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El CIDE: ¿autonomía como restauración?



El CIDE: ¿autonomía como restauración?

CE, Intervención y Coyuntura

En los últimos días, la situación se ha precipitado al seno de los sectores medios opositores al gobierno que en esta ocasión se han aglutinado bajo la demanda de autonomía para el CIDE y de rechazo a las reformas del órgano que ha emprendido el CONACyT. Aprovechando los resquicios de un gobierno en el que actúan varias fracciones y grupos, el saldo ha sido una decisión dividida, aunque mayoritaria, de transformación de las reglas más generales que organizan la vida interna. La 4T no ha sido muy clara, tampoco, en el destino que tendrá la institución, sobre todo en el entramado conflictivo de un sector académico que se niega a negociar y ha asumido una posición maximalista de todo o nada.

Respecto a la demanda de autonomía, hasta ahora, el movimiento no ha elaborado algún tipo de documento –en realidad sobre ningún tema en específico– en donde se pueda profundizar en su lógica, su trayectoria, su inserción en el debate público, por lo que sólo queda la intuición y algunas declaraciones en medios para acercarnos a su prospección de autonomía y cuál es la finalidad de ésta.

En la pasada marcha del 13 de diciembre, Javier Aparicio, profesor de dicha institución dijo ante medios:

Creemos que para el ejercicio de una educación libre es fundamental contar con autonomía para que no nos estén diciendo que sólo las universidades autónomas pueden ejercer su libertad de cátedra o su libertad de expresión, para que no nos digan que somos burócratas, que somos una paraestatal y no nos queda de otra más que esperar a que la directora del Conacyt decida quién quiere que nos dirija, estamos en contra de eso. No creemos que nuestras libertades y derechos estén supeditados a qué partida presupuestal o qué ley secundaria es la que nos da cobijo. Esa es nuestra primera petición: queremos autonomía. Es posible que a otros centros públicos de investigación les interese esto, ya lo veremos.[1]

Como se puede apreciar, se entiende a la autonomía como un concepto administrativo, como autodeterminación orgánica de la no-injerencia del gobierno –en este caso del órgano regulador de la política científica– en los asuntos internos de la institución. En ese sentido vale la pena reflexionar en porqué hasta ahora aparece esta demanda en el imaginario de cierto segmento de esta comunidad, asociada a los buenos dividendos de ser la “elite” (según escribio Mauricio I. Dussauge Laguna, académico de la institución en Nexos[2]) ¿Acaso antes no había injerencia por parte del gobierno? o ¿Cuál era la relación que mantenía el CIDE con él, que dicha injerencia nunca la vieron con un carácter negativo?

Hace poco, Hugo Aboites mostró algunas de las formas de cómo el CIDE aportó a la implementación de políticas neoliberales en la educación,[3] y más recientemente, Luis Hernández Navarro ha mostrado cómo el CIDE “se involucró en la defensa de los paramilitares de Acteal que ultimaron a los integrantes de Las Abejas”[4] en 1997. Ambas visiones dan cuenta de algunas de las relaciones que estableció la institución con varios de los gobiernos que articularon una serie de políticas neoliberales.

Por otra parte, el conflicto que hoy se desata en el CIDE no puede decirse que aparece en cielo sereno, sino en el marco de un cambio en la relación entre los centros de investigación CONACyT con el actual gobierno de la 4T. Es decir, el conflicto estudiantil agrupado alrededor de #YOdefiendoalCIDE es una faceta de un discurso que considera que la 4T realiza un ataque a “la ciencia” (fetiche abstracto que se ha puesto de moda, sin evaluar las instituciones, mediaciones, prácticas y tensiones), en donde se percibe que la imposición de Jorge Telleache como director es la manifestación de dicha embestida. Es en este marco que se suscita la demanda de autonomía.

Ante la demanda de autonomía por parte de un sector de la comunidad del CIDE, vale la pena recordar –como ejemplo y experiencia– lo que ha representado la autonomía para la UNAM, en donde ha funcionado como una mediación que ha tenido diversas aristas y su estudio no es sencillo, por lo que sólo nos ceñiremos al cómo ha sido utlizada por algunos sectores de su comunidad.

