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¿Cómo rescatar el último medio ambiente? Dilemas del financiamiento verde



¿Cómo rescatar el último medio ambiente? Dilemas del financiamiento verde

Fabiola Martínez[1]

Si hay un término que nos es familiar a cualquier latinoamericano seguramente será la palabra “crisis”. Sea crisis de la balanza de pago, crisis inflacionaria, crisis cambiaria o hasta las personales, como una buena crisis existencial. Pues, son tantas las crisis que nos achacan que el tema de conversación parece jamás agotarse, esta sensación de constante desequilibrio se profundiza gracias a que los medios de comunicación nos bombardean con un sinfín de notas acerca de la vicisitud económica, social, política y, de forma más reciente, la crisis sanitaria. Y está claro que a lo largo de nuestra vida nos tocara vivir un par de cracks más, pero hoy, vivimos una crisis palpable o mejor dicho respirable: la crisis climática.

Hablamos de que tan solo en la última década, en Asia, los desastres sociales provocados por el cambio climático han obligado a más de 20 millones de personas a desplazarse internamente. O qué el número de catástrofes ambientales se ha triplicado en los últimos 30 años y que, para la década de 2030, algunas regiones de África meridional y oriental experimentarán un mayor riesgo de sequías, inundaciones y tormentas tropicales. Estas son tan solo algunas de las consecuencias del incremento exponencial de las emisiones de CO2, fruto de la actividad humana, que ha disparado el termómetro terrestre desde finales del siglo XIX. Colocándonos frente a un punto crítico, pues continuamos avanzando peligrosamente hacia el umbral de los 2ºC y, si lo traspasamos, tendremos que enfrentarnos a los efectos irreversibles de una crisis climática [OXFAM, 2019].

Y como en todo caso de crimen, hay que buscar culpables, pero lamentablemente hoy se están responsabilizando a las personas y a los países incorrectos. La culpa de esta crisis ambiental se ha atribuido falsamente a la acción particular, como también de manera engañosa se le adjudica su solución al simple cambio de comportamiento personal. Mientras, detrás de este engañoso discurso se mantienen ocultos a los verdaderos responsables de la contaminación ambiental: las mega corporaciones. Como si esto fuera poco, en medio de esta dificultad, se inventó un nuevo sujeto, el hombre y la mujer “verde”, un “personaje sustentable”, amigable con el medio ambiente, respetuoso con la naturaleza, pero, sobre todo un individuo que, por medio de estos montajes, encuentra paz para su culpable conciencia, sin abdicar del ideal de consumo. El personaje verde cumple con sus deberes ecológicos al separar la basura obsesivamente, no mal gastar jamás el agua, apagar frenéticamente la luz cuando no se encuentra en un medio obscuro, consume compulsivamente solo productos orgánicos que por cierto no son nada baratos— y, por supuesto nunca sale sin su bolsa ecológica. Ahora, mientras el sujeto verde hace todo este set de malabares para mantener su “práctica ecológicamente responsable”, hoy sólo 100 empresas alrededor del mundo, son responsables por el 71% de las emisiones globales [Lloyd, A. 2021].

La crisis ambiental nos ha colocado frente a una cruda realidad: las consecuencias del cambio climático tienen múltiples aristas y nos afecta por todos los lados. Por una parte, los desastres naturales perjudican la infraestructura de costas y ciudades interrumpiendo rutas comerciales, y trastornando las vías de comunicación, poniendo en pausa las economías de las zonas perjudicadas. Pero, los efectos no solo se mantienen en ese plano, pues según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el calentamiento global ha provocado que enfermedades infecciosas como la malaria, el cólera o el dengue, se propaguen por muchas más zonas del planeta. Mientras que, por su parte, el calor extremo aumentará y agravará los problemas cardiovasculares y respiratorios de buena parte de la población mundial. Es decir, esta crisis tiene repercusiones directas en la salud de las personas, y de no corregir la tendencia del cambio climático, las pérdidas humanas podrían incrementar de forma peligrosa.

