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Reforma democrática: partidocracia, feudo de la clase media



Reforma democrática: partidocracia, feudo de la clase media

Cesar Martínez

(@cesar19_87)*

Habiendo caminado las frías pero concurridas calles de Petrogrado durante octubre y noviembre de 1917, el periodista estadounidense John Reed vio claramente que el choque entre los dos bandos confrontados del Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Rusia –los bolcheviques contra los mencheviques– era en realidad la lucha del Pueblo contra el viejo régimen y contra la clase media. “Este país está frente al dilema de lograr un cambio político… y detenerse ahí, como quiere la clase media; o realizar una transformación política, social y económica, como lo anhela el Pueblo”, escribió Reed en su clásico libro Los Diez Días que estremecieron al Mundo.

La clarividencia de Reed consiste, en primer lugar, en haber presentado la polarización política no como el melodrama de la presunta “falta de unidad”, sino como la contradicción histórica y material entre el partido político que se concibe como órgano de la consciencia y praxis de clase; y el partido político que se concibe como aparato ideológico para conservar el status-quo. Se trata del debate que en pleno siglo XXI sigue sin resolverse entre optar por la democracia participativa o seguir en la democracia encadenada a la representación.

De modo que, en segundo lugar, la clarividencia de Reed consiste en explicarnos que la consciencia de clase es la actitud individual y grupal ante quienes están debajo nuestro en la estructura social: “A pesar de decirse de izquierda, progresistas, demócratas e internacionalistas, los mencheviques desconfían de la madurez del Pueblo y creen que el Pueblo es ignorante. Por eso, ellos solo quieren el cambio político; y por eso necesitan aliarse con los potentados más de lo que los potentados los necesitan a ellos.”

Los Díez Días resultan pues una crónica imprescindible sobre cómo una partidocracia termina defendiéndose como aparato ideológico –es decir, cayendo en contradicciones– cuando el Pueblo demuestra la madurez y el conocimiento que sus adversarios de clase media suelen negarle. Así es que Reed continúa ofreciéndonos importantes claves a desarrollar para un México donde el Pueblo, aquí y ahora, debe aprovechar el empuje histórico del 2018 para acabar con décadas del monopolio de clase media sobre la representación política a partir de la reforma democrática que está por venir.

Mientras en Petrogrado, hoy San Petersburgo, los bolcheviques y los mencheviques llevaban a cabo su confrontación política, mediática, militar y urbana, en Querétaro los legisladores constituyentes proclamaban la actual Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, cuyos principios populares y democráticos fueron ignorados y violados casi inmediatamente, de acuerdo al ensayo Mitos y Realidades de la Clase Media en México de Gabriel Careaga publicado en 1973: “A partir de 1917 la clase media emergente va a ser la conciliadora, manipuladora o la principal integrante de los nuevos partidos políticos… No es que la Revolución Mexicana haya sido de clase media, la Revolución fue un movimiento popular que fue desviado y traicionado, en beneficio de la clase media emergente y la nueva burguesía.” (221-222)

La gran tesis de Careaga nos señala que el carácter supuestamente “apartidista” de una clase media obsesionada con la sensación de seguridad material –es decir, francamente miedosa– la ha llevado históricamente a crear instituciones de acceso restringido con el fin de legitimarse frente al Pueblo y frente al gran capital. Estas instituciones son la burocracia pública y privada, los medios de comunicación, las dependencias gubernamentales, las universidades y –por supuesto– todo organismo de representación donde la gente del Pueblo es discriminada bajo la excusa de que no tiene un título académico o de que no habla con propiedad –tales como los partidos políticos, las así llamadas organizaciones de la sociedad civil, los parlamentos y los congresos.

Desprovista entonces de mayor recurso que la promoción de su propio estilo de vida y la intolerancia frente a formas distintas de ser, la clase media termina alimentando un poder impersonal y un Estado autoritario que otros eternamente manejan en su nombre. Careaga cita una frase de Alexis de Tocqueville según la cual el espíritu de la clase media solo es activo y creador cuando se inspira en el Pueblo o en “la aristocracia de la burguesía”, dado que por sí mismo dicho espíritu cobarde y corrompido solo engendra gobiernos mediocres y sin virtud.

Al imponer su propio estilo de vida como forma de violencia política y cultural contra el Pueblo, las personas de clase media renuncian al desarrollo de una auténtica individualidad y por lo tanto se dice que caen en un proceso de despersonalización, de debilitamiento del “yo”. Resulta fascinante comparar el libro de John Reed junto con el libro de Gabriel Careaga y hallar los mismos episodios de prepotencia y provocación que resultan cuando una persona de clase media confronta a alguien proveniente del Pueblo. Curiosamente o no, a menudo es la narrativa de la “formación educativa” la más usada por la clase media para agraviar a quienes juzga inferiores: en este sentido no tiene desperdicio la narración de Reed sobre cómo un estudiante universitario insulta y agrede a un soldado bolchevique, quien resiste estoicamente sin empuñar su bayoneta. “Sí, ya sé –replicó el soldado, goteándole el sudor por la frente– que usted es un hombre instruido, eso se ve. Yo no soy más que un ignorante.”

El vínculo teórico y práctico que une la forma de ser –caracterología, diría Careaga– en la clase media con sus preferencias políticas (aunque de dientes hacia afuera las niegue), es la ideología definida como enmascaramiento de las relaciones de poder. De ahí que solo cuando Careaga agota la explicación de la conducta basada en el servilismo o la lambisconería hablando del “arribista” del sector privado (“la forma más evidente y eficaz de conformidad es seguir la conducta según la modele el superior”, p. 170), él pasa a ocuparse del “arribista” dentro de los partidos políticos; lo cual da pie a la gran paradoja de la clase media: usar el mundo de la política para darse golpes de pecho por hábitos que cotidianamente existen en sus relaciones interpersonales.

En conclusión, la partidocracia en México seguirá su rumbo de simulación, servilismo y palabrería mientras continúe siendo el feudo de una clase media sin principios ni ideales que desde 1917 ha construido su estilo de vida menospreciando y burlándose del Pueblo. Dice Gabriel Careaga: “Y a pesar de que tiene en sus manos todo el aparato cultural, es incapaz de entender la historia”. Por ello, ante aquellas personas de clase media que son la excepción que confirma la regla, valdría parafrasear a John Reed sobre el carácter del Pueblo, que no es violento, ni dogmático ni tonto. Es el Pueblo que no ignora la existencia de las personas de otras clases, pero que solo les pide una cosa: que se definan, que sean valientes.

*Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura Estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía

Careaga, Gabriel (1973) Mitos y Fantasías de la Clase Media en México, Joaquín Mortiz.

Reed, John Silas (1919) Ten Days that shook the World, Seawolf.




El Plan antiinflacion, soberanía nacional y la lucha contra el imperialismo

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El Plan antiinflacion, soberanía nacional y la lucha contra el imperialismo

Jonatan Romero

“Debemos actuar, no quedarnos con los brazos cruzados porque la inflación, como todos sabemos, afecta mucho la economía y afecta más a la gente de escasos recursos económicos; es un impuesto y debemos de evitar que haya carestía de la vida, ese es el término más preciso”

AMLO

Tres interpretaciones de la inflación

A lo largo de los primeros cuatro meses del 2022 se ha discutido ampliamente sobre el proceso de inflación, frente y contra todo pronóstico la cuestión central sería abordar el tema desde amplios miradores del pensamiento económico. Entonces, el planteamiento del problema debe considerar, en primer lugar, las propuestas planteadas por los eruditos en estos temas, y, después abordar otros elementos para dar una explicación sobre la coyuntura que aqueja a la sociedad en su conjunto.

La primera hipótesis afirma abiertamente que la inflación es un tema puramente monetario y la causa radica en los planes y programas sociales de Joe Biden, es decir, el presupuesto priorizó la inversión “improductiva” y, en ese tenor, al dirigir el dinero en el gasto corriente, pues se desató una presión inflacionaria donde el adelante del equivalente general no tenía respaldo metálico y de la riqueza social de la potencia económica y militar. Aquí, el problema se centra en mirar al dinero como una mercancía, es decir, sólo se contempla su primera función: medir el valor de las mercancías en su conjunto.

La segunda hipótesis dicta que el problema no se sustenta únicamente en cuestiones monetarias, dado que la raíz de la presión inflacionaria debe mirarse en la crisis de los contenedores cuyo fundamento se dio en el canal de suez y se trasladó a otros puertos, y el colapso del mercado energético derivado de las tensiones geopolíticas en Europa. En este punto, los pensadores cuestionan la visión monetaria y, además, el enigma se traslada al tema real de la misma economía, el mercado de las mercancías, del gas y el petróleo.

La tercera hipótesis viene del grupo keynesiano-marxista de la cámara de diputados que están encabezados por Bernie Sanders, quién manifestó la relación entre estructura del mercado y la presión inflacionaria, pues, en última instancia, la coyuntura es la respuesta del poder de mercado de los oligopolios. Más allá de la doctrina marginalista o neoliberal, el “equilibrio general” no tiene sustento en las relaciones sociales de producción burguesa en el siglo XXI, porque la regla no se circunscribe en la libertad de mercado, sino en la competencia monopolista donde hay poder de mercado. En la inflación, los pobres se vuelven más pobres y los ricos más ricos.

Una mirada panorámica dictaría sinceramente que la presión inflacionaria ha puesto en el centro el debate mismo de la función del dinero y su impacto en los precios de las mercancías. En la larga noche neoliberal, la teoría monetaria de Friedmann fue la ama y señora de la respuesta al tema, ahora, después del colapso del sueño marginalista, los prolegómenos neoclásicos deben ser revisado y ponerse a prueba en la realidad misma de la economía burguesa, es decir, la crisis del capitalismo es, al mismo tiempo, la ruina de la visión hegemónica del funcionamiento mismo del mercado específicamente burgués.

Dos interpretaciones erróneas de la inflación

Un problema mal planteado lleva no sólo una mala interpretación, sino también lanza a una deficiente respuesta del enigma. La cuestión teórica también incumbe a la práctica misma, en ese sentido, la visión neoliberal nunca resolverá el problema, porque, sus premisas no contemplan la realidad como una totalidad contradictoria, más bien están secuestrados por el mito del progreso, ese que dicta que el mercado traerá el bienestar para todos y el fin de la historia. Ahora, el trabajo planteará dos lecturas derivadas de esta limitada forma de comprender el problema inflacionario.

Cuando se detonó la presión inflacionaria, la mayor parte de la sociedad pensaba en el carácter transitorio de la inflación, es decir, el incrementó de los precios no duraría más allá de un tiempo muy acotado, porque, según ellos, la coyuntura económica, era una respuesta de un choque externo. Al final de cuentas, la tradición neoliberal sigue muy arraigada en las clases sociales de este tiempo, y, se sigue pensando en los cisnes negros, es decir, los eventos repentinos que tienen la capacidad de cambiar el equilibrio del mercado.

La respuesta de la transitoriedad de la inflación tuvo su arraiga en los siguientes grupos: el primero colocó en el centro la cuestión de la pandemia, el segundo manifestó en el corazón del debate la crisis de los contendores y el tercero redujo la problemática a la guerra entre Rusia y Ucrania-EUA. En términos generales, sin restarle importancia a los puntos previos, el incrementó de los precios no se puede acotar a un choque externo, ya que, sólo se vería una dimensión del problema, y, así la conclusión sería falaz. Hoy en día, las explicaciones dictan que el problema es estructural y tomará muchos años corregirlo o neutralizarlo.