Por un lado, la izquierda universitaria ha considerado la autonomía como un escudo frente a la represión policiaca y militar, y sin embargo, en repetidas ocasiones –gracias a los sectores conservadores, tanto internos como externos, que han llamado a un supuesto “reestablecimiento del orden”– la autonomía ha sido quebrantada en diferentes ocasiones, con el aplauso de sectores de su comunidad y de la prensa[5]; por cierto que muchos propulsores de la autonomía del CIDE –como Sergio Aguayo– en su momento fueron entusiastas del ingreso policial a la UNAM. Por otro lado, la autonomía ha funcionado para oscurecer las redes políticas que los directivos tienden con el sector empresarial, incluso haciendo pasar por una cuestión académica, el uso o la renta de los espacios universitarios sin que ello esté reglamentado en la Legilación Universitaria. Ya no se diga de la producción teórica de la institución, pues conviven publicaciones de orientación de izquierda con textos apologéticos de las políticas neoliberales, por más que Leonardo Lomelí Vanegas, el secretario general de la UNAM, quiera presumir la “orientación crítica” de la institución a través de sus impresos y producciones culturales.[6]

Es decir, la autonomía no es sinónimo de democracia, ni garantía de no injerencia del gobierno en la libertad de cátedra, ni muestra de la orientación crítica de una institución y, desgraciadamente, en las instituciones autónomas del país ha funcionado para refrendar el poder de los grupos y cúpulas, haciendo de la autonomía letra muerta al enmascarar las relaciones de poder que allí se reproducen, y conviertiendo a las instituciones en soliloquio de grupos políticos y económicos que hacen de la crítica académica una conservación del status quo.

El camino de la transformación de esta situación es arduo, pues requiere llevar la autonomía a su máxima expresión, es decir, generar un verdadero diálogo entre las comunidades que recupere la polifonía de voces para hacer de las instituciones académicas espacios de crítica y autocrítica del país, espacios que incidan de manera activa en el devenir de la nación. Algo similar a la propuesta de autogestión académica de José Revueltas que trataba de eludir este componente oscuro de la autonomía. Pero la autogestión académica no es un manual, sino una propuesta que fue enarbolada para un momento concreto que debe ser tomada con tiento, actualizarla, reinterpretarla y traducirla a nuestro contexto.

Lo más preocupante es que el movimiento del CIDE, en su demanda de autonomía, no reflexiona en estas problemáticas; de manera acrítica e inmediatista perfilan una autonomía que les permita seguir operando como antes, sin ningun cambio. Más que una conquista que colabore a modificar las formas del gobierno universitario, aportando en algun renglón, en realidad se pretende generar una restauración del estadio previo a lo que consideran la trastocación del orden. En su análisis han identificado a su enemigo: Jorge Telleache y María Elena Álvarez-Buylla; de manera que sus objetivos se ciñen a la remoción del primero y a la no injerencia de la segunda; dichos objetivos se acercan a dos polos: a) un sector crítico de izquierda que considera que la 4T tiene un desprecio por la actividad intelectual (“el ataque a la ciencia”); y b) un sector del antiobradorismo que ve toda acción del gobierno como negativa. Si bien esta propuesta de división es arbitraria, da cuenta que en el movimiento están puestas diversas expectativas ante las cuales el movimiento tendría que posicionarse y marcar algo nodal: su independencia política, pues sin ella será presa de otros intereses como hasta ahora ha sido en la clara pallidización de la protesta, en donde caras conocidas de los grupos de presión de la Unviersidad de Guadalajara no solo han estado presentes, sino que se han volcado de manera decidida.

Sin independencia política, su demanda de autonomía sólo expresa el deseo de regresar a la anterior relación que tenían con el gobierno –siempre que ésta le sea afín a sus intereses y privilegios de ser una “élite” en palabras de Mauricio Dessauge[7]–, aquella que Hugo Aboites y Luis Hernádez Navarro han denunciado, en donde el CIDE se convirtió en uno de los enclaves que construyó el consenso neoliberal y avaló la paz de los sepulcros que nos dieron los gobiernos neoliberales.

