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América Latina, la esperanza y la contingencia



América Latina, la esperanza y la contingencia

Intervención y Coyuntura

El neoliberalismo como forma dominante de organizar el capitalismo se encuentra en crisis. Esto ha sido reconocido y dicho de múltiples maneras en la última etapa. Sin embargo, atendiendo un clásico postulado marxista en clave althusseriana, la dimensión política no sigue ni inmediata, ni linealmente a la económica. La crisis de una forma del capitalismo puede generar experiencias radicales en favor de los comunes o monstruos proto fascistas.

De nueva cuenta, América Latina se convierte, para usar una clásica imagen cientificista, en un laboratorio. O quizá venga mejor la imagen de una cocina donde se preparan formas nuevas de organizar la vida social. Que el capitalismo está lejos de acabar como mecanismo dominante de la sociedad es algo que se debería de reconocer, y su crisis actual no sólo es un defecto transitorio que debe ser corregido aplicando una contención más o menos gradual. De manera que no es en el terreno de los deseos donde se juega el análisis, sino en el de las posibilidades reales.

La esperanza de lo que hoy se cocina como alternativa al neoliberalismo es más bien dispersa. Hay un ánimo de alegría y de contagio popular. Los triunfos electorales que han acontecido en la región, en lo general, ayudan a propagar el optimismo de la voluntad. Pero, como todo proceso, conviene colocarle su dosis –cual sal o pimienta– de pesimismo moderado.

Y ahí, en un análisis menos triunfalista, el ánimo puede decaer. Efectivamente, gran parte de la región ha virado hacia formas de cuestionamiento de la forma-mercado como la disposición general de organizar la vida. Llámese izquierda, comunes, progresismo o como se le desee –eludiendo la aberrante designación de “marea rosa” de la academia norteamericana–: existe un proceso de emplazamiento de fuerzas políticas que ocupan los gobiernos y controlan segmentos significativos del Estado.

Y es por ahí donde comienza el problema. Los Estados que se ocupan están debilitados, maltrechos, corrompidos y con escasa capacidad. Del Río Bravo a la Patagonia, la capacidad gestora del Estado es más bien limitada. Solo en la mente de anarquistas o autonomistas, el Estado sigue siendo un demiurgo todopoderoso. Nadie con un pie en la realidad puede seguir ese argumento –así algunos de ellos ocupen cátedras universitarias. La tarea de quienes llegan al poder, contrario a lo que suponía una tradición iniciada con la revolución rusa, no es destruir el Estado, sino re-construirlo. Y es que, sin esa capacidad soberana, es imposible proteger a las sociedades, pueblos y comunidades de los vendavales anárquicos del mercado.

A este elemento suma el segundo, que es el de una nula autonomía del Estado para convivir en el mercado mundial. La autonomía relativa, tema que ganó las plumas de los marxistas en la segunda mitad del siglo XX, brilla por su ausencia. Esto es particularmente dramático en el caso argentino, donde no existe una capacidad económica al margen del FMI. La actual crisis económica es tan solo, un recordatorio de esa condición. Pero la autonomía relativa no solo opera hacia el mercado mundial, sino también hacia los grupos internos, las clases y sus formas organizativas. México es el país –históricamente– con mayor capacidad de autonomía relativa; y lo sigue siendo, en gran medida por el aplastante triunfo sobre las fuerzas neoliberales, pero Perú y Chile son el contra ejemplo. La capacidad de quienes ocupan los gobiernos para eludir las restricciones que imponen las fuerzas políticas tradicionales son manifiestas. Los amagos de destitución contra el presidente peruano son la punta del iceberg. Boric, en cambio, parece estar contento con esa situación, al sostener por el otro un proceso constituyente que le permite ganar algo de espacio político.

Colombia es la esperanza que se ha sumado. Sin embargo, se trata de un país con una larga tradición de Estado débil, marcado por la violencia y por el intervencionismo. Los liderazgos parecen estar a la altura, pero falta ver que tanto la oligarquía colombiana –violenta, rijosa– permite emprender cambios. Sin embargo, más allá de detalles, la suma de este país a un bloque de transición hacia algo más que el neoliberalismo es alentador. Brasil, por su parte, representa una trinchera más difícil. No sólo por el peso económico de su clase dominante –quizá la única burguesía propiamente dicha del continente- sino porque Lula ya gobernó y ya enfrentó las disparidades de la ausencia de autonomía estatal. ¿Lo moderó o lo radicalizó? Es algo que solo en el ejercicio de gobierno se sabrá.

Así, mientras algunos proyectos políticos afianzan su lugar como organizadores de sociedades que transitarán del neoliberalismo hacia un rumbo aún desconocido (México, Honduras, quizá Colombia), otros se enfrentan a severas crisis (Perú, Argentina). Los triunfos hay que celebrarlos así como la posibilidad de una coordinación y unidad que enfrente la crisis. Pero las campanas no deben echarse al vuelo. Hay retos fuertes, particularmente ante un gigante con pies de barro –los Estados Unidos– que se desmorona y que en ese proceso deja una estela de violencia.

Retomando la metáfora de la cocina, podríamos decir que hay algunos países que tienen dietas amplias, con elementos diferenciados y con sabores que son producto de la mezcla y el invento. En tanto que otras cocinas, son más bien limitadas, echan mano de uno o dos ingredientes, pero están sometidas a las limitaciones. Algunos, como el mexicano, aderezan con personalidades como la de López Obrador, otros, como la Argentina, ante cierto límite, regresan a recetas conocidas; unas más, como la peruana, prometía más de lo que en realidad podía dar.

El posneoliberalismo se cuece a fuego lento. Falta mucho todavía. Culpar a estos intentos de “falta de radicalidad” o de “exceso de moderación” habla de quienes jamás han preparado un platillo. No podemos permitirnos cometer los errores del pasado y creer que es posible aplicar la misma receta en cada uno de nuestros países, sino que tendremos que valernos de los ingredientes a la mano en cada una de nuestras cocinas para trazar un nuevo camino postneoliberal.




György Lukács, La categoría de la particularidad y la formación del capitalismo periférico en América Latina



György Lukács. La categoría de la particularidad y la formación del capitalismo periférico en América Latina. [1]

Ranieri Carli (Universidade Federal Fluminense)

Traducción de Eduardo Castillo

Este artículo trata del uso que el filósofo hungaro György Lukács hace de la categoría de la particularidad, poniendo atención sobre su lugar dentro del método de Marx. Después del estudio de la importancia de la particularidad en el método, en este artículo se estudia la formación del capitalismo periférico en América Latina y las particularidades de sus dinámicas.

La idea es utilizar la categoría de la particularidad para describir brevemente la peculiaridad de la constitución de una sociedad capitalista en los países de América Latina. Inicialmente usaremos el método de Lukács para delimitar la importancia de la categoría de particularidad; y, posteriormente estudiaremos las ideas de Ernest Mandel sobre algunas de las particularidades generales del capitalismo que se ha desarrollado en América Latina, sin la menor intención de agotar el tema.

En su Estética de 1963, Lukács afirma correctamente que las categorías de universalidad, particularidad y singularidad no pueden ser reducidas a simples «puntos de vista»; son, de hecho, aspectos esenciales de la realidad objetiva, cuyo conocimiento es necesario para el hombre que pretende orientarse dentro de esta realidad, superarla y someterla a sus fines. En consideración con su carácter objetivo, el hombre está en convivencia con tales categorías inclusive antes de usarlas como elementos organizativos de las reflexiones del movimiento de lo real.[2]

He aquí un ejemplo de cómo el método dialéctico puede capturar las categorías, especialmente cuando se revisa la noción de trabajo: tenemos, por lo tanto, 1) el trabajo en forma de una categoría universal, mediador indispensable de la sociedad con la naturaleza; 2) el trabajo como un particular, del modo capitalista de producción como medio para valorar el capital; y 3) el trabajo concreto único de los metalúrgicos, agricultores, ceramistas, etc.

Ciertamente, la categoría de la totalidad universal es aquella que comprende a los otros y el punto de vista de la teoría social debe siempre ser la perspectiva de esta totalidad universal. Como bien nos recuerda Lukács en uno de los ensayos de su Historia y Consciencia de clase, es la presencia de la categoría de la totalidad universal la que diferencia a Marx de las ciencias burguesas.[3] Sin embargo, la categoría de la particularidad promueve un verdadero enriquecimiento tanto de la totalidad universal como de la singularidad única.

Después, según Lukacs, la particularidad enriquece la relación entre lo singular y lo universal. No hay individuo singular que esté ligado a la universalidad del género sin la mediación de innumerables particularidades. Un individuo, ya sea Enrique o Cecilia, son miembros únicos de la raza humana. Sin embargo, la pertenencia a la generalidad está mediada por aspectos particulares, como la sociedad a la que pertenecen (capitalista, feudal, etc.), la clase social (burgueses, proletarios, etc.), la nación (Brasil, Palestina, Italia, etc.), la generación (niños, adultos, ancianos, etc.) y así sucesivamente podríamos seguir agregando una amplia gama de variables que enriquecen la relación entre singular y universal.

Continuando en el pensamiento de Lukács, la categoría de particularidad es interesante para estudiar las peculiaridades del desarrollo capitalista de cada circunstancia históricamente determinada, como el modo en que fue elaborada en América Latina. Sabemos que, en primer lugar, en su universalidad, las dinámicas capitalistas implican la explotación de la fuerza de trabajo por parte del capital. Sin embargo, ¿cómo se verifica esta situación en el territorio de América Latina? En este caso, es posible comprender el desarrollo de una sociedad burguesa en América Latina teniendo en cuenta la categoría de particularidad, como la entendía Lukács.

Para Mandel, la formación de la acumulación primitiva del capital en los países periféricos se realiza de acuerdo a tres elementos: en primer lugar, el proceso ininterrumpido de acumulzación de capital en los países centrales (especialmente en Europa), ya bajo la forma de una reproducción amplia; en segundo lugar, los inicios de la acumulación primitiva de capital en la periferia; en tercer lugar, la consecuente limitación del proceso de acumulación que da inicio en la periferia por parte del proceso de acumulacion en grandes fases de los países centrales.[4]

El principal de los tres elementos es precisamente el último: las imposiciones que el capital europeo ha puesto al desarrollo del capital periférico. Lukács podría decir que esta es una gran característica particular que diferencia el capitalismo periférico. Según Mandel, “en cada país o a escala internacional, el capital pone bajo presión desde el centro –en otras palabras, sus lugares de origen históricos– a la periferia. Busca continuamente extenderse a nuevos dominios, convertir simples sectores reproductivos de bienes en nuevas esferas de producción capitalista de bienes, suplantar, con la producción de bienes los sectores que hasta entonces producían sólo valores de uso. El grado en que este proceso continúa produciéndose inclusive hoy en día, ante nuestros ojos, en los países altamente industrializados, es ejemplificado por la expansión, en las últimas dos décadas, de industrias que producen comidas instantáneas, distribuidores de bebidas, etcétera”.[5]

En la periferia, por lo tanto, la llegada del capital internacional abre el camino a la producción de plusvalor con la «normalidad» de las férreas leyes de la economía capitalista.

