchner, y a muchos otros que también buscaron cazar vampiros. Los amigos de Diego, entre los que se cuentan el comandante Fidel, Hugo Chávez, Lula da Silva, Evo Morales, entre otros representantes de la resistencia latinoamericana que realizaron lo mismo que el astro del balón. Ellos enfrentaron y contraatacaron al vampiro desde sus entrañas. Maradona lo hizo con sus piernas, sus poéticos fusiles, cuando se opuso y venció a los clubes opulentos de futbol del norte burgués de Italia, arrancándole al Milan, a la Juventus de Turín y a la Lazio de Roma, el scudetto del calcio italiano con uno de los equipos más humildes de la competición: el Napoli; echándose al mismo tiempo en el corazón a las masas napolitanas del sur italiano.

Quizás eso hizo estoicamente sublime a Diego, romper simbólicamente el orden del mundo económicamente ya distribuido redimiendo el furtivo ímpetu de las masas. Tal vez también lo convirtió en un grande, que sólo le bastó un balón y una mano para robarle la “billetera” a los capitalistas ingleses después de Malvinas, como señala él mismo en su autobiografía (Maradona, 2000, p. 176). Ese mismo día, Diego logró vacunarlos nuevamente, burlándose de ellos incisiva, transversal, monumental y nuevamente recorriendo en solitario más de media cancha, driblando a medio mundo, para anotar el mejor gol en la historia del balompié, en el inolvidable México 86 ¿Lo han observado? Tal vez, Diego representa para las masas algo que Freud no elucidó completamente en su Psicología de las masas y análisis del yo. Para Freud (1921), “la masa” se sostiene en “ligazones recíprocas” y “parciales” en las cuales reside su “identificación” (p. 101). La masa es, en este sentido, el lugar en donde se pone en entredicho la regulación económico-libidinal de las sociedades mediante cierta condición hipnótica de los ideales representados en los líderes o los conductores de la misma.

No obstante, al médico vienés le faltó sin duda ver jugar a Diego arropado por la gente; probablemente eso lo habría hecho reflexionar un poco más y ver que las organizaciones políticas de Latinoamérica y sus movilizaciones no son solamente guiadas “artificialmente” por los ideales nacionales o las condiciones religiosas sino también por una libido volcada en hostilidad, como el mismo Freud señala, contra las determinaciones políticas administradas por el saber del amo y su ejercicio de poder. Las masas no responden solamente a lo que el esloveno Mladen Dolar define como el “sujeto supuesto gozar” que merodearía en la actividad de las masas. Dolar (1998), partiendo de la idea del sujeto supuesto saber de Lacan, muestra que “el poder puede encontrar su frágil base en un sujeto supuesto gozar” y en “el supuesto goce que deriva su consistencia sólo de fantasía: su promesa, su retirada y su realización paradójica” (p. XVIII). Si bien el fútbol puede servir para la reproducción ideológica y fantasmática de una regulación y control de las masas, en el caso de Diego, como de algunos otros jugadores (véase, Peinado, 2015), la cuestión es sustancialmente diferente pues Maradona trastocó el orden administrado del goce de muchos fanáticos del fútbol.

Maradona, desde mi perspectiva, no pretendía encauzar o dirigir a las masas sino provocarlas, hacerlas despertar, incitarlas, quizás por eso siempre generó tanta expectativa, tanto odio, tanto recelo y tanto enojo. Diego incluso desquició las redes sociales el día de su muerte y, como es conocido, muchos internautas bien pensantes emitieron su moral y rimbombante juicio ante algunas de las situaciones extra cancha del diez: Maradona el tramposo, Maradona el adicto, Maradona el mal deportista. A pesar de todo ello, Diego, con su radicalidad desconcertante, le evocó a las masas, incluso después de muerto, su coraje, su obstinación, su desencanto ante las políticas globales. Maradona recordaba dentro de las canchas que las masas hacen y, en el principio, son la acción. Las masas no piensan, libidinizan pulsionalmente en un reverso al orden. A ellas no las controla la razón, por eso agitan y hacen temblar al amo como hemos visto a lo largo de la historia. Diego, las masas y sus levantamientos políticos, por y más allá del fútbol, recuerdan constantemente que es imposible adecuarse o adaptarse a la miseria política capitalista. Aunque a veces esas mismas masas gozantes utilicen la violencia, sus fines son distintos y siempre necesitan de ese empuje hipnótico que les propulse, poco importa de donde venga.