[1] Alida Piñón, “«Queremos autonomía»: comunidad del CIDE” en El Universal, 14 de diciembre de 2021. [https://www.eluniversal.com.mx/cultura/queremos-autonomia-comunidad-del-cide]

[2] Mauricio I. Dussauge Laguna. “Defiendo al CIDE porque defiendo a México” en Nexos, 10 de diciciembre de 2021. [https://www.nexos.com.mx/?p=63696]

[3] Hugo Aboites, “Un rincón cerca del cielo” en La Jornada, 18 de diciembre de 2021. [https://www.jornada.com.mx/2021/12/18/opinion/018a2pol?fbclid=IwAR0twzR4Tg9d5QV7XYfRfOuUDzxUuIeKpK7oqaZ3QoEAjzjCkZ5GUWaO03M]

[4] Luis Hernández Navarro, “El CIDE y la masacre de Acteal” en La Jornada, 21 de diciembre de 2021. [https://www.jornada.com.mx/notas/2021/12/21/politica/el-cide-y-la-masacre-de-acteal/]

[5] Ismael Hernádez Lujano “El CIDE, más allá del derecho a la protesta” en Intervencion y Coyuntura. Revista de Teoria y Crítica Política, 9 de diciembre de 2021. [https://intervencionycoyuntura.org/el-cide-mas-alla-del-derecho-a-la-protesta/]

[6] CE, Intervención y Coyuntura, “Universidad y Conciencia crítica” en Intervencion y Coyuntura. Revista de Teoria y Crítica Política, 5 de noviembre de 2021. [https://intervencionycoyuntura.org/universidad-y-conciencia-critica/]

[7] Mauricio I. Dussauge Laguna. Op. cit.

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Estudiantes de derecha, vanguardia de la reacción (II)



Estudiantes de derecha, vanguardia de la reacción (II)

Foto Pablo Ramos

Foto Pablo Ramos en La Jornada. https://www.jornada.com.mx/notas/2021/12/10/sociedad/conacyt-pide-a-paristas-del-cide-definir-logistica-de-dialogo/

Ismael Hernández

Un gigante con pies de barro

Como resumen de lo que expusimos en “Estudiantes de derecha, vanguardia de la reacción (I)”, podemos decir que en Venezuela, desde 2007 el movimiento estudiantil es la vanguardia de la reacción contra la revolución bolivariana y a partir de entonces ha sido punta de lanza de todas sus intentonas insurreccionales (2014, 2017, 2019). Ha demostrado no solamente su capacidad para movilizaciones violentas que ha representado un desafío para las fuerzas policiales sino también para ganar elecciones, como cuando derrotaron a Chávez en el referendo de reforma constitucional de 2007. Por otro lado, con la colocación de Juan Guaidó como “presidente encargado”, ya se ha completado el relevo generacional en la derecha venezolana, hoy está se encuentra en manos de los estudiantes surgidos en 2007.

No obstante, pese a su sorprendente debut político, nada más y nada menos que propinarle a Chávez su única derrota electoral, este movimiento estudiantil tiene su pecado original que es la fuente de sus limitaciones: ser un sujeto político prefabricado. Roland Denis señala:

Aquí no hay más que movilidad pura, protagonizada por una masa fanatizada que es dirigida de manera incuestionable por individuos que no son más que revelaciones divinas aparecidas gracias a la santidad de los medios de comunicación. […] No hay un solo documento que se conozca, que no sean en todo caso los mensajes y acuerdos telegrafiados con agentes de la CIA o de los partidos opositores, que le otorgue algún contenido político o argumento pensado a su accionar político. No hay tampoco “historia” en ellos, aparecieron en una pantalla y ya está […] y luego desaparecen, volviendo a escena pública en un nuevo ciclo movilizante, repetitivo y violentista que ninguna asamblea o cuerpo político democrático ha decidido. Siempre decidirán por ellos desde lugares ocultos, no habiendo ninguna molestia especial en ellos por eso.[i]