Mandel sostiene que, en general, el papel del «buscador de caminos» corresponde al «pequeño y mediano capital».[6] Dado que las modalidades tradicionales de la producción de subsistencia ya no representan obstáculos, la producción capitalista se impone gradualmente, viviendo junto con las relaciones de la producción tradicional. El desarrollo de la producción típicamente capitalista de materias primas tiende a someter las otras formas restantes.

La articulación entre países centrales y periféricos es doble, por un lado, la periferia importa artículos a bajo costo por el elevado grado de productividad alcanzado gracias a la maquinaria desarrollada en los países centrales, lo que implica la ruina de las formas artesanales de producción (incapaces de alcanzar tal productividad); por otra parte, está la especialización de los países de capitalismo incipiente en productos que servían al mercado internacional, en particular en los productos agrícolas.[7]

Así, obviamente, la articulación entre el centro y periferia ocurre con la subalternidad de este en comparación a aquella. Es lo que Lukács llamaría sumisión de las particularidades a la universalidad. Sin embargo, el punto es que el capitalismo inicial de la periferia debe competir con el capital internacional, que no sólo se consolida en el mercado mundial, sino que ya avanza en la construcción de los monopolios. Es importante decir con Lukács que esta es una de las particularidades que marcan fuertemente la vida económica en los países del capitalismo periférico. La ingrata tarea de la burguesía nacional periférica es la de aumentar un nivel de extracción de plusvalías que le dé condiciones suficientes para afrontar el capital monopolístico que proviene del exterior. En efecto, el impulso al desarrollo de la industria capitalista en la periferia se produce con la exportación de capitales por parte de países en los que la burguesía monopolista ha llegado a ser dominante. La acumulación primitiva de las naciones subalternas tuvo que hacer frente a esta circunstancia, ya que, en consecuencia, el proceso de exportación de capitales imperialistas ha sofocado el desarrollo económico del llamado «Tercer Mundo».[8]

La distinción entre la forma clásica de acumulación primitiva (que se ha producido en Inglaterra) y la de las naciones del Tercer Mundo es bastante evidente. El carácter decisivo de esta distinción es que el desarrollo capitalista del Tercer Mundo encuentra en la metrópoli, los intereses de la burguesía de los países metropolitanos.

Además, la clásica acumulación primitiva tenía como obstáculo las fuerzas tradicionales que resistieron al desarrollo interno de un mercado laboral y de consumo de bienes. La madre patria inglesa o francesa luchó contra las estabilizaciones de las viejas clases para que, cada uno a su manera, llegase a ser preponderante.

En el caso de la acumulación primitiva en las naciones periféricas, este fenómeno no se ha producido. Una vez más, la categoría de la particularidad está presente aquí, como se da cuenta Lukács. Mientras el desarrollo capitalista era guiado desde el exterior,<>.[9] En aquel momento, no era del interés de la burguesía imperialista romper con las fuerzas locales que persistían dominantes en sus respectivas regiones. La experiencia histórica nos demuestra que la consolidación de las alianzas entre la burguesía extranjera y la aristocracia regional predominaba en períodos históricos como el que contamos.

El gran servicio que los suburbios proporcionaban a la capital metropolitana era proporcionar materias primas. No es casual. La búsqueda del capital circulante (como la materia prima) se explica por el imperativo de que el capital contenga la caída tendencial del tipo de beneficio.

El problema planteado al capital imperialista era la organización precapitalista de la producción de materias primas. El bajo nivel de productividad de la forma de producción hizo que la mercancía final fuera cara; por lo tanto, no había otra salida que organizar la producción de estos bienes de acuerdo con las leyes de la industria capitalista. Solo de este modo se ajustaría la producción de materias primas a los niveles de productividad laboral exigidos en aquel momento. Por lo tanto, Mandel observa que “la intervención directa del capital occidental en el proceso de acumulación primitiva de capital en los países subdesarrollados fue determinada, en gran medida, por la presión compulsiva sobre este capital, con el fin de organizar la producción capitalista de materias primas a gran escala”.[10]

Si, de este modo, el capital imperialista obligase a la organización a producir materias primas a su imagen y semejanza, esto no provocaba el desarrollo de fuerzas productivas en las tierras periféricas. No era necesario, dado que el bajo valor de la fuerza de trabajo, con sus pequeños costos de sustitución, el gran ejército industrial de reserva y la relativa debilidad de la organización política del proletariado, han puesto a disposición del capital las condiciones adecuadas para la extracción de la plusvalía absoluta sin utilizar el aumento de maquinaria. Sin embargo, en estas circunstancias, la extracción de la plusvalía absoluta ha sido la constante.

La situación cambia a mediados del siglo XIX. XX. Con el estancamiento de la productividad en la producción de materias primas en los países dependientes y, por otra parte, con el aumento de la productividad en el mismo sector en los países centrales, se registró una inserción gradual de tecnología en la producción de materias primas en la periferia. Además, “el capital monopolista internacional se interesó no sólo por la producción de materias primas a bajo costo mediante métodos industriales avanzados […], sino también por la producción, en los países subdesarrollados, de productos acabados que podían venderse allí a precios monopolísticos, en lugar de materias primas que se habían vuelto excesivamente baratas”.[11]

Hay que decir que la industrialización de la periferia no significaba la nivelación armónica del mercado mundial, en el que cada uno calcularía simétricamente su cuota. El desarrollo de la industria capitalista en los países periféricos no ha alterado el hecho de que su capitalismo es dependiente y subordinado a la metrópoli.

Por lo tanto, lo que hemos visto sobre el capitalismo periférico se puede resumir en las siguientes palabras: Lukács nos dio el método, mientras que Mandel llenó este método de contenido histórico.

Finalmente, lo que se puede ver en el esbozo anterior es que la categoría de la particularidad es esencial para crear un cuadro del capitalismo en los países periféricos como los de América Latina. Lukács tenía razón cuando llamó la atención sobre la importancia metodológica de la categoría. Con él, es posible situar históricamente las mediaciones que han llevado al capitalismo latinoamericano a la realidad contemporánea del modo en que lo vivimos actualmente. Si la universalidad del actual modo de producción es el capitalismo, dentro de esta universalidad hay particularidades muy precisas, como las que atañen a la historia de América Latina.

[1] El presente artículo fue publicado en la revista Filosofia in Movimiento: https://filosofiainmovimento.it/gyorgy-lukacs-la-categoria-della-particolarita-e-la-formazione-del-capitalismo-periferico-in-america-latina/ . Agradecemos la autorización para su traducción y publicación.

[2] Cfr. Lukács György, Estetica I: la peculiaridad de lo estético, Barcelona, México, 1982, v. 3, p. 200.

[3] Cfr. LUKÁCS, György. História e consciência de classe. São Paulo: Martins Fontes, 2003, p. 105.

[4] Cfr. MANDEL, Ernest. O capitalismo tardio. Rio de Janeiro: Nova Cultural, 1982, p. 31.

[5] Cfr. MANDEL, op. cit, p. 31.

[6] Cfr. MANDEL, op. cit, p. 32.

[7] Cfr. MANDEL, op. cit, p. 35.

[8] Cfr. MANDEL, op. cit, p. 36.

[9] Cfr. MANDEL, op. cit, p. 37.

[10] Cfr. MANDEL, op. cit, p. 39.

[11] Cfr. MANDEL, op. cit, p. 43.

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Colonialismo como subsunción formal y real




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Colonialismo como subsunción formal y real

Esteban Mora

Vamos a proponer que el colonialismo capitalista moderno es una forma de subsunción formal y real. Esto a su vez modificará radicalmente el debate sobre la transición al capitalismo en el “Tercer Mundo”, ya que significa que el colonialismo moderno y capitalista ya son la penetración del capitalismo en esta área del mundo, por lo que no hay ‘semifeudalismo’ en absoluto. (Mora, 2019). Esto es importante porque no solo la ciencia y el conocimiento dominantes distorsionan las realidades del “Tercer Mundo”, sino también el marxismo dominante, tal como lo criticó el poscolonialismo: el “Tercer Mundo” parece un proyecto abortado, como un grupo insuficiente de sociedades, nunca alcanzando el capitalismo por completo, carecer de desarrollo y queda rezagado en el proceso para alcanzar el capitalismo moderno, etc. El marxismo legitima esta lectura histórica de los acontecimientos diciendo que no hay capitalismo en el “Tercer Mundo”, solo porque somos en su mayoría sociedades agrarias (lo cual también es falso, ya que con la excepción de algunas regiones subsaharianas, todo el “Tercer Mundo” produce más riqueza industrial que agrícola como componente del PIB, y las exportaciones industriales pasan por alto las exportaciones agrícolas, en casi todas sus sociedades), que nuestro subdesarrollo tiene su base en nuestra falta de capital, y no porque el capitalismo mismo esté presente. El marxismo básicamente sigue pretendiendo el marco de la acumulación primitiva que incluso el propio Marx dijo que no podía generalizarse a todo el mundo, e incluso cuando el propio Marx ve el colonialismo como una penetración del capitalismo en el “Tercer Mundo”, algunos marxistas de hoy lo niegan.

Contrariamente a este escenario, los hechos empíricos e históricos, a la luz de la teoría de Marx y los hallazgos empíricos mismos, es bastante diferente de lo que defienden sus seguidores ortodoxos: estamos subdesarrollados debido al capitalismo, y ya se está desarrollando una penetración capitalista en el “Tercer Mundo”, que es la causa de nuestro subdesarrollo. En lugar de una Tríada que disfruta del capitalismo frente a un Sur Global o un “Tercer Mundo” carente de desarrollo capitalista o atrofiado en su historia, con la necesidad de ponerse al día con la existencia del capitalismo para incluso comenzar a hacer preguntas o producir respuestas sobre su propio desarrollo y historia, la historia del “Tercer Mundo” es la historia de la penetración y existencia gradual capitalista, que modifica por completo las preguntas y respuestas necesarias, incluso desde el lado del marxismo mismo.