Otra cuestión ideológica fue la de superar la crisis con base en la política monetaria, aquí, el resultado no fue para nada exitoso. Y, sin temor a errar en el análisis, el colapso neoliberal comenzó cuando la reserva federal y las bancas centrales no lograron contener la presión inflacionaria con la tasa de interés. Aquí, los eruditos sobre el neoliberalismo no saben explicar el problema, pues sus reglas no funcionan simplemente y han dado una serie de rodeos ideológicos muy infantiles.

Ahora, la ruina de la teoría monetaria comenzó realmente cuando bajaron la tasa de interés, ocasionando una escasez artificial y detonaron una nueva ola expansiva del incremento de los precios, pero, sellaron su hegemonía en el preciso momento en que al volver subir la tasa de interés, se aceleró la especulación y el resultado fue otra ola expansiva inflacionaria. Es decir, la banca central no logró dar respuesta al tema desde su postura filosófica, cultural y económica neoliberal. Jerome Powell no sabe en sus conferencias que decir en sus informes y cada vez que sale termina alimentando el apetito del capital ficticio.

Entonces, la inflación no es transitoria y tampoco se puede reducir a un fenómeno monetario, y no lo dice un análisis marxista o comunista, más bien, responde a las propias condiciones materiales que atraviesa la crisis civilizatoria burguesa. Pero, si lo hasta aquí visto se concluye en las falacias difundidas a lo largo de la historia del pensamiento económico, entonces donde se encuentran las bases científicas de los enigmas que plantea el siglo XXI. Las respuestas se concentran en un polo en las dimensiones geográficas y en el otro en el mundo de la epistemología, es decir, por un lado, el gobierno de Obrador en México lanza una propuesta viable y, por el otro, se hace necesario trazar una conexión con la obra de Marx.

El plan Inflacionario de AMLO y la crítica a la economía política

Ahora, la cuestión central es romper con el círculo vicioso de la competencia monopolista; aquí la cuestión no está en quitar un tipo de monopolio (capital financiero) y colocar otro (uno estatal), sino la propuesta lleva a contraponer la fuerza de mercado a la de la política. Esto es muy relevante, porque no se trata en apostar por una economía estatizada sino que el mercado se pueda regular con el poder político.

Aquí, la cuestión central no es la misma propuesta del presidente, sino más bien, trazar la esencia de la misma estrategia antiinflación, ya que, la visión no se reduce a los estándares neoliberales, ya que, en todo, caso, la inflación es producto de la economía capitalista y no puede reducirse a un choque externo o un problema monetario. Por eso, la cuestión tiene en su pilar, atacar el corazón mismo de la presión del alza de los precios: la renta del suelo. Es decir, la estrategia ataca la misma forma de propiedad privada de la naturaleza y sus productos, por eso mismo, es importante que las tres variables sean: alimentos, energía y transporte.

La estrategia va dirigida a mediar en los tres sectores determinantes en el desarrollo capitalistas, y, por esos mismo, se le antepone el poder político a los monopolios u oligopolios de las actividades agropecuarias, el transporte y la energía. Andrés Manuel sabe muy bien que no puede dejarle el control total de la economía doméstica a las grandes trasnacionales y debe procurar apostar por la soberanía alimentaria, energética y de las vías de comunicación. No se trata únicamente de una planificación básica, sino de una estrategia que trata de recuperar la propiedad de la naturaleza y la pueda gestionar el poder político a favor de la nación.

Entonces, la conclusión política es en este tema que la inflación proviene de la economía capitalista y sintetiza su tendencia histórica. La economía capitalista necesita presionar sobre los precios para incrementar la ganancia extraordinaria, pero su sello también la lleva a su ruina, ya que ese incremento lo intercepta el terrateniente y se convierte en renta del suelo. El nivel mínimo de 3% no está basado en la estabilidad de la canasta básica de los alimentos, sino en la capacidad de captura del beneficio de los oligarcas de la naturaleza, es decir, la banca central hizo un pacto social entre burgueses y terratenientes que se rompió con la crisis capitalista.

El gobierno apuesta por una estabilidad más allá del beneficio de las élites y procura poner en el centro la lucha política para controlar los intereses mezquinos de las clases parasitarias de esta sociedad. AMLO quiere recuperar la soberanía nacional de los recursos naturales de México para, así contener las ondas expansivas de la avaricia de los dos sectores más rapaces de la economía burguesa: la oligarquía financiera y la terrateniente.

Luchar contra la inflación no es una cuestión epistémica, sino que se circunscribe en el mismo seno de la lucha de clases. En ese sentido, tomar posición por la teoría monetaria equivale a asegurar un margen de rendimiento a las oligarquías internacionales y nacionales en detrimento de la sociedad mexicana; pero si se toma una postura radical, entonces, se tocará el corazón del tema que sería atacar la raíz de la dominación capitalista: el monopolio de las mejores tierras en pocas manos. Hoy defender la propuesta de AMLO es defender el primer paso para disputarle la hegemonía tanto al capital como a la terrateniente.

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El proyecto anti-inflacionario: el rompimiento con la visión neoliberal



El proyecto anti-inflacionario: el rompimiento con la visión neoliberal.

Oscar David Rojas Silva

El anuncio del acuerdo sobre precios para contener el problema de la inflación nos permite observar la transición entre modelos económicos. Claro que no se trata de la concepción de una teoría que fielmente se aplica a la realidad sino una forma de modelación, un cambio de criterio que desde la fuerza de la planeación económica del Estado postula un nuevo equilibrio entre tres sectores: el sector gobierno, el empresarial y el social.

La envejecida imagen de los mercados autoregulados en la que el sector empresarial se vuelve poder unilateral, subsumiendo al gobierno y a la población a los designios de la ganancia capitalista da paso al reconocimiento de que –como dice Hinkelammert– el mercado es un asunto de poder. De ahí que la economía se aleje de su formulación matemática de contrapesos entre oferta y demanda y se torne hacia la operación de la política como actividad económica real.

Al respecto de la inflación, debemos decir que es un fenómeno de alta concreción (junto a categorías como crisis o mercado mundial) porque son muchos elementos lo que la definen. En el caso contemporáneo, la inflación que vivimos se produce estructuralmente por la flexibilidad cuantitativa bajo el monopolio de la moneda mundial. Pero de forma particular esta versión en particular tiene que ver con la combinación de la pandemia y la guerra.

La pandemia significó, en un primer momento, la detención abrupta de la demanda, un shock de demanda que puso sobre la mesa la debilidad de la cadena de valor global o, dicho de otra manera, la inmediatez con la que funciona el mecanismo de la tasa de ganancia. En este mismo sentido es que la reapertura produjo un shock de oferta que, mediante las cadenas de suministro saturadas, mostró su afectación no solo en materia de bienes finales sino también de los intermedios, expresión de una estructura productiva segmentada a escala planetaria. Así, la este fenómeno toca no solamente al capital comercial sino al capital productivo. Esto se tradujo en la concreción del fenómeno inflacionario puesto que lo que se vuelve dominante son los precios internacionales.

Por si esto fuera poco, la guerra generó una elevación de los precios de los energéticos que, como se sabe, se trata de la materia prima esencial que mueve el molusco productivo mundial. Sin olvidar, por supuesto, que los territorios particulares en conflicto significan segmentos relevantes para el sector alimentario, específicamente de trigo y fertilizantes. Además, la guerra híbrida que la OTAN ha desarrollado en la región nos ha permitido observar como la dinámica de sanciones económicas produce afectación no solamente al objetivo “estratégico” sino a la economía como un conjunto.

Frente a esta tormenta es que podemos identificar dos tipos de formaciones estatales: aquellas que siguen atadas a la ortodoxia del Consenso de Washington, y aquellas que buscan la restitución de la autonomía expresada en la planificación.

De ahí que el proyecto antiinflacionario que se presentó recientemente es expresión, no solo de una “intervención estatal” sino de una coordinación entre los sectores de la economía mixta para evitar el disparo de los precios, toda vez que en este fenómeno se incluye también la complejidad de las expectativas. Es decir, la inflación se puede convertir en una espiral que desate una inercia basada en el pánico por asegurar ganancias futuras.

Así, la idea de consolidar una redefinición de canasta básica, en el contexto de la recuperación del salario, de la eliminación del outsourcing y la restitución de reparto de utilidades nos lleva a la concepción de un proyecto basado en la protección del sector social.

Esto, por supuesto, nos aleja de la ortodoxia monetarista de esperar a que sea el Banco Central el único que vele por el sistema de precios mediante los cambios en la tasa de interés. Es el sector estatal el que puede introducirse activamente en este reequilibrio mediante acciones diversas que llevan a hacer un análisis a lo largo de la cadena productiva. Es decir, desde el aumento de producción (recuperación de oferta) hasta la generación de condiciones que eliminen costos en la distribución (seguridad en carreteras, formulación fiscal especial para importaciones, etc.).

En suma, este proyecto antiinflacionario es un tema de análisis de pleno interés bajo la perspectiva del cambio de modelo. Habrá que ver los efectos en seis meses e ir profundizando creativamente el nuevo tipo de intervención en el contexto de una economía ya no neoliberal sino mixta social.

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El ultraizquierdismo frente a la revocación de mandato: vigencia de Lenin en el contexto político mexicano actual



El ultraizquierdismo frente a la revocación de mandato: vigencia de Lenin en el contexto político mexicano actual.

Eber Jiménez

Introducción

Desde hace aproximadamente 4 años con la llegada de la nombrada Cuarta Transformación (4T) de México impulsada desde la presidencia, en primera instancia, por el ciudadano Andrés Manuel López Obrador y secundada por el partido Movimiento Regeneración Nacional, hemos sido testigos de un cambio político trascendental para la edificación de una democracia verdadera, de participación consciente y educadora de masas. Primero por la consulta nacional sobre el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México en 2018, donde hubo una participación de alrededor del 1.22%, según cifras del INE, institución encargada de llevar a cabo cada uno de los ejercicios democráticos. Posteriormente en 2021 con la consulta popular de los Juicios a ex presidentes que incrementó el número de participantes a un 8%; y este año 2022, el pasado 10 de abril, la consulta popular por la Revocación de mandato donde se alcanzó un total del 18.2% de ciudadanos que llevaron a cabo dicho ejercicio.

Ahora bien, dejando de lado, un poco, los “datos duros” de los resultados de dichas consultas, nos hacemos las siguientes indagatorias; ¿Cuál ha sido el posicionamiento de muchos intelectuales, incluso de quienes se dicen pertenecer a la “verdadera izquierda” y de qué forma esto beneficia las posiciones de derecha? ¿Cómo recuperamos de la (re)lectura de Lenin una rectificación para la creación de un partido fuerte?

El problema

En 1920 Lenin en La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, describió una situación que ocurre aún poco más de 100 años después dentro de la izquierda, a saber: existen grupos de intelectuales de izquierda con aspiraciones pequeño burguesas que se oponen a los cambios de gobiernos progresistas por no ser “verdaderos comunistas”, y que en su oponerse terminan por hacerle el juego o peor aún, reproducen los argumentos de la derecha.

Aunque como marxistas tomamos como punto de partida la historia para el análisis de la situación y condiciones que nos acontecen por mor de poder tomar lecciones que nos encaminan en una dirección correcta de lucha política, no debemos transportar ciegamente, “por simple imitación, sin un espíritu crítico esta experiencia a otras condiciones, a otra situación es el mayor de los errores.” (Lenin, 17) Posterior a lo dicho, no debemos pasar por alto la premisa de Marx y Engels según la cual el materialismo histórico y dialéctico no son un dogma, sino una guía para la acción que nos lleve como finalidad, la liberación de los oprimidos.