El reclamo político de Diego Armando Maradona, aun cuando apareciera en comerciales de Coca-Cola y ganara millones de dólares, siempre estuvo presente en su recorrido profesional. Maradona reveló, desde el terso y verde césped de los estadios, a veces con obviedad, otras veces con ingenuidad y algunas otras con profunda rabia, que el capitalismo era el principal problema del mundo y, en efecto, también de la mercantilización de la pelota.  Es el capital, y nadie más, el principal responsable de muchos de los malestares que aquejan a nuestras poblaciones, y todo esto quedó evidenciado también gracias a los botines y la historia de Diego. El astro futbolístico del universo infinito, tomando prestada la frase de Koyré (2000) que podría sustentar epistemológicamente la condición contingente, abierta y real de lo inconsciente, es una figura sintomática. Maradona como síntoma es una estaca, un ajo, una verbena, cualquier otro elemento que sirva en su más puntual y ficcional utilitarismo, como arma para desvelar y atacar la economía libidinal del capital, en eso estriba toda su importancia política.

Reescribo estas palabras sobre Maradona y no dejo de sentirme todavía sumamente afligido, no supero su partida. Debo confesar que el día de su muerte miré, en la soledad de mi habitación, una y otra vez, la recopilación de sus goles en YouTube soñando despierto. Tal vez esa mala costumbre de soñar la tenía también él en la pobreza de Villa Fiorito cuando comenzó su carrera en el balompié. Sí, ese es el verbo correcto: soñar. Porque el sueño es puro trabajo como mostró Freud (1900) en su Interpretación de los sueños y el inconsciente, su territorio por excelencia es igualmente, según el psicoanalista francés Jacques Lacan (1974), el “trabajador ideal” (p. 544). El inconsciente trabaja, pero puede no ser partícipe del goce capitalista y desalmado al que es demandado en el sistema simbólico de la cultura. De este modo, el trabajo del inconsciente sólo puede ser puesto en la consciencia de modo traumático y desvelador, de forma sintomática, adueñándose de un cuerpo y poniéndose en acción mediante una mecánica resistente a la impostura de todo el orden establecido por la significación social del mundo.

En ese sentido, Maradona, no temo decirlo, se manifestó como un síntoma descubriendo algunas de las más tenebrosas dinámicas del capitalismo, exhibiendo inclusive cómo el capital le usó y lo desecho. Diego Armando les mostró a las masas algo más que poesía tocando y haciendo goles con la bocha. Una mítica tarde de 1994 en Massachusetts, Estados Unidos, o lo que es lo mismo, el paraíso del libre mercado y los grandes capitales, Diego era aprehendido en plena cancha. La FIFA no le iba a perdonar sus desacatos de cuatro años antes en Italia. Diego se había burlado de la corrupta federación de futbol en la capital del fascismo. Maradona había teñido el celeste azul del cielo italiano con el terso y cálido abrigo blanco que da tonalidades albicelestes, el blanco de la pelota y de la cocaína. Esta vez el amo capitalista, en uno de los países con mayor consumo de enervantes en el mundo, como chiste sin gracia, le puso la zancadilla final. Los grandes capitales no podían permitir una desfachatez nuevamente. A Diego, el capital, en su modalidad de futbol asociación, le cortó las piernas como él mismo confesó y nos quitó parcialmente su poesía, ¡Cuánto sabía Diego, como los poetas, como las masas, del placer de romper los sentidos!

Diego Armando Maradona pertenece al olimpo etéreo de los dioses terrenales, los de carne, los dioses que se hacen y surgen desde las masas iletradas, los dioses que no son una ilusión como las deidades analizadas por Freud, los dioses imperfectos, un dios que dio con el futbol, ánimo y aliento a las masas. El caso de Diego Armando no puede ser reducido a un culto a la personalidad, sería una estrategia sosa y sin sentido. Por el contrario, su caso permite recordar la potencia sintomática del sur geopolítico masacrado, endemoniado y abrumado por vampiros. Tampoco sería un héroe pues, pese a su gusto por el lujo, jamás buscó el sacrificio. Y si en el mundo le rinde tributo en tanto Dios no resta más que decir: ¡Qué tremenda astucia la de construir dioses que no gozan eternamente!