Lamentablemente, como en todas las demás crisis, las repercusiones climáticas no son homogéneas. Dichos impactos se harán sentir de manera diferente en los distintos países del mundo, pues las consecuencias se harán presentes dependiendo de las características geográficas, económicas, sociales, energéticas y de la fragilidad de sus ecosistemas. De manera inversa, la vulnerabilidad de un país será tanto menor cuanto mayor sea su capacidad institucional, social, económica y ambiental, de adaptarse y de hacer frente a los impactos del cambio climático sobre su territorio.

En este contexto, América Latina se proyecta como una de las regiones del mundo donde los efectos e impactos del cambio climático se harán más presentes. Pues ya hemos sido testigos de las olas de calor, la disminución del rendimiento de los cultivos, los incendios forestales, el agotamiento de los arrecifes de coral y los eventos relacionados con la subida del nivel del mar.

Frente a este escenario poco favorecedor no podemos seguir ignorando las advertencias medio ambientales, problemas que son necesarios de corregir o por lo menos compensar. Por ello, llegó el momento de pasar factura y pagar ya sea financiando los costos necesarios de limpieza o invirtiendo en investigaciones que desarrollen avances científicos y técnicos que logren ayudar a sobrellevar las condiciones medioambientales en las que nos hemos colocado. Estamos frente a una crisis ecológica en la que ya no se puede simplemente dejar hacer y dejar pasar. Los aprietos climáticos están pasando aquí y ahora, y la solución requiere más que solo “buenas acciones y buenos deseos”. Se necesita una estrategia de doble ataque: por un lado, disminuir las causas del cambio climático y, por el otro, adaptarnos al cambio climático. Y cierto es que resulta imposible anticipar los cambios del medio ambiente, pero lo que sí sabemos es que esta crisis ambiental está en función de nuestros modos producción y consumo.

Pero, para que esta serie de soluciones puedan comenzar a ocurrir se requieren de distintas líneas de embate. Y dentro de las opciones para corregir el problema, existe el financiamiento verde, que se refiere de manera amplia a inversiones financieras que se destinan a proyectos e iniciativas de desarrollo sostenible, así como productos ambientales. Dentro de sus funciones esta el apalancar las inversiones públicas y privadas que brindan beneficios ambientales, esto a partir de la modificación del marco normativo de las instituciones e instrumentos financieros, como, bancos verdes, bonos verdes, instrumentos del mercado de carbono, y tecnologías financieras innovadoras [GFL, 2018].

El financiamiento verde permitirá superar algunas brechas de inversión, como las costosas transformaciones en tecnologías limpias y verdes, o las iniciativas para una economía azul climáticamente inteligente, dando luz a proyectos ya conocidos como las economías circulares. En el caso de México, el financiamiento ecológico ha logrado abrirse paso mediante los “bonos verdes”, que mediante la promesa de invertir estos créditos en proyectos ecológicos son más las empresas que han solicitado estos financiamientos, como podemos ver en la gráfica 1, los bonos etiquetados como verdes, sociales, sustentables y ligados a la sustentabilidad se han emitido de forma más extensa, todos estos bonos tienen el mismo fin, los recursos deben estar dedicados a financiar proyectos ecológicos dentro del territorio mexicano. También resulta interesante denotar que quienes más emiten este tipo de bonos son empresas privadas como Betterware y Coca-cola FEMSA.