Otro de los errores en los que caen quienes adoptan, aun teniendo conocimientos avanzados de la teoría marxista, es creer que existe una fórmula mágica que nos llevará sin problema alguno de una etapa histórica a otra sin necesidad de detenernos a replantear direcciones, que “basta su deseo de saltar las etapas intermedias y los compromisos para que la cosa esté hecha, y que si –ellos lo creen firmemente– “estalla” uno de esos días y el Poder caen sus manos el “comunismo será implantado” al día siguiente.” (Lenin, 22)

Si bien hemos de ser objetivos, el gobierno de la 4T no es socialista en el sentido estricto de la palabra y dista o –si se quiere ser exageradamente riguroso– nada tiene que ver con lo que en su momento los bolcheviques representaban. No obstante, como comunistas es un error grave el distanciarnos de dicho movimiento político por no ser lo que nosotros deseamos porque “es obligatorio aprender a actuar legalmente en los parlamentos más reaccionarios y en las organizaciones sindicales, cooperativas, de seguros y otras semejantes, por muy reaccionarias que sean.” (Lenin, 10)

Lo anterior solo demuestra que hay un conflicto de clase, conflicto que se ve acrecentar en los intelectuales, y no nos referimos a los intelectuales orgánicos de la burguesía, sino a los intelectuales que en la comodidad de las universidades y abrazados por la estabilidad de la academia solo disparan palabras hueras, que sospechan de todo y no aportan nada que pueda beneficiar en la praxis. Partimos de lo que se denomina como intelectuales, ya que, uno de los principales errores que podemos ver en las universidades es que, en la investigación, y aún más en las llamadas humanidades o ciencias sociales, se privilegia la teoría por encima de la práctica. Incluso a manera platónica se vive en el mundo de las ideas, por lo tanto, se desprecia el mundo real y con ello todo lo que no representa lo que un intelectual debería aspirar a ser, sin embargo, “eso no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello.” (Gramsci, 15)

Posterior a lo dicho, esta posición que toman los intelectuales se transmite a las generaciones subsecuentes y al no haber un análisis concreto de la situación concreta, continúan como “izquierdistas” que coquetean con la derecha puesto que, dentro de su programa político inaccesible para las condiciones concretas de nuestro tiempo y lugar, no hay cabida a la posibilidad de trabajo político en conjunto y se termina por tomar una posición infantil donde “todos estan mal menos yo”.

Participación consciente: etapa intermedia del camino

Partiendo de la premisa leninista sobre el infantilismo por parte de ciertos izquierdistas que desean de “la noche a la mañana implementar el comunismo” y “pasar por alto las etapas intermedias” para dicha finalidad, podemos afirmar que los ejercicios democráticos forman parte de un intermedio entre la democracia representativa y la democracia participativa consciente, esto debido a la incipiente conciencia democrática, puesto que anterior al actual gobierno la representación seguía la línea propuesta por la Modernidad. Según Dussel,

“una democracia representativa, manipulada por la burguesía ante el poder de la nobleza feudal en decadencia (…) se cuidó mucho de ir dando participación al pueblo mismo urbano, obrero o campesino, y a la mujer, y a otros sectores de la sociedad civil dominados, y si le fue concediendo derechos de alguna participación no lo hizo de tal manera que los mecanismos de la representación le permitiera ejercer un proyecto con fisonomía de hegemónico, que siempre se volcaba al final a su favor.”  (19)

Durante los gobiernos posteriores a la Revolución y anteriores a la 4T, la democracia limitaba a sus ciudadanos a asistir a las urnas cada 6 años para estérilmente depositar lo que nuestra voluntad deseaba, pero que inconscientemente sabía no sería cumplido y que nos conformábamos con decir: “solo nos tenemos que esperar 6 años”. La posibilidad de cambio se reducía a eso.

Es por ello que dentro de los círculos de intelectuales en las universidades y la academia del 2018 a la fecha se sospechaba de las consultas populares, se acusaba de simulación, de narcisismo del presidente o incluso se preguntaban ¿cuál democracia? La democracia representativa estaba tan enquistada que nos habíamos habituado a que no importaba si el representante político no cumplía o “chapulineaba” de partido al llegar a la curul (como el caso reciente de Lily Tellez, que fue elegida como representante de MORENA-PT-PES y declinó por el PAN) dejando así “la mera manifestación de la decisión de la voluntad del representante y no de la comunidad de los singulares representados.” (Dussel, 21) Ideológicamente no veían una alternativa y cuando se planteaba la participación ciudadana no se le daba crédito a las masas, al no estar instruidas y ser víctimas del “populismo”.

Educadora de masas: ¿Por qué?

Tomando como partida la primera consulta popular de 2018 a la cantidad de participación, pese a las campañas de la oposición para desinformar a las masas, pudimos observar un incremento en estos ejercicios democráticos. Lo anterior es de gran importancia ya que “la participación entonces es el primer momento relacional real del singular humano en su comunidad y la constituye como tal. Es decir, si cada singular no entrara en comunicación o no participara en acciones comunes, quedaría aislado y como tal perecería; pero al mismo tiempo, desaparecería igualmente la comunidad.” (Dussel, 23-24) A partir de lo aquí expuesto, podemos concluir indudablemente que se está gestando una revolución de las conciencias, que poco a poco los ciudadanos se dan cuenta del poder que tienen, que existe un proyecto de nación y más importante aún, que quienes se escudan en la academia para anteponer sus opiniones políticas contra dichas consultas pierden foro. De todas formas, hoy más que nunca debemos estar resueltos a no vacilar en la defensa de los mecanismos que podemos hacer valer de la democracia participativa y representativa.

Tanto para los representantes políticos como para los intelectuales que padecen de ultraizquierdismo y a la manera en la que hicimos mención anteriormente, la tesis de Lenin es más vigente que nunca: “el que no ha demostrado en la práctica, durante un intervalo de tiempo bastante considerable y en situaciones políticas bastante variadas, su habilidad para aplicar esta verdad en la vida no ha aprendido todavía a ayudar a la clase revolucionaria en su lucha por liberar de los explotadores a toda la humanidad trabajadora.” (26). Así, debemos estar resueltos en cada una de las oportunidades para concientizar a las masas y aprovechar las ventajas políticas que un gobierno progresista nos concede con el fin de volcar nuestras fuerzas en la cimentación de un sistema político aún más justo.

Bibliografía

Dussel, Enrique. Democracia participativa, disolución del estado y liderazgo político. Cuadernos del movimiento Vol II. México; Editorial Tinta Roja, Tinta Negra-Radicalizar la Democracia, 2012.

En linea: [https://www.enriquedussel.com/txt/Textos_Articulos/430.2011_espa.pdf]

Gramsci, Antonio. (Trad. Sacristan, Manuel). Antología. España; Siglo XXI Editores, 2019. Impreso.

Lenin, Vladimir I. Contra el dogmatismo y el sectarismo en el movimiento obrero. URSS; Editorial Progreso. 1960. Impreso

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El anarquista que odia a AMLO. El caso de Ilich Guevara (Un ensayo narrativo).



El anarquista que odia a AMLO. El caso de Ilich Guevara (Un ensayo narrativo)

Carlos Humberto Contreras Tentzohua

Ilich Guevara desprecia a AMLO y a la 4T. El es anarquista, seguidor del EZLN, y considera que la revolución se da desde abajo, desde los pueblos, y que la 4T es casi un fenómeno fascista. Desde que AMLO ganó las elecciones Ilich Guevara se la pasa despotricando contra el presidente, desde su Facebook o sus ponencias, así como con quien se deje escucharlo. Poco le importa que se le demuestre que cae en contradicciones y en sinsentidos. Como cuando en una charla en la universidad le recordaron la irrelevancia e inoperancia del EZLN, o que en sus peroratas es evidente que le gana el odio AMLO. El no cambia, y muchas personas consideran que tiene problemas.

¿Cómo llegó Ilich Guevara a despreciar a AMLO? Es toda una crónica, que bien vale un análisis. Una historia tragicómica, en donde el odio, las risas, así como la decepción se entremezclan para darnos este gracioso relato. Ilich Guevara estudió sociología en la década de 1970, en la UNAM, en esa época en donde muchos jóvenes se consideraban revolucionarios, leían lo mismo a Mao que a Lenin que a Althusser, y varios querían ser el próximo Che Guevara. Ilich Guevara entre ellos. Perteneció a diversas organizaciones izquierdistas, maoístas y guevaristas, en todas ellas se opuso de forma tajante al gobierno; pero cabe aclarar que desde entonces consideraba que la URSS había errado el camino, y que era el deber de los revolucionarios no caer en el estatismo-estalinismo como él le llama.

Es de suma importancia el mencionar que Ilich Guevara sí que leía y estudiaba, iba a mítines, reuniones, debatía, se enojaba, peleaba, etc, pero le encantaba el relajo y la fiesta, por eso es que durante las fiestas aprovechaba para fumar marihuana y beber alcohol en abundancia, costumbre que hasta la fecha conserva. Varias veces compañeros de los colectivos en los que militaba le llamaron la atención por esto, pues consumir esas sustancias en esos entonces era algo “burgués” y que sólo le servía al imperialismo, pero Ilich Guevara se defendía diciendo que era parte de su estilo de vida alternativo. Aun hoy en día todavía se defiende de esa manera. También disfrutaba con la música de Mercedes Sosa y de Inti Ilimani y sus cantos a la juventud rebelde y contestataria de su época. Ilich Guevara recuerda con agrado esos tiempos, quisiera regresar a ellos, todavía se siente joven a pesar de rebasar los 50 años.

Ilich Guevara en realidad siempre ha sido un rebelde en contra del orden establecido, un bohemio, opositor a cualquier forma de autoridad. Así como el estatismo le han molestado desde que recuerda, por eso es que aunque se consideraba marxista revolucionario, la realidad es que simpatizaba más con el anarquismo. De hecho para la década de 1980 ya le comenzaba a disgustar el comunismo, y veía con malos ojos a los “estalinistas” y a los maoístas, de los que poco a poco se fue alejando hasta que la URSS se desplomó y ocurrió lo de Tiananmen; desde entonces abrazó por completo al anarquismo.

La realidad es que Ilich Guevara abrazó sin cuestionamiento las críticas al marxismo-comunismo vertidas por escritores y filósofos claramente derechistas y que formaron parte de la guerra fría contra la URSS, como lo es el caso de Arendt, Aaron, Berlin, Solshenitzin, Orwell, etc. Nunca se preguntó por la veracidad o la intención de los escritos de esos pensadores, pero poco importó, ahora era anarquista, y consideraba que el socialismo había sido una traición al proletariado, y que tanto Majno como los marineros de Kronstadt habían sido la única verdadera esperanza de la Revolución Rusa, sin importarle que ellos también cometieron muchas atrocidades, ahora le tiraba con todo al marxismo igual que los reaccionarios.

Ilich Guevara se emocionó con el EZLN desde el inicio, y ya titulado como sociólogo comenzó a escribir varios artículos para apoyarlos. Se trasladó a Chiapas para conocer de cerca el asunto, saludó a Marcos, y creía firmemente que el EZLN era la continuación de la lucha de Zapata, y que no se trataba de derrocar a un gobierno para establecer otro, sino de crear autonomía, a pesar de que Zapata sí tenía un plan para gobernar a México, y que fue debido a la derrota que no pudieron implementarlo. Desde entonces Ilich Guevara piensa que el EZLN ha sido el único faro de luz en México y que han logrado demasiado, a pesar de que desde el 2001 el EZLN dejó de ser noticia nacional, y de que muchos de sus seguidores ya desertaron.