Recordemos rápidamente que el colonialismo no solo es moderno y capitalista, sino también medieval o antiguo: los árabes colonizaron África, tanto como los aztecas hicieron lo mismo con sus vecinos. El colonialismo puede parecer una característica permanente de la historia, pero también tiene que ser histórico y no eterno, por supuesto. Esa discusión va mucho más allá de nuestro objetivo para este texto pequeño y modesto, pero es importante aclararlo. Como forma de hipótesis, se podría decir que el colonialismo es parte de la formación histórica del propio estado, aunque todavía existen relaciones ‘exogámicas’ entre bandas y clanes que podrían considerarse al menos el mismo fenómeno. De todos modos, nos vamos a centrar en el colonialismo moderno y capitalista, y no en toda la historia o realidad del fenómeno, que sería un tema demasiado grande para tratar en un artículo.

De todos modos, para entrar en el tema principal que nos ocupa, recordemos también las definiciones de subsunción formal y real: la primera se basa en la explotación que no modifica el proceso productivo en términos de productividad. Por ejemplo: la explotación basada en la venta de excedentes agrícolas o excedentes de producción, tan común todavía en África y en todo el “Tercer Mundo”. La subsunción real, por otro lado, ocurre cuando hay una modificación de los elementos internos del proceso de producción. La subsunción formal se basa entonces en la plusvalía absoluta, que funciona mediante la extensión de la jornada laboral y la simple reducción del precio del trabajo a través de esa extensión, y la subsunción real se basa en la plusvalía relativa, que reduce el precio del trabajo al cambiar el proceso productivo en términos de cambios de productividad o innovación, reducción del trabajo necesario en oposición al trabajo excedente, etc. La importancia dentro del marco marxista, es que mientras que la subsunción formal es capitalista en un sentido abstracto y general, la subsunción real es capitalista en su sentido específico. Siguen siendo ambas formas de capitalismo, pero en formas de transición histórica.

De las formas de subsunción detalladas en nuestro trabajo anterior aquí o aquí (Mora, 2018) podemos concluir lo siguiente: la agricultura por contrato (donde las empresas emplean directamente a campesinos, aunque no sean trabajadores de un gran latifundio, sino pequeños propietarios de parcelas), y esquemas de subcontratación con el Estado o el sector privado (o ambos, donde el estado compra excedentes y luego los revende a empresas privadas mientras media los medios de producción -fertilizantes o maquinaria o crédito- a pequeños campesinos, o comercializa excedentes y excedentes ellos mismos a través de cooperativas o empresas estatales, etc.), son todas formas de subsunción real capitalista. Pero esto no es propio del colonialismo exclusiva y necesariamente, sino que se extiende al neocolonialismo: estos fenómenos son bastante tardíos en términos de su generalización, aunque existen en el período de la administración colonial directa/indirecta (como Banaji está proponiendo con precisión increíble) (Banaji, 2019). De cualquier manera, el colonialismo de principios del siglo XIX y principios del siglo XX integra al “Tercer Mundo” en la acumulación capitalista, pero no debido a una penetración externalista desde afuera (como Brenner criticó correctamente la teoría de los sistemas-mundo), sino debido a los procesos de trabajo internos, y las formas internas de acumulación. Aquí debemos enfatizar que el análisis proporcionado en los enlaces anteriores, y este mismo texto, no son sobre las formas de explotación ni sobre los procesos laborales solamente, sino sobre los modos de producción, por lo que la penetración del capitalismo a través del colonialismo (como una forma de subsunción formal y real) cambia el debate sobre los modos de producción en el “Tercer Mundo” y se opone radicalmente a la caracterización del ‘semifeudalismo’ dentro del marxismo ortodoxo. Pero eso es solo el comienzo.

Recordemos que la subsunción formal y real no son lineales, como una tras otra en una secuencia lineal histórica o positivista. Marx afirma claramente que la subsunción real puede aparecer antes que la subsunción formal, y que pueden mezclarse (en sus textos sobre la renta del suelo y específicamente el régimen de parcelas pequeñas en El Capital Vol. 3). De cualquier manera, esta mezcla es precisamente la que encontramos en el “Tercer Mundo”: el colonialismo clásico pasa hacia el neocolonialismo de la misma manera que la subsunción formal mezclada con la subsunción real, pasa del predominio de la subsunción formal sobre la real, al predominio de esta última desde el siglo XX hasta la actualidad. Esta curva de desarrollo del colonialismo hacia el neocolonialismo, es la penetración del capitalismo en el propio “Tercer Mundo”, razón por la cual la caracterización ‘semifeudal’ se interpone (incluso políticamente) como un obstáculo para comprender las realidades del “Tercer Mundo”. Y dado que el “Tercer Mundo” es la mayor parte del mercado mundial, esto significa que hay una falta total de comprensión de lo que ahora se llama comúnmente análisis de la “historia mundial” o de la “historia global”, pero que preferimos llamar simplemente la historia del mercado mundial capitalista (una teoría que Marx dejó inconclusa, por lo que es bastante comprensible que haya un vacío que debemos abordar).

Cabe señalar que, incluso para América Latina, esta curva de desarrollo que va de la subsunción predominantemente formal a la predominantemente real también está presente incluso si comenzaron su capitalismo con la independencia a principios del siglo XIX: América Latina es neocolonial desde el inicio, y esto permitirá que el capitalismo latinoamericano se desarrolle antes y mejor que Asia o África hasta el siglo XX (no ahora, por supuesto, cuando Asia Oriental y Asia Meridional han superado a América Latina y al resto). Esto se puede confirmar a través de Lenin: él llama a los pequeños socios del imperialismo latinoamericanos que tienen independencia administrativa formal y política como ‘semicolonias ‘, a diferencia de las ‘colonias directas’, en su famoso Imperialismo. Las semicolonias son básicamente lo que son los países del “Tercer Mundo” de hoy, en relación con la Tríada (aunque haya todo un debate sobre el carácter del imperialismo en el siglo XXI).

Como detallamos en nuestro review de The History of Business in Africa (Mora, 2018) de Griejie Verhoef, por ejemplo, y como se puede leer del propio Marx en sus textos sobre la India, el colonialismo ingresa al “Tercer Mundo” inmediatamente como capital mercantil, y luego, en un segundo momento (momento en el sentido hegeliano), como administración colonial. Este colonialismo anterior se basa básicamente, predominantemente, en la venta comercial de excedentes agrícolas y de producción, pero coexiste con los sistemas de plantaciones (siendo esta la forma más cercana a la acumulación primitiva: latifundios grandes o medianos con proletariado campesino real o trabajadores sin tierra, o con la necesidad de vender su trabajo estacionalmente y al mismo tiempo tener que trabajar en su propia parcela, etc) o agricultura por contrato, etc. Esta venta de excedentes agrícolas se detalla en el primer párrafo de la teoría de Marx de la renta capitalista como capitalismo. Pero tenemos que abordar todas las variables de manera global: la ley del valor, el modo de producción mercantil simple (estemos de acuerdo en que la categoría es una invención de Engels o no, que es una discusión diferente, solo nos preocupamos por la forma histórica y económica que es señalada por esa categoría), la teoría de la subsunción formal y real, la teoría de la renta, incluidas las elaboraciones del régimen de parcelas, etc. Por supuesto, Marx insiste en que la subsunción formal no es capitalista específicamente, pero también hay fragmentos en los que habla específicamente de que es capitalista en un sentido abstracto general, y aún no concreto ni específicamente capitalista, como ya dijimos antes. Lo mismo ocurre con el régimen de la parcela, donde esta “ambigüedad” o “contradicción” (¡mostraremos que no es una ambigüedad en absoluto, sino una relación dialéctica!) le hace insistir en su carácter capitalista, y su carácter precapitalista al mismo tiempo. La subsunción formal, aunque no se considere totalmente capitalista, sigue siendo plusvalía absoluta. De ahí que el marxismo ortodoxo tenga razón en señalar que el capitalismo todavía no presenta una subsunción real dominante, pero está equivocado en concluir por esto que vivamos en medio de vestigios ‘semi-feudales’ o ‘pre-capitalistas’. La distinción es leve, pero crucial: el capitalismo empezó a penetrar el “Tercer Mundo” sin subsunción real, estamos de acuerdo en eso, pero esto no es ‘pre-capitalismo’ ni ‘semi-feudalismo’, sino una penetración ya abstractamente capitalista. Y más aún hoy, durante el neocolonialismo, cuando se consuma el dominio de la subsunción real sobre los vestigios de subsunción formal. Los vestigios de atraso de las neocolonias del mundo son eso, vestigios de una subsunción capitalista atrasada, pero no de un ‘semi-feudalismo’. Las conclusiones políticas a partir de ese pequeño detalle son tremendas, como se sabe.

Y lo que encontramos en las realidades históricas y económicas del colonialismo es precisamente esa misma mezcla: hay una mayor fragmentación de la tierra en el “Tercer Mundo”, al igual que el régimen de parcelas; pero al mismo tiempo, esta venta de excedentes agrícolas de pequeños propietarios se define como capitalista en el vol. 3, como ya dijimos. Es subsunción formal porque sólo es plusvalía absoluta extraída de la venta de excedentes agrícolas (más allá de la subsistencia, es decir, ¡lo que hace aún más absurda la caracterización ‘semifeudal’!), Pero al mismo tiempo, el minifundista modifica su proceso de trabajo interno al igual que la plusvalía relativa (y, por tanto, la subsunción real). Las formas en las que el minifundista modifica su tierra y su proceso productivo, son muy diferentes en América Latina que en Asia o África, y aquí también es por el colonialismo (lo abordaremos en un momento). Por ahora, lo que hay que aclarar es que este contacto colonial a través del capital mercantil modifica el proceso laboral y la acumulación misma. Lo que hace que una relación agraria capitalista sea lo que es, no es la empresa mercantil privada y colonial, como una penetración externa del capitalismo, ni el hecho de que esta empresa mercantil privada y colonial esté ubicada en el núcleo o países centrales del imperialismo, y entonces hay un saqueo o repatriación de ganancias del “Tercer Mundo” a sociedades donde hay capitalismo, etc: lo que lo hace capitalista es la forma en que tanto el proceso de trabajo ubicado en las mismas colonias, como su extracción de plusvalía a través de ganancias comerciales, va en un proceso de acumulación capitalista tanto en el país central/central como en la colonia, y enriqueciendo tanto a las burguesías centrales con su expoliación y repatriación de plusvalías, como a la burguesía local colonial, la cual no es ninguna víctima del colonialismo, sino su socio elemental. La consecuencia de esta lectura sería enorme (si fuera aceptada por la comunidad de investigación marxista).