Maradona, con el 10 y las masas a su espalda, dio una pista, una pequeña clave final esa tarde antes mencionada. El pelusa albiceleste salió riéndose del estadio estadounidense escoltado por una enfermera suiza en lo que sería, a la postre, su último mundial. Esa risa icónica de Diego Armando podría representar lo que el psicoanalista esloveno SamoTomšič propone para incordiar la carcajada glotona del capital pues “la risa como arma contra el capitalismo”, en paralelo, “parece proponer que el capitalismo podría estar estructurado como una broma” (p. 29). El capitalismo es un espectáculo de risa, un pésimo chiste, quizás por eso esté tan cerca de la tragedia. Una de las formas de salir de sus garras es aprendiendo a reírnos de él y no con él y sus malos chistes, jugándole buenas y mejores bromas. El chiste, finalmente, es un empuje más del inconsciente, nuestro ideal proletario, para derrocar con su trabajo a la hidra del capital, aunque conviene no olvidar que el chiste no es la ironía o el cinismo, que tanta dicha otorgan a las comunidades contemporáneas de buenos pensadores. Freud (1905), en el Chiste y su relación con lo inconsciente, también enseñó todo esto en su modo supuestamente apolítico e individualista de ver el mundo, cuestión tan absurda como aquellas frases canallas que separan el futbol, como fenómeno de masas, de la organicidad y la práctica política.

Para concluir, la risa de Diego Armando despliega, como formación inconsciente, una subversión sintomática. Expone las dinámicas que desarrollan las grandes corporaciones del capital para copar y contener todo aquello que lo pone en suspenso, aquello que le molesta como piedrita en el zapato evitando su reproducción mercantilista. Maradona y su risa les recuerdan también a las masas que es posible reírse del capital y para ello es indispensable dar lugar a lo inconsciente. Basta añadir con esto, que las masas ignorantes e iletradas tienen y utilizan, con todo lo anteriormente descrito y provocado por Diego, las claves y la fuerza para deshacer la miseria gozante, maquínica e irrisoria del vampiro. Esta condición indispensable y portentosa debiera ser envidiada por muchos intelectuales y por todos aquellos quienes radicalizan en 140 caracteres vía Twitter.

Referencias

 

Althusser, L. (2010). Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan. México: Siglo XXI.

Badiou, A. (2004). La ética. México: Herder.

Dolar, M. (1998). Introduction: The Subject Supposed to Enjoy. En: The Sultan’s Court European Fantasies of the East(pp. IX-XVII). London: Verso.

Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. En: Obras completas (vol. IV). Buenos Aires: Amorrortu, 2000.

Freud, S. (1905). El chiste y su relación con lo inconsciente. En: Obras completas (vol. VIII). Buenos Aires: Amorrortu, 2000.

Freud, S. (1915). Pulsiones y destinos de pulsión. En: Obras completas (vol. XIV, pp. 105-134). Buenos Aires: Amorrortu, 2000.

Koyré, A. (2000). Del mundo cerrado al universo infinito. Madrid: Siglo XXI.

Lacan, J. (1974). Televisión. En: Otros escritos (pp. 535-572). Buenos Aires: Paidós, 2012.

Maradona, D. A. (2000). Yo soy el Diego de la gente. México: Planeta.

Marx, K. (1844). Manuscritos de economía y filosofía. Madrid: Alianza, 2009.

Marx, K. (1867). El Capital. Crítica de la economía política (vol. I). México: Fondo de Cultura Económica, 2006.

Peinado, Q. (2015). Futbolistas de izquierdas. Entre fútbol y política. Madrid: Léeme Editores

Tomšič, S. (2015). Laughter and Capitalism. Journal of the Jan van Eyck Circle for Lacanian Ideology Critique (8), 22-38.

[1] edgar.jusan@gmail.com

[2] El presente artículo es una versión corregida y aumentada de un escrito elaborado para la presentación del libro: Política y violencia. Aproximaciones desde la psicología social (México: Terracota-UAM-X) realizada en diciembre de 2020.

[3] La canción de Vegas es realmente una adaptación, o mejor dicho una complementación, de la pieza “Devil Town” de Daniel Johnston que fue también previamente llevada al Euskera por Mursego. El título del apartado es el inicio, en Euskera, de la canción de Vegas, interpretado por la cantante guipuzcoana Maite Arroitajauregi (creadora de Mursego) y que en su traducción significa: Viví en la ciudad del diablo.