De esta cita vale la pena destacar dos de sus debilidades estructurales: primero, la falta de democracia dentro de este movimiento. Sus líderes no están sujetos a ninguna asamblea de base sino que le deben su poder e influencia a sus patrocinadores y a los corporativos mediáticos… ¡y supuestamente luchaban contra el caudillismo de Chávez! Segundo: su vacuidad, no solamente su carencia de ideas y programa, sino la falta de sustancia; el propio Denis señala: sus volantes están hechos en agencias de publicidad y para ellos toda presencia callejera “pierde sentido si no es reflejada majestuosamente por los medios de comunicación”,[ii] es decir, sus acciones son más un montaje mediático que una acción política auténtica, su crecimiento parece más el posicionamiento publicitario de un producto que el nacimiento de un sujeto político auténtico. A esto debemos sumar que, aunque han tratado de hacerse una imagen de jóvenes pacíficos e idealistas que se enfrentan a una tiranía corrupta, muy pronto han demostrado su carácter violento y criminal con el asesinato bárbaro de ciudadanos inocentes que eran afectados por sus protestas y de simpatizantes del chavismo –reales o supuestos. Más que portavoces de la razón y la civilidad, son hordas fascistas en toda la extensión de la palabra.

México

Con la llegada de AMLO a la presidencia, la evolución del ingreso entre los diferentes estratos sociales también asemeja una curva de elefante, aunque los cambios son menos profundos que en los dos casos anteriores. Los grandes empresarios han abultado sus fortunas hasta extremos indecibles. Por su parte, los sectores más pobres se han visto favorecidos con diversos programas sociales como pensiones y becas y con el sustancial aumento al salario mínimo. Y tal como sucedió en Bolivia y Venezuela, la clase media prácticamente se ha estancado y una porción suya no menor empieza a virar hacia la derecha luego de un muy breve coqueteo con AMLO. No han empeorado sus condiciones de vida, de hecho se han beneficiado de la estabilidad que en general ha logrado el gobierno en rubros como el tipo de cambio; sin embargo, lo que ha sido herido son sus expectativas. Como en otros países, la clase media fue golpeada en mayor o menor medida por el neoliberalismo y una franja suya apostó por los candidatos de izquierda como una manera de recuperar su posición. Pero como éstos priorizan sacar de la miseria a los pobres en lugar de favorecerlos a ellos, la clase media se siente traicionada, decepcionada, de ahí provienen todos los que dicen estar arrepentidos de haber votado por Obrador. Pedro Miguel nos advierte de

… el malestar de núcleos privilegiados de la población, situados entre los deciles 7 y 9, que en años recientes (posiblemente a partir de 2016, como lo sugiere la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2018 del Inegi) han sufrido una ligera caída en sus ingresos y que depositaron en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador su esperanza de una mejoría inmediata o en el corto plazo para sus finanzas personales.[iii]

Además, el combate a la corrupción emprendido por el gobierno, con todo y sus limitaciones, ha debilitado muchas fuentes de ingreso de esta clase media que eran claramente ilegales o, al menos, irregulares e informales, parte de una red de favores y compadrazgos, producto de capital cultural heredado pero que en su (falsa) consciencia aparecía como producto de su talento y su mérito. Todas estas prebendas las consideraban parte de su patrimonio, parte de su condición y estatus social o la justa retribución a su trabajo e iniciativa. Ahora se sienten no solamente traicionados sino directamente atacados por el gobierno de AMLO. De hecho, en muchos casos no han perdido esa vía informal y privilegiada de acceso a los recursos públicos, sino que ésta solamente se ha dificultado, y a veces ni siquiera eso, solamente se ha cuestionado o apenas señalado públicamente; pero su rabia es la misma. Pedro Miguel lo dice así:

Pero el inicio de la Cuarta Transformación (4T) incluso perjudicó a algunos que perdieron empleos, contratos o prebendas, o que vieron cómo los presupuestos para sus rubros se achicaban en lugar de ensancharse. Es el caso de académicos, profesionistas, asesores, consultores, microempresarios, trabajadores de la cultura, integrantes de organizaciones sociales y una diversidad de proveedores de bienes y servicios. Muchos de ellos se sienten traicionados. No faltan los que piensan que la ausencia de un impacto positivo para ellos es indicativo del fracaso precoz de la 4T.[iv]