Significaría que la penetración del capitalismo en el “Tercer Mundo”, y a través del colonialismo, se basa en la segunda vía no revolucionaria de transición del precapitalismo al capitalismo, como se detalla en el capítulo XX de El Capital vol. 3. Lo mismo puede decirse de los hallazgos de Banaji, que está elaborando mientras hablamos, y son las elaboraciones más importantes que se están haciendo en el marxismo hoy (desde nuestra humilde opinión, al menos): la historia del mercado mundial y el “Tercer Mundo” no es la historia de una penetración clásica basada en la acumulación primitiva, sino por el contrario, se basa en la segunda vía no revolucionaria; no se basa en la dominación del capital industrial, sino en el capital mercantil (que según Marx, ambos son capital industrial, y siguen la lógica del capitalismo, no solo el aspecto histórico –en contra de la lectura de Takahashi-); y la historia del “Tercer Mundo” no es la historia de un capitalismo obstruido o inacabado, sino la historia del capitalismo mismo, y cómo se alimenta del atraso. Esto incluso podría cambiar el aspecto lógico del capitalismo, y no solo el histórico (como diría Takahashi), pero todavía no queremos llegar tan lejos. Primero es necesario incluso confirmar esto históricamente. Los trabajos presentados a través de este texto son nuestra contribución a esta urgente investigación.

El colonialismo determina estas formas: el colonialismo latinoamericano era muy diferente al colonialismo asiático o africano, y estos dos eran realmente diferentes entre sí. Para ir directamente al grano, podemos concluir que hay dos polos extremos dentro de los cuales hay gradaciones infinitamente detalladas que no podemos abordar aquí. Trataremos de hacer una síntesis global de gradaciones detalladas, tonos de gris, fenómenos particularmente diferentes, etc. Estos dos polos analíticos son la centralización económica y la descentralización política o administrativa por un lado, y la descentralización económica y la centralización administrativa por el otro (algo que aclararemos mucho mejor en las conclusiones al final de este texto). No significa que uno sea estrictamente «económico» y el otro sea estrictamente «político» como si fueran esferas separadas: son tanto económicos como políticos. Pero veremos qué queremos decir con esta distinción analítica. Entre esos dos polos podemos ubicar las distintas gradaciones de la colonización directa e indirecta, como se le llama en los estudios de descolonización, y su relación con la concentración y centralización, y también, por ello, sus patrones de subsunción formal y real.

América Latina centraliza la acumulación económica mientras descentraliza la toma de decisiones del Estado político. Asia se ubica en un grado intermedio, con la colonización anterior holandesa y portuguesa de ella, que implicó alguna construcción de un aparato administrativo, dejando a las poblaciones indígenas y relaciones autóctonas relativamente intactas en comparación con los amerindios genocidio (especialmente los portugueses en oposición a los holandeses, otra gradación de importancia, etc). Y África se encuentra en el polo opuesto descentralizando la acumulación económica y centralizando un aparato estatal político más inmediato, dejando aún más intactas las relaciones autóctonas; el poder político de la corona española y portuguesa en América Latina está mediado, mientras que los reinos africanos y los estados administrativos coloniales y el poder son más inmediatos. Esto produce la concentración económica y centralización del valor económico y las ganancias en América Latina, y la desconcentración y descentralización inversa del valor económico y las ganancias en África, con Asia en un grado intermedio. Podríamos ser aún más detallados, en lugar de solo una división tripartita de América Latina, Asia y África: podríamos ubicar entre esos dos polos (también en una gradación) América del Sur y México, América Central, India y las Indias Orientales holandesas o portuguesas, el resto de Asia y Medio Oriente y África del Norte, y luego África Subsahariana. Dentro de esta subdivisión, también podríamos detallar diferentes gradaciones de colonización directa e indirecta que involucran esos dos polos: grandes diferencias también entre el Mahgreb y África Subsahariana, o entre África Occidental, Central y Oriental por sí mismas; lo mismo ocurre con Asia: India y Filipinas son muy diferentes a Malasia o Indonesia, etc. Pero lo que debemos enfatizar es que se trata de gradaciones y matices de centralización y descentralización política y económica, donde un polo se basa en un modelo más descentralizado y concentración integrada, y la otra en una concentración más fragmentaria. Lo mismo ocurre con la centralización y su movimiento correlativo con la concentración: un control más centralizado de los medios de producción, y al otro lado formas múltiples y fragmentarias de control en múltiples puntos.

 

¿Cómo? El colonialismo latinoamericano borró de la faz de la tierra a través del genocidio (¡mucho antes de los nazis!, contrario a las nociones comunes) la existencia de pueblos e instituciones autóctonas e indígenas, mientras Asia y África van, en tonalidades grises y gradaciones muy importantes, desde la construcción de instituciones sin la eliminación de los terratenientes tradicionales y consuetudinarios y las instituciones formales o informales de la agricultura familiar, hasta la colonización por medios completamente indirectos: no solo sin genocidio, sino sin siquiera construir una administración colonial directa, y basar su explotación sobre las relaciones tradicionales y consuetudinarias (hasta cierto punto, lo analizaremos más adelante). Y esto no es sociología, sino marxismo: la centralización y descentralización en América Latina permite una mayor proporción de subsunción real (mezclada con la simple venta de excedentes propios de subsunción formal) que Asia o África en sus primeros procesos de colonización durante el siglo XIX o principios del siglo XX. La descentralización de los aparatos del Estado colonial permitió una integración comercial mucho más estrecha y la reducción de los márgenes comerciales en América Latina, lo que significa una participación relativamente mayor para los campesinos, lo que aumenta la productividad, y la falta de intermediarios (comparativamente) que se apropien de los márgenes comerciales. Esto permite una mayor acumulación en contextos agrarios latinoamericanos. En África, como ejemplo opuesto, tenemos una integración de mercado más débil y muchos incluso intermediarios tradicionales y tribales, actuando incluso como terratenientes (ya que modifican el proceso de trabajo con materias primas, como una forma de plusvalía relativa, y así, subsunción real), produciendo la falta de autoridad estatal central en África y el Medio Oriente mucho más fuerte que en el sur de Asia o el este de Asia y el Pacífico, por ejemplo.

Finalmente, y como ya dijimos, los esquemas de subcontratación, agricultura por contrato y venta de excedentes, no son solo capitalistas porque hay un comerciante de la tríada y una empresa privada que importa y exporta productos de sus sociedades, especialmente desde los puertos. Este es un análisis económico liberal. La dicotomía externalismo/internalismo ha sido mal manejada por el marxismo hasta este punto, incluso por Brenner, ya que su única solución es ir directamente al proceso de trabajo y la explotación, y no a los modos de producción (como ya propuso y criticó Banaji, durante el debate sobre modos de producción en India). Creemos que esto es chovinismo nacionalista dentro del marxismo, en términos analíticos (no en un sentido político, aunque sí afecta el análisis político). No se trata de Estados-nación, ni la forma externa es el comercio internacional y la interna el proceso laboral. La forma externa también debe basarse en los procesos productivos y las composiciones valor/orgánicas, mientras que la variable interna debe ir más allá del proceso laboral (como Harman criticó brillantemente a Brenner) e incluir todo el proceso de acumulación.

Ahora podemos ver cómo el colonialismo no se ha detenido: la agricultura por contrato en sí tiene su propia curva progresiva de desarrollo, especialmente en Asia y África, desde la colonización anterior y clásica hasta la revolución de los supermercados de los años 90 durante el neocolonialismo postindependiente, donde produce una mayor integración de mercado y reduce los márgenes comerciales de la misma manera que se logró en América Latina mediante la eliminación de las estructuras indígenas y la expansión de la subsunción real. Como dijimos anteriormente, aunque regiones como África como polo extremo, o Asia como grado intermedio, tuvieran relaciones autóctonas relativamente intactas y la construcción del control administrativo fue menor que en los virreinatos y cabildos latinoamericanos, etc, este fue un proceso gradual: por ejemplo, en África, las empresas comerciales coloniales no invirtieron más allá del comercio hasta la década de 1960. Lo mismo podría decirse de la diferencia entre los procesos de colonización holandesa y portuguesa en las regiones de las Indias Orientales del Pacífico asiático durante los siglos XVI y XVII: los portugueses se centraron más estrictamente en las operaciones comerciales, y los holandeses invirtieron en plantaciones y producción agraria propiamente industrial, no solo funciones comerciales. En África, en el polo opuesto de América Latina, las capitales comerciales estaban más fragmentadas y llenas de intermediarios, por lo que los conglomerados de comerciantes coloniales eran básicamente comerciantes mayoristas ubicados principalmente en puertos, dejando la integración del mercado a estos intermediarios y concentraciones y centralizaciones fragmentarias. En América Latina, como polo opuesto de nuestro marco analítico, sucedió de manera radicalmente diferente: el capital mercantil podía extender y descentralizar sus operaciones a lo largo de los territorios y centros de comercio urbanos o rurales, etc., funcionando como comerciantes minoristas conectados a los mismos capitales centralizados y concentrados que, a su vez, estaban conectadas directamente con las casas exportadoras de los puertos.

El mismo proceso de la revolución de los supermercados de los 90 en América Latina significó simplemente la integración del mercado (aunque esto mejora la acumulación, no es solo un aspecto de integración, sino que eleva la productividad del trabajo en las capitales comerciales –es decir, aunque sea subsunción formal para la agricultura, es plusvalía relativa para el comercio-), mientras que en Asia y África la revolución de los supermercados se sintió hasta la década de 2000 y significó, en diferentes grados, la subsunción del capitalismo agrario a través de terratenientes directos en nombre de las corporaciones mercantiles multinacionales en este mismo siglo. Es por eso que la agricultura por contrato es tan poco común en América Latina, en comparación con Asia y África: la subsunción ya lograda a través de la colonización y la independencia decolonial formal, ya estaba en vigor en América Latina luego de su independencia temprana, y no había necesidad de expandir la agricultura por contrato. Así que insistimos en que hay gradaciones enormes y configuraciones históricas muy específicas y particulares, y no hay ningún ‘esquema universal general’ en absoluto), la subsunción real necesitaba una penetración aún mayor durante la segunda mitad del siglo XX porque las formas tradicionales todavía estaban vigentes, y esto por su forma histórica de colonialismo, como detallamos antes.