Cabe señalar que Ilich Guevara es un intelectual comprometido, desprecia a la academia, da clases en universidades sin pertenecer a las elites académicas, y desde sus publicaciones defiende su punto de vista. Ha escrito libros sobre Zapata, sobre la resistencia de los municipios autónomos; consiguió su doctorado en sociología a los 50 años, etc. Tiene el aprecio de muchos académicos, quienes no obstante le dicen de apodo el joven Guevara, ¿la razón? Consideran que es un señor que se siente chavo, y que lo idealiza y moraliza todo de forma patética. Si bien aceptan la calidad de sus trabajos, no obstante creen que es parcial, que exagera la actitud antigubernamental de los movimientos que analiza, por lo cual no es objetivo.

En una ocasión una estudiante de historia le pidió asesoría sobre la comuna de Morelos durante la Revolución mexicana, y éste alabó el anarquismo que predominaba en las filas zapatistas. Pero un doctor de historia muy respetado de la facultad revisó el trabajo de la estudiante y le dijo que eran puras patrañas, y que no había que hacerle caso a los trabajos del joven Guevara, pues exageraba todo y que mejor buscara otras fuentes. No se niegan las cualidades intelectuales de Ilich Guevara, pero es evidente que su área de estudio es lo único que domina a la perfección, y que en cuanto opina de otros temas sus fobias y odios le ganan, por eso pocas personas, incluyendo amigos lo toman en serio.  

Ilich Guevara cree firmemente que el nacionalismo, el fascismo, así como el Estado están interrelacionados, y que el deber de la izquierda, no solo del anarquismo, es alejarse del Estado de forma tajante, creyendo que basta con la resistencia para cambiar el estado de cosas. Ilich Guevara no comprende que el nacionalismo no siempre es fascista, pues precisamente naciones débiles resisten al imperialismo con tal de librarse de su yugo, tal y como lo hizo Vietnam contra EEUU. Tampoco comprende que el fascismo no comienza en el Estado, sino en la misma sociedad civil, y que el fascismo ante gobiernos de izquierda se refugia en sus centros (iglesias, clubes deportivos, escuelas) para resistir al Estado desde abajo, igual que el EZLN.  De hecho muchas veces es el Estado el que ilustra al pueblo, y en cambio la sociedad civil es la retrograda, pero a Ilich Guevara eso le da igual, sigue en su mundo.

En una ocasión se confrontó con un intelectual pro-AMLO, quien citaba a Atilio Borón cuando éste criticaba a Vargas Llosa, a Hayek y a Friedman, e Ilich Guevara afirmó que Borón es estalinista, que no es tolerante, y que los intelectuales deben ser libres y plurales. El intelectual pro AMLO le preguntó entonces si acaso él simpatizaba con los intelectuales neoliberales mencionados, a lo que Ilich Guevara respondió que lo que debe predominar ante todo es la libertad, aunque sean neoliberales, lo cual dejó entrever que entre neoliberales y anarquistas hay muchos parecidos. Para Ilich Guevara, AMLO es fascista porque quiere reconstruir al Estado, cosa que ni el PAN hace, con lo que queda claro que a Ilich Guevara le hubiera gustado que la derecha siguiera gobernando a  México.

Cuando no le quedan argumentos para defender su postura habla de cómo Marx despreciaba al Estado, o incluso de que Lenin afirmaba lo mismo, y es así que logra defender su anarquismo-neozapatista. Si bien con eso logra convencer a los incautos, las personas que conocen a ambos personajes saben que a Marx no le tocaron los tiempos de los gobiernos socialistas, ni de las guerras mundiales ni de las luchas por la liberación del tercer mundo, por eso es que dichas tesis han sido criticadas hasta el cansancio.

Aunado a eso el mismo Lenin tuvo que dar pasos al costado y rectificar sobre la necesidad de tener al Estado para mantener la revolución; eso sin olvidar que Lenin criticó duramente a los extremistas de izquierda por servirles a la reacción, o que incluso llegó a considerar al anarquismo una desgracia. Por cierto, también Gramsci despreciaba al anarquismo como una mera evolución del liberalismo, propio de personas ignorantes y apolíticas. Cuando alguien le dice eso a Ilich Guevara éste cambia de tema, o en su defecto se indigna, te insulta y se va, como chavo de bachillerato.

A Ilich Guevara le alegró el golpe de estado contra Evo Morales, ya que considera que Evo no es un indio de verdad, sino un “cholito”, pues los indígenas de verdad resisten desde abajo al igual que el EZLN, no toman al Estado y se vuelven gobernantes. Por supuesto que se puso triste cuando el MAS regresó al poder en Bolivia.

Ilich Guevara afirma que AMLO es igual de corrupto que el PAN y el PRI, y que la izquierda no puede tolerar eso. Puede que Ilich Guevara tenga razón en eso, pero ¿y las ONG´s que ayudan al EZLN? ¿Acaso cree que no son corruptas? ¿Piensa que no ocultan intereses siniestros? Ilich Guevara se indigna, y afirma que el EZLN no tiene nada que ver con esas ONG´s, y que además Marcos no quiere esa ayuda, lo cual es falso pues se celebró la ayuda que el Inter de Milán les dio en el 2005. ¿Por qué un equipo como el Inter apoyó a un grupo antigubernamental como el EZLN? Nadia sabe, Ilich Guevara menos, y por eso cambia de tema cuando lo cuestionan por ese tipo de cosas.

Cabe aclarar que Ilich Guevara se opone a todos los proyectos de la 4T. Por supuesto la culpa de la muerte de Samir Flores, un activista que se opuso a la termoeléctrica de Morelos, a pesar de que la investigación sigue en curso, y que todavía se desconoce al culpable. Criticó con todo a quienes celebraron la apertura del aeropuerto Felipe Ángeles, los consideró unos borregos. Finalmente también se opone al Tren Maya y pide que no se agreda a quienes se oponen, por eso es que se solidariza con Eugenio Derbez.

La verdad es que muchas personas prefieren evitar el debatir con él, saben que es una pérdida de tiempo. Entre esas personas se encuentran gente sin estudios, con estudios truncos, con licenciatura, y con posgrados; sin importar su nivel académico todos creen que sólo es un tipo necio y enfadoso. Muchas personas le dicen que se parece a Gilberto Lozano, otros que a Chumel Torres, incluso hay quienes creen que ya enloqueció y por eso le apodan el enloquecido Guevara, o incluso el abuelo anarcoloco. La realidad es que ya se volvió la piñata de todos los pro-AMLO que lo conocen, pero él prefiere ignorarlo, y se crea una historia donde sólo él tiene la razón.

La realidad es que Ilich Guevara solo leyó a Marx, a Lenin, a Althusser y a los demás por moda, no los comprendió, y solo citaba lo que le convenía, ignorando lo demás. No comprendió la magnitud de la Revolución Rusa, y los enormes avances que hizo para progresar; él es un oscurantista que cree que la revolución es para retroceder a aldeas idílicas y por ende no comprendió de lo que se trataba una revolución. Tampoco comprendió la magnitud de la Revolución China, su trascendencia para liberar a los pueblos del tercer mundo del yugo occidental, por eso es de los que cree que China traicionó al comunismo, cuando la realidad fue que sólo desarrollo su industria para rebasar a occidente, y así por fin liberar a la humanidad de 500 años de dominio occidental.

Tampoco comprendió la Revolución Mexicana, pues si bien para muchos fue una revolución interrumpida, no obstante consiguió destruir a elites bien arraigadas; logró el reparto agrario, a largo plazo la expropiación petrolera e incluso la modernización de México. Incluso el ahora despreciable PRI en algún momento fue un partido popular-obrero-campesino, bajo el nombre del PRM. E incluso, la Revolución Mexicana a la larga creó a un ejército no golpista como en Sudamérica, y eso es algo a valorar, pero que Ilich Guevara menosprecia sin más, a no ser su idea de un zapatismo anarquista que dista mucho de ser real.

No comprende a AMLO, lo menosprecia sin más, cree que el nacionalismo-popular es retrograda, pero lo cierto es que es un fenómeno que no comprende, y del cual carece de las cualidades para examinar. Ilich Guevara es tan solo un señor que no superó su juventud, que en su juventud se hizo de izquierda revolucionaria sólo porque era la moda, pero que en realidad no comprendía lo que leía o debatía. Ahora solo es un señor triste y amargado que pretende darles lecciones a los demás, cuando en realidad ni siquiera los estudiantes y/o personas menos brillantes lo soportan.

La realidad es que siempre fue un chavo nihilista, soberbio y deseoso de llamar la atención, y durante su juventud buscó en el marxismo todo aquello que le permitiera darle rienda suelta a su nihilismo narcisista y juvenil. El problema es que tanto el narcisista como el nihilista son autodestructivos, ambos terminan en nada, y ahora lo está experimentando, pues joven tampoco es. Mientras la 4T se consolida y fortalece, él se debilita y se aísla de los demás, al igual que el EZLN. ¿Quién diría que los defensores de la libertad absoluta, y que culpan al estado de todos los males, terminarían siendo destruidos por ellos mismos?

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El futuro desde la revocación de mandato



El futuro desde la revocación de mandato

Rodrigo Wesche

Tuvimos nuestra primera consulta de revocación de mandato el pasado 10 de abril. Contó con la participación de dieciséis millones y medio de participantes, equivalente al 17% de la lista nominal, de los cuales poco más de quince millones eligieron que el presidente siga en su cargo mientras que poco más de un millón votó por su revocación. Si bien son múltiples las aristas que se pueden considerar en un análisis, me enfocaré en las que tienen que ver con el futuro de nuestra realidad política a partir de este ejercicio de democracia participativa.

Los que abandonan la disputa democrática porque no les favorece

La oposición reparó en que las encuestas de popularidad no les ofrecían un panorama alentador para tratar de competir en la revocación. En un examen más detenido, contrastante con los anunciados por sus dirigentes en distintos medios después del proceso electoral del año pasado, calcularon que no tenían capacidad de obtener las firmas necesarias para solicitar su realización ni los votos para ganar. Con tal de no exhibir su poca capacidad de movilización ―pues están acostumbrados a construir consensos en restaurantes y no cosechar el apoyo de las personas en territorio― la oposición decidió abandonar la disputa democrática. Las consecuencias de eso son por lo menos dos. 1) Le entregaron los elementos necesarios al presidente para apuntalar su narrativa acerca de su gran popularidad y de la incapacidad de la oposición para hacerse del respaldo de la mayoría de las personas o, por lo menos, de sus electores poco acostumbrados a involucrarse en los asuntos de la vida pública del país, salvo cuando hay procesos electorales. 2) Exhibieron su carácter antidemocrático, pues ―a pesar de corear incesantemente su deseo de que AMLO deje de ser presidente― prefirieron llamar a no participar en un ejercicio inédito de democracia participativa (al respecto, no deja de parecer curioso que un personaje como Gilberto Lozano haya mostrado más cultura democrática que la mayoría de los representantes del PRIANRD y los consejeros-caciques del INE que desincentivaron la participación). En este sentido, visualizo el resto del sexenio una oposición con poco margen de maniobra para lograr disputarle la hegemonía al régimen de la Cuarta Transformación.

El examen de Morena rumbo a las próximas elecciones

Sigo la hipótesis de la internacionalista Blanca Heredia acerca de que la consulta sobre la revocación de mandato era el examen del propio gobierno y de Morena para conocer cuál es su capacidad real de movilización en las condiciones más adversas. En época vacacional, con un tercio de las casillas que debieron instalarse, casi sin publicidad, sin posibilidad de campaña por parte de ningún actor político y sin adversario, el presidente obtuvo quince millones de votos, más que los alcanzados por los candidatos del PAN y el PRI en 2018.