Ya con todo lo dicho, contamos con las premisas para comprender y caracterizar al actual movimiento estudiantil del CIDE: se trata de un movimiento de esta clase media frustrada en sus aspiraciones de mejoría y recuperación de su estatus, afectada por la lucha contra la corrupción y despojada del disfrute privilegiado de los recursos públicos. Luego de su desastrosa derrota electoral en 2018, la derecha mexicana ha buscado asirse de alguna causa, movimiento o inconformidad ciudadana con legitimidad y simpatía social para escalarla y dirigirla directamente contra el gobierno. Y para ello no es impedimento que dicha causa sea contraria al ideario neoliberal y conservador pues lo único que buscan es utilizarla para desgastar y, de ser posible, derrocar a AMLO. En otros casos, han tratado fabricar dichos movimientos de protesta. En todos sus intentos ha fracasado, sea porque no ha logrado confeccionar una protesta que engrane con el ánimo del pueblo o porque han sido rechazados por los movimientos con base social auténtica. La protesta del CIDE es una nueva oportunidad para la derecha de desatar un movimiento que cuente con la simpatía del pueblo (¡la causa de los jóvenes y los estudiantes, siempre es santa!) y que puede agrupar el descontento de diversos sectores de la clase media que se han visto afectados por las medidas de la 4T (académicos y científicos de élite, las burocracias de las universidades públicas, gremios profesionales, periodistas, etc.). Por la propia naturaleza del CIDE como claustro favorecido por los gobiernos anteriores, su movimiento no tiene carácter masivo ni ha logrado tender puentes con otros movimientos sociales ni con los estudiantes organizados de las universidades públicas (algunos partidarios de la 4T y otros opositores a ella por la izquierda); pero esto es ampliamente compensado por la atención y apoyo que recibe por parte de los medios y la intelectualidad neoliberal. Mientras los movimientos estudiantiles del pasado contra el neoliberalismo, pensemos en el CGH o los normalistas, eran satanizados día y noche; los grandes medios dan trato de héroes a los estudiantes del CIDE. Para los neoliberales se trata de una pelea de la razón contra el despotismo, de la inteligencia contra la arbitrariedad; todo muy acorde con la línea de presentar a AMLO como un dictador. El eslogan de estos estudiantes, “Más ciencia, menos obediencia”, pretende decirnos que se trata de una lucha de la razón y la libertad contra la barbarie y la opresión pero no, es una lucha por conservar espacios de poder, por mantenerlos a salvo del mandato popular y democrático expresado en las urnas en 2018.

Otro plus que ofrece para la derecha el movimiento del CIDE es que puede convertirse en la cantera que requiere con apremio, en la semillero de rostros nuevos que no tengan en su pasado la responsabilidad de los crímenes y el desastre económico neoliberal. Sin embargo, si fuera el caso, esa nueva generación no estaría madura para disputar el poder en 2024, sino hasta 2030. En la próxima elección la derecha apuesta por rostros nuevos, pero de una generación inmediatamente anterior: Luis Donaldo Colosio y Samuel García. Su partido, Movimiento Ciudadano, hace lo posible por guardar su distancia del PRIAN y de posicionar a estos figurines rumbo a 2024 como una batalla de la juventud contra “el viejito” de Palacio Nacional. Guardando todas las proporciones, Samuel García y el junior Colosio son el equivalente generacional de Enrique Capriles y Leopoldo López. ¿Los estudiantes del CIDE serán el equivalente generacional de los estudiantes de la UCAB? ¿De ahí surgirá nuestro Juan Guaidó? ¿El CIDE jugará un papel similar al que juega la UCAB en Venezuela?

Esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿el movimiento del CIDE puede asumir los rasgos insurreccionales del movimiento estudiantil de derecha en Venezuela? De entrada, parece muy poco probable, dado que la oposición mexicana en general no está en condiciones de hacerlo. Sin embargo, vale la pena señalar algunos hechos sobre los que hay que poner atención. Primero, existen las conexiones entre la oposición mexicana y la venezolana, en concreto, con el movimiento estudiantil. La primera conexión es el propio Gustavo Tovar Arroyo, que tiene la doble nacionalidad y cuya familia materna, como ya dijimos antes, es una de las más poderosas en el ámbito empresarial de Michoacán y, para mayores señas, son socios y amigos de Vicente Fox y Felipe Calderón. En su documental El chavismo, la peste del siglo XXI, Tovar Arroyo entrevista a estos dos ex presidentes mexicanos, los cuáles fustigan al gobierno venezolano por la pobreza, la inseguridad y la represión ¡vaya cinismo! No es un hecho menor que uno de los cursos de tácticas subversivas a los estudiantes venezolanos se impartió en México, se le llamó “Fiesta Mexicana”, en octubre de 2010 con Tovar Arroyo como anfitrión y con la complicidad del gobierno mexicano de Calderón. Sin ahondar en más detalles, las conexiones entre la violentísima oposición venezolana y el PRIAN existen y no son superficiales. Por si fuera poco, en México, sobre todo en la capital, existe una colonia venezolana antichavista particularmente agresiva[v] y entre dicha colonia, se encuentran algunos dirigentes del movimiento estudiantil.[vi]

¿La derecha mexicana caerá en la tentación de emular la guarimba venezolana? ¿La derecha mexicana llevará a los estudiantes del CIDE, o de otras universidades, por la senda de los estudiantes venezolanos? A primera vista parece descabellado pero no es imposible que retomen mucho de aquella experiencia. ¿Qué necesidad tienen los jóvenes en paro del CIDE de encapucharse e imitar toda la estética del guarimbero si hasta el momento no han sido tocados ni con el pétalo de un tolete? Están ensayando, midiendo la reacción y la respuesta del gobierno y de la sociedad.

[i] Denis, Roland. Las tres repúblicas. México, Redez, 2012. p. 134 y 135.

[ii] Denis, Roland. Las tres repúblicas. México, Redez, 2012. p. 133.

[iii] https://www.jornada.com.mx/2021/01/08/opinion/017a2pol

[iv] https://www.jornada.com.mx/2021/01/08/opinion/017a2pol

[v] Tratamos este tema en otro artículo: https://rebelion.org/la-derecha-venezolana-exporta-la-guarimba/

[vi] En julio de este año el estudiante Ángel Sucre, encarcelado en 2017 por su participación en las guarimbas, estuvo en México en su camino hacia Estados Unidos. Él dice haber llegado a pie desde Centroamérica, como cualquier migrante salvadoreño u hondureño. Sin embargo, cuenta con las y palancas necesarias para ser entrevistado en TVUNAM en el programa de la Revista de la Universidad (https://www.youtube.com/watch?v=3mbAvEPMunI). ¿Quiénes son sus contactos en México, que le abrieron un espacio tan privilegiado en los medios de comunicación? ¿Qué hizo durante su estadía en México aparte de compartir el calvario de los migrantes centroamericanos y, a diferencia de ellos, también dar una entrevista para la televisión?

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El CIDE, más allá del derecho a la protesta



El CIDE, más allá del derecho a la protesta

Ismael Hernández

Las revoluciones y otros procesos de transformación de menor calado suelen generar fenómenos aberrantes y poner todo de cabeza, son momentos de confusión donde lo blanco se vuelve negro y viceversa… o al menos así parece. En realidad, la incongruencia sólo es aparente.

Cuando gobierna la derecha, su discurso es, por un lado, el orden y el respeto a la ley y la autoridad y, por el otro, la satanización de toda protesta y disenso. Pero cuando son desplazados del gobierno y éste es ocupado por la izquierda, dan un giro de 180 grados y empiezan a hacer todo lo que antes condenaban: protestas callejeras, marchas, plantones, paros, huelgas, sabotajes… insurrecciones. Los tres años del gobierno de AMLO hemos visto a la derecha tragarse sus palabras y echar por la borda el discurso que sostuvieron durante décadas. Quienes antes bramaban cada que unos campesinos o los maestros de la CNTE bloqueaban una calle, ahora estallan de entusiasmo cuando los (supuestos) padres de los niños con cáncer bloquean los accesos al aeropuerto o cuando FRENAA simula un plantón en el zócalo. Quienes aplaudieron las brutales golpizas de la policía contra los campesinos de Atenco o contra la APPO en Oaxaca hoy claman al cielo llenos de indignación cuando los granaderos les dan un empujón a los alcaldes electos del PRI y del PAN. Pero para su mala suerte, el gobierno no los ha reprimido, no les ha dado oportunidad de victimizarse.