Esta expansión de los puertos a los centros urbanos y rurales, o del comercio mayorista y la integración horizontal o vertical del comercio minorista en los territorios, más la expansión de esquemas de plantación o tenencia de la tierra, ya sea por expatriados y colonizadores o poblaciones autóctonas, etc, y en la revolución de los supermercados de los años 90 y principios de los 2000 desde América Latina hasta África, está la expansión desde la subsunción formal hacia la subsunción real misma. Desde el comercio de excedentes agrarios de los puertos, hasta la inversión directa en plusvalía relativa para los agricultores familiares extendidos o las aldeas indígenas totalmente dentro de los territorios, hoy en día pasa desde el colonialismo al neocolonialismo.

Como dijo Walter Rodney con más claridad que nadie en el mundo, el neocolonialismo actual es la persistencia de la penetración del capitalismo en las periferias, y el colonialismo se convierte en una característica permanente y estructural del capitalismo moderno, a diferencia de la Edad Media o la antigüedad. Incluso es anterior al imperialismo mismo, ya que atraviesa el capitalismo de libre competencia del siglo XIX, el capitalismo monopolistadel siglo XX (imperialista) y ahora el capitalismo tardío de fines del siglo XX/principios del siglo XXI. Esto también señala que todos los demás caracteres del colonialismo (racismo, religión en general, eurocentrismo, orientalismo, etc) están de hecho incrustados en el capitalismo económicamente, y no simplemente como un elemento superestructural, y por qué cosas como el racismo o las religiones chocan entre sí. La islamofobia y el cristianismo son tan omnipresentes para el dominio de la Tríada (o cualquier otra potencia mundial, si así se prefiere) sobre el mercado mundial.

Conclusiones:

Si el diferencial de precios regional es alto, también lo será el diferencial de precios de productor-consumidor, pero si el diferencial de precios regional es bajo, es posible que el diferencial de precios de productor-consumidor sea mayor o menor, dependiendo de la cantidad de mediadores ya no solo espaciales, sino de valor. De ahí que un margen comercial menor pero centralizado y concentrado, sea mayor que un margen comercial mayor pero fragmentado entre múltiples intermediarios desconcentrados y descentralizados. Y un margen comercial mayor puede ser apropiado por un capital comercial centralizado y concentrado, en vez de un margen comercial mayor que a su vez está relacionado con un diferencial de precios regional mayor. Esto encierra la diferencia específica del colonialismo a través del capital comercial en el “Tercer Mundo”: en África no hay integración del diferencial de precios regional ni del diferencial de precios de productor-consumidor, en Asia hay un diferencial de precios regional menor pero con menos margen de ganancia comercial (está menos integrado en términos de diferencial de precios regional, pero mayormente integrado en términos de margen de ganancia comercial), y en Latinoamérica el diferencial de precios regional es todavía menor, y con menos margen comercial. Estas diferencias se deben a los tipos de colonización, y al hecho de que la colonización indirecta y directa son formas de subsunción formal y real del trabajo en el capital. Esto mismo demuestran los datos acerca de estas mismas variables, y debemos hacer una corrección acerca de nuestra lectura de esos datos: Asia tiene mayor margen comercial que Latinoamérica no porque tenga menor integración, sino que tiene mayor integración del diferencial de precios regional, pero están menos concentrados y centralizados, lo cual lleva a que esta mayor integración sea entre más intermediarios diferentes en términos de centralización, en comparación con Latinoamérica.

¿Cómo sucedió esto? Por los modos de acumulación enmarcados en modos de producción específicos. En Latinoamérica hay una integración del diferencial de precios regionales comparable a la de Asia, pero hay una mayor centralización y concentración de capitales comerciales, lo que hace que estos intermediarios comerciales sean de los mismos capitales, y por lo tanto, no aumenten el margen comercial. En cambio en Asia los lazos de integración del capital comercial se extienden tanto como en América Latina, pero con una fragmentación de la centralización (el comercio al por menor o al detalle es altamente fragmentado en términos de propiedad privada y centralización), y eso aumenta el margen comercial y reduce la concentración y centralización de ganancia comercial para los capitales principales del comercio asiático. Esto se debe fundamentalmente a la forma de colonización: en América Latina los intermediarios comerciales autóctonos son borrados del mapa, y en su lugar son instaurados nodos y centros comerciales locales y nacionales propios de capitales altamente concentrados y centralizados. En Asia hay variaciones como las del colonialismo holandés versus el colonialismo portugués: el colonialismo holandés tuvo una mayor integración y centralización, pero el portugués no; lo mismo podemos decir de las grandes diferencias de la India en comparación a otras regiones del Sur de Asia, etc.

Otra forma de entender esta realidad es la siguiente: en América Latina no hay agricultura tributaria o ‘tax farming’. Esto se debe a que a pesar de que la corona controla la producción, y actúa como terrateniente general incluso de las mercedes reales y haciendas, ellos no recolectan una renta de la tierra a través de tasación excepto de las encomiendas. La tasación es casi exclusivamente ligada a las instituciones eclesiásticas, y no a los nobles ni mestizos (hasta el siglo XVII que se va a empezar una tendencia creciente a  la tasación general y uniforme). Esto produce que la concentración y centralización de los capitales comerciales sea mayor en Latino América, evitando la fragmentación asiática o africana. En cambio en Asia las poblaciones indígenas autóctonas no son borradas con el genocidio, ni tampoco su producción agrícola basada en la familia extendida, relaciones de parentesco y tribales de villas y tribus, etc: esto produce que la integración comercial de los capitales comerciales europeos sea más lenta. Por último, en África, la integración es todavía casi nula, no solo porque tampoco hay un genocidio tan extenso como el amerindio, sino porque en lugar de una estrategia como la inglesa en India o la holandesa en sus colonias del pacífico, se reducen los costos de administración colonial directa en comparación con el negocio comercial. Esto hace que decaiga la inversión en infraestructura, en caminos y ferrocarriles, etc, en comparación con la colonización temprana de Asia. Es decir: África, al representar un período de colonización relativamente tardío, se inserta en el período de decadencia del imperio inglés y europeo en general por el desarrollo desigual y combinado del mercado mundial. Esa ausencia de tax farming en América Latina, así como la ausencia de agricultura por contrato o ‘contract farming’ contemporáneo, o la reducción de las poblaciones indígenas a unidades familiares de familias extendidas pero que no operan como mediadores entre la subsunción formal y real de sus procesos de trabajo en la acumulación del capital comercial (como sí lo hacen en África y Asia), es la gran diferencia con respecto a la situación indígena del resto del mundo, y se deben todas a esta misma razón fundamental. Como decíamos aquí: “India o Filipinas tienen márgenes comerciales mucho más bajos que África u Oriente Medio, pero el comercio al detalle predomina sobre el por mayor, y se concentra entre los propietarios mismos de tierras en las villas (‘comerciantes al detalle tradicionales’). En cambio, regiones como Indonesia o Malasia (que también tienen márgenes comerciales mucho más bajos que Oriente Medio y África) muy pocos de los propios terratenientes de las villas se dedican al comercio, a pesar de que el comercio al detalle tiene una proporción mucho mayor dentro de la totalidad del comercio (especialmente en Indonesia).” Y esto también explica lo que decíamos también en ese mismo texto: “Esto coincide con la predominancia del arriendo sobre la aparcería en los primeros países en comparación con los segundos: la necesidad del pago de renta fija en dinero obliga a la comercialización de excedente, en oposición a la simple entrega de renta variable o fija equivalente en producto, pero esto también implica que la agricultura comunal de las villas puede integrarse perfectamente en el capitalismo sin elevar el margen comercial; en Filipinas o Tailandia lo hace a través de un predominio de la parcela sobre el latifundio, pero que permite la monetización de la economía agrícola, y en Malasia o Indonesia con el predominio de la gran propiedad basada en la aparcería y el trabajo asalariado.” Esta contradicción se agudiza en África: hay menos extensión de los capitales comerciales europeos en la colonización africana (menos inversión, menos integración etc), lo cual permite una mayor existencia de intermediarios comerciales, pero esto al mismo tiempo, produce una desmonetización debido a la caída de la productividad agrícola y comercial misma. Como también existe un predominio de la parcela sobre el latifundio estatal o privado (sea plantación o cualquiera otro ‘outgrowing scheme’ y sus variantes y gradaciones en la relación entre estado colonial y capitales comerciales privados) entonces tienen mayor fragmentación del diferencial de precios regional en conjunto con una mayor fragmentación y diferencial de precios de productor-consumidor (es decir, un mayor margen comercial). Esto también explica porqué la media del tamaño promedio en hectáreas es superior en Suramérica o comparable a Europa, y al mismo tiempo, tienen una mayor cantidad de parcelas de pequeña propiedad de la tierra que Europa: pueden tener un margen comercial comparable al de Europa, como lo vimos acerca del Brasil, pero no tienen la concentración y centralización (el diferencial de precios regional) equivalente a la de Europa. De este modo un margen comercial menor es apropiado por un capital más altamente concentrado y centralizado en Europa que en Suramérica, a pesar de las dimensiones de los latifundios suramericanos (contra Kautsky).

Esto también explica las paradojas demasiado comunes que se encuentran en África o Asia sobre la agricultura y las reformas agrarias fallidas dentro del Pan-africanismo o Pan-arabismo, etc.: paradojas como la reducción continua del tamaño de las pequeñas parcelas y las pequeñas propiedades en Asia, contrario a cualquier tendencia secular lineal-positivista o modernización, y también la superioridad de las formas consuetudinarias tradicionales indígenas y tribales de producción agraria y tenencia de la tierra y división del trabajo, contra la propiedad individual moderna supuestamente superior de la tierra. Esto sucede debido a los argumentos de Lenin contra Kautsky: las pequeñas parcelas y las pequeñas propiedades pueden tener y de hecho tienen un componente de trabajo mayor que los grandes latifundios, lo que las hace aún más industriales y capitalistas que los grandes latifundios con trabajadores campesinos asalariados de diferentes tipos. Además, la división del trabajo es más compleja, no es individual sino que se basa en la familia extendida y las relaciones de parentesco más allá incluso de las familias extendidas y en relaciones tribales, etc. Básicamente es un grado intermedio de agricultura o ganadería extensiva. Todo ello con gradaciones demográficas y de parentesco que contribuyen a enormes gradaciones en términos económicos dentro de Asia, o entre Oriente Medio y el Sudeste Asiático, o entre el Mahgreb y África subsahariana, o entre Guatemala y Costa Rica en la propia Centroamérica, etc.