Para algunos despistados es la prueba de la caída estrepitosa del apoyo al mandatario. Sin embargo, si consideramos todos los puntos en contra que tuvo la realización del ejercicio, no resulta descabellado pensar que en el peor escenario Morena (con el empuje del obradorismo) obtendría una cantidad cercana a ese número de votos en las elecciones de 2024. Es decir, ese es el voto más duro que tiene la coalición en el gobierno. Las reflexiones tendrían que concebir la cifra como el piso y no como el techo, pues esas condiciones adversas no se repetirán en los ulteriores procesos electorales. A eso habría que agregar que la conclusión de las obras de infraestructura, la constatación de algunos resultados positivos en materia laboral, de redistribución de la riqueza y justicia social, y la carencia de un líder de la oposición, son incentivos para atraer más simpatizantes. Dicho esto, considero que la coalición en el gobierno sale fortalecida para las elecciones estatales de este y el próximo año.

La todavía-no efectivamente real revocación de mandato

Más allá del resultado fáctico, la facción gobernante ganó por lo menos en dos sentidos: 1) cumplió una promesa de campaña, 2) estableció el precedente de un ejercicio de democracia participativa que posibilitará destituir a un presidente que no cumpla con su mandato popular, 3) y empoderó al pueblo para próximos actos de democracia participativa. En los tres casos hay supuesta una particular relación con el futuro.

En el primero se refleja con claridad que la política descansa sobre una utopía (en este caso la cuarta transformación de México), plasmada en distintas promesas. Por eso, en buena medida la evaluación de un gobierno depende de su capacidad para cumplir o no promesas, que no necesariamente es lo mismo a obtener los añorados “resultados” de los “expertos”. Al haber cumplido esta promesa, el movimiento encabezado por el presidente gana puntos tanto en el discurso de su proyecto político como en la concreción de éste.

En el segundo caso, el futuro refiere a la capacidad de actuar del pueblo ante los próximos gobernantes, pero enriquecidos por la experiencia de este ejercicio reciente. Parecería perogrullada señalar que la consulta del pasado diez de abril estuvo plagada de imperfecciones y errores, sin embargo, es necesario insistir en ello dada la abstracción que abunda en las reflexiones de los opinólogos. La consulta de revocación que a ellos les habría gustado era la ideada en sus cabezas: perfecta y, por lo mismo, carente de realidad.

La única manera de efectuar dicho ejercicio involucraba «mancharla» de concreción, es decir, de contexto e historia. Haber logrado su realización no debe concebirse como la meta, sino más bien como el punto de partida de un proceso más amplio que, por un lado, inevitablemente limitará el derrotero que sigan los ulteriores gobernantes, y por el otro, porque al reparar en sus errores podremos mejorarla poco a poco. Todavía-no ha alcanzado su realización efectiva, pues no ha logrado ser vinculante, no obstante, eso no significa que el ejercicio sea estático. En la medida que lo usemos nos iremos acercando a su realización efectiva, a su plenitud, la cual inevitablemente, visto desde otro proceso político en el futuro, volverá a exhibirse como insuficiente e impulsará a generar otros mecanismos de participación.

Por último, haber dado el paso de recolectar firmas y el siguiente de participar ―ya fuera a favor o en contra― entrena al pueblo para futuros ejercicios de democracia participativa. ¿De qué sirve tener en la Constitución decenas de mecanismos para que el pueblo incida en su realidad política si nunca los pone en acción? Al final, el pueblo no es un sujeto dado, sino que se va construyendo en el camino. ¿Cómo edificarlo si no delibera y no participa?

Con un pueblo cada vez más fortalecido podemos soñar con un futuro político más incluyente y que impulse ulteriores transformaciones políticas. Caminemos hacia un México más justo, con la esperanza de que cada vez el pueblo construye poco a poco una democracia radical.

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Chairologías



Chairologías

Leonardo Meza Jara

I.- Detrás de la palabra “chairo” se esconde una transformación de la militancia de la izquierda, que inicia con una denominación lingüística y que se extiende hasta lo ideológico y lo político. Esta palabra es el síntoma más visible de la metamorfosis de la izquierda mexicana en la historia reciente. La palabra “chairo” es un neologismo de la política, que trae consigo una resignificación de la militancia en la izquierda.

¿De qué maneras se ha transformado la militancia de la izquierda en las últimas décadas? En la historia reciente se observan una serie de desplazamientos en las causas de lucha de la izquierda partidista, que han transformado las formas de concebir y ejercer la militancia. Con la fundación del Partido de la Revolución Democratica la izquierda se concentró en la lucha por la democratización de la vida política del país, con la intención de construir una vía legítima para abrirse paso hacia la toma del poder. Ya en las décadas de 1960 y 1970 el Partido Comunista Mexicano luchó por una democratización de la política nacional. Después de la elección fraudulenta de 1988, la lucha de la izquierda mexicana quedó significada por la denominación de un “Partido” que concibió a la “Revolución” como una lucha por la “Democratización” (PRD).

Con la fundación del Movimiento de Regeneración Nacional entre los años 2011 y 2014, la izquierda partidista concentró su lucha en contra de la corrupción que llegó a un momento de quiebre durante el sexenio del priista Enrique Peña Nieto. La bandera de la izquierda pasó de la democratización hacia el combate a la corrupción. El partido que llevó al poder a Andrés Manuel López Obrador en 2018, tiene como objetivo un “Movimiento” para “Regenerar” la “Nación” de una corrupción que resulta históricamente ofensiva (MORENA).

En los últimos 50 años de la izquierda partidista en México se identifican una serie de transformaciones discursivas, ideológicas y políticas que impactan directamente a las maneras de concebir y ejercer la militancia. La militancia de la izquierda partidista ha pasado de una causa fijada en la lucha de clases (el marxismo que se alojó en el Partido Comunista Mexicano), a una causa que tiene por objetivo la democratización (la izquierda del Partido de la Revolución Democrática) y una causa que lucha contra la corrupción (la izquierda del Movimiento de Regeneración Nacional).

Los desplazamientos de las causas de lucha de la izquierda partidista en México, que en las últimas décadas han pasado de la lucha de clases (A) hacia la democratización (B) y hacia el combate a la corrupción (C), han dado lugar a dos problemas:

  • Por un lado, estos desplazamientos han generado un relativismo que resulta problemático respecto a la posibilidad (o imposibilidad) de una consistencia ideológica y política de la izquierda. Por ejemplo, después del 2018 la causa de lucha de la democratización ha sido desplazada súbitamente por la causa de lucha en contra de la corrupción. Habría que preguntarse: ¿Cuál de estas causas de lucha de la izquierda tiene un mayor peso ideológico, político e histórico para la izquierda mexicana del siglo XXI? ¿Cuáles son las razones por las cuales una causa de lucha se vuelve predominante respecto a otras? ¿Acaso estas razones son meramente pragmáticas en las diferentes coyunturas de la lucha por el poder, o son motivadas por razones ideológicas y políticas de fondo?
  • Por otro lado, estos desplazamientos han dado lugar a un mecanismo de subsunción, mediante el cual alguna de las causas de lucha se impone por sobre las otras, y las vuelve borrosas y oscuras. Después del triunfo electoral de Morena en 2018, la causa de lucha en contra de la corrupción (C) ha subsumido a las causas de la democratización (B) y la lucha de clases (A). ¿De qué formas, detrás del cobro justo de impuestos a los empresarios, que es uno de los ejes en la lucha contra la corrupción del gobierno lópezobradorista, queda subsumida la lucha de clases planteada por el marxismo? (“Walmart paga 8 mil millones de pesos de impuestos al SAT; AMLO felicita a la empresa”, Animal Político, 26 de mayo de 2020; “Paga Femsa $8 mil 790 millones por impuesto pendiente”, La Jornada, 30 de mayo de 2020; “SAT señala que Elektra deberá pagar sus adeudos fiscales”, El Financiero, 26 de enero de 2022).

II.- El de “chairo” no es un concepto académico, sino que es un concepto que se formó en el contexto del lenguaje común y corriente de las redes sociales en el siglo XXI. El surgimiento y desarrollo inicial de este concepto ha sido sumamente problemático para la academia. A mediados del 2017 el Colegio de México (Colmex) definió el concepto del “chairo”: “Persona que defiende causas sociales y políticas en contra de las ideologías de la derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender; persona que se autosatisface con sus actitudes.”

La conceptualización del Colmex es una definición imprecisa e incluso contradictoria respecto al ejercicio de una militancia. El de “chairo” es un concepto que está herido de vaguedad y ambigüedad. En el espectro político de la izquierda y la derecha en México, hay “pejechairos” (militantes de la izquierda lópezobradorista) y “derechairos” (militantes del PAN o el PRI). El de “chairo” es un concepto posmoderno que se ensombrece en el relativismo.

Se requiere pensar a profundidad la condición del “chairo” en el marco de las transformaciones de la militancia de la izquierda en el siglo XXI. El “logos” del “chairo” que está en proceso, es una forma de concebir el ejercicio de la militancia respecto a un sentido ideológico y político que resulta sumamente problemático para la izquierda. Las formas de entender y conceptualizar al “chairo” como una militancia se han construido desde el lenguaje y el sentido común que atraviesa las redes sociales. En este sentido, el “logos” del “chairo” es popular, no académico. A su vez, el “logos” del “chairo” es pragmático. El “chairo” es verbo y no sustantivo. Las transformaciones de la militancia de la izquierda han sido más verbales que sustantivas, más pragmáticas que ideológicas, más de hechos que de conceptos.  

La militancia partidista de la izquierda en el siglo XXI está atrapada en un tornado histórico que no ha terminado de girar por completo, y que en su movimiento ha dado lugar a una forma de ser pragmática, un ethos pragmático. Es aquí, que el “chairo” es verbo y no sustantivo. Lo verbal (la acción de la práctica militante) se coloca por sobre lo sustantivo (lo ideológico y lo teórico de la militancia). De hecho, esta es una forma de subsunción en la que lo pragmático (la acción práctica de la militancia) se coloca por sobre la conciencia (lo ideológico y lo teórico de la militancia).

III.- Hay una pedagogía del “chairo”, una forma de aprender a ser “chairo” que se ha desplegado en el momento histórico en que la izquierda tomó el poder en México. Esta es una pedagogía funcional y pragmática, que en lo fundamental se define por el arribo y la conservación del poder. Un “chairo” se construye ideológica y políticamente respecto al arribo y la conservación del poder.

El pensamiento y la acción del “chairo” son un magnetismo del poder que se define en términos funcionales y pragmáticos. Faltaría analizar a profundidad la funcionalidad ideológica y política de un “chairo”, y responder la pregunta: ¿A qué, o quién, le es funcional ideológica y políticamente un “chairo”? A su vez, hace falta analizar a fondo las prácticas ideológicas y políticas de un “chairo”, y contestarse: ¿De qué formas un “chairo” practica una militancia que resulta sumamente problemática para la izquierda mexicana del siglo XXI, en un momento histórico de mutaciones ideológicas y políticas?

Ambas preguntas planteadas, quedan abiertas…

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A la Mitad del Camino: pedagogía política y metáfora militar



A la Mitad del Camino: pedagogía política y metáfora militar

César Martínez (@cesar19_87)*

Recuerdo que los conservadores puros se pusieron furiosos y los conservadores moderados, siempre más despiertos, pero más simuladores, también me cuestionaron…

Andrés Manuel López Obrador

En Resurrección, una novela breve pero profunda en cuanto a crítica social, León Tolstói no escatimó en presentar al ejército zarista de la Rusia de la dinastía Románov como lo que era: una institución corrompida y dirigida por terratenientes frívolos y holgazanes enfilados rumbo al desastre político y moral. Con astucia y audacia para su época, Tolstói describió a esas fuerzas armadas en no más de diez líneas; y dedicó el resto de su narración a la transformación ética, a la ‘resurrección’ de Dimitri Nejliúdov, el protagonista, salido precisamente de las filas de ese ejército.