El más reciente episodio de este cambio de roles son las protestas de estudiantes y directivos del CIDE. Ahora es muy pertinente e interesante contrastar la posición actual de muchos periodistas, académicos e intelectuales con sus dichos y declaraciones respecto a los movimientos estudiantiles del pasado. Algunos que hoy ven como héroes de la libertad a estos estudiantes y académicos de élite (en el peor sentido de la palabra) son los mismos que no ahorraron insultos, burlas y pedidos airados de mano dura contra el movimiento estudiantil de 1999 en la UNAM. Pongamos sobre la mesa algunos paralelismos entre ambos movimientos universitarios: el de la UNAM luchaba por la educación gratuita, la educación como un derecho efectivo para todo el pueblo; el del CIDE dice luchar también por la educación pública y gratuita pero si uno lee su pliego petitorio no encontrará ni un sólo punto que tenga que ver con ello; en realidad su lucha es por pesos y centavos, por los jugosos recursos que les asignaban los gobiernos anteriores y de los que disponían discrecionalmente algunos altos funcionarios. Cuando una minúscula institución de élite pelea por millonarios recursos para pagar jugosos sueldos a una minoría de funcionarios e investigadores, se les da todo el apoyo. Pero cuando un movimiento de masas peleaba por recursos para hacer realidad la educación gratuita como un derecho para todo el pueblo, se le condenó como mezquino y se le exigía apretarse el cinturón para pagar por sus estudios. Ya se sabe, para los neoliberales las élites merecen todos los subsidios y recursos públicos, pero el pueblo debe apretarse el cinturón. La segunda causa de su lucha es una cuestión completamente interna que no trasciende a su propia comunidad: el apego a sus estatutos supuestamente violados en la elección de su nuevo director y la destitución de altos funcionarios. La protesta actual del CIDE es una lucha completamente gremial o, mejor dicho, grupal, que no se plantea ni por asomo, por ejemplo, los mecanismos para abrir sus aulas a más estudiantes, de estratos sociales bajos, por ejemplo. El motivo principal de la protesta actual del CIDE es la supuesta imposición de su director por parte de la directora del CONACYT e, indirectamente, por parte del presidente, supuestamente. Bien, algunos de quienes hoy repudian esa supuesta imposición por parte del poder presidencial de un directivo de una institución de educación superior autónoma (¡ejem!, el CIDE no es autónomo, aunque lo insinúen) en 1999 avalaron que Ernesto Zedillo impusiera como rector de la UNAM nada menos que a un miembro de su gabinete, al secretario de salud Juan Ramón de la Fuente. Eso sí fue una intervención presidencial en el nombramiento del rector de una institución de educación superior que – al menos en el papel– sí es autónoma. Pero en ese momento, ni se inmutaron. Claro, porque todo se justificaba si contribuía a derrotar al movimiento estudiantil del Consejo General de Huelga. Y ya que apareció la palabra, vamos a este punto: en 1999 en la prensa se levantó un clamor por las clases perdidas por culpa del movimiento estudiantil. ¿Alguien ha escuchado un solo lamento, aunque sea en voz baja, por las clases perdidas en el CIDE por culpa de los paristas? En 1999 día y noche se tachaba de huevones a los estudiantes de la UNAM en huelga, se decía que no tenían ningún ideal ni objetivo político y que se organizaron para paralizar la universidad más grande de Latinoamérica solamente porque no querían tomar clases. ¿Alguien ha escuchado que llamen huevones a los estudiantes del CIDE que están en paro? Si, como dicen los neoliberales, el CIDE es una institución fundamental para la cultura y la ciencia, ¿por qué no han contabilizado de manera alarmista la pérdida que representa la suspensión de labores? Alguien podría objetar que el paro del CIDE lleva pocos días mientras que la huelga de la UNAM de fines del siglo pasado duró nueve meses y por ello la preocupación por las clases perdidas, pero no es el caso porque el lamento de la prensa y los intelectuales de derecha por la suspensión de las actividades académicas se escuchó desde el primer minuto de huelga y hasta el último día.