Nuestra tesis es que la integración comercial ya sea 1) medida a través de diferenciales de precios regionales o diferenciales de precios de productor-consumidor o, comúnmente también conocidos como diferenciales de precios-al-salir-de-la-granja y precios del consumidor final en el mercado, o 2) establecida a partir de la historia de la integración comercial del colonialismo en términos de colonización indirecta o directa, permiten medir o describir el grado de subsunción formal y real específico del modo de producción capitalista en los países subdesarrollados del “Tercer Mundo”. Básicamente, la diferencia entre colonización indirecta de empresas comerciales, y su paso hacia la administración directa de la administración pública y taxativa o de la integración comercial interna de las colonias, es idéntica al paso desde la subsunción formal hacia la subsunción real del trabajo en el capital del sector comercial sobre las economías agrícolas de las colonias del “Tercer Mundo”. La expansión de los tentáculos del capital comercial sobre las colonias “tercermundistas”, ya sea a través del paso de la colonización indirecta a la directa, y el paso del colonialismo al neocolonialismo, son el proceso expansivo de integración del capital comercial sobre la totalidad de la economía, y son al mismo tiempo, la expansión progresiva y gradual que va desde una subsunción formal hacia una subsunción real. De ahí que la integración comercial no sea simplemente del comercio, sino de la subsunción formal y real de la agricultura dentro del modo de producción capitalista en estos países principalmente agrícolas, del mismo modo que los diferenciales de precios no miden simplemente un margen comercial, sino también la productividad comercial y ciertos rasgos de la productividad agrícola.

Recordemos que el capital comercial es clave para entender la penetración del capitalismo en el “Tercer Mundo”, ya que ésta no se da a través de la acumulación primitiva ni la industrialización, sino que se da basada en la segunda vía no-revolucionaria del capítulo XX del tomo III.  A diferencia del paso desde la artesanía, la manufactura y la industria, y la formación de un proceso creciente de revolución ‘por abajo’, aquí es el capital comercial el que se adueña de la producción de sociedades esencialmente agrícolas ‘por arriba’, sustituyendo el rol de la industria e impidiendo la formación de un mercado interno industrial (es decir, instaurando el subdesarrollo), a través de la mediación del comercio sobre las materias primas y medios de producción de los productores directos y la subsecuente venta y comercialización de sus productos, etc, tratando las colonias como un punto de paso de importación y exportación, en lugar de sociedades con mercados internos desarrollados. En lugar de una industria con producción de materias primas y medios de producción, así como bienes de consumo duradero, etc, que son intercambiados libremente en un mercado interno indiferentemente de su valor de uso y como simples valores de cambio, etc, en las sociedades “tercermundistas”el colonialismo ‘por arriba’ impone la transición hacia el capitalismo, mediando materias primas, medios de producción o crédito para la producción agrícola y al mismo tiempo encargándose de la comercialización y exportación de su producción primaria.

Más aún, el proceso por el cual el capital comercial expande y acrecienta sus tentáculos como mediador de la producción mayoritariamente agrícola de sus colonias, es el mismo proceso a través del cual el capital comercial pasa de la colonización indirecta hacia la directa: ya sea pasando de la simple comercialización de mercancías y de las importaciones y exportaciones entre colonias y potencias, a encargarse de los cobros taxativos, de la administración política y jurídica, además de la integración comercial (ferroviaria, comunicativa, etc) que permitiera su papel de mediador entre la producción agrícola y la acumulación capitalista. De ahí que la colonización africana o asiática no empezara inmediatamente con la administración de las funciones del estado por parte del estado inglés, francés o belga, etc, sino más bien con la entrada gradual de empresas y corporaciones comerciales que fueron, paso a paso, penetrando las economías coloniales, para solo posteriormente adueñarse de la administración político-jurídica local. E incluso el paso hacia la colonización directa tampoco la realizan los estados europeos directamente al inicio, sino las propias empresas y corporaciones comerciales, las cuales pasan de simplemente comerciar mercancías, a financiar la integración comercial y la construcción de las instituciones administrativo-políticas.

Este proceso histórico enorme es, al mismo tiempo, el mismo proceso a través del cual el capital comercial pasa de la simple compra-venta de excedentes agrícolas como importador y exportador, a la creciente mediación de materias primas y medios de producción de los procesos de trabajo agrícolas. Es por lo tanto, el mismo proceso de paso desde la subsunción formal hacia la subsunción real respectivamente: el crecimiento de las responsabilidades de integración comercial y de funciones administrativo-políticas por parte de las corporaciones comerciales, es el paso desde la simple venta de excedentes a través de una plusvalía y renta de la tierra absolutas, hacia la producción de plusvalías relativas y rentas diferenciales a través de la mediación del proceso productivo interno del sector agrícola, tal y como lo plantea Marx en ese capítulo XX del tomo III alrededor del “sistema colonial” del mercado mundial.

Referencias:

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Identidades excluyentes: la imposibilidad de la crítica en nombre de las emociones. Una crítica a la izquierda del Bloque Latinoamericano en Berlín (I)




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Identidades excluyentes: la imposibilidad de la crítica en nombre de las emociones. Una crítica a la izquierda del Bloque Latinoamericano en Berlín

Iván Carrasco Andrés

El siguiente artículo, dividido en varias partes, busca aclarar y polemizar algunos puntos que se han vuelto comunes en diferentes círculos en la izquierda que, espacialmente o en términos de identidad/solidaridad están o se vinculan con América Latina. En términos más específicos, se aborda la manera en la que varios de los elementos, que son motivo del presente análisis y crítica, hacen eco en las dinámicas del Bloque Latinoamericano Berlín.[1] De este modo, el sentido del artículo no es hacer, o dar, un espectáculo sobre las contradicciones y/o incoherencias de un grupo en cuestión, sino dar cuenta de las nuevas formas de censura y exclusión de todos aquellos discursos de izquierda que no encajan con el guión dominante de lo que se considera aceptable, “bueno”, “bien-diciente” y/o “correcto”, al tiempo que intenta mostrar qué compromisos teórico-políticos se encuentran detrás.

 

Modas ideológicas, neoliberalismo y renegados

Las antiguas formas maniqueas de hacer política se unen con las nuevas formas postmodernas de identidad política. No solamente se han creado, en los círculos académicos y en los círculos de izquierda, “nuevos relatos” de cómo funciona la “nueva realidad fragmentada”, sino también, y a la par, se han difundido nuevos criterios morales y representaciones deformadas o ideológicas que conducen la práctica política de algunos grupos.

Después de la caída del bloque socialista, o mejor dicho, del socialismo realmente existente, el postmodernismo ganó un especial y profundo interés en los círculos de izquierda. De hecho, esto tiene una larga historia que se remonta, en términos de historia política del siglo XX, a la lucha económica e ideológica entre el llamado “bloque socialista” y el bloque del “mundo libre” capitalista. Por mucho tiempo se partió de la falsa identificación entre dicho bloque socialista y los planteamientos marxistas, y, por dicho motivo, algunos grupos políticos decidieron renegar de la misma, pues, se pensaba que una y la otra cosa eran lo mismo. Es decir, sostener una posición marxista era sinónimo de legitimar la política seguida por la Unión Soviética. Aunado a ello, el “marxismo” difundido por la Unión Soviética era, por decir lo menos, mecanicista, ideológico y ápice o instrumento de legitimación de la existencia de aquel estado.

Bajo la falsa identificación anteriormente aludida y teniendo en cuenta que el marxismo predominante en muchos espacios políticos era el marxismo soviético y sus diversas ramificaciones, muchos grupos y teóricos de izquierda, que curiosamente provenían teóricamente de dichos planteamientos, intentaron descubrir y crear nuevos enfoques para llevar a cabo una nueva interpretación de la realidad y, con ello, guiar su práctica política. A pesar de esas nuevas formas de interpretar la realidad y sus respectivos intentos de transformarla, ésta siguió teniendo lugar tal y como había sido sin esos “novísimos” planteamientos puestos de moda.

No es nuestro objetivo en este artículo hacer una descripción detallada de dicha historia, ésta ya existe en diferentes formas de estudios, de los cuales nos concentraremos en las siguientes entregas.

Es interesante observar, en este sentido, dos puntos. Por un lado, que el “lugar de enunciación” originario de las teorías que se derivaron de los planteamientos postmodernos en América Latina, bajo la forma de las propuestas como las del autonomismo, los estudios o enfoques deco/postcoloniales, son, curiosamente y de forma paradójica: la academia norteamericana y europea. Es interesante señalar esto y nos ocuparemos posteriormente de ello, porque, según estos planteamientos, sobre todo los relativos a las teorías deco/postcoloniales, el lugar de enunciación es el lugar que legitima y valida la verdad del decir o del planteamiento que se elabora. Entonces, partir de un discurso que tiene como origen academias que son puestas en duda por su “imperialismo epistemológico”, es, ya, de por sí, una contradicción en los propios términos, pues se afirma lo que se pretende negar a un mismo tiempo. Es decir, cuando se afirma que se quiere llevar a cabo un proceso de “purificación” o de “deconstrucción”.[2] de los elementos europeos -por ser opresivos, malos, etcétera- presentes en los planteamientos teóricos “latinoamericanos”, recurriendo, en el acto mismo, a elementos teóricos de origen norteamericano o europeo, es como querer demoler los cimientos de una casa ya construida para volvérselos a poner, sin destruir lo ya construido.

Por otro lado, no es ninguna casualidad que no solamente la postmodernidad se haya desarrollado y se haya promovido con tanta fuerza durante la época neoliberal, sino que también los principales centros dedicados a su difusión, bajo la forma de “planteamientos críticos sociales”, que supuestamente permitirían entender las especificidades de las realidades de los países periféricos, hayan sido Estados Unidos e Inglaterra. A través de los Estudios Culturales y Subalternos, que como parte de la agenda cultural e ideológica de la visión del mundo norteamericana se dirigían contra los planteamientos marxistas, las academias latinoamericanas fueron ampliamente adoctrinadas con estos discursos que se promovían por su carácter anti-marxista, sin saber, además, que los orígenes y raíces de estos planteamientos provenían de diversos movimientos irracionalistas europeos de carácter anti-ilustrado que se remontan al siglo XIX, que en algunos casos, incluso, fueron fundamento de movimientos de carácter fascista.

A pesar de que estos planteamientos fueron presentados como algo completamente nuevo, sin la marca de la “maldad del totalitarismo de la razón europea”, siempre estuvo ausente la mención al hecho central de que uno de los núcleos fuertes de dichos enfoques era un producto europeo, proveniente del romanticismo, dirigido en contra de la Ilustración,[3] movimiento cultural e ideológico revolucionario europeo bajo el cual no solamente se comprende el marxismo y el comunismo, así como diversos discursos y prácticas de emancipación social, sino igualmente las ideas del liberalismo, la democracia, la razón, progreso, etcétera.