Claro que la emisión de estos bonos no implica la solución completa, además de que los resultados y las promesas cumplidas por parte de estos corporativos e instituciones solo podremos verlos en un mediano plazo. Pero frente a esta crisis podemos otorgar una vez más el voto de confianza. Afortunadamente, no solo existen estos mecanismos de solución, también coexisten alternativas que permitirían un cambio en el modo de consumo y producción: la Economía Social y Solidaria (ESS) que da cuenta de la posibilidad de un nuevo horizonte donde se pueda construir y llevar a la práctica estrategias alternativas al desarrollo vigente.  Se trata de un conjunto de iniciativas y acciones locales que se oponen a la lógica de la explotación, ganancia, acumulación, lucro y concentración de la riqueza, propias del modelo económico dominante. Estas iniciativas responden a otra lógica, parten de la preocupación del bien común y la responsabilidad ambiental, opciones que pueden redirigir el desarrollo hacía nuevas formas de organización del trabajo y del consumo, rigiéndose por los valores de cooperación, solidaridad, reciprocidad y sostenibilidad [Mendoza, A. 2019].

Para concluir, es evidente que en materia del cuidado de la naturaleza estamos cada vez más cerca del punto de no retorno [Chávez, I. 2020] y que las decisiones que se tomen hoy van a definir los patrones de crecimiento y el estilo de vida de las generaciones futuras. Así, no solo es urgente buscar soluciones inmediatas, sino que redimensionar el impacto venidero de los megaproyectos ecológicos financiados por fondos internacionales y priorizar sobre esos el apoyo a las alternativas sociales locales. En definitiva, hay urgencia en elegir la sostenibilidad sobre la rentabilidad, solo así. Preservaremos al último ½ ambiente que nos queda.

Referencias:

Chávez, I. [2020]. “2020: llegó el punto de no retorno”, en Centro de Investigación en Política Pública, 17 de enero 2020.

Green Finance for Latin America and the Caribbean (GFL) [2018]. “Finanzas verdes”, en GFL.

Lloyd, A [2021]. “¿100 empresas son responsables del 71% de las emisiones de CO2?”, en Ecoportal, 21 de marzo 2021.

Mendoza, A [2019], “La economía social y solidaria: un desafío epistémicopráctico”, Revista Miriada. Investigación en Ciencias Sociales.

OXFAM [2019]: “Hacer frente a la crisis climática”, en OXFAM International.

[1] Egresada de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (FE-UNAM).




Crisis ambiental: la destrucción de la naturaleza



Crisis ambiental: la destrucción de la naturaleza 

Dr. Alejandro Francisco Gutiérrez Carmona.

Egresado del Doctorado en Historiografía por la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco.

El hombre a lo largo de la historia se ha relacionado con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, ha trasformado su entorno de acuerdo a sus condiciones materiales. Elmar Alvater señala que “el hombre construye su historia al trasformar la sociedad, la naturaleza y así mismo, pero no existen límites impuestos por la naturaleza…la naturaleza es concebida como un conjunto de recursos que pueden ser utilizados”[1].

A partir de esta afirmación la relación entre hombre y naturaleza siempre ha estado presente en la construcción histórica. El ser humano para poder sobrevivir ha transformado el entorno natural para proveerse de alimentos, vestido y mercancías. Como afirma Alvater:

…los individuos sociales se encuentran insertos en un sistema social histórico y dependen de la naturaleza y sus fronteras. Por ende, la racionalidad sólo puede ser una racionalidad restringida por lo social, y la perspectiva es la totalidad sociedad-hombre-naturaleza. Las categorías básicas de la crítica marxista de la economía política con respecto a la relación de la sociedad con la naturaleza están orientadas hacia la comprensión del metabolismo, esto es, de las transformaciones de la materia y la energía, el rol crucial de las necesidades humanas, el carácter dual del trabajo y la producción, la dinámica de las crisis económicas y sociales, la valorización del capital, la acumulación y expansión (globalización), la entropía y la irreversibilidad…[2]

La relación entre la sociedad, el hombre y la naturaleza están orientadas hacia las transformaciones de la materia y la energía. A esto se le llama la comprensión del metabolismo; la dinámica de las crisis económicas y sociales, la valorización del capital, la acumulación y expansión también son reflejos del metabolismo social. En la sociedad se presentan cambios, entendida ésta como un organismo vivo.