Que el Ejército y las Fuerzas Armadas son un gran símbolo de poder universalmente reconocido explica que los dos momentos más críticos en la presidencia de Andrés Manuel López Obrador hayan tenido que ver con lo militar: la decisión política de no confrontar soldados y marinos contra sujetos fuertemente armados en las calles de Culiacán dejando libre al hijo del Chapo Guzmán, y la decisión jurídica del no-ejercicio de acción penal contra el general Salvador Cienfuegos Zepeda tras ser acusado y encarcelado por la DEA en Estados Unidos.

Esos dos fueron los más claros ejemplos de la debilidad, la incompetencia y la cobardía de AMLO según los conservadores puros, los conservadores moderados y los ultra izquierdistas.

Quizá por eso en A la Mitad del Camino, el más reciente libro escrito por López Obrador, el presidente aprovecha gran parte de su narración para construir a las Fuerzas Armadas, Ejército, Marina y Guardia Nacional, como la metáfora de un poder diferente, incorruptible, redimido y transformado por el cambio de mentalidad del pueblo de México recuperando por la vía pacífica las instituciones del Estado tras siglos de secuestro por parte de distintas generaciones de oligarquías criollas. De ahí que en la introducción se enfatice el concepto de “pedagogía política” como un proceso de ejercicio y aprendizaje, de ordenamiento y de la moralización de la vida pública citando los casos sobresalientes de la Secretaría de la Defensa Nacional y de la Secretaría de Marina.

No hay texto sin contexto. La información técnica del capítulo uno, acerca del saqueo hecho por los gobiernos neoliberales al sector salud y al sector energético mediante una burocracia infestada de tecnócratas y profesionistas mediocres, funciona como la base material sobre la que López Obrador narra la historia palpitante de la Cuarta Transformación, desde la perspectiva de quien posiblemente es el primer Comandante Supremo de la Fuerzas Armadas electo democráticamente, con sentido soberano, histórico y humanista. Mientras que, en el caso Cienfuegos la oposición vio una prueba contundente de que “todos son iguales”, la apuesta del presidente mexicano por conceder derecho de réplica al general Cienfuegos en su propio puño y letra reproduciendo la carta redactada desde la prisión pone por descubierto la perniciosa influencia ideológica y económica que las agencias estadounidenses ejercen sobre los medios de comunicación mexicanos y sus periodistas.

Así, el caso Cienfuegos es el punto de quiebre donde A la Mitad del Camino deja de ser una suerte de “mañanera extendida” para convertirse en una historia protagonizada por personajes con nombre y apellido.

Con una lectura reflexiva, quienes sostienen que “AMLO está militarizando al país” podrían comprender que las muchas páginas del libro donde aparecen las fuerzas armadas son un recurso dramático para hacer visibles las fuerzas sociales, distintas y contrapuestas, que determinan el movimiento histórico también en otras instituciones tales como la clase intelectual. De modo que, comparados con los limitados intelectuales conservadores del México actual, grandes íconos de la intelectualidad porfirista como Salvador Díaz Mirón, Francisco Bulnes y Justo Sierra son retratados por López Obrador cual maquiavélicos poetas cuyas palabras disfrazaron la perversidad de los militares porfirio-huertistas, asesinos de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez. En otras palabras, las instituciones y los aparatos estatales están naturalmente atravesados por la lucha entre valores y anti-valores.

Esa exposición directa con el peligro y la muerte, característica de la disciplina militar, esa situación límite u “hora de la verdad” donde el carácter sale a relucir (o brilla por su ausencia), es aprovechada por el autor para ilustrar el Punto Número 10 de la Guía Ética para la Transformación de México, De la Redención: No se debe enfrentar el mal con el mal. Si, por un lado, quien lee resulta paralizada o paralizado por el terror alrededor de las historias descarnadas de “los elementos echados a perder” dentro de las fuerzas armadas a raíz de la guerra contra el narco desatada en 2006, por el otro lado también sonríe ante la épica del general aviador Miguel Eduardo Hernández Velázquez en su vuelo hacia Bolivia pilotando una avioneta Gulfstream G550 para rescatar a Evo Morales de las garras del fascismo y del racismo.

Justo es en la figura de dicho piloto aviador donde López Obrador personifica la transformación de una política corrompida por el uso del poder para robar y asesinar hacia una política redimida por el poder que sirve al prójimo, que honra y que fortalece. “Con un serio lenguaje castrense, el general Hernández Velázquez [enfatizó la] formación ética con principios y valores morales comunes a la profesión de las armas”, dice un párrafo de la relatoría hecha por la Sedena, que AMLO incluye completa en su libro. Pasamos, por lo tanto, del tristemente célebre episodio de los homicidas del presidente demócrata Madero a la historia aún poco conocida de los militares mexicanos que rescataron al presidente indígena Morales.

Superar errores tomando conciencia y comprometiéndose con la no-repetición es el concepto de “redención” según la página 215 de A la Mitad del Camino. Se trata de temas análogos a los temas de Resurrección de Tolstói: la historia de Nejliúdov es la del rico heredero y oficial militar de alto rango que renuncia al ejército y a sus tierras para transformar su existencia más allá de las botas militares que sigue calzando durante el resto de la novela. Ese es también el mensaje entre líneas escrito por López Obrador cuando habla de haber sentado las bases de la Cuarta Transformación: que a pesar de los pesares las Fuerzas Armadas de México nunca colapsaron en el desastre político y moral hacia el cual estaban siendo dirigidas por civiles corruptos debido a una disciplina entendida en términos de servicio y humildad según el cambio de mentalidad del pueblo. El ejército mexicano no es un ejército zarista de terratenientes ni de oligarcas criollos, porque el soldado mexicano es el pueblo mismo uniformado.

*Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y maestro en Literatura Estadounidense por la Universidad de Exeter.

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Hernán Gómez Bruera, AMLO y la 4T. Una radiografía para escépticos



Hernán Gómez Bruera, AMLO y la 4T. Una radiografía para escépticos

Hernán Gómez Bruera, AMLO y la 4T. Una radiografía para escépticos, México, Océano, 2021.

Adrián Rodríguez.*

En su libro Cartas para quien pretende enseñar Paulo Freire narra una anécdota muy particular. Palabras más palabras menos relata que en una ocasión, después de dictar una conferencia en una universidad, se le acercó un empresario, quien lo abordó y le dijo: “Maestro, por fín lo conozco en persona y puedo comprobar que no es el demonio que la televisión pinta de usted. No me han convencido todas sus ideas, pero ya cuento con otra perspectiva sobre su obra”.

Me parece que la labor como analista y periodista de Hernán Gómez Bruera tiene la función específica de superar bastantes prejuicios en torno al ideario, la acción y los resultados del gobierno de la llamada “Cuarta Transformación de México”, encabezada por Andrés Manuel López Obrador en la actual coyuntura política. Su método ha sido simple: no quedarse con la gran parte de lo que propagan los medios, acercarse a la materia, analizarla, pensar, discernir, comparar datos y, con base en ello, esgrimir argumentos y opiniones. Sin embargo, también hay que ver esta labor como producto de las mismas circunstancias. Hernán Gómez responde con creces al reto de la Cuarta Transformación de elevar la calidad de lo que se dice y hace en varios ámbitos de la vida pública, en su caso el ejercicio periodístico, un campo que en nuestro país sufre desde hace muchos años una crisis severa de credibilidad.

Quise iniciar esta reseña con una breve caracterización de la obra de Hernán Gómez para exponer mi posición como reseñista. Soy militante del Movimiento de Regeneración Nacional y simpatizo con su obra, aunque no pocas veces no esté de acuerdo con sus opiniones. A diferencia de otros articulistas, Hernán reconoce de entrada los avances de la actual transformación, sin que ello signifique escatimarle severas críticas. Esos rasgos le permiten navegar entre las dos aguas en que se divide casi siempre el nuevo debate público: entre los que están a favor o en contra del gobierno de López Obrador. Sin embargo, en honor a la verdad, reconocer abiertamente los avances del proceso colocan a nuestro autor más de lado de los obradoristas, con quienes no obstante prefiere mantener una “simpatía crítica”.

Todo esto me anima a considerar la obra de Hernán como esencial dentro del proceso de la transformación, puesto que de alguna manera obliga a tiros y troyanos a ponerse a hablar, a debatir, a intercambiar ideas y perspectivas que pueden devenir en la construcción de la hegemonía necesaria para consolidar la 4T.  Si la edificación hegemónica implica -como plantea Álvaro García Linera para el caso de Bolivia- la incorporación de otros sectores sociales al proceso transformador, diferentes al núcleo duro del movimiento popular, entonces resulta fundamental que tal incorporación sea acompañada por una deliberación continua del proyecto nacional en sus muy variados aspectos[1]. El trabajo de Hernán Gómez puede abonar en esa dirección, porque a diferencia de la vieja comentocracia, pone en práctica los principios de la democracia periodística, al permitir un debate amplio entre disímbolos actores de nuestra vida pública. 

II

Todo mi primer comentario me permite también caracterizar la función de un libro como AMLO y la 4T. Una radiografía para escépticos en nuestro debate nacional, en la medida en que es un compendio extendido de los continuos análisis que Hernán Gómez ha realizado en diferentes medios, desde comienzo del gobierno de López Obrador, en diciembre de 2018. Sin duda estamos ante una obra ambiciosa, que pretende encuadrar un bosque entero y al mismo tiempo enfocarlo en sus más diversas vegetaciones y faunas. Tal ejercicio podría ser suicida, puesto que a dos años y medios de haber comenzado, el gobierno de la 4T ha lanzado todos los días temas qué comentar y debatir, que pueden perder al mejor analista que no cuente con una criba que le permita ordenar y priorizar tópicos.

Un cariz constante del libro es que por momentos se vuelve cansado para el lector, quien se enfrenta a una escritura impregnada de glosas sobre aspectos particulares (que bien podrían incluirse en un pie de página) y a las que les falta síntesis más afinadas. Me parece que ello se debe a que es una obra no concebida desde una sola idea embrionaria (¿una hipótesis?), sino de múltiples posicionamientos sobre un amplio abanico de temas. Esto, sumado a una prosa ensayística, rompe con la sistematicidad de un libro tradicional de investigación.  

Cabe señalar que Hernán Gómez presenta su extenso análisis en tres partes: el primero dedicado al partido-movimiento Morena, el segundo a las políticas del gobierno de la 4T y el tercero a los tipos de opositores a éste.  No me voy a dedicar a comentar cada uno de los subapartados de cada parte, puesto que no terminaría. Más bien, extenderé mis observaciones a cuestiones que en parte me interesa rescatar para bien de nuestra transformación; elementos que son primordiales seguir debatiendo o que son un aporte sustancial del autor, para, a guisa de mapa, adentrar al lector en algunas señalizaciones.