Si partimos, como lo ha expuesto ya David Harvey en su libro sobre el neoliberalismo,[4] que este es un proyecto de dominación de la clase burguesa, tenemos también que afirmar, en este sentido, que la postmodernidad puede ser entendida como la forma ideológica correspondiente al neoliberalismo. En el contexto latinoamericano esto significa, en la mayoría de los casos, bajo las formas concretas de las figuras post/decoloniales y las prácticas que de ellas se derivan, la fundamentación teórica de ciertas prácticas políticas, que, por una parte, han sido, en la mayoría de los casos, fracasos rotundos, y, por otra parte, siempre han estado dirigidas en contra de los gobiernos de corte progresista en América Latina, haciéndole el juego a los intereses de la ultraderecha aliada al imperialismo norteamericano.[5] Todo esto, paradójicamente, bajo la retórica de ser los “verdaderos” representantes de la izquierda, en comparación y, siempre en contra, de los grandes sectores de la población en América Latina, que con su voto han puesto en el poder, precisamente, proyectos que se han enfrentado, dentro de los límites que impone la realidad histórico-concreta, a los intereses de los sectores minoritarios, elitistas y privilegiados heredados desde la Conquista.

Disenso, emociones y argumentos

Uno de los logros de la Ilustración fue la puesta en duda, y el ajuste de cuentas correspondiente, del dogma representado por la autoridad eclesial. La interpretación de la realidad, y el desafío por entenderla y transformarla, ya no quedaba determinada por lo que aquella, con base en su palabra, doctrina, moral y dogma, designaba como real y verdadero. Así, la investigación sistemática, metódica y la discusión argumentada y contrastada con los hechos ganó paso frente a la hermenéutica de los textos religiosos y su correspondiente adaptación práctico-política a los intereses ligados a la iglesia. La demostración racional de los principios, causas y relaciones entre las cosas, frente a la creencia dogmática impuesta por la religión, es, por decirlo de modo muy rápido, uno de los grandes aportes de la Ilustración. Junto con ello, y en términos de autonomía y racionalidad, el principio kantiano de Sapere Aude, que definiría de un modo sintético a la Ilustración, constituye no solamente una invitación, sino un desafío planteado a todo aquel que desee servirse del entendimiento y sus posibilidades, y no quedarse anclado en la creencia individual, guiada siempre por prejuicios o simples emociones, cuando de discurrir, entender y transformar la realidad social se trata.

No obstante, la que fue una de las grandes conquistas, que hasta el día de hoy en diferentes ordenamientos institucionales prevalece, incluido, por ejemplo, en la fundamentación de los Derechos Humanos, parece ser un obstáculo para el libre intercambio de ideas y posturas.

Parece existir una especie de censura que se vincula con la excesiva importancia que se le concede a los sentimientos y emociones de las personas, al margen de si el contenido de lo que expresan en una discusión política tiene, mínimamente, coherencia o si se vincula con la realidad. Se suele priorizar un estado de ánimo grupal y, con ello, se deja de lado el nivel de correspondencia con la realidad que se discute. De este modo, al ponderar el estado de ánimo, por sobre el contenido y su aproximación a la realidad, queda excluida automáticamente, la posibilidad de la discusión razonada y de la crítica, pues, es evidente, que toda discusión política implica grados de importancia en las aseveraciones y la pretensión de verdad de cada una de ellas, que implican, a su vez, tomar postura y demostrar dicho relato como expresión adecuada de lo que sucede, para de ahí derivar una práctica política.

Un ejemplo. En noviembre del año pasado (2019), cuando en Bolivia había un golpe de Estado en curso, se organizó una discusión en torno a la situación política de dicho país. Las posturas son ya conocidas, ciertos grupos, ligados al autonomismo, a ciertas posturas deco/postcoloniales y a cierto tipo de feminismo, sostenían que no existía tal golpe y que toda la problemática se reducía a una lucha de “egos” entre dos “machos”. La otra postura era la que sostenía que el golpe de Estado en contra del presidente en turno obedecía a dinámicas geopolíticas globales y a  dinámicas internas de disputa por el poder vinculadas con diferentes actores. Es evidente que no pudo haber una tercera posición que pudiese dejar “contentos” a los participantes, todo en aras de no generar rispidez. No obstante, en aras de conservar el “buen estado de ánimo” del grupo, se invitó a no “aferrarse” a una postura porque, siguiendo la moda imperante de la deconstrucción, todo es válido y no puede haber ninguna postura que “se imponga” sobre otra. Ello, al mismo tiempo que en aquel país se desataba la represión brutal en contra de las diferentes organizaciones que se oponían al golpe de Estado y había muertos de por medio.[6]

En realidad, en muchas de las discusiones, cuando las hubo,[7] siempre existió una especie de consenso implícito entre ciertos integrantes del grupo de, por una parte, no permitir que las posturas que ponían en el centro del debate las dinámicas geopolíticas concretas, los actores aliados a ciertos intereses económicos y políticosla correlación de fuerza de los grupos, etcétera, tuvieran espacio en la discusión, ya sea porque “acaparaban” tiempo (aunque muchos miembros no querían hacer uso de la palabra), o porque hablar de esas cosas y en esos términos era algo ya desfasado, pues, “esos antiguos conceptos ya no explican la realidad y necesitamos nuevos”, quizá como los de Cusicanqui, Zibechi y los de los post/decoloniales que renegaban de la dimensión concreta y de los intereses en juego, para desviar la discusión a cosas inesenciales, que si bien existen y merecen ser discutidas, no eran el centro del asunto y tenían más bien el objetivo de relativizar la situación y construir un relato que justificaba, al desconocerlo, el golpe de Estado.

Apelar a las emociones y al estado de ánimo, como estrategia para no caracterizar adecuadamente las coyunturas políticas por “miedo” a generar discusiones, no es otra cosa que rehuir de la realidad y quedarse con los ojos cerrados en un lugar, si bien cómodo, pero intrascendente para los fines de transformación social que se persigue. No está de más recordar que una práctica política efectiva, en tanto consigue efectivizar los fines que persigue, requiere de conceptualizar adecuadamente la realidad o, de lo contrario, está condenada a ser una práctica contrafinalística, es decir, que no logra su cometido y que, incluso, se le torna contraria.

Al otorgarle un papel preponderante a las emociones y al estado de ánimo en una discusión política, lo que se genera con ello es, en principio, hacer depender la realidad, sobre la que se pretende discutir y caracterizar, de la emoción particular e individual que la persona, o personas, tiene en dicho momento, conduciendo toda discusión y aseveración a un plano en el que ya nada tiene que ver con el tema en cuestiónSe termina buscando que, por encima de la verdad de la situación que se intenta entender, las emociones generadas por una discusión, que puede o no ser determinante para ciertas prácticas políticas, sean llevadas al plano de la conciliación en aras, supuestamente, de asegurar el funcionamiento “armónico” del grupo. Eso, claro está, a costa de sacrificar el entendimiento adecuado de la realidad. En este sentido, existen diversas maneras de desviar las discusiones hacia esos puertos, basta que alguien se “sienta ofendido” por la “forma” y, con ello, automáticamente se desplaza, por una parte, el contenido y el fin de la discusión hacia el sentimiento individual de la persona, que, casualmente, adhiere siempre a las nuevas formas postmodernas de entender la realidad, y por otra, se invalida la postura que “ofendió” a la “víctima”,[8] de tal modo que lo que define la posibilidad o imposibilidad de la presencia de una postura política es, en última instancia, si la persona agrada o no, o si se adecúa o no a las representaciones previas que dominan en tal o cual grupo.

El énfasis en que las emociones rijan las condiciones de un debate esconde, en realidad, y como lo podemos constatar en la experiencia, la censura hacia las posturas ligadas, como mencionamos más arriba, a aquellas que hoy son tildadas de “totalitarias”, “obsoletas”, “marxistas”, dándole paso a los más variopintos e incoherentes, en muchos casos, discursos postmodernos. Frente a ello, es aleccionador recordar a Hegel:

Cuando las razones faltan se apela al sentimiento. A quien así procede hay que dejarlo hablando solo, pues él mismo se retrae hasta la unicidad de su peculiaridad, la cual es intocable. Cuando él apela al propio sentimiento, la interrelación entre nosotros se corta. Por el contrario, con el pensamiento, con el concepto estamos en el terreno de la universalidad, de la racionalidad, y tenemos delante la naturaleza del asunto; sobre eso podemos entendernos.[9]

 

[1] El Bloque Latinoamericano Berlín es un grupo político de izquierda constituido en el año 2018 y que agrupa a individualidades y colectivos heterogéneos de distintos países latinoamericanos y europeos.  https://bloquelatinoamericanoberlin.org/

[2] Concepto muy en boga en el discurso actual de los grupos de izquierda y que encuentra su origen en dos pensadores europeos: Martin Heidegger y Jacques Derrida. Concepto, dicho sea de paso, bastante problemático y obscuro, apropiado por este último de Heidegger para proponer una especie de “apertura democrática” en la lectura de un texto que, implicaría o supondría en él, la inexistencia de un sentido coherente, total, unívoco y, por tanto, al ser posible y “abierta” toda interpretación del texto, toda interpretación sería válida. Lo que en realidad late de fondo, no solamente en la propuesta de Derrida, sino en la de todos los pensadores postestructuralistas o postmodernos, es la crítica a las ideas de razón, verdad, sentido, progreso, totalidad, racionalidad, etcétera, es decir, la discusión es, en última instancia, lo hagan explícito o no, lo sepan o no, con el contenido alcanzado por los conceptos en cuestión en la filosofía de Hegel. De ahí, entonces que, uno de los objetivos de estos pensadores postmodernos sea la crítica del pensamiento marxista, pero una crítica a la filosofía que compartiría éste último con Hegel, pues Marx sería, filosóficamente hablando, deudor de este último gran metafísico y su propuesta teórico-política estaría basada en él. Este, es, de hecho, uno de los elementos centrales que las propuestas post/decoloniales hacen suyas, de forma totalmente acrítica e infundada, para distanciarse y condenar la totalidad de la filosofía occidental, muchas veces, sin siquiera tomarse la más mínima molestia de leer directamente a los autores y discutirlos seriamente, bastando la repetición de frases sueltas sin contenido alguno.

[3] Los reclamos se dirigen, en realidad, en contra de los efectos negativos de la razón instrumental capitalista, a saber: la cosificación de las relaciones sociales, la pérdida del sentimiento de identidad y pertenencia a una comunidad concreta debido a la atomización y pulverización de las relaciones sociales efectuada por la forma valor, la crítica al desprecio de la “razón capitalista” por las emociones y sentimientos, al ser obstáculos para la acumulación de capital. De aquí, entonces, la reivindicación, apología y nostalgia por un pasado idílico y perdido en donde la comunidad originaria y los sentimientos desenfrenados reinaban y estructuraban la totalidad social. Todo estos elementos, no obstante, en vez de haber sido contextualizados y vinculados de forma crítica a la forma concreta de la razón moderna capitalista, fueron atribuidos a la Ilustración y a la razón, así, a secas; perdiendo, con ello, la posibilidad de diferenciar y reivindicar las posibilidades liberadoras de ambas e incurriendo, sin haberse dado cuenta, en una antinomia.

[4] Harvey, David, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2007.

[5] Diferentes son los momentos históricos durante todo el siglo XXI en donde puede observarse esa extraña y macabra alianza. Ejemplos: México, 2006-2020; Bolivia, 2009-2020; Venezuela, Ecuador, Argentina.

[6] Véase el brevísimo, pero puntual y acertado, recuento que hace Ollantay Itzamná en: “El silencio de indianistas, indigenistas, ambientalistas, feministas… en la Bolivia actual” https://rebelion.org/el-silencio-de-indianistas-indigenistas-ambientalistas-feministas-en-la-bolivia-actual/

[7] De hecho, uno de los reclamos y autocríticas comunes dentro del grupo es la falta y la nula discusión política.

[8] Sobre este punto nos concentraremos en las próximas entregas, ya que es uno de los elementos estructurantes en las nuevas formas de hacer y  de forjar identidades políticas. Se observa que muchas dinámicas de grupo forman su identidad desde el hecho de sentirse víctimas y legitimar todo lo que procede de ellas sólo por el “prestigio” y la falta de crítica que se genera hacia ella. Así, sentirse “ofendido”, porque alguien expresa un posicionamiento contrario al que se tiene, es ser “víctima” de alguien, y, en tanto tal, el elemento “victimario” debe ser excluido y silenciado, es decir, censurado. La mayoría de las veces sin la posibilidad de réplica. Estos eventos se han convertido en una constante en diferentes círculos de activistas, incluido, claro está, el Bloque Latinoamericano Berlín.

[9] Hegel, G.W.F, Vorlesungen über die Philosophie der Religion, Felix Meiner Verlag, Hamburg, 1974.




Apuntes sobre la Guerra Fría como campo de estudio en América Latina




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Apuntes sobre la Guerra Fría como campo de estudio en América Latina.

Esteban Morales Estrada

Historiador y Magister en Historia

 Las visiones sobre la Guerra Fría tienen dos particularidades respecto a la manera en la que la vemos como un proceso histórico. La primera es que al igual que en los casos de la Revolución Francesa, la Inglesa o la Rusa, todo historiador occidental tiene algo que decir sobre ella, sin embargo, son pocos los que en realidad se dedican a estudiarla con profundidad y más en nuestro continente, donde el centro o eje temático de los historiadores está en micro-procesos locales, en la mayoría de los casos, sin relacionarlos con macro procesos mundiales o continentales por medio de la comparación o las conexiones, yendo más allá de las simples menciones. En síntesis, todo historiador latinoamericano durante su formación leyó fragmentos sobre la Guerra Fría como un telón de fondo del siglo XX, sin llegar a trascender la visión superficial y decorativa, siendo la Guerra Fría un objeto exótico y lejano en el camino de la especialización obsesiva en X o Z tema local. La segunda particularidad, tiene que ver con reconocer la importancia del tema de la Guerra Fría en la configuración del mundo que nos tocó vivir. El escenario caótico del Medio Oriente actual, los Talibanes afganos o algunas de las más sangrientas dictaduras, tienen que ver de una y mil formas con la Guerra Fría. Luego de señalar estos aspectos, intentaremos mostrar algunos puntos importantes en el debate historiográfico respecto al tema que venimos tratando y finalmente llevaremos a cabo una sucinta reflexión.

Para empezar, podemos trazar, siguiendo a Odd Arne Westad, unos marcos generales para tener en cuenta a la hora de estudiar seriamente la Guerra Fría. En primer lugar, este autor reconoce la importancia de “The global cold war” en la constitución del mundo actual, en lo que respecta a su influencia en el Tercer Mundo y sus repercusiones en diversos procesos al nivel de los Estados y las sociedades. Un segundo aspecto, tiene que ver con la imposibilidad de construir un relato serio y analítico sin tener en cuenta los acontecimientos propios de ese Tercer Mundo, centrándose en las dos súper potencias (USA y la URSS) exclusivamente.

En este punto conviene traer a colación a Richard Saull, que distingue dos visiones ortodoxas respecto al análisis historiográfico de la Guerra Fría, por un lado, un enfoque realista caracterizado por la preponderancia dada a factores militares, económicos y diplomáticos en medio de una “competición estratégica” en un mundo bipolar. Y otro enfoque idealista que tiene muy en cuenta el carácter ideológico de la Guerra Fría y las particularidades de los factores políticos domésticos en las superpotencias en conflicto. Hay que tener presente que ambas visiones concuerdan en que la “Cold war” deriva de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, y en cierto sentido fue una prolongación de la misma. Saull muestra que ambas visiones separan aspectos que deben ir unidos para comprender el proceso, por lo que ambos son insuficientes y trata de unir lo “strategic/military” con lo “socio-economic and ideological”. Todo este rodeo para mostrar que además del aspecto de cambio de perspectiva que muestra Westad, donde intenta ver la Guerra Fría desde el Tercer Mundo, también hay otros ejes historiográficos que tienen que ver con diferentes temáticas o focos de interés específicos como lo ideológico, lo político o lo militar.

Un tercer punto señalado por Westad es el carácter universalista de los proyectos norteamericano y soviético, marcados respectivamente por la idea de libertad antepuesta a la de justicia social. Ambas concepciones pretendieron ser “modelos ideales” de desarrollo con aplicación en cualquier parte, sin tener en cuenta las trayectorias histórico-político-sociales de cada país y la “autodeterminación de los pueblos”, consigna común en los discursos de izquierda de los 70s en nuestro medio. Este conflicto se dio en los casos de Irán y Afganistán por ejemplo. En el primer caso, Westad muestra que la Revolución de Irán (1978-79) fue una reacción que pretendió retomar las posturas originales del islam e incorporarlas en un Estado teocrático, como respuesta a una monarquía pro-norteamericana que estaba implantando cambios acelerados en medio de algunas crisis coyunturales a nivel económico y político. El “Islamismo” se constituyó como un actor político que pretendió ser un dique frente a la modernización y propuso un Estado teocrático como tercera vía alterna, sin renunciar a los avances técnicos, lejos del comunismo y el capitalismo, y constituyendo un capítulo más en la disputa entre secularización vs. tradición, de donde resulta una vía intermedia y novedosa. Algo similar ocurrió en Afganistán, donde el régimen de Mohammed Daud (1909-1978) comenzó a concebir a Moscú como un modelo de desarrollo. En ese contexto se da la oposición del Partido Democrático Popular de Afganistán (con unas disputas internas importantes entre un ala radical y otra moderada) y de un islamismo en auge, el primero con cierto apoyo de la URSS y el segundo con un respaldo popular muy visible en las regiones rurales por medio de los líderes religiosos locales.

En Afganistán se impuso finalmente un régimen socialista inestable, inmerso en conflictos al interior del gobierno, en la región (con Pakistán) y de carácter religioso. Todo desembocó en una penosa intervención soviética de diez años en Afganistán, en donde la dicotomía tradición vs. secularización cobró relevancia e importancia de nuevo. El caso anterior muestra que la URSS no tuvo un control real de muchos de los procesos en dicho país y las relaciones entre ambos son contradictorias y ambiguas en muchos sentidos.

Para finalizar con estos apuntes, es innegable que, como lo señala Michael Latham, el Tercer Mundo fue una especie de laboratorio donde después de los años 60s se desataron toda clase de procesos violentos y represivos en medio de la disputa entre dos visiones del mundo antagónicas (que causaron una marcada “polarización ideológica”), que para Gilbert Joseph se caracterizaron por sus ideologías universalizadoras y sus sistemas económicos propios. En medio de lo anterior, cobra relevancia la invitación de Joseph a superar las visiones de la Guerra Fría como enfrentamiento entre dos superpotencias y concebir también a los sujetos activos en dicho conflicto. Conceptos como el de las “zonas de contacto”, sumado a la pregunta por aspectos referentes a las representaciones, los sistemas simbólicos o la industria cultural son bastante válidos y relevantes. Pero quizá su llamado más importante tiene que ver con la tentativa de escribir una “historia de la Guerra Fría latinoamericana” que junte lo local y lo global para enriquecer los análisis del periodo.

Luego de un sucinto recorrido por la historiografía sobre la Guerra Fría, somos conscientes de lo poco que sabemos de este proceso. Para los historiadores que trabajamos el siglo XX, el llamado es a involucrar más lo global en lo local. Quizá aquello que nos parecía tan particular ya no lo será, quizá las conexiones son más grandes, quizá las transferencias e intercambios son más influyentes, quizá los procesos exteriores tuvieron repercusiones implícitas o difíciles de rastrear en nuestras realidades. Con la lectura de algunos de los anteriores autores, se abre una puerta para explorar nuevos continentes, sin olvidar lo local, pero teniendo en la mira los puntos de encuentro y de intersección con lo mundial. He ahí un desafío complejo, pero sin duda impostergable en un mundo cada vez más interconectado.

Referencias:

  • Gilbert M. Joseph, “Lo que sabemos y lo que deberíamos saber: la nueva relevancia de América Latina en los estudios de la Guerra Fría”, Espejos de la guerra fría: México, América Central y el Caribe, coord. Daniela Spenser (México: CIESAS, 2004), 66-94.
  • Michael E. Latham, “The Cold War in the Third World, 19631975”, The Cambridge History of Cold War, vol. II, ed. Melvyn P. Leffler; Odd Arne Westad (Cambridge: Cambridge University Press, 2010).
  • Odd Arne Westad, “Introduction” y “8. The islamist defiance: Iran and Afghanistan”, en The Global Cold War. Third World Interventions and the Making of Our Times(Cambridge: Cambridge University Press, 2008)
  • Richard Saull, “Introduction: history and theory in the Cold War” en The Cold War and After. Capitalism, Revolution and Superpower Politics(London and Ann Arbor, MI: Pluto Press, 2007)