 Último punto de comparación, los desplegados de apoyo. El día 1 de febrero del año 2000 golpeadores contratados por la rectoría de la UNAM atacaron una asamblea estudiantil en la Escuela Nacional Preparatoria 3. Fueron repelidos por los estudiantes. Horas después cientos de efectivos de la Policía Federal Preventiva tomaron la escuela y se llevaron presos decenas de estudiantes. El 3 de febrero varios intelectuales, entre ellos Sergio Aguayo y Anamari Gomís, firmaron un desplegado pero no para condenar la represión, ni la mencionaron, sino para exigir a los estudiantes que “entregaran las instalaciones”, es decir, que se rindieran, que levantaran la huelga, “para evitar las provocaciones”. El 6 de febrero del 2000, miles de policías federales asaltaron Cuidad Universitaria y apresaron a cerca de mil estudiantes. Sí, leyó bien, mil estudiantes presos. Casi ninguno de los firmantes de la carta se retractó ni reconoció que con su rúbrica le habían dado permiso al presidente Zedillo de invadir militarmente la universidad, lo cual no terminó en un baño de sangre solamente porque el movimiento estudiantil no opuso resistencia (sí, ese mismo movimiento estudiantil satanizado hasta la saciedad como “radical” y “violento”). Y ahora Sergio Aguayo y Anamari Gomíz firman un desplegado dando todo su apoyo al movimiento estudiantil del CIDE, un movimiento que no pelea por ninguna causa nacional, ni en favor del pueblo de México, ni por el derecho a la educación, un movimiento que, por el contrario, solamente reclama prebendas y cuestiones internas que tienen qué ver más con reglamentos y burocracias que con la democracia y la libertad, como pretender hacernos creer. Sería bueno que Sergio Aguayo, Anamari Gomis, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y Roger Bartra (todos ellos firmantes del desplegado que le dio el espaldarazo a Zedillo para la ocupación militar de CU y hoy ardientes defensores de la protesta del CIDE) nos explicaran con qué criterios determinan que un movimiento merece ser linchado mediáticamente y reprimido con toda la saña del Estado mientras el otro recibe todo su apoyo y alabanzas.

Muchos dirán que se trata de dos movimientos completamente diferentes, que los estudiantes del CGH eran poco menos que salvajes y los del CIDE son gente decente que se baña todos los días. Y en este punto sale a relucir su clasismo: para ellos las protestas se justifican cuando las hace la gente de bien, es decir, la gente blanca de la pequeña burguesía. Pero cuando lo hace la plebe, hay que molerlos a palos.

Durante décadas, la izquierda fue oposición y defendió la protesta como un derecho casi sagrado. Sin embargo, ahora es necesario trascender ese debate formalista y entrar en el contenido o el fondo de las protestas. Lo importante es quién protesta y contra qué. En la lucha política apelar a derechos no basta para posicionarse. Votar también es un derecho, pero apelar a ese derecho no alcanza para justificar un voto a favor del PAN o del PRI. Al mismo tiempo que se respeta (dentro de ciertos límites) el derecho a protestar de la derecha y las élites afectadas por el nuevo gobierno, es preciso rebatir y combatir esas protestas pues, este es el punto, aunque sean legales, no todas las protestas son legítimas, no toda protesta es santa, ni la rebeldía es un valor en sí mismo. Ahora que la derecha se pinta de incorrecta, subversiva y desafiante hay que preguntar: ¿rebelde contra qué, rebelde contra quién? Esa es la cuestión.

P.D. Por si hacía falta aclararlo, criticar al movimiento estudiantil de derecha del CIDE no implica estar de acuerdo con todo lo que hace AMLO ni con la 4T. No todo es blanco y negro.

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