III

La primera parte del libro, dedicada a Morena y al obradorismo, me parece la más débil de las tres. Hasta ahora hay libros que es imperdonable que no sean citados para hablar del origen de Morena. Por ejemplo: Raíces del Movimiento de Regeneración Nacional. Antecedentes, consolidación partidaria y definición ideológica de Morena, de Héctor Alejandro Quintanar, es imprescindible, igualmente la gran crónica histórica de Jorge Gómez Naredo: La lucha continúa. Estas obras podrían hacerle ver a Hernán Gómez que lo que él llama “coalición obradorista” es realmente un instrumento: el partido Morena. El obradorismo es sólo un movimiento más dentro de Morena. En otras palabras: a Morena hay que verlo como un instrumento ideado por el obradorismo que le permite aliarse con otros sectores de la sociedad para conquistar el poder. Esto implica que no todos los actores del partido sean obradoristas. Más bien Morena es ese mecanismo que nace de un análisis que le debe mucho a Lenin: el obradorismo no puede por sí solo tomar el poder, para ello necesita formar coaliciones con otros actores, bajo los principios que todos conocemos. Esto me parece que es algo que tanto Hernán como incluso varios obradoristas no alcanzan a vislumbrar sobre los objetivos pragmáticos de Morena, y que es el meollo de querellas entre los militantes, quienes a veces manifiestan abierto repudio a miembros de otros sectores por no apegarse a su ideal obradorista o por no trabajar en el partido desde su fundación, lo cual es un grave error.

A reserva de esto, me parece que hay varios elementos a rescatar en esta primera parte y que ya pueden tomarse como aportaciones del autor, es decir, como herramientas de análisis para ulteriores investigaciones. Por una parte se debe destacar la caracterización que Hernán hace del obradorismo en el universo de los movimientos de izquierdas. Ante los constantes ataques que sufre este movimiento de parte de otros que le quieren quitar la bandera izquierdista, el autor señala que el obradorismo combina en su programa el nacionalismo y el populismo que desembocan, por ejemplo, en la búsqueda de la soberanía y la igualdad social, muy diferente a las políticas de identidad del llamado Progretariado. En la misma tesitura es relevante la clasificación que hace el autor del tipo de figuras que conforman la coalición en el gobierno de López Obrador: desde programáticos de izquierda, pasando por obradoristas incondicionales y técnicos de centro-izquierda, hasta empresarios 4T y los jóvenes, entre quienes identifica el ejercicio de un “obradorismo religioso”.

Ahora bien, otro aspecto a destacar en esta primera parte es la crítica que Hernán realiza al Partido Morena, con la que es difícil no coincidir en gran parte, sobre todo si uno es militante. Es claro el estancamiento del partido desde el triunfo de López Obrador en 2018. En nombre de intereses superiores (llámese conformar el nuevo gobierno, la pandemia y ahora la revocación de mandato) se ha relegado la urgencia de renovar dirigencias estatales y nacionales. Con excepción de la Presidencia Nacional y la Secretaría General, todo sigue igual. Es innegable que hace falta formación de cuadros y que la burocracia partidaria ha matado a la movilización en las calles. En este aspecto Hernán es incisivo.          

IV

La segunda parte del libro -dedicada a las acciones del gobierno obradorista- es para mi la más sustancial y la que revela la veta especialista de Hernán Gómez, como su pericia en las políticas públicas de Gobiernos progresistas, con quienes ha trabajado en Brasil y Argentina.

            Me parece que la primera lectura atinada del autor es reconocer que el gobierno de la 4T es un gobierno de izquierda, en la medida en que un porcentaje fuerte de recursos está dirigido a incorporar a la gran masa de desposeídos y olvidados del país dentro de la esfera de los derechos humanos. Señala el autor que, a diferencia de los programas neoliberales que se identifican por hacer intervenciones focalizadas, el gobierno de la 4T busca la universalidad en la política social, tanto en la práctica como en la letra (con su inclusión en la Constitución). Esa ambición política es visible en los programas sociales, como las pensiones para adultos mayores, las becas para todos los jóvenes de bachillerato y los apoyos para las personas con discapacidad. Estas acciones son prueba fehaciente, para el autor, de que en López Obrador hay una genuina búsqueda de la justicia social, aunque no esté totalmente de acuerdo con algunas de las formas de implementación de los programas.

Otra aportación significativa del autor en esta misma vía es la identificación de los programas sociales que exigen a los beneficiarios una acción participativa y no meramente pasiva, como lo son Sembrando Vida, que busca la autogestión comunitaria con apoyos a 430 mil campesinos de todo el país. Igualmente sucede con el programa La Escuela es Nuestra, que también fomenta la organización comunitaria con apoyos entregados a los comités de los padres de familia para el mejoramiento material de las escuelas. Lo mismo se puede decir de algunas acciones llevadas a cabo por la SEDATU en torno a la vivienda.   

Otro gran atino en el análisis de Hernán Gómez es reconocer que el actual gobierno de la 4T está trabajando decididamente en la recuperación de la autoridad del Estado ante los poderes fácticos que lo tenían secuestrado. Esto mediante medidas claras, como la política de seguridad con la creación de la Guardia Nacional; la soberanía energética con el rescate de Pemex y la promulgación de la Ley de la Industria Eléctrica; la soberanía alimentaria a través de precios de garantía para alimentos básicos y la entrega de apoyos directos a un millón de ejidatarios; la lucha contra la corrupción mediante, por ejemplo, detectar, corregir y castigar la evasión fiscal; el mejoramiento de la calidad de vida de los trabajadores con el aumento en los salarios mínimos y la Reforma laboral que va dirigida a terminar con el llamado outsourcing y a impulsar la libertad sindical.

En esta misma línea, cabe destacar que en el proceso de recuperación de la autoridad estatal, se le ha tachado a AMLO de autoritario, lo cual, señala el autor, no es correcto: el que López Obrador desempeñe un liderazgo en un gobierno progresista (como sucede con muchos movimientos políticos importantes) no es necesariamente sinónimo de autoritarismo. Tal es un matiz que los críticos del obradorismo no ven y que exhibe lo pueril de sus análisis. Es así, por ejemplo, que estos grupos de comentaristas no ven que el supuesto militarismoimplementado por López Obrador, es realmente la inauguración de una nueva relación con las fuerzas armadas, en quienes confía un gran sector de la población mexicana y que, ante un panorama difícil sin muchas opciones, se le ha invitado a participar activamente en un sin fin de actividades: desde la construcción del aeropuerto Felipe Ángeles, pasando por el combate el huachicol, la administración de puertos y la operación del Tren Maya, hasta la vigilancia de los suministros en las vacunas contra el Covid o la entrega de los programas sociales en los lugares más apartados del país. Es una manera, afirma Hernán Gómez, de “tener contentos a los militares” con mucho trabajo y compensaciones.

Ahora bien, es necesario comentar que los reconocimientos de Hernán Gómez en los avances del nuevo régimen están acompañados casi siempre de matices. Señala, por poner un caso, lo que él llama un desprecio injustificado hacia “la técnica” en la nueva política de la 4T. Si bien puntualiza que entiende que el nuevo gobierno busque superar o distanciarse de la tecnocracia que imperó en el neoliberalismo, afirma que en muchas ocasiones se rechaza a la técnica en nombre de este principio.

Lo mismo opina sobre otras actitudes dentro de ese nuevo medio de comunicación que es la Mañanera. Hernán reconoce los méritos mediáticos de este recurso, pero no deja remarcar los problemas que ha generado en la interlocución con ciertos movimientos, en especial con el feminismo, al que -según Hernán- el presidente no le ha dado una atención eficiente que pueda canalizar sus demandas en acciones concretas. Este tipo de actitudes son las que, de acuerdo con el autor, le han restado a López Obrador varios puntos en su aprobación entre la población más jóven, un dato que expone en un apartado del libro que es de lo más interesante y que titula “La popularidad de AMLO”.

VI

La tercera parte del libro no es menos importante que la segunda. Está dedicado a hacer un balance de todos aquellos sectores considerados opositores al gobierno obradorista: desde un sector de los empresarios y la sociedad civil, pasando por el Poder Judicial y los organismos autónomos, hasta los medios de comunicación y sus narrativas de la polarización. Me parece que es aquí donde Hernán Gómez hecha andar varios análisis que, a pesar de estar bien informados, a veces pareciera que deja muchos cabos sueltos que permiten seguir abonando en la discusión. Veamos un ejemplo.   

Hernán desarrolla un análisis de la difícil relación de López Obrador con la “Sociedad Civil”. Si bien el presidente no es enemigo de estas organizaciones, comenta Hernán que no les da un papel protagónico que en su opinión podría tener, porque le podrían apoyar en la resolución de problemas muy especializados. Igualmente remarca  que es un error del presidente meter a todas las organizaciones civiles en el mismo saco en las que mete también a las apegadas a los intereses oligárquicos (como son las financiadas por el empresario Claudio X. González) y que se ha traducido en dejar de dar recursos a todas por igual. A diferencia de Hernán, pienso que tal tipo de decisiones de parte de López Obrador van dirigidas a forzar un acercamiento de los integrantes de la auténtica sociedad civil al terreno de la lucha política, en donde se libra la 4T. De otra manera, no se entiende, como el mismo autor lo señala, que López Obrador se haya distanciado de algunas organizaciones sociales que han caminado junto con él y que no se les incluye en los planes, estrategias y movilización.

Precisamente aquí hay una tema que pienso que se podría explotar con más cuidado. Según Hernán, son excepciones los casos de integrantes de movimientos que han llegado a puestos de dirección en el nuevo gobierno, como es el de Maria Luisa Albores, secretaria de medio ambiente. Por otra parte, con cierta razón el autor ve una falta de comunicación con representantes del feminismo, de las víctimas de desaparecidos o el ambientalismo, una opinión que merece más matices, puesto que a pesar de los errores, ha habido algunos acercamientos con estos grupos.   

Me parece que aquí hay un problema en varias vías, que no alcanza a ver Hernán. Por un lado, hay una abierta animadversión de las organizaciones hacia un gobierno progresista: una suerte de competencia insana para ver quién es “más de izquierda”, y que no ayuda a un acercamiento de buena fe. Por otro, la falta de iniciativa del movimiento obradorista para generar confianza en ciertos sectores de los movimientos e involucrarnos en las tareas partidarias o incluso proponerlos para puestos de elección popular. Finalmente, una política de López Obrador que busca relacionarse con la sociedad sin ningún tipo de intermediarios, tratando de evitar el histórico corporativismo mexicano.

 La verdad es que no faltan simpatizantes de la 4T en los sectores progresistas. La cuestión es que no todos desean participar abiertamente en la política vinculada a partidos y a funciones de gobierno, y prefieren mantenerse en el campo social, como símbolo de resistencia. Tal es un lastre del periodo noeliberal, cuando al activista se le pedía mantenerse alejado de la disputa por el poder[2]. Sin embargo, la transformación va en otro sentido: la disputa por el poder de parte de sectores e integrantes de movimientos progresistas coalicionados en Morena; un trabajo en conjunto que tiene una unidad programática más allá de cada lucha particular. Porque la 4T, como lo leí en algún artículo, no nace con el consenso de diferentes movimientos sociales, sino en la lógica de un movimiento popular, con un liderazgo definido que tiene como objetivo la regeneración de la vida pública[3].

En esencia, se podría escribir un libro exclusivo sobre la relación de la sociedad civil con la 4T en lo que va del sexenio. Lo que hace Hernán es apenas poner los cimientos para la profundización del debate y del análisis, algo que tiene todo el mérito, claramente.

CODA

Parafraseando el título de una famosa obra del historiador Johan Huizinga, AMLO y la 4T. Una radiografía para escépticos dibuja las sombras del mañana, toda vez que revisa minuciosamente las bases sobre las que se podría seguir construyendo el proyecto de nación sintetizado en esa convicción o anhelo que hemos llamado “Cuarta Transformación”. Y aunque por momentos el libro de Hernán Gómez se siente que abarca mucho pero aprieta poco, es sin duda un trabajo que todos los que están implicados en la transformación deben leer; sobre todo los opositores, quienes, siendo fieles a su naturaleza, no están dispuestos al diálogo sano y fomentan más bien la intolerancia y la desinformación. Del lado de la 4T estamos acostumbrados al debate en voz alta. Sigamos cultivandolo a favor de una democracia más radical.