La perspectiva marxista ha desarrollado una crítica en relación a dicho metabolismo, la transformación social y con ello, la devastación ecológica, es producto de una falta de planificación social y de la propiedad privada. “…Para Marx la razón de la avaricia es la de una propiedad privada. Y esto debido a que la propiedad privada ha convertido a los hombres en individuos tan estúpidos y sesgados que solo ven a un objeto como “suyo” cuando lo poseen, cuando existe para ellos como capital”[3].

El egoísmo que percibe Elmar Alvater sobre la propiedad privada es esencial para entender de dónde surge dicha devastación ecológica, ya que para el capitalista lo único relevante es la ganancia, y a partir de esta concepción del mundo se marca un claro individualismo; no importa si se devasta a la naturaleza con tal de seguir acumulando capital. A partir de esta visión es como los capitalistas se aprovechan de los recursos naturales para favorecer su industria, sin comprender que la naturaleza no es propiedad de nadie.

En la gran industria capitalista lo único que importa es la acumulación de capital a costa de la devastación ecológica, para que se lleve a cabo esta transformación social es necesario comprender el papel que juega el hombre con relación al trabajo que realiza. Como menciona Alvater:

Es por medio del trabajo que se transforma a la sociedad. “…El trabajo tiene un doble carácter: produce valores de uso, que satisfacen las necesidades de otros, y produce valores (de cambio), que está basado en el intercambio de mercancías en el mercado en una sociedad, monetaria o capitalista…las necesidades entran en el horizonte del razonamiento, porque el trabajo es socialmente útil y necesario solamente en la medida en que satisface necesidades…[4]

De esta forma, el trabajo tiene una función esencial, ya que por medio de él se transforma a la sociedad produciendo valores de uso que se convierten en satisfactores sociales, sin embargo, no cualquier persona puede adquirirlos, ya que están regulados por medio de las normas que rigen los mercados dentro del sistema capitalista, solamente quien tenga el poder adquisitivo para adquirir dichos satisfactores es como podría hacer uso de ellos.  

El trabajo es necesario para la transformación de la naturaleza, pero también para producir mercancías que solventen las necesidades, la concepción del trabajo en el modo de producción capitalista produce plusvalía, por ejemplo, como señala Elmar: “…la razón es bastante clara: debemos entender cómo el trabajo no sólo produce valor sino también plusvalía, y de esta forma reproduce el capital –y la explotación del trabajo-como una relación social a niveles cada vez más altos…”[5]. El trabajo es, además, una condición de vida del hombre para favorecer la transformación ecológica

Como creador de valores de uso, es decir como trabajo útil, el trabajo es, por tanto, condición de vida del hombre, y condición independiente de todas las formas de sociedad, una necesidad perenne y natural sin la que no se concebiría el intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por consiguiente, la vida humana […] En su producción, el hombre sólo puede proceder como procede la misma naturaleza, es decir, haciendo que la materia cambie de forma…[6]

La plusvalía es el producto del trabajo humano y el origen de todo valor, por eso es importante señalar que en el sistema capitalista es un elemento clave para que se produzca un colapso ecológico.

El concepto colapso puede tener varios significados, Carlos Taibo en sus estudios ha enunciado una serie de autores que han definido el concepto de colapso, por ejemplo, para Shmuel Eisenstadt el colapso significa el: “completo final de un sistema político y de la trama civilizatoria correspondiente”[7]. Para Yves Cochet es un proceso en el cual las necesidades básicas (agua, alimentación, vestido, energía, etc.) no se satisfacen [a un costo razonable] para la mayoría de la población”[8].