*Doctor en Historiografía por la UAM-Azcapotzalco y militante del Movimiento de Regeneración Nacional.

[1] Me refiero aquí a las ideas expuestas por Álvaro García Linera en el apartado “Flexibilidad hegemónica frente a firmeza en el núcleo social” en su obra Las tensiones creativas de la Revolución. La quinta fase del Proceso del Cambio, La Paz, Bolivia. Vicepresidencia del Estado Plurinacional/Presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional, 2011, pp. 38-41.

[2] Martha Uruchurtu, “Por fin, ¿contra el Estado o con el Estado?: el ‘dilema’ de la izquierda no electoral”, publicado en Revolución Tres Punto Cero, 19 de julio de 2021. (Disponible en https://revoluciontrespuntocero.mx/por-fin-contra-el-estado-o-con-el-estado-el-dilema-de-la-izquierda-no-electoral/)

[3] Bernardo Cortés Márquez, “Los fundamentos concretos del Movimiento de Regeneración Nacional”, publicado en Conciencias, 1 de julio de 2021. (Disponible en https://revistaconciencias.mx/2021/07/03/312/)

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Energía en México, las luchas (del) porvenir



Energía en México, las luchas (del) porvenir.

CE, Intervención y Coyuntura

Siendo varios los aspectos de la vida pública que requieren ser transformdos para recuperar el rumbo de la nación mexicana —algunos urgentes, como las reformas del poder judicial y del sistema electoral—, ordenar y controlar la privatización ventajista de los recursos energéticos del país es una necesidad estratégica. Habrá quien proponga (no sin falta de razón) que es prioritario re-nacionalizar el sector. No obstante es necesario entablar un debate al respecto para que, llegado el caso, a los mexicanos no les quede duda de por qué las empresas estratégicas deben ser propiedad de la nación —no de los gobiernos en turno—, y nunca más se vuelva a ceder su propiedad.

El gobierno de la 4T ha planteado en primera instancia que, en lo inmediato, es necesario que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y Petróleos Mexicanos (Pemex) recuperen la rectoría en materia energética. No faltará a quién le parezca poco, sin embargo ello requerirá de una reforma constitucional para deshacer el enredo que deliberadamente se creó con la llamada «Reforma Energética», acordada por la partidocracia neoliberal. Asimismo, es hasta ahora, con el ascenso del gobierno de la 4T, que se ha logrado el control efectivo de los precios de los combustibles, sin adquirir endeudamiento ni perjudicar los derechos de los trabajadores.

No es sencillo, pero en ese hipotético debate sería interesante escuchar a los defensores del libre mercado tratar de justificar la entrega del patrimonio nacional y el deterioro en que colocaron a CFE y Pemex, a cambio de las promesas vacías de aquella contra-reforma a la Constitución.

Uno de los argumentos utilizados por los privatizadores, sus expertos e intelectuales, fue precisamente la corrupción e ineficiencia de las empresas públicas. ‘Los mexicanos pagan un servicio eléctrico muy caro, directamente a través del recibo por consumo e, indirectamente, mediante sus impuestos’, se aseguraba, repitiendo una y otra vez que diversos ‘subsidios disfrazados y regresivos’ escondían pagos indirectos para sostener la ineficiencia de CFE y Luz y Fuerza del Centro (LyFC) y cubrir los costos de sus costosas nóminas y corruptas dirigencias sindicales.

Ríos de tinta corrieron al respecto en sesudos análisis, libros y artículos de prensa (1). Hoy sabemos que, para subsidios disfrazados, no hubo otros como los que por años se otorgaron a industriales y empresarios, que no pagaban la luz (ni los impuestos, se les condonaban, como un estímulo a su actividad), o a tantos municipios a los que se les perdonaban los adeudos, con grave afectación a las finanzas públicas.

Otro argumento privatizador fue: ‘sin las cuantiosas transferencias del gobierno, esas empresas quebrarían‘; ello, omitiendo mencionar que todas fueron sometidas a un régimen fiscal diseñado para descapitalizarlas, y que tales transferencias no compensaban lo que se les extraía.

No se debe olvidar que tales ideas fueron introyectadas en parte de la sociedad, mediante abrumadoras campañas mediáticas, mediante el control de la llamada opinión pública, léase la prensa al servicio de las corporaciones. Así, no solo desmantelaron a CFE y a Pemex, para hipotéticamente «dotarlas» de una estructura administrativa similar al supuestamente exitoso modelo de una empresa privada, sino que además desaparecieron a la otra empresa paraestatal, Luz y Fuerza del Centro, sin reconocer jamás que la corrupción e ineficiencia que las agobiaba, derivaban en gran medida del mal manejo de sus funcionarios y charros sindicales cómplices, impuestos por el mismo gobierno neoliberal para acabar con ellas. Hoy se ventila en los juzgados que la propia contra-reforma energética fue aprobada mediante sobornos, pasando por encima de la opinión y argumentos de una numerosa oposición que obligaba, cuando menos, a realizar una consulta a la ciudadanía, misma que impidieron.

Mientras, otro tanto ocurría en Pemex, donde el robo de combustibles estaba institucionalizado, ya que fluía desde sus propias instalaciones y se controlaba desde la mismísima torre corporativa. Cuantiosos robos de gasolina, gas e incluso petróleo crudo fueron denunciados por los trabajadores, sin que las sucesivas administraciones hicieran otra cosa que reprimir a los denunciantes. Operaba toda una red de robo y venta clandestina de energéticos, al amparo de los propios funcionarios y de la cúpula sindical.

Es con el gobierno actual, que todas estas fechorías se combaten y previenen, dando como resultado una estabilidad en precios, como hace mucho no se veía. Pero hace falta más. El sometimiento de los energéticos al modelo de libre mercado ha traído como consecuencia que las empresas públicas del sector quedaran a merced de diversos organismos «reguladores», dedicados a impedir la rectoría del estado en la materia para proteger la economía nacional. Por ello hay que modificar la Constitución, que reformaron regresivamente los partidos neoliberales.

No obstante, la elección de julio pasado estableció el marco en el cual habrá de desarrollarse la 4T en la segunda mitad del sexenio. Construir una mayoría “calificada” en las cámaras para restituir plenamente en la Constitución dicha rectoría, requerirá de alianzas cuyos resultados son inciertos. No es realista contar con el voto consciente, resultado del debate, de los diputados de oposición, que actúan siempre facciosamente y por consigna, en contra de toda propuesta transformadora. Queda entonces la vía de la movilización popular para impulsar políticamente reformas que fortalezcan a las empresas públicas ¿Es eso posible?

En primer lugar, vale retomar la situación de los trabajadores del sector, cuyas dirigencias charras (2) no solo se aliaron, sino que se asociaron desde un principio a la propuesta privatizadora neoliberal para recibir su tajada, y para no perder sus privilegios e incluso ampliarlos, como sucedió con la adhesión forzosa a sus organizaciones de todos los trabajadores de las nuevas plantas privadas de generación eléctrica y de las nuevas instalaciones petroleras y gaseras. Tal fue su premio: reiterar el respaldo del Estado neoliberal al sindicalismo corporativista, charro. Obvio decir que las condiciones de trabajo para esos nuevos agremiados no solo no se mejoraron, sino que por el contrario, fueron reducidas aún más, acorde a los intereses de los nuevos dueños.

Y es que las cúpulas de los sindicatos del sector, el Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM) y el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) no se han caracterizado históricamente por tener vocación patriótica, ni tampoco nacionalista. Aunque al interior de estas organizaciones existen sectores democráticos, sensibles a la importancia de sus empresas y a los intereses nacionales, dada su dispersión, estos contingentes terminan siendo víctimas del control charro. Baste recordar el caso del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), la agrupación más antigua del sector, que hoy sobrevive precariamente, debatiéndose entre convertirse en una sociedad cooperativa “multiusos”, o resignarse a ser un apéndice de la privatización eléctrica, ‘asociado’ a una empresa transnacional.

La historia del sindicalismo en el sector de la energía podría sintetizarse en el caso del SME. De ser un sindicato orgulloso y combativo en sus orígenes, en lucha no solo por sus derechos laborales, sino en defensa de los usuarios del servicio eléctrico y en contra de los abusos de las empresas privadas de entonces, que luego de la nacionalización desvió su rumbo, iniciando su declive a partir de su lamentable alianza con el régimen encabezado por Carlos Salinas de Gortari, iniciador del neoliberalismo en México y de la privatización eléctrica. Solo el paréntesis que representó la lucha en contra de las propuestas privatizadoras de Ernesto Zedillo revivió, transitoriamente, la tradición de lucha del SME, encabezado entonces por Rosendo Flores Flores, para después hundirse de nuevo en la apatía y la grilla sindical que condujeron a la desaparición de Luz y Fuerza, luego de un estéril enfrentamiento con el Estado.

Los sindicatos de la energía, habiendo vivido momentos gloriosos de lucha, jamás se plantearon simultáneamente la unidad sindical democrática como objetivo. Las nacionalizaciones eléctrica y petrolera se concretaron en su momento por la iniciativa y con la movilización de los trabajadores desde la base. Ambas contaron con amplio apoyo popular. No obstante, pasada la efervescencia, el auge de la lucha fue controlado y extinguido por el charrismo, en complicidad con la acción represiva del Estado. Lo mismo sucedió con otros movimientos.

¿Cuál entonces podría ser el alcance de las reformas posibles en materia energética? Cuando menos, recuperar la rectoría del Estado, evitando que los privados lo sigan controlando. Hoy, los trabajadores sometidos en sus propios sindicatos tienen la opción de actuar en su calidad de ciudadanos para impulsar tal cambio. Pero para recuperar el patrimonio de la nación y evitar la repetición, es necesario avanzar otro paso: es impostergable librarse, conscientemente y de una vez por todas, del charrismo, conquistar su independencia política y hacer posible la unidad democrática de los trabajadores en el sector de la energía, para crear las condiciones hacia una re-nacionalización efectiva y duradera.

(1) Para un verdadero catálogo de ideas afines a los supuestos beneficios de la economía de mercado sobre el modelo plasmado en la Constitución, hasta antes del período neoliberal, puede consultarse «La reforma cautiva. Inversión, trabajo y empresa en el sector eléctrico mexicano», Hernández, C. Centro de Investigación para el Desarrollo, A.C. CIDAC, México, 2007. Disponible en: http://cidac.org/esp/uploads/1/LaReformaCautiva.pdf

(2) Término que lejos de ser un adjetivo, es hoy toda una categoría que caracteriza a las mafias de supuestos “lideres” obreros, exageradamente enriquecidos y políticamente impunes. Las fechorías de los “charros” del sector energético están ampliamente documentadas por el propio doctor Hernández en un extenso capítulo de su libro (ver nota anterior), titulado “Los mecanismos de la improductividad”, en donde ésta, la improductividad, es atribuida exclusivamente a la estructura de los Contratos Colectivos de trabajo del sector, muy especialmente el de la extinta LyFC. Cierto que en la defensa de los derechos y condiciones de trabajo faltó, luego de la nacionalización, la visión modernizadora necesaria para mantener su desarrollo. Pero los excesos cometidos por las cúpulas sindicales —que a fin de cuentas “canjean” durante la negociación las prestaciones de los trabajadores por sus propias canonjías—, en contubernio con las autoridades y a espaldas de los trabajadores, derivaron en turbios negocios en los que se favorecían diversos actores, como lo demostró la llamada reestructuración salvaje de dichas empresas, luego de la cual siguieron exhibiendo los mismos vicios.

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