Tainter señala que cabe entender que una sociedad ha colapsado “cuando muestra una rápida y signi­ficativa pérdida de un nivel establecido de complejidad sociopolítica”[9].En el aspecto económico, político y cultural, Taibo señala lo siguiente:

…el colapso financiero, que se traduciría en un incremento sustancial de los riesgos y en un retroceso de las garantías en un escenario marcado por la insolvencia de las instituciones correspondientes, con pérdida de los ahorros y gran­des dificultades para acceder a préstamos. La segunda la aportaría el colapso comercial, con un dinero devaluado y/o escaso, crecientes dificultades para la importación y la reparación, y acceso difícil a bienes escasos. La tercera la configuraría el colapso político, materializado en la idea de que los gobernantes, deslegitimados e irrelevantes, no merecen confianza alguna. La cuarta exhibiría una dimensión social, plasmada en la percepción de que no tiene sentido esperar de los demás, o de las instituciones locales, una ayuda que se entiende necesaria o una capacidad para resolver, o al menos mitigar, los conflictos. La quinta, y última, nos habla de un colapso cultural, materializado en la consideración de que no hay mayor motivo para creer en la bondad, en la generosidad, en el afecto, en la honradez, en la hospitalidad, en la compasión y en la caridad de las gentes…[10].

Tainter, ha dedicado su tiempo a procurar, también, explicaciones para esos colapsos. Al respecto se ha referido al agotamiento de recursos vitales, al establecimiento de una nueva base de recursos, a la manifestación de catástrofes, a la respuesta insuficiente a los problemas, a la presencia de otras sociedades complejas, a la llegada de extraños, a los conflictos de clase, a las disfunciones sociales, al peso de impulsos místicos, a la concatenación casual de acontecimientos y, en suma, a factores económicos…[11].

El concepto de colapso puede entenderse desde diversas ópticas, desde el aspecto económico puede observarse que existen varios desequilibrios institucionales, por ejemplo, en el sector financiero puede suscitarse la falta de ahorros o de grandes dificultades para acceder a los créditos o que el dinero se devalúe. Estas crisis pueden desencadenar un colapso financiero que se refleje en crisis económicas de alguna nación. En el aspecto político el colapso puede verse reflejado a partir de la deslegitimación de los gobernantes y desde el aspecto cultural la pérdida de valores morales.

Karl W. Butzer, por su parte, ha distinguido las precondiciones de un colapso y los desencadenantes de este último. Las precondiciones, que serían a menudo endógenas –incompetencia o corrupción de las elites, reducción de la productividad agrícola, pobreza, agotamiento de los recursos naturales–, reducirían la capacidad de adaptación de la sociedad en cuestión y propiciarían la decadencia[12].

Para Butzer, cobran relevancia las precondiciones de un colapso, es decir, los factores sociales que están generando un cierto malestar, para él es importante la corrupción de las élites, la reducción de la productividad agrícola, la pobreza y el agotamiento de los recursos naturales. Este último aspecto es fundamental para poder entender que existe un colapso ecológico, ya que el agotamiento de los recursos naturales se debe al modo de producción capitalista y este fenómeno puede provocar una serie de problemas sociales, por ejemplo, la falta de agua, el desabasto de alimentos o la tala excesiva de árboles.

Debido al acelerado proceso productivo de la gran industria capitalista es evidente que los recursos naturales se estén agotando aceleradamente. Esto es un síntoma inminente en el cual se vislumbra un colapso ecológico y la destrucción feroz de la naturaleza.

Carlos Taibo identifica cinco factores de hundimiento de las sociedades por él estudiadas: la degradación medioambiental o el agotamiento de los recursos, el cambio climático, las guerras, la pérdida repentina de socios comerciales y la deficiente reacción ante los problemas medioambientales[13].

Para este autor el hundimiento de las sociedades se debe a factores ambientales que desencadenan crisis económicas y sociales. También señala que el agotamiento de dichos recursos puede desencadenar guerras entre naciones. Por tal motivo el colapso ecológico es producto de un malestar social que se refleja en un desequilibrio ambiental, pero puede repercutir en otros ámbitos sociales, por ejemplo, en la geopolítica.

Las naciones quieren preservar sus recursos naturales porque son fundamentales para generar crecimiento y desarrollo en sus economías. Por eso se preocupan para realizar algo que beneficie a sus reservas naturales, pero, finalmente, dentro del modo de producción capitalista esto seguirá ocurriendo debido a que hay leyes inflexibles. En este modo de producción es vital la acumulación de capital y para acumular dicho capital es necesario explotar la naturaleza.

Las guerras por los recursos naturales son en la actualidad los acontecimientos que pueden indicar que hay un colapso ecológico ya que son el fiel reflejo de que existe un desequilibrio económico, político, social y cultural. La transformación de la naturaleza para el beneficio del hombre también debe de ser planificada en beneficio de todos, de manera que las reservas naturales duren mucho tiempo y permitan que la humanidad siga existiendo.

Dentro del modo de producción capitalista se producen contradicciones que son muy evidentes, por ejemplo, mientras más se producen valores de uso también se están produciendo deshechos ambientales. Para Alvater al producir valores de uso que potencialmente satisfacen necesidades humanas, se producen también, inevitablemente, deshechos. Cada proceso productivo está ligado a outputs necesarios, como así también a otros innecesarios o incluso perjudiciales. Es físicamente imposible transformar materia y energía sin producir desperdicios y, en consecuencia, externalidades. Marx es muy consciente del poder de destrucción producido[14].

Desde el pensamiento marxista hay una crítica a la economía política burguesa que se ha referido a este colapso ecológico. El nacimiento del capitalismo industrial, las crisis económicas comenzaron a surgir periódicamente, aumentando la inseguridad de amplios sectores de la población debida a la pérdida de puestos de trabajo e ingresos. Marx observaba muy cuidadosamente el desarrollo de ciclos de crisis desde mediados del siglo XIX, esperando que la inestabilidad social y económica durante dichas crisis provocara agitación social y cambio político revolucionario[15].

El concepto marxista de la relación entre naturaleza-hombre es mucho más apropiado que otros conceptos para comprender las contradicciones y la dinámica de la relación social entre ser humano y naturaleza, es decir, de la relación entre la economía, la sociedad y el medio ambiente. La principal razón consiste en que dicho concepto permite concebir al ser humano trabajador como alguien que transforma la naturaleza y, por tanto, está incluido en un metabolismo de naturaleza-hombre que, por un lado, obedece a leyes de la naturaleza cuasi eternas[16].

Con el fin de entender la índole del sistema competitivo de la propiedad burguesa era necesario entender, en primer lugar, que esa competitividad representaba una etapa avanzada de la división entre ciudad y campo, y que los competidores operaban a través de un mercado mundial, y podían por consiguiente sacar ventaja de condicio­nes geográficas, geológicas e hidrológicas favorables. Al presentar en La ideología alemana su concepción materialista de la historia, Marx y Engels arguyen que las condiciones fundamentales de la geología y la geografía forman parte de las condiciones de producción, sin las que la industria, y en rigor la naturaleza viva (por ejemplo el crecimiento de las plantas), no podrían existir[17].

La concepción materialista marxiana de la naturaleza se integró plenamente en su concepción materialista de la historia. En su economía política desarrollada, tal como la pre­senta en El Capital, emplea Marx el concepto de «metabolismo» (Stoffwechsel) para definir el proceso de trabajo como «un proceso que tiene lugar entre el hombre y la naturaleza, un proceso mediante el que el hombre, a través de sus propias acciones, media, regula y controla el metabolismo que se establece entre él y la naturaleza’’. Sin embargo, una «fractura irreparable» había surgido en este metabolismo como consecuencia de las relaciones de producción capitalistas y la separación antagonista entre ciudad y campo. Así́ pues, en la sociedad de productores asociados, sería necesario «gobernar el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional», algo que superaría por completo las posibilidades de la sociedad burguesa[18].

Este marco conceptual era importante porque permitió a Marx enlazar su crítica de los tres principales puntos en los que hacía hincapié la economía política burguesa: el análisis de la extracción del producto excedente del productor directo; la teoría, con ello relacionada, de la renta capitalista del suelo, y la teoría malthusiana de la población, que conectaba la una con la otra. Además, el concepto marxiano de la fractura metabólica en la relación entre la ciudad y el campo, entre los seres humanos y la tierra, le permitía penetrar hasta las raíces de lo que los historiadores han llamado a veces la «segunda revolución cultural», que se produce en el capitalismo de su época, y la crisis de la agricultura que estuvo relacionada con ella, lo que le permitió desarrollar una crítica de la degradación medio ambiental que anticipaba gran parte del pensamiento ecológico actual[19].

Conclusión

La relación del hombre con la naturaleza es inminente, ya que esta relación permitió que el ser humano pudiera sobrevivir como especie al producir valores de uso como: alimentos, ropa, vivienda, etc., sin embargo, el colapso ecológico es un desequilibrio social que se refleja en crisis económicas, políticas y sociales, a tal punto que puede provocar que existan guerras por los recursos naturales que acaben con los seres humanos. El colapso ecológico se produce debido a que hay un modo de producción capitalista que es el que lo genera, desde la crítica de la economía política propuesta por el marxismo hay una serie de reflexiones acerca de este problema social. En primera instancia se propone que el hombre a través de sus propias acciones regule y controle el metabolismo que se establece entre él y la naturaleza, esto significa que el hombre debe tomar conciencia de sus actos para controlar y regular su utilización de los recursos naturales.

John Bellamy señala que hubo una fractura irreparable que surgió a partir de las relaciones de producción capitalistas y que provocó una separación antagonista entre el campo y la ciudad. En la sociedad de productores asociados es necesario gobernar el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional, algo que superaría por completo las posibilidades de una sociedad burguesa.

Es necesario que exista un cambio en la sociedad, donde la relación entre el hombre y la naturaleza se dé a partir de una planificación racional. Para que se produzca este cambio es necesario que se pongan las bases de un nuevo modo de producción en donde el hombre sepa planificar la economía a partir de la utilización de los recursos naturales y poderle dar una solución al problema del colapso ecológico y la escasez de los recursos naturales. Si no se toma en cuenta este problema ecológico se puede dar la posibilidad de que se susciten de manera masiva guerras por los recursos naturales entre las naciones y esto provoque el fin de la especie humana.

La corriente científica del pensamiento marxista señaló que la relación entre el hombre y la naturaleza en las relaciones de producción capitalistas pueden provocar un colapso ecológico que destruya a la naturaleza debido a que no hay una planificación social y racional de la economía. Por eso se vuelve indispensable que se transite hacia otro modo de producción que planifique la economía y ponga freno a este colapso ecológico que puede provocar el fin de la especie humana.

Bibliografía

Alvater Elmar, ¿Existe un marxismo ecológico?  En: La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas. Clacso, Buenos Aires, 2006.

Bellamy Foster John, La ecología de Marx Materialismo y naturaleza, Ediciones de intervención cultural el viejo topo, España, 2000.

Taibo Carlos, Colapso capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Libros de Anarres, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2017.      

[1] Elmar, Alvater, ¿Existe un marxismo ecológico?  En: La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas. Clacso, Buenos Aires, 2006, p. 341.

[2] Ibid, p. 343.

[3] Ibid, p. 344.

[4] Ibid, p. 344.

[5] Ibid, p. 345.

[6] Ibid, p. 347.

[7] Carlos Taibo, Colapso capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Libros de Anarres, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2017., p. 11.

[8] Ibid, p. 11.

[9] Ibid, p. 31.

[10]Ibid, p. 36.

[11]Ibid, p. 45.

[12]Ibid, p. 37.

[13] Ibid.p.46.  

[14] Op. cit., p. 349.

[15] Ibid.

[16] Ibid, p. 360.

[17] John Bellamy Foster, La ecología de Marx Materialismo y naturaleza, Ediciones de intervención cultural el viejo topo, España, 2000., p.186. 

[18] Ibid, p. 221.

[19] Ibid, p